Capítulo 8

Silencio antes del rugido

Hombre eseprando en un café en la playa mintras mira el atardecer
En una ciudad suspendida entre el calor y la sal, José se encuentra atrapado en la pausa de un viaje que parece tener vida propia. Mientras el mundo a su alrededor continúa su ritmo, él observa, escribe y espera una señal que revele el siguiente paso. Entre el rumor del mar, los ecos de una aplicación misteriosa y el peso de lo desconocido, el viaje se transforma en una búsqueda interior, un llamado silencioso que lo empuja hacia un destino que aún no comprende, pero del que ya no puede escapar.

Las calles de Cartagena seguían respirando el mismo aire denso, el mismo ruido de los vendedores, el mismo olor a sal que se colaba por los balcones antiguos. José lo veía todo desde lejos, como si la ciudad se moviera detrás de un vidrio grueso. En la pantalla del celular, los números del contador marcaban 47.524 participantes. El viaje había dejado de ser un sueño, una mera idea. Era una realidad y había en él una marea humana dispuesta a llegar al final.

Los primeros días pasaron entre la confusión y el movimiento. Muchos partieron apenas descifraron la primera pista; otros se quedaron, dudando, atrapados en el ritmo incierto de la ciudad. José pensó en volver a casa. Revisó las reglas, las letras pequeñas, las condiciones ocultas: ninguna decía dónde debía pasar el tiempo. Así que decidió quedarse. Había comprendido que el sentido del viaje no estaba solo en avanzar, sino también en detenerse, en hacer esa pausa necesaria, conocer, observar, vivir. Esa espera se sintió como aguardar a que el Log Pose —la brújula— se alineara con el siguiente destino. Al igual que su intuición, parecía necesitar tiempo para estabilizarse antes de señalar y continuar hacia el siguiente punto.

Durante esos días trabajó con calma, rodeado por el zumbido perezoso de los ventiladores y el brillo del sol que entraba a ráfagas por aquella ventana de madera. Su computador descansaba sobre la mesa, abierto entre líneas de código y correos atrasados, y aunque en los últimos días hubiera habido cambios de todo tipo —en lo que creía o en lo que le ocurría—, continuaba a regañadientes con su rutina, como si nada hubiera cambiado: soporte técnico, correcciones, revisiones. El clic repetitivo del teclado se convirtió en una forma de medir el tiempo, un metrónomo invisible en medio de la pausa. Aquel sonido lo tranquilizaba, le daba la sensación de tener el control de algo.

En las noches, el silencio era casi perfecto, solo roto por las videollamadas con su madre. Ella aparecía en la pantalla entre flores de plástico y cortinas claras; él respondía con gestos cortos, palabras justas. No había hablado con su exesposa desde hacía días. No sentía la necesidad. La distancia lo había disuelto todo.

Afuera, Cartagena seguía viva: los carros, las risas, el olor a coco frito.

Adentro, el aire era otro: espeso, inmóvil, detenido.

Había comprado un cuaderno azul en una papelería del centro, un cuaderno con hojas ásperas, casi rugosas, donde había comenzado a escribir lo que hacía cada día en la aventura y omitía el trabajo aburrido. Pegaba pequeños recortes de periódicos y revistas que hablaban de la noticia, etiquetas de botellas extrañas para él, tiquetes de cualquier cosa que comprase y fotos que le recordarían aquel viaje, a pesar de que este fuese el final. Una chica que había visto en la playa lo había inspirado: ella usaba una cámara Polaroid y él, sin pensarlo demasiado, compró una igual.

Empezó a tomar fotografías torcidas de todo lo que lo acompañaba: el reloj de pulsera recién comprado —negro, metálico, a prueba de agua y golpes—, una limonada con hierbabuena, una sombra sobre la arena. En la primera página del cuaderno escribió solo una frase: “La comida aquí sabe a calor y a mar.”

En la aplicación Muwi, el movimiento no se detenía. Nuevos perfiles, rostros distintos, idiomas mezclados.

A veces desaparecían usuarios; otras veces surgían rumores, descalificaciones, mensajes borrados. Algunos hablaban de señales o sueños compartidos; otros aseguraban haber visto símbolos en las calles o en el cielo. José no intervenía. Solo miraba.

La luz de la pantalla dibujaba reflejos pálidos sobre su cara mientras las imágenes pasaban: iglesias, playas, banderas, personas, teorías absurdas. En la esquina inferior, el reloj seguía descendiendo con lentitud, como una respiración profunda, esperando revelar la siguiente pista, con mucha calma.

