Capítulo 10

Verdades que pesan

Hombre mirando su computador
José se enfrenta a una verdad que no llega desde el mundo exterior, sino desde la voz más cercana y, quizá, más dolorosa: la de alguien que lo conoce mejor que él mismo. No hay mapas, pistas ni caminos trazados, solo la confrontación inevitable con aquello que ha evitado por años. Entre silencios que pesan y palabras que tienen filo, el viaje deja de ser movimiento y se convierte en revelación. Porque a veces avanzar no depende de llegar a un lugar, sino de atreverse a escuchar la verdad que se ha estado esquivando.

Aquella noche, José se acostó dándole vueltas a una sola idea: debía elegir entre tres destinos distintos. Lo que realmente lo atormentaba era el orden. ¿Cuál de ellos tenía más sentido? ¿Cuál le permitiría minimizar los viajes, el tiempo, el gasto y el desgaste? Tenía apenas tres días para encontrar la pista. Si fallaba en el primer lugar, tendría que correr al siguiente; y si todo se torcía, usaría el tercer día para intentar el último destino. El margen de error era descomunal, una burla, casi cruel. Y peor aún: si fallaba en esos tres, todavía quedaban otros dos —uno en Veracruz y otro en Mérida—, pero solo pensar en esa posibilidad le apretaba el pecho. No quería hundirse en ese abismo. Tenía que acertar. Tenía que elegir el sitio más coherente con el poema.

El primer lugar era un pequeño pueblo llamado Cholula, guardián silencioso de una pirámide invisible, enterrada bajo siglos de tierra y coronada por una iglesia que parecía flotar sobre el pasado. Era, casi palabra por palabra, el “templo sobre la pirámide dormida”. Las raíces prehispánicas, el espíritu sagrado, la resistencia espiritual del sitio… todo encajaba con la fuerza inquietante del poema que había recibido en la aplicación de Muwi. Además, Cholula había sido uno de los lugares donde el mundo indígena y el cristiano se encontraron —y chocaron— de forma abrupta, dejando la historia atrapada entre túneles y cenizas. Desde la iglesia, el Popocatépetl se alzaba como un gigante dormido.

“Los secretos de quienes caminan sobre el pasado sin sospecharlo.” Esa línea del poema golpeó su mente. ¿Y qué eran, si no, los túneles que recorrían las entrañas de la Gran Pirámide?

Todo apuntaba hacia ahí. Demasiado.

El segundo lugar era Chichén Itzá. Estaba en la lista por su aura ancestral. El poema hablaba de ceibas, jaguares y un corazón de tierra que vibraba con la luz del sol: imágenes propias del mundo maya. Y luego estaba esa frase: “El eco de un pueblo que nunca morirá.” Sí, los mayas no habían desaparecido; su cultura seguía viva en cada piedra, en cada sombra del templo de Kukulkán. El ambiente selvático, la energía milenaria… también tenía sentido. No tanto como Cholula, pero lo tenía.

El tercer lugar era Tenochtitlán. Más allá de los ancestros, allí había una historia inmensa e irrepetible, que seguía latiendo bajo los pasos de millones de personas que caminaban, sin saberlo, sobre templos enterrados. La antigua isla cuya laguna abrazaba la memoria; la ciudad donde se levantaron iglesias y cruces para intentar imponer un dios nuevo sobre otro que se negaba a morir. Una metrópolis colosal, ahora oculta y fragmentada bajo la ciudad moderna.

Sí… también coincidía. No por completo, pero coincidía.

Tres opciones. Ninguna perfecta. Todas tentadoras.

Y eso era lo que más lo inquietaba: el poema parecía hecho para confundirlo.

José cerró los ojos, exhaló lentamente y sintió cómo la incertidumbre lo envolvía como una neblina espesa. Le quedaba un día para iniciar la búsqueda de la pista, así que, antes de dormir, trató de despejar la mente… pero no le fue fácil. Respiró hondo y se dijo a sí mismo: “Mañana tomo la decisión. Por ahora quiero descansar.”

A las seis de la mañana despertó sobresaltado por correos y mensajes de un cliente. Durante unos segundos no pudo procesar dónde estaba ni la situación en la que se encontraba. El cliente insistía en que tenían errores y no podían operar con normalidad. Habían llamado a la persona de soporte técnico —un compañero que José mismo había contratado— pero, por alguna razón, no aparecía.

“Por favor, ayúdenos. Se nos cayó el sistema y tenemos que solucionarlo lo antes posible”, decía uno de los mensajes.

