Entendiendo la ley
José apareció en la videollamada con una limonada de coco en la mano y una sonrisa cansada dibujada en el rostro. En las distintas ventanas se alcanzaban a ver habitaciones iluminadas por luces cálidas, camas desordenadas, tazas de café olvidadas sobre escritorios y ventiladores girando lentamente en el techo. Alguien estaba en pijama; otro permanecía medio acostado en un sofá, sosteniendo el celular desde un ángulo incómodo.
—Buenas noches, nakamas —dijo José, levantando el vaso—. Tengo la primera pista.
—¡Eso! —gritó el entusiasta—. ¡Cuenta todo!
—Sí, pero esta vez sin ocultar las partes donde haces algo estúpido —añadió el escéptico.
José soltó una risa breve antes de acomodarse frente a la cámara.
Les resumió rápidamente cómo había sido su primer día en Cartagena: la obsesión absurda que le había dado con el Museo de la Inquisición, la cantidad de turistas vestidos con cosas de One Piece y aquella sensación extraña de que cientos de personas caminaban por la ciudad buscando algo sin entender realmente qué era.
También admitió, entre risas, que había ignorado completamente la pista sobre la librería.
—Pensé que era decorativa —dijo—. Resulta que no.
—Qué sorpresa —murmuró el escéptico.
José continuó contando que, después de varias horas perdido y confundido, terminó sentado frente al museo hablando con una fotógrafa alemana llamada Alexis, a quien ya había visto el día anterior caminando por el centro histórico.
—Hablamos poco —explicó—, pero fue suficiente para darme cuenta de que ella era demasiado sociable para mi gusto. Yo apenas estaba intentando entender qué estaba pasando, y ella ya hablaba con medio planeta.
Las risas aparecieron en varias ventanas.
—Mientras hablábamos, apareció un señor japonés con un carrito de madera. Se tropezó frente a nosotros y lo ayudamos a levantarse. Ahí fue donde empezó todo.
José les habló entonces del hombre al que había decidido llamar “el señor Taka”: elegante, tranquilo, observador. Les contó cómo les preguntó qué les gustaba de One Piece, cómo parecía analizar cada respuesta y cómo, después de unos minutos, sacó una tarjeta metálica con un código QR y una calavera grabada en el centro.
—Cuando la escaneé, el celular mostró: “Creando llave virtual…”. Después descargó automáticamente una aplicación llamada Muwi.
—Ahí fue donde te vendieron el alma —dijo alguien.
—Probablemente.
José explicó que el registro pedía nombre, nacionalidad y número de pasaporte.
—Y menos mal me sabía el número de memoria —añadió—. Había gente buscando fotos del pasaporte en el celular mientras hacía fila, casi sudando del estrés.
Las carcajadas llenaron la llamada.
—Cuando terminé el registro, la página oficial mostró que yo era el participante número uno. Y apenas Alexis terminó el suyo, el contador cambió de uno a dos con una animación rarísima… lenta, elegante… como si quisieran que uno sintiera que acababa de entrar en algo enorme.
El práctico levantó una ceja.
—O sea, muchísimo dinero detrás. Cuando una experiencia digital es así de fina, tiene que haber una inversión brutal.
—Demasiada.
José les contó entonces que el señor Taka les había pedido ayuda para organizar unos libros y que ahí entendieron algo importante: las “librerías” no dependían de locales físicos. Los distribuidores podían aparecer en cualquier parte.
—Eso cambia completamente el juego —dijo el práctico.
—Exactamente.
José sonrió un poco al recordar la escena.
—Lo más raro era cómo observaba a la gente. En un momento incluso se puso unos guantes blancos para atender a quienes llegaban al carrito. Como si estuviera manipulando algo delicado.
Hubo un pequeño silencio.
—Eso da miedo —dijo la pensativa.
—Sí. Y cuando empezó a llenarse demasiado, me preocupó que alguien fuera a tumbarlo o a robarle algo. Pero el tipo seguía tranquilo, haciendo fila, mirando a todo el mundo antes de entregar cualquier cosa.
José les contó que, antes de irse, el señor Taka les dejó tres frases:
—“Observen siempre a las personas”. “No olviden la filosofía de esta historia”. Y… “Si tienen hambre, coman”.
Todos se rieron con la última.
Después resumió rápidamente la tarde con Alexis. Caminaron por la muralla, comieron algo y vieron el atardecer mientras empezaban a llegar los correos oficiales del evento.
Ahí, explicó José, fue cuando entendió que aquello ya no parecía un simple juego.
—Parecía una mezcla entre contrato legal, viaje internacional y búsqueda del tesoro —dijo—. Y todo estaba en inglés.
—Ahí murió José —dijo alguien. Todos rieron.
—Casi. El señor Taka hablaba un inglés tan pausado que hasta yo le entendía. Pero esos correos sí parecían redactados para destruirme psicológicamente.
Las ventanas explotaron en carcajadas.
José admitió que el reglamento decía que debía leerse mínimo dos veces.
—Yo lo leí seis.
—Claro que sí —murmuró el escéptico.
—Necesitaba entender bien dónde me estaba metiendo.
Compartió pantalla.
Un documento lleno de notas, colores y subtítulos apareció frente a todos.
—No puedo mostrar los correos originales —aclaró—, pero sí mi resumen.
Comenzó a pasar páginas lentamente.
—Aquí fue donde entendí que esto estaba diseñado de verdad —dijo—. No todos vamos a viajar a los mismos lugares.
El práctico frunció el ceño.
—¿Cómo así?
—Las rutas cambian según nacionalidad, visas y permisos migratorios. O sea, dos personas pueden resolver exactamente la misma pista y terminar en países distintos.
Hubo un breve silencio.
—Eso es absurdamente complejo de organizar —murmuró alguien.