Había salido una noche con Alexis y dos viajeros europeos: uno italiano y otro francés. Compartieron cervezas frente al mar, hablaron del viaje, del rumor de que Taka, el japonés que había dado las primeras instrucciones, ya no estaba en la ciudad. Rieron poco, pero lo suficiente. José se dejó llevar, sin pertenecer del todo. Alexis lo había descrito en el grupo de Telegram como “el lobo solitario”, y nadie lo discutió.

Los días del Log Pose transcurrían como si el tiempo se recogiera sobre sí mismo.

José trabajaba por la mañana, dormía una siesta corta al mediodía y, en las tardes, bajaba a la playa. Se recostaba en una hamaca, movía el vaso de limonada con el dedo y observaba el mundo girar sin él.

A veces, al anochecer, veía cómo las olas se volvían de cobre.

A veces veía a las chicas caminando por la arena, riendo, jugando con el viento.

Nada cambiaba, pero algo —muy lentamente— parecía tensarse en el aire.

El día de la revelación, el reloj indestructible marcó las cinco de la tarde. La sincronización estaba por terminar y el Log Pose, invisible pero presente, parecía inclinarse hacia un rumbo que nadie podía adivinar. Afuera, la ciudad ardía bajo la última luz del sol.

El café frente al mar estaba casi vacío cuando José se sentó junto a la ventana. Pidió un café negro y esperó. El aire tenía un peso salado, vibrante, como si el calor hubiera decidido quedarse a vivir en las paredes. En la playa, el sol descendía detrás de las murallas, tiñendo el cielo de naranjas y violetas que se mezclaban con el brillo metálico de los edificios que se veían a lo lejos. El olor a moho de los parales de seguridad anclados en la playa y el metálico de los carros que pasaban detrás de la cafetería se confundían con el perfume dulce de las frutas que ofrecían los vendedores. Un grupo de turistas se detenía a hacerse fotos, un niño perseguía una pelota que rodaba hasta la orilla y un hombre con un manojo de pulseras ofrecía su mercancía con la paciencia de quien sabe que el día está a punto de morir y debe ir a comer antes de enfrentarse al turno nocturno. José los miraba a todos con una calma que era casi resignación, como si intentara llenar los minutos de cosas ajenas, diferentes, sin relación con nada, solo para no pensar en el tiempo que faltaba.

El reloj avanzaba con la lentitud de una gota suspendida.

Cinco y cincuenta: el vapor del café se enroscaba frente a sus ojos, y en ese gesto trivial se condensaba la espera.

Cinco y cincuenta y cinco: una gaviota cruzó el horizonte y el reflejo del mar la partió en dos, como si el cielo y el agua jugaran a dividirla.

Cinco y cincuenta y siete: el aire se volvió más denso, espeso, y por un instante pareció que incluso el viento había dejado de moverse, conteniendo la respiración del mundo.

Cuando el reloj marcó las cinco y cincuenta y nueve, algo imperceptible cambió: el murmullo de la playa se apagó, las voces se mezclaron en un silencio tupido y el instante pareció estirarse más allá de sus propios límites.

A las seis en punto, el celular vibró.

La notificación de Muwi apareció con un destello azul que iluminó sus manos. “Nueva pista disponible”. Durante un segundo, el brillo fue tan fuerte que las letras se disolvieron ante sus ojos; luego, poco a poco, el resplandor se acomodó y emergió la imagen nítida de un sol dorado grabado sobre piedra.

“Más allá de la verdad de los ancestros, entre ceibas y jaguares, el corazón de la Tierra vibra aún bajo el sol que todo lo ilumina.

Un eco de un pueblo que nunca morirá y que guía a la isla donde sus aguas abrazan la memoria y custodian los secretos de quienes caminan sobre el pasado sin sospecharlo, y poco a poco reclaman lo que fue suyo…

Allí se alza un templo sobre una pirámide dormida, cubierta por las manos de fe que arrancaron la piedra para vestir de cruz el cielo, protegiendo a una última metrópolis que resistió la imposición de un dios nuevo.”

