Capítulo 7

Entendiendo la ley

Hombre trabajando en la mitad de la noche para ganar más dinero
En una videollamada nocturna, José comparte con sus amigos la emoción y los desafíos de una nueva experiencia que lo conecta con desconocidos y lo impulsa a salir de su rutina. Entre risas, confidencias y reflexiones, la charla deja entrever el inicio de un cambio profundo en él, marcado por la curiosidad, la incertidumbre y una inesperada sensación de compañía.

Las luces de sus habitaciones eran suaves, medio amarillentas. En las ventanitas de la videollamada, todos aparecían en pijama, con café o alguna bebida caliente. José respiró hondo antes de hablar; se le notaba un hormigueo en el pecho, mezcla de emoción y nervios.

—Señoritas, señores… —dijo, alzando un vaso de limonada como si brindara—. Buenas noches. ¿Cómo están? Los convoqué hoy a esta reunión para confirmarles que ya tengo la primera pista.

—¡Bravo! —dijo alguien entusiasmado—. ¡Dale!, cuéntanos, ¿cómo te fue?

José se acomodó en la silla y empezó a hablar, más relajado.

—A ver… les confieso que tuve la fortuna de que esta primera pista fuese en Cartagena. Muy cerca de casa. Estoy muy cómodo aquí, y está bien que maneje todo desde acá, aprendiendo y controlando el inicio. Pero estoy seguro de que la siguiente pista me va a enviar muy lejos, así que prefiero disfrutar esta fase con calma.

—Claro —asintió el práctico—. Empezar en terreno conocido.

—Exacto —dijo José—. Cuando llegué a Cartagena, había muchísima gente por todos lados. Muchos asiáticos, hindúes, americanos, europeos… Al principio pensé: “Turistas, como siempre”. Pero luego empecé a notar algo raro: varios llevaban camisetas de Luffy, sombreros de paja, insignias del manga. Caminaban en grupitos, como si estuvieran buscando algo… pero sin saber bien por dónde. Yo había llegado un día antes del inicio oficial del evento inaugural, así que apenas tuve tiempo de instalarme. A la mañana siguiente me fui directo al Museo de la Inquisición, convencido de que ahí estaba la clave.

Todos escuchaban expectantes a José; nadie era capaz de interrumpirlo.

—Ignoré por completo el tema de la librería y que debía buscar una. No creí que fuera importante, así que lo dejé pasar y fui directo al museo. Cuando empezó el evento, nadie apareció: ni un tumulto de gente, no había pistas, ningún movimiento fuera de lo normal… y entonces entré en pánico.

—Jajaja —rio el entusiasta—. Clásico José, adelantado a todo.

—¿Adelantado o perdido? —añadió el escéptico, burlándose igualmente.

—Exacto —respondió José—. Pero bueno, traté de calmarme y entré al museo. Luego pregunté disimuladamente por “juegos” o “revistas”. Nada. No quise mencionar One Piece porque… bueno, me daba pena. Me dijeron que me fuera al mercado, así que salí y me senté en unas bancas frente al museo. Y ahí me crucé con una fotógrafa alemana que había visto el día anterior, de pura casualidad. Tenía una cámara enorme colgada al cuello. Se sentó a mi lado, súper tranquila, y empezamos a hablar: del clima espectacular, que Cartagena le parecía muy bonita, que era la primera vez que venía a la ciudad. Solo hablamos un rato. Ella se llama Alexis. Yo estaba un poco ansioso, pero traté de calmarme. Mientras conversábamos, llegó un señor mayor, bien vestido y con gafas de sol, que empujaba un carrito de madera. El pobre se tropezó frente a nosotros y cayó muy fuerte. Obvio, lo ayudamos.

Tomó aire y un sorbo de limonada antes de continuar. Nadie lo interrumpió.

—Cuando lo levantamos, empezó a hablarnos súper amable. Incluso nos preguntó si éramos pareja, por lo cual entendí que nos había estado viendo mientras hablábamos. Nos preguntó de dónde éramos y qué hacíamos ahí, en un día tan bonito sin hacer nada. Yo le dije que estaba “esperando a que pasara algo”. En cambio, Alexis fue un poco más sincera y contó que estaba participando en una búsqueda del tesoro. Y ahí conectamos. Yo también le dije que estaba en eso, pero sin mencionar más. Entonces el señor sacó de su carrito un tomo del manga One Piece y me lo mostró. Debí demostrar sorpresa cuando vi el libro, porque, sin decir nada más, me preguntó por qué me gustaba.

José hizo una pausa, sonriendo.

