Buscando la selva en la superficie
Después de aquella pesadilla no pudo volver a dormir.
Se levantó, se lavó los dientes y luego salió apresurado hacia la playa; quería estar solo en la arena antes de que el sol iluminara la ciudad. Deseaba, con una especie de locura tranquila, escuchar esa palabra que las olas repetían constantemente a las rocas, a la tierra, a los solitarios y desesperados que buscan ver más allá del mar. Sentado, escuchó el ritmo del agua y dejó que el vaivén le mojara los pies, como si en esas caricias pudiera hallar respuestas a problemas que no sabía si tenía o solo imaginaba. Fue terapéutico para José.
El sonido de la ciudad empezaba a elevarse: los vehículos, las motos y las bicicletas arrancaban su jornada laboral, mientras el calor se posaba lentamente junto a una brisa tropical. Así que, después de un par de horas, cuando los pies le dolían por lo áspero de la arena, decidió ir a comer.
Caminó algunas calles, tratando de pensar en lo que el mar le había dicho, en lo que la soledad le respondía a cada pregunta absurda que se hacía y, como si fuera una respuesta obvia, la ciudad lo guio hasta el mismo lugar donde había comenzado aquella aventura. Se sentó en el banco donde había conocido al señor Taka.
Respiró profundo. Sacó el teléfono del bolsillo y volvió a leer la pista en voz baja:
«Más allá de la verdad de los ancestros, entre ceibas y jaguares…»
—Ceibas y jaguares… —murmuró—. Suena a algo maya, o quizá azteca…
«…el corazón de la Tierra vibra aún bajo el sol que todo lo ilumina.»
—Un lugar vivo… antiguo… conectado con la naturaleza.
«Un eco de un pueblo que nunca morirá…»
—Una civilización que dejó huellas, marcas en cada piedra… o tal vez… ¿se refiere al paso de las tradiciones?
«…y que guía a la isla donde sus aguas abrazan la memoria.»
—Una isla… el pasado respirando todavía, protegido por el mar…
«…custodian los secretos de quienes caminan sobre el pasado sin sospecharlo…»
Sintió un escalofrío.
—Como si hablara de nosotros… de los vivos caminando sobre las ruinas de los muertos.
«…poco a poco reclaman lo que fue suyo.»
—¿Reclaman los pueblos antiguos? ¿O la tierra misma?
«Allí se alza un templo sobre una pirámide dormida…»
Una imagen nítida lo invadió: piedra, selva, silencio.
«…cubierta por las manos de fe que arrancaron la piedra para vestir de cruz el cielo…»
—La conquista… claro.
«…protegiendo a una última metrópolis que resistió la imposición de un dios nuevo.»
—Sí… el origen está en América, en algún rincón donde la historia todavía respira.
Suspiró, guardó el teléfono y murmuró:
—Creo que necesito un café.
Se levantó y caminó hacia el hostal con la sensación de que la pista no solo hablaba de un lugar, sino de una historia más grande.
Al llegar, se duchó y bajó a desayunar. Había una cafetería a unas casas del hostal, y volvió antes de una reunión que tenía en la mañana. Sabía que lo mantendría ocupado, y eso lo desanimó un poco, aunque se consoló pensando que en la tarde podría darse el lujo de reflexionar.
A la hora del almuerzo revisó la aplicación de Muwi y vio muchos posts de personas que empezaban a moverse. Alexis, una de ellas, le escribió diciéndole que al día siguiente tomaría un vuelo. Curiosamente no le dijo adónde, solo que viajaría con los dos europeos que le había presentado antes y con una pareja de españoles que había conocido días atrás.
Le propuso reunirse esa noche para despedirse o, si prefería, podía acompañarlos al aeropuerto al día siguiente, cerca del mediodía. José le respondió que no podría verlos esa noche porque tenía un compromiso, y que no estaba seguro de poder ir al aeropuerto; ese sería su mensaje de despedida. En el fondo, tenía la convicción de que volverían a encontrarse, y se lo hizo saber.
El viaje, pensó, apenas estaba en su segunda etapa. Estaba seguro de que el destino volvería a cruzarlos.
A media tarde, mientras buscaba referencias sobre el viaje —que, según sus investigaciones, apuntaban a México—, recibió un correo de trabajo. Le pedían unos cambios de última hora; el pago era atractivo. Pensó en ignorarlo, pero necesitaba el dinero, así que aceptó, aun sabiendo que tendría que trasnochar la última noche de su estadía en Cartagena.
Para no distraerse antes de ponerse a trabajar, salió a comer a un restaurante. Con su portátil sobre la mesa, analizó las pistas mientras esperaba la carne, intentando descifrar los detalles más ambiguos.
Su falta de conocimiento sobre la historia y la geografía mexicana lo hacía dudar. Pensó que, si eso le costaba con una cultura que conocía un poco y en un idioma que sí dominaba, peor sería con una que desconociera por completo, tanto la historia como la lengua.
Sonrió para sí mismo.
—Eso será problema del José del futuro —dijo en voz baja, como si hablara con su laptop—. Tengo que ir a Ciudad de México. La pista está en territorio mexicano, y desde allá será mucho más fácil moverme. Además, si necesito más información, podré encontrarla en museos o librerías.
Ya iba definiendo algunas cosas: rutas de búsqueda, lugares para visitar y puntos donde validar más información.