El problema venía de una funcionalidad nueva en el sistema de facturación. Se había presentado un “stopper”: un bloqueo crítico. José logró resolverlo de forma artesanal, casi precaria, después de que el equipo del cliente hubiese dicho en su momento: “Eso no nos afecta… por ahora.” Pero ahora la burbuja había estallado.

José se instaló en el coworking compartido del hostal y empezó a trabajar desde temprano. La solución inicial le tomó una hora, pero después tuvo que modificar procesos internos del software, hacer una remediación de datos —corregir ventas y facturas manualmente— y finalmente crear un proceso que diera una solución automática en caso de que el error volviera a ocurrir. Así solo tendría que cambiar un parámetro y el sistema se autorrepararía en minutos.

La dueña del hostal lo vio tan concentrado que le ofreció un par de tortas y un guiso de carne durante el día; fuera de eso, José ni siquiera se levantó para ir al baño. Su compromiso con el cliente era admirable. Y, dado que el problema había sido causado por la inacción del propio equipo del cliente, estos le ofrecieron un pago extra para asegurar que no volviera a ocurrir. José se lamentó, pero resolvió la situación de la mejor manera posible. Al final del día, el tema quedó solucionado de forma magistral.

“Lo que hacen veinte años de experiencia en software”, murmuró para sí.

Cuando terminó, ya eran casi las seis de la tarde. Entonces llegó la preocupación: se había quedado sin tiempo, no había tomado ninguna decisión y ahora debía correr… pero no sabía hacia dónde. Sentía el corazón acelerado, la respiración corta; sus síntomas eran los de un ataque de ansiedad. Se resguardó en su habitación y lloró bajo la ducha, esa que debió haber tomado por la mañana.

Ya más tranquilo, sentado en un restaurante con una orden de chilaquiles y un plato de pozole, empezó a revisar las publicaciones de otras cuentas de Muwi, esperando algún indicio sobre la pista. Pero ninguna foto o comentario hablaba de México o de algo cercano a lo que buscaba.

De cierta manera, aquella red social era tóxica. Lo desorientaba. Algunos presumían: “Ya estoy en el sitio.” Otros escribían: “Aquí comiendo unas empanadas, preparados para mañana.” Algunos más decían: “Estamos dispuestos a pagar por ayuda”, o “Estoy perdido, no tengo ni idea de dónde está la segunda parte.” Incluso había quienes aseguraban: “La segunda pista es el filtro. Es la más difícil. Y estoy seguro de que la tercera será peor.”

José intentó borrar la expresión de desesperación de su rostro, pero los comentarios lo hacían sentir peor. La comida ya no le sabía a nada. Decidió cerrar la aplicación y concentrarse en comer; lo necesitaba. Después debía pensar en qué hacer.

A las nueve de la noche finalmente lo entendió: debía tomar una decisión ya.

Voy a irme a Cholula, pensó. Podía viajar en autobús, sería más sencillo, y además era el destino que más coherencia tenía con el poema.

“Si no encuentro la pista, corro al aeropuerto, vuelo a Cancún y desde ahí tomo un bus a las pirámides.” Solo imaginar ese plan B le dio una tranquilidad inesperada. Volvía a tener el control de la situación.

Dejaría la Ciudad de México para el final: Era enorme, tenía muchas formas de obtener información y, si necesitaba moverse a otro lado, estaría mejor conectado.

No quiso pensar en qué ocurriría si al tercer día no encontraba ninguna de las pistas. Se concentró en que, como mucho, visitaría dos lugares. Estaba convencido de que la respuesta a esa incógnita estaba en los dos primeros destinos.

De vuelta en su habitación, acunado por el frío de la noche, se sintió mejor. La decisión ya estaba tomada y debía confiar en ella. Acostado en la cama, con el celular en la mano, abrió la web oficial del evento y, para su sorpresa, encontró un reloj contando en cuenta regresiva: marcaba el inicio de la recolección de la pista basada en el poema.

A un lado aparecían dos contadores: uno en cero, que decía “Participantes en la etapa 2”, y el otro, el contador general: 47,473. Ese número llevaba días sin bajar. Se notaba que ya nadie quería arriesgarse a hacer algún truco extraño y quedar descalificado. No recordaba el número oficial de inscritos, pero sabía que varios comentarios sobre la dificultad tenían razón. Muchos estaban —incluido él mismo— perdidos en la interpretación del poema. Lo había decidido llamar así, simplemente “poema”, para no confundirse a sí mismo.