—Y yo… no sé, de pronto fruto de la ansiedad o la angustia, le respondí lo primero que sentí: que me gustaba porque Luffy quería ser libre, y que eso me identificaba.

—Qué bonito eso. ¿De verdad pensaste eso? —dijo la pensativa, con ternura.

—Gracias. Sí, es algo que llevo últimamente conmigo. Luego el señor le preguntó a Alexis, y ella respondió: “Por los escenarios, por la magia, los lugares, la construcción social, los paraísos que tiene”. Se notaba que era fan del arte más que del mensaje.

Todos quedaron en silencio, intentando responder por qué les gustaba One Piece.
—El hombre dijo que había trabajado en el manga hace años y que ahora ayudaría a distribuir las pistas del evento. Yo lo bauticé “el señor Taka”.

Todos rieron, pensando en lo gracioso que sonaba el nombre del señor.

—Sacó una tarjeta metálica, plateada, similar a las tarjetas de crédito de lujo, con un código QR y, en el centro, una calavera. Me la pasó y me dijo: “Escanéala”. No recuerdo qué le dije, pero recuerdo que, con miedo, la tomé y la escaneé con mi celular. Algo en su mirada intensa me dio confianza. La pantalla del celular mostró: “Creando llave virtual…”, y luego me descargó una aplicación llamada Muwi. Ahí tuve que llenar un formulario con algunos datos, pero me llamó la atención que pedía “nacionalidad” y “pasaporte”. —Recordó algo y sonrió—. Menos mal me sabía el número de pasaporte, porque vi a más de uno buscando, desesperado, el pasaporte.

Todos se rieron imaginando la escena.

—Cuando terminé, me salió que era el número uno en inscribirme.

—¡¿Eres el número uno?! —gritó el entusiasta.

—Sí. Lo confirmé en la página oficial. El contador ya no estaba en cero, sino en uno. Y mientras estaba anonadado, Alexis escaneó la tarjeta, llenó y envió los campos rapidísimo, y antes de que alcanzara a decir “ok”, el número cambió de uno a dos con una transición hermosa: lenta, pero no lo suficiente; veloz, pero con una calma mágica.

Hubo un pequeño silencio. Las pantallas de la llamada reflejaban las sonrisas curiosas de todos.

—Después de que escaneamos el código —continuó José, tomando aire—, el señor Taka nos pidió ayuda en un inglés tan claro, tan pausado, que hasta yo lo entendí.

—¡Milagro! —gritó alguien en la llamada, aludiendo al poco inglés de José.

—Caminamos unas calles cerca y abrió su carrito, sacó unos libros y nos pidió que le ayudáramos a armar una librería ambulante.

Todos se sorprendieron.

—¡Qué gran detalle! —dijo el práctico—. O sea, el tipo armó su propia librería en la calle, por lo cual no tienen que depender de lugares físicos para repartir las pistas…

—Luego entendió que eso se abrían más las posibilidades de las pistas, pero nadie habló de eso en ese momento.

—Terminamos de ayudarlo y, antes de irse, nos dejó tres mensajes: “Observen siempre a las personas”, “No olviden la filosofía de esta historia que tanto amamos” y “Si tienen hambre, coman”.

Todos rieron con el último comentario.

—Lo vimos alejarse con su carrito-librería, y me dio miedo que alguien lo fuera a tumbar o molestar, así que le dije a Alexis que me acompañara a esperarlo un rato. Volvimos a las bancas frente al museo y nos quedamos mirando cómo la gente empezaba a acercarse. En cuestión de minutos ya tenía fila —José bromeó—. Era impresionante. La gente casi se le tiraba encima. Él, súper tranquilo, les pedía que hicieran fila, y uno por uno los atendía. A algunos les daba la tarjeta con el QR; a otros, solo una foto. Creo que reconocía quién era jugador y quién, simple turista. Vi que se puso los típicos guantes blancos para atender a los viajeros. Después de una hora, levantó la mano, se despidió de nosotros y se fue, empujando su carrito por la calle como si nada.

José hizo una pausa, recordando el momento.

—Luego le dije a Alexis que si quería tomar algo. Dijo que sí, y fuimos por una arepa de huevo con jugo. Charlamos un montón. Ella me contó que era fotógrafa; yo le conté de mis proyectos, de mi emprendimiento. Me cayó muy bien. Muy buena onda, pero demasiado sociable para mí. En serio, no es mi tipo.

—Sí, claro… —bromeó la pensativa.