Con eso en mente, inició la búsqueda de vuelos. No fue difícil, aunque sí costoso. Revisó varias aerolíneas, y el mejor equilibrio entre precio y prontitud era uno que salía al día siguiente, a las ocho de la noche.
Cuando llegó la carne que había pedido, pidió también una copa de Cabernet Sauvignon. Comió a gusto. Luego se movió a la terraza. Mientras buscaba hospedaje, pidió una porción de torta de chocolate y acompañó el postre con dos copas más de vino, esta vez un Malbec dulce. La cena terminó, sin embargo, de forma amarga: por más que buscó, no encontró alojamiento disponible en el centro; todo estaba lleno o fuera de su presupuesto.
De regreso al hostal, compró un par de cervezas y trabajó desde las once hasta las tres de la madrugada. Programó, documentó y dejó todo en orden. Antes de acostarse, revisó dos cosas importantes: contrató un plan de datos internacional para no tener problemas de conexión al llegar a México y dejó lista la lavandería, a la que iría temprano esa mañana para que lavaran su ropa y pudiera recogerla limpia por la tarde, justo antes de salir al aeropuerto.
Medio dormido, vio un mensaje de Sara. Se preguntó qué hacía despierta a esa hora. No respondió. Solo bebió agua y se dejó caer sobre la cama. Durmió profundo, con una sensación extraña de alivio, como si se hubiera quitado un peso de encima.
A la mañana siguiente, entregó la documentación antes de las diez. Desayunó en una cafetería cercana al hostal, dejó su ropa en la lavandería para recogerla limpia y, al regresar, durmió hasta las cinco, hora en la que había quedado de pasar por la ropa, la cual empacó inmediatamente. No había comprado casi nada: solo un reloj, un sombrero para el sol y una cámara Polaroid, así que el equipaje apenas había aumentado.
Luego inició la tarea titánica de buscar alojamiento. Recordó un consejo que una amiga le había dado alguna vez: “Si vas a una ciudad con metro, hospédate en las afueras, pero cerca de una estación que tenga línea directa al centro”. Él asumía que ese consejo era únicamente para Europa, pero decidió aplicarlo. Encontró un pequeño hostal en las afueras de la ciudad y reservó por tres días. México era enorme y no podía permitirse perder tiempo. Planeó dedicar los dos primeros días a investigar y el tercero a moverse hacia el lugar que debía visitar.
Antes de ir al aeropuerto, cambió algunos dólares por pesos mexicanos para poder moverse con facilidad.
La despedida de Cartagena fue muy distinta a su llegada. El aeropuerto estaba tranquilo; Había en los rostros un aire de “no quiero volver, quiero quedarme en este paraíso”, otros con cara cansada, exceso de vacaciones. Otros más andaban comprando suvenires de último minuto. Pero personas como él, persiguiendo un sueño inspirado en One Piece, no las veía.
El vuelo fue suave. Durante las cuatro horas pudo dormir, leer sobre la historia de México y cenar, pues no había comido nada desde la mañana. Al aterrizar, se enfrentó a una fila interminable en migración. Eran casi las dos de la madrugada cuando logró salir.
Tomó un taxi y, sin pensarlo demasiado, pidió al conductor que lo llevara a comer tacos. Era un antojo que no podía resistir. Llegó a un local abierto, con muchísimo movimiento. Estuvo hasta la hora de cierre, comiendo sin prisa y observando la vida nocturna de la ciudad.
Cuando terminó, caminó por las calles hasta que abrió el metro. Compró un boleto y viajó hacia la zona donde estaba el hostal que había reservado. Le sorprendió que, pese a su nombre, parecía más bien un pequeño hotel. Agradeció que le permitieran hacer el registro anticipado, dejó las maletas y decidió salir a recorrer la ciudad. Aprovechó que, a pesar del viaje, no estaba cansado ni somnoliento.
Tenía claras dos tareas en mente: visitar el Museo de Antropología y luego pasar por una librería para buscar material sobre la selva. Así lo hizo. Pasó varias horas en el museo, observando, leyendo, tomando notas. No lo hacía por simple curiosidad: sentía que entre esas piezas y textos antiguos había algo que lo acercaba a las respuestas que buscaba.
Habló con varios guías expertos que explicaban las salas del museo. Les preguntó por islas, pirámides, por los mayas y los aztecas, por la última ciudad que había caído y por lugares sagrados donde crecían ceibas y habitaban jaguares. Las respuestas eran vagas, incompletas, pero le dieron algunas pistas que anotó con cuidado.
Al salir, fue a una librería cercana y compró un par de revistas sobre la selva mexicana. Esa noche, en el hostal, con la laptop abierta y el mapa desplegado en pantalla, repasó todo lo que había encontrado.
Tres nombres se repetían como un eco antiguo: México-Tenochtitlán, Cholula y Mérida.
Cada uno parecía guardar un pedazo de aquel misterio, una vibración distinta del mismo corazón que latía bajo la tierra.
José cerró los ojos.
El mapa seguía iluminado sobre la pantalla, pero ya no miraba los caminos; escuchaba el rumor de los nombres, como si el aire mismo quisiera contarle algo.
Sintió que el viaje, en realidad, no había hecho más que comenzar. Lo esperaba una historia escrita antes de su tiempo, escondida entre la arena, la selva y el silencio de los templos.