Capítulo 6

Repartiendo códigos

Tarjeta de lujo "one piece" con el código QR y en el medio el escudo de Luffy, la calavera con el sombrero de paja
José y Alexis viven una jornada inesperada en la que un encuentro fortuito los sumerge en una experiencia que parece ir más allá de un simple evento. Entre códigos, pistas y conversaciones, ambos descubren que hay viajes que comienzan sin aviso y que las coincidencias pueden convertirse en señales. Lo que parecía un juego empieza a tomar la forma de algo más grande, mientras cada paso los acerca a una historia que apenas comienza.

José sostuvo la tarjeta entre los dedos. Era plateada, reluciente, con un brillo metálico que le recordó a una tarjeta de crédito de lujo. La observó con detenimiento: las letras negras y rojas parecían danzar sobre la superficie, y al pasar el dedo sobre el código QR sintió un leve relieve. Vio, en el medio del código, la forma de una calavera, el símbolo inconfundible de Luffy.

Por un momento pensó que era una broma. No tenía sentido. Se suponía que todas las pistas estarían en una librería, y aquel hombre no tenía nada alusivo a alguien que trabajara en una. Eso lo descolocó bastante.

Levantó la vista. El anciano seguía allí, sonriendo con serenidad. Sus ojos —aún húmedos, por las conmovedoras palabras que le habían dicho— le insistían en que debía escanear el código.

José respiró hondo. Sacó su teléfono, apuntó la cámara y esperó.

El escáner reaccionó al instante: el código generó una llave digital y, segundos después, un enlace. José lo abrió.

En la pantalla apareció un formulario con el mismo aspecto que tenía la web oficial del evento. En él se pedían el nombre, número de pasaporte, fecha de nacimiento, género, apodo, país de origen y correo electrónico. José leyó lentamente cada campo y, antes de llenar cualquiera, miró al anciano, quien le hizo un leve gesto de aprobación para que continuara. Debajo del formulario, una línea de texto destacaba:

“Acepta los términos hoy para continuar con la inscripción y seguir las instrucciones.”

El anciano murmuró con voz pausada:

—Cuando tengas un momento, antes de que termine el día, lee todas las instrucciones que te dé la página. Ahí estarán los detalles y las condiciones para que continúes con el viaje.

José asintió, completó los campos y presionó Aceptar. La pantalla se llenó de confeti digital y apareció el mensaje:

“Felicidades. Eres el número 1° en inscribirte. Tu viaje comienza ahora. Revisa tu correo electrónico para más información.”

El anciano sonrió satisfecho. José, todavía incrédulo, le devolvió la tarjeta. El hombre la tomó con delicadeza, giró sobre sí mismo y se la entregó a Alexis, que observaba todo con una mezcla de desconcierto y curiosidad.

Mientras ella escaneaba su tarjeta, José continuó mirando la página, pues al finalizar el proceso lo había redirigido a la página oficial del evento. Notó que esta seguía activa: el reloj digital descendía lentamente, quedaban menos de setenta horas. En el centro de la pantalla, el contador había aumentado a 1, un número rojo e imponente que dominaba todo el sitio web.

—Okay, está listo —dijo Alexis.

En ese mismo instante, el contador oficial del evento cambió lentamente a 2. José la miró, y por primera vez sintió que todo era real. La tarjeta, el formulario, el anciano… todo encajaba. Estaban dentro del viaje.

A su alrededor comenzaron a oírse murmullos, luego gritos. Gente de todas las edades miraba sus teléfonos, revisaba el código inicial buscando más detalles, corría, preguntaba. Algunos reían con nerviosismo; otros parecían al borde del pánico. La confusión se extendió por las calles frente al museo.

El anciano extendió la mano hacia el carrito, apoyándose para levantarse del banco. Luego recogió el tomo de manga que antes le había entregado a José como pista de confirmación. Se incorporó frente a ellos y, con una venia, les mostró su respeto y admiración por aquella aventura que acababan de iniciar. Se paró muy recto, como si fuera un militar, y con voz clara, pero sin gritar, se presentó:

—Mi nombre es Takahiro Inoue —dijo—. En otro tiempo fui colaborador de One Piece. Hoy soy uno de los reclutadores de esta travesía. Estoy seguro de que volveremos a encontrarnos. Pero antes… necesito repartir las pistas a los demás aventureros. ¿Podrían ayudarme con un cambio que debo hacer? Por lo visto —dijo, mirando a la multitud a su alrededor—, aquí no podré hacerlo.

José y Alexis se miraron. Sin saber muy bien por qué, aceptaron acompañar al anciano. José guardó su termo en su morral y Alexis hizo lo propio con su cámara. Sin decir más, los tres se alejaron del tumulto, dejando atrás el ruido y los gritos.

Caminaron unas calles hasta llegar a una esquina tranquila. Allí, Takahiro detuvo su pequeño carro, lo abrió con cuidado y empezó a sacar libros y revistas. Les pidió ayuda para montar un puesto. Ambos ayudaron. En cuestión de minutos, el modesto carrito se transformó en una diminuta librería ambulante.

Takahiro colocó al frente, visible, como si marcara el comienzo de algo, el libro que le había mostrado a José hacía unos minutos.

—Esto servirá como pista para los próximos viajeros —dijo, acomodando el libro con precisión. Luego los miró fijamente y, con una voz que mezclaba sabiduría y juego, añadió—: Tres cosas deben recordar: uno, observen siempre a las personas; dos, sin importar lo que ocurra, no olviden la filosofía de esta historia que tanto amamos; y tres, «si tienen hambre, coman».

Al despedirse, Takahiro les deseó un buen viaje.

Bon voyage —dijo con una sonrisa y una leve reverencia.

Después de montar su pequeña librería ambulante, el señor “Taka”, como lo bautizó José, se despidió de ellos y emprendió el camino de regreso hacia el museo. Ambos se quedaron observándolo, perplejos. Ninguno entendía del todo lo que acababa de suceder. Alexis guardó silencio, como si solo tuviera derecho a respirar en aquel momento. Él, intentando romper la tensión, le preguntó si quería acompañarlo al mismo banco donde habían estado hacía unos minutos. Le dijo que quería ver, desde lejos, cómo aquel anciano lidiaría con la multitud cuando descubrieran quién era.

Volvieron sobre sus pasos y, desde la distancia, lo vieron avanzar entre la gente. Takahiro empujaba el carrito con calma, mientras algunos curiosos se acercaban. Turistas extranjeros le pedían fotos; otros, más jóvenes, le hacían preguntas. Él sonreía y, de vez en cuando, entregaba una tarjeta a quienes veían el libro de One Piece en el frente del carrito. La mayoría se emocionaba cuando la recibía. A quienes la obtenían, les pedía que escanearan el código y que guardaran silencio. Todos obedecían, agradecidos, antes de marcharse con una sonrisa. A los demás, a quienes no entregaba tarjeta, les explicaba, cortésmente —suponía José por lo que veía—, que era un evento privado, agradecía su interés y les deseaba un buen día.

Cada vez que alguien escaneaba una tarjeta, el anciano se despedía con las mismas palabras:

Bon voyage.

La escena tenía algo hipnótico. Alexis tomó varias fotografías: del anciano, de la fila que se formó por la creciente cantidad de curiosos, de las sonrisas que dejaba a su paso. Incluso José sospechó que, en algún momento, también le había tomado una foto a él.

El sol aún se alzaba alto, eran cerca de las cuatro de la tarde, y el calor empezaba a ceder. Cuando la fila finalmente terminó, Takahiro volvió a empujar su carrito y se perdió entre las calles, seguido por un