—En serio —insistió José—. Solo hablamos. Cuando empezó a caer el sol, le propuse ir a la muralla a tomar fotos del atardecer. Y mientras estábamos ahí, me sonó el celular: una notificación del correo. A ella creo que también le llegó, porque revisó su teléfono. Al mirar, tenía como cuatro correos del mismo remitente, y el último tenía como asunto: “Instrucciones para participantes”, en inglés. Los abrí por encima, pero no pude entender todo inmediatamente, así que le dije a Alexis que iba al hotel a descansar. Ella me dijo que también quería descansar, así que siguió por su lado y yo me metí a una cafetería, buscando un lugar donde traducir con calma el mensaje. Pedí un par de cafés mientras estuve en mi labor. En un momento fui a curiosear el contador de la página web y llevaba casi…

—¡Dos mil! —repitió el fanático—. ¡Eso ya es un ejército!

—Sí.

Todos estallaron de incredulidad. Eran muchísimas personas. Durante un rato, alguien pensó: “¿Dónde se va a quedar toda esa gente?”, “¿Cartagena puede aguantar a tanto turista?”, “¿Será que el señor Taka es el único que da pistas o habrá más?”.
José les dijo que miraran cuántas personas iban hasta esa hora: 3.756, mostraba la pantalla de la página oficial, y el número no se detenía.

—¿Qué decían los correos? ¿Los leíste bien? —preguntó la pensativa.

—Los correos decían que había que leerlos mínimo dos veces. Así que, como buen obsesivo, los leí seis. —José sonrió, con cierto orgullo—. Había cosas muy serias: contratos, normas, responsabilidades, temas de visados, seguros, confidencialidad, hasta reglas para usar la red social Muwi. Todo muy estructurado, y lo peor: en inglés.

—Típico de ti —dijo el práctico—. Apuesto a que, con lo nerd que eres, seguro los tradujiste, les hiciste un resumen y, por puro ego, vienes a demostrarnos que pudiste hacerlo.

—Obvio —respondió José, riéndose—. Me pasé como seis horas haciéndolo. No podía quedarme quieto. Entre trabajar y ahorrar, necesitaba entender bien en qué me estaba metiendo. Porque no tengo idea de a dónde me va a mandar la siguiente pista, y quiero estar preparado.

—Tiene sentido —asintió el escéptico—. Es lo mínimo.

—Bueno, pues —dijo José, enderezándose—, por normativa no puedo compartir el documento original, pero no dice nada sobre mostrar mi resumen en español. Así que… —sonrió y dio un par de clics—. Permítanme, les comparto pantalla.

La pantalla se llenó con un fondo blanco y múltiples párrafos organizados con subtítulos, subrayados y notas en colores. José hablaba con entusiasmo, como si estuviera dando una clase.

—Esto que ven aquí —explicó— es lo más importante del reglamento:

• Aceptar las condiciones es obligatorio.

• El viaje combina aventura y resolución de enigmas; hay tiempos de espera obligatorios.

• No hay garantía de que haya un ganador.

• Cada uno responde por sus gastos, visas y salud.

• Se puede tener un equipo, los “nakamas”, pero la participación sigue siendo individual.

• Las pistas se distribuyen solo a través de los “distribuidores”, y ellos pueden negarse a entregarlas.

• La aplicación Muwi es la única forma de seguir en el viaje; si la desinstalas, estás fuera.

• No se puede compartir información fuera de la red.

• Todo lo que subamos a Muwi puede usarse para un documental al final.

Durante unos veinte minutos nadie interrumpió. Cada uno leyó en voz alta para todos; se turnaron para que el resumen que José había preparado del reglamento fuera entendible. Era mucho más denso de lo que esperaban: hablaba de visados, de reglas, de los nakamas, de la red social interna, de los distribuidores de pistas… Un documento casi legal, pero envuelto en aventura.

—El mío está súper bruto comparado con los correos que me mandaron —dijo José, con una sonrisa cansada—. Por eso me demoré tanto.

—Wow. Es como un contrato de vida —dijo la pensativa, impresionada.

—Parece más serio de lo que uno cree —añadió el práctico.

—Sí —dijo José, mirando la pantalla. El reflejo de su rostro se veía cansado, pero con una chispa viva en los ojos—. Y eso, chicos, fue mi primer día: Cartagena, el señor Taka, Alexis, los correos y mi resumen. —José suspiró y sonrió—. Ahora toca esperar la segunda pista.

Hizo una pausa, respiró, y con el celular en la mano apuntó hacia la pantalla.
—Miren esto. Esta es la red social de la aplicación —dijo.

Era una interfaz minimalista, parecida a Twitter, pero limpia, ordenada, misteriosa. Ya había fotos, mensajes, gente conectándose. Una red cerrada, exclusiva para los jugadores del viaje.