Intentó dormitar unos segundos en esa misma posición, sin cambiarse de ropa, sin lavarse los dientes, sin acomodar una almohada bajo la cabeza. Estaba irritado, enojado consigo mismo por no tener certeza de nada. Pero aun así, se tenía fe. Estaba a punto de quedarse dormido cuando sonó el teléfono. Contestó sin ver quién era.

Para su fortuna —o desgracia— era Sara.

Lo llamaba para preguntarle cómo estaba. Hacía días que no hablaban, desde aquella conversación en la que él había entendido que, por más que la amara, ella estaba en contra de sus razones, sus intereses y sus sentimientos. Todavía le dolía. Y, sin embargo, esa noche la usó descaradamente como desahogo, y ambos lo notaron. La agobió contándole todo:

Cómo había encontrado la primera pista y luego una segunda, más difícil y retorcida; cómo todas las pistas parecían enredadas entre sí, diseñadas para confundirlos; cómo había tomado impulsivamente la decisión de viajar a México —mientras ella todavía creía que seguía en Cartagena—; cómo se debatía entre tres ciudades posibles, cada una con sentido y a la vez insuficiente. Le describió la mañana de angustia cuando el software falló y el cliente entró en pánico, lo que tuvo que arreglar a contrarreloj, las largas horas trabajando sin levantarse de la silla, el dinero extra que le ofrecieron como compensación… y, sobre todo, aquella sensación opresiva de no saber hacia dónde ir después, de sentir que todo dependía de una elección que cada minuto se volvía más urgente e incierta.

Tenía una idea… pero estaba prácticamente apostando a su intuición. Y aun así, quería seguir en ese viaje.

Sara lo dejó hablar sin interrumpirlo. Pero cuando él terminó, y le cedió espacio para opinar, ella soltó un discurso que ninguno de los dos disfrutó: a ella no le gustó decirlo, y a él no le gustó escucharlo.

«Siempre te pasa lo mismo. Te pierdes lo mejor de la vida por estar haciendo lo “correcto” para otros y nunca para ti. Por cosas así no sé si deba seguir amándote, sentirme orgullosa de tu compromiso, odiarte o entenderte… porque al final siempre eliges cumplirle a otros antes que a tus deseos, antes que a quienes están a tu lado. Prefieres pagar ese olvido con responsabilidad y dinero, como si eso fuera suficiente. Eso, señor José, es lo que te hace una persona ingrata. Estoy orgullosa de lo que hiciste hoy, sí… pero tu indecisión, tu manera de pensar, tu forma de quitarte responsabilidad… eso te destruye.

«Antes pensaba que era por mí que no hacías las cosas. Me enojaba porque nunca parecías tener intención real de hacer algo por nuestra relación, así como lo haces ahora con este viaje tan loco. Creí que ibas a ser consciente, que ibas a arreglarlo, que ibas a luchar por lo que querías —como con este viaje— para usarlo, pensar mejor, liberarte, estar más tranquilo, descubrir de qué estás hecho.

«Pero ahora me doy cuenta de que ni para ti mismo tienes tiempo. Prefieres trabajar, prefieres hacer cosas que no te aportan, y eso… en un viaje tuyo… es lo que te va a llevar a la ruina. Hoy vas a perder este viaje. Mañana perderás a tus mejores clientes porque no tendrás cómo responderles. Prefieres responderle al mayor postor… y eso, José, es peor que no cumplirle a la gente: es no tener criterio.

«Evitas a quienes están contigo, evitas a quienes te apoyan… a pesar de todo.»

Sara había escuchado sus problemas, sus quejas, su travesía. Y ahora él guardó silencio y escuchó lo que ella tenía que decir. Pensó en sus palabras.

Era posible que tuviera razón.

Pero también se preguntó quién era ella para darle ese sermón. Ya no tenía por qué preocuparse por él. Lo único que debía hacer era dejarlo en paz, entender que él estaba haciendo lo mejor posible. Sí, a veces debía tomar riesgos y sacrificios, pero no era cierto que dejara de vivir por cumplir compromisos ajenos. No era justo lo que ella insinuaba. No era verdad.

Cuando ella calló, él solo pudo responder:

—Gracias.

Necesitaba escucharlo, aunque no quería admitirlo. Intentó no sonar irónico, pero tampoco le interesaba engancharse con un discurso que lo juzgaba desde afuera, sin entender realmente lo que estaba viviendo.

Hubo un silencio. Él quiso colgar. Solo alcanzó a preguntarle cómo estaba, sin entender por qué, quizá por educación, quizá por costumbre. Pero agradeció, en secreto, que ella no quisiera seguir la conversación.

Ella colgó sin decir nada más.

José dejó caer el teléfono sobre la cama. —No la entiendo —susurró.