José sostuvo el teléfono inmóvil. El sol ya no estaba; no recordaba en qué momento se había ido. Se sintió frío al no tenerlo a su lado. Bajó la mirada sin prisa. No había comentarios, ni explicaciones, ni foros abiertos. Cada viajero había recibido su propia versión de la pista: nadie podía comparar, nadie podía confirmar. La soledad del mensaje era absoluta; eso hizo que el sol le hiciera aún más falta.

Leyó el texto una vez más, despacio, como si cada palabra pesara más de lo que parecía. Había en ellas algo que lo atraía y lo descolocaba a la vez, una corriente que rozaba la piel sin mostrar su dirección. En la aplicación había un botón para cambiar el idioma; al presionarlo, la traducción al inglés sobrescribió el mensaje. El sentido no varió: las frases seguían siendo un muro, un obstáculo mudo, una barrera en el viaje, una sucesión de símbolos que resistían cualquier intento de desciframiento.

Cerró la aplicación y permaneció mirando la pantalla ya apagada, donde su reflejo se fundía con los últimos destellos del atardecer, que se mezclaban con las luces del café que —al igual que la ciudad— se encendieron de golpe, o quizá él no se había percatado de ellas. El mar comenzaba a dorarse bajo la luz moribunda, y el aire olía a metal, gasolina y sal. La taza de café estaba vacía; el reloj marcaba las seis y cuarto.

Entonces, al levantar la vista, algo en el horizonte pareció resonar dentro de él. No hubo pensamiento ni deducción, solo una certeza inmediata: la pista hablaba de un lugar. México. La palabra cayó en su interior como una piedra en un pozo, profunda y clara.

Dejó unos billetes sobre la mesa y salió.

Caminó despacio por las calles que empezaban a vaciarse. Los vendedores guardaban sus puestos con gestos cansados; las parejas seguían abrazadas en las esquinas; una carcajada aislada rebotó contra un muro y se perdió en la humedad del aire. Cartagena seguía viva, pero bajo su superficie algo había cambiado, como si un hilo invisible se hubiera tensado en otra dirección.

Esa noche, el cuarto del hotel lo recibió con una calma diferente. Sobre la mesa, la Polaroid descansaba abierta, con las láminas apiladas al costado y el diario a medio escribir. José no añadió nada. Abrió el portátil y comenzó a buscar: cultura maya, templos, Yucatán, cenotes, pirámides. Las imágenes desfilaban una tras otra: húmedas, verdes, envueltas en una neblina que parecía provenir de otro tiempo. Tomó una hoja suelta del cuaderno y escribió algunos nombres, direcciones, notas sin orden.

Luego cerró la pantalla. Se quedó inmóvil, mirando el ventilador girar lentamente sobre su cabeza, como si el movimiento del aire pudiera darle una respuesta.

Cuando el sueño lo alcanzó, la oscuridad no tuvo suavidad alguna: cayó en ella sin defensa.

La selva apareció de golpe: viva, densa, un cuerpo húmedo que respiraba bajo sus pies. Corrió entre raíces que se movían como serpientes, entre troncos que crujían con el pulso de la tierra. Detrás, un rugido lo perseguía: animal, profundo, antiguo.

El jaguar emergió de las sombras con el cuerpo manchado de oro y barro, los ojos como brasas encendidas. Saltó sobre él, y el impacto lo arrojó al suelo. Sintió el golpe, el dolor que subía por el pecho, el aliento caliente sobre su rostro. Intentó liberarse, pero la selva entera parecía cerrarse sobre su cuerpo.

En el límite de la visión, una figura blanca se acercó entre la niebla: un hombre cubierto de pintura, los ojos ocultos, la piel marcada con líneas rojas. Extendió una mano y la apoyó en su frente. Un gesto leve, casi de despedida, lo lanzó hacia la oscuridad.

Despertó de golpe.

El aire del cuarto era espeso, y el sudor le pegaba la camisa al cuerpo. El reloj sobre la mesa marcaba las cuatro de la mañana. Afuera, el mar golpeaba las rocas con un ritmo monótono, como si repitiera una palabra que nadie entendía.

José respiró hondo, mirando el techo. El rugido del jaguar aún vibraba dentro de su pecho.

No necesitaba confirmarlo. Aunque nadie lo hubiera dicho en voz alta, algo se había puesto en movimiento. Todos estaban a merced del viaje.


El camino respiraba, esta vez con más intensidad que antes. Le pedía que avanzara: no importaba el ritmo, solo el impulso de seguir.

Quería continuar, y que todos los demás lo hicieran también.

La selva lo esperaba.