—¿Y esa quién es? ¿La alemana? —preguntó alguien en tono burlón.

—No —respondió José, buscando algo en el celular—. Esta sí es Alexis —dijo, al mostrar la foto—. Es buena gente, muy pila, pero muy joven para mí. Además, no tengo cabeza para eso. No estoy buscando nada romántico. Lo mío ahora es trabajar, ahorrar y llegar hasta el final del camino. Así que espero que no me molesten con ella de nuevo. Gracias.

Alguien comentó algo sobre las reglas de descalificación, y José asintió.

—Ya descalificaron gente. Algunos pasaron correos del reglamento a otros lados. Los rastrearon. También hubo uno que intentó hackear la aplicación desde su celular. Una locura. Ya descalificaron a varios antes de empezar. Y solo han pasado dos días.

Hablaron entonces de que la organización repetía constantemente que no cubriría gastos de los participantes ni quería involucrarse en temas políticos, económicos o religiosos. A algunos les pareció interesante eso de que pudiera no existir un ganador, porque implicaba que, en algún punto, nadie lograría llegar a la siguiente pista y quedarían descalificados.

—Eso me pareció curioso —dijo alguien—. También lo del pasaporte y la nacionalidad, por el tema de las visas y las rutas. Pero… si tienes visa para Estados Unidos, ¿cómo saben ellos?

José explicó que al día siguiente había llegado un formulario en el que uno debía marcar, con casillas, los países para los que tenía visa y los que no. Desafortunadamente, él solo contaba con la estadounidense.

—Aunque, bueno —añadió—, algunos países permiten entrar si tienes visa americana. Pero, por ejemplo, Inglaterra, en este momento, no me dejaría entrar.
—Así que te perdiste de una experiencia bonita —bromeó uno.

A otro le llamó la atención el tema de los compañeros de viaje. Podían formar equipos, los llamados nakamas, y luego separarse si era necesario.

—También es importante cómo te pueden sacar del equipo… o del juego en general —comentó otro—. Y que la única apelación la haces ante el servidor que te está evaluando.

Eso generó debate. Muchos coincidieron en que ahí podía haber conflictos si expulsaban a alguien “injustamente”.

—Podría haber demandas —dijo alguien más.

—Tal vez —respondió otro—, pero si el distribuidor tiene pruebas, el equipo tendría que revisarlas.

La conversación se volvió intensa, llena de hipótesis, especulaciones y risas.

Sin embargo, lo que más los entusiasmó fue el tema de la aplicación Muwi.

Les pareció fascinante la idea de tener una red social solo para los participantes.

A otro le resultó aún más interesante que todo funcionara con tecnología blockchain, una especie de “contrato electrónico entre dispositivos”, según explicaba José. Todos coincidieron en que la organización se había tomado muy en serio la seguridad y la protección de datos.

Durante casi una hora siguieron hablando, haciendo preguntas, validando información y riéndose entre comentarios y teorías.

Luego, la conversación cambió de tono. Le preguntaron a José cómo iban sus proyectos, sus clientes, si el dinero le alcanzaba o si necesitaba ayuda.

Él contó que había contratado a un compañero para que le ayudara con soporte técnico, porque se estaba quedando corto de tiempo y no quería descuidar su trabajo. Dijo también que necesitaba ahorrar más, y que ese pensamiento lo tenía algo ofuscado.

Uno de sus amigos le insistió en que, si necesitaba apoyo, se lo dijera sin dudarlo. José sonrió y dijo que, por ahora, todo estaba bajo control.

Pasaron algunos minutos más entre bromas, risas y silencios tranquilos.

Finalmente, José se acomodó frente a la cámara con su limonada de coco y sonrió.
—Les digo una cosa. La próxima vez que hablemos, o estaré en mi casa, o estaré en otro país, esperando la tercera pista.

Todos se rieron.

—Ojalá que sea esperando esa tercera pista —dijo la pensativa.

José hizo una pequeña pausa, respiró y agregó, casi en susurro: —Dejémoslo hasta aquí por hoy. Les iré contando cualquier cosa.

Levantó su vaso.

—Salud, nakamas.

Brindaron entre risas. Le desearon suerte, bromearon con el tesoro y le recordaron que no se olvidara de dormir. Por primera vez en mucho tiempo, el silencio no le pesó. Se sintió acompañado.

Las pantallas fueron apagándose una por una, hasta que solo quedó el reflejo del monitor frente a José. No vio el espejo ni el vacío que había dejado.

Pensó, con una sonrisa leve, que eso era algo que no había sentido incluso junto a su exesposa.