—Sí. Y aparentemente ya lo tienen calculado desde el registro inicial. Por eso pedían pasaporte apenas entras.
José siguió desplazándose por el documento.
—También entendí otra cosa importante: aquí el tiempo funciona raro.
—¿Raro cómo? —preguntó la pensativa.
—Cada pista tiene un temporizador global. El tiempo empieza desde la primera persona que escanea el código.
Las ventanas quedaron en silencio.
—Espera… ¿qué? —dijo el escéptico.
José asintió.
—Supongamos que yo fui el primero en encontrar una pista. Desde ese momento empieza el tiempo oficial de esa etapa. Si dos mil personas más encuentran esa misma pista después, todas quedan amarradas al mismo reloj, incluso si llegaron cuatro días tarde.
—O sea que todos reciben la siguiente pista al mismo tiempo.
—Exactamente. Siempre y cuando hayan conseguido la actual antes de que se cierre la etapa.
—Eso cambia completamente la estrategia —dijo el práctico.
—Sí. Porque ya no importa solo resolver la pista. También importa qué tan temprano alguien activa el reloj para todos los demás.
El entusiasta soltó una risa nerviosa.
—Eso suena estresante.
—Mucho.
José continuó recorriendo el documento con calma.
—Y hay otra cosa rara: los distribuidores pueden negarse a darte una pista.
—¿Sin explicación? —preguntó alguien.
—Pueden hacerte preguntas, reportarte y dejar la decisión en manos de la organización. Y si concluyen que incumpliste algo… te sacan.
—¿Sin apelación?
—Prácticamente sí.
El silencio volvió durante unos segundos.
Ya no sonaba como un evento de fans. Sonaba como algo cuidadosamente diseñado.
—Y esto fue lo que más raro me pareció —dijo José, acomodándose en la silla antes de leer otra línea del resumen—: “El viaje puede no tener un ganador”.
Nadie habló durante varios segundos.
—Espera… ¿cómo que puede no haber ganador? —preguntó la pensativa.
—Supongo que, si nadie logra llegar al final… simplemente termina.
—Eso cambia todo —murmuró el práctico.
—Sí. Porque entonces no están prometiendo que alguien vaya a ganar. Solo están prometiendo el viaje.
José sacó su celular y abrió la red social interna de Muwi. Les explicó que esa era la aplicación que se había descargado al escanear el código. La pantalla mostraba publicaciones en distintos idiomas: fotos de aeropuertos, platos de comida, museos, calles desconocidas, capturas borrosas y selfies frente a lugares imposibles de identificar. También les aclaró que no podía mostrarles la aplicación de otra manera, porque eso bastaría para descalificarlo.
—Lo raro —dijo— es que el reglamento insiste demasiado en que todo pase dentro de esta aplicación.
—¿Qué tan demasiado? —preguntó el escéptico.
—Descalificación inmediata si compartes algo afuera. Incluso si después lo borras.
—Eso ya parece una secta digital.
José dejó escapar una pequeña risa.
—Sí. Y encima hablan de un contrato electrónico entre el dispositivo, la aplicación y el sistema de seguridad. Mencionan blockchain varias veces. Honestamente… como ingeniero, me emocionó un poco.
Las risas volvieron.
—Sabía que esa palabra te iba a gustar demasiado —dijo el práctico.
—No, pero piénsenlo bien —continuó José, inclinándose hacia la cámara—. Si todo queda registrado entre dispositivos, códigos y validaciones, entonces pueden rastrear filtraciones casi en tiempo real. Técnicamente es una locura.
—O una paranoia gigantesca —dijo el escéptico.
—Probablemente ambas.
José siguió mostrando publicaciones.
—Ya descalificaron gente. Algunos compartieron información fuera de la aplicación y otros intentaron alterar cosas desde sus celulares. Y apenas han pasado dos días.
Eso provocó otra ronda de preguntas. Hablaron sobre visas, posibles rutas, países imposibles de visitar y la posibilidad de que nunca hubiera un ganador. También comentaron que la organización repetía constantemente que no cubriría gastos de los participantes ni quería involucrarse en temas políticos, económicos o religiosos. Y que el premio, si alguien conseguía llegar al final, consistía únicamente en el acceso anticipado al capítulo secreto del manga.
En un momento, José abrió el contador oficial.
3.756 participantes.
El número seguía aumentando lentamente frente a ellos.
—Qué locura… —murmuró la pensativa.
—Y apenas empezó —dijo José.
La conversación derivó entonces hacia temas más personales. Le preguntaron cómo pensaba sostener un viaje así, qué iba a pasar con el trabajo y cuánto dinero necesitaba realmente.
José admitió que había contratado ayuda para soporte técnico porque ya no podía manejarlo todo solo.
—Por ahora sigo estable —dijo—. Pero sí… esto obliga a pensar distinto.
El práctico levantó el café frente a la cámara.
—Bueno, señor participante número uno. Esperamos verte sobreviviendo a la siguiente pista.
—O al siguiente país —añadió el entusiasta.
José soltó una risa cansada.
—La próxima vez que hablemos probablemente ya no esté en Colombia.
—Eso sonó peligrosamente épico —dijo el escéptico.
Las risas volvieron a llenar la llamada.
José levantó otra vez la limonada.
—Salud, nakamas.
Todos brindaron desde sus pantallas.
Y mientras las cámaras comenzaban a apagarse una por una, José se quedó mirando el reflejo tenue del monitor en la oscuridad de la habitación.
Pensó brevemente en Alexis, en lo fácil que le resultaba hablar con desconocidos, en lo lejos que él estaba de ser así.
Después apoyó la cabeza contra la silla.
Por primera vez en mucho tiempo, la idea de seguir avanzando no le pesaba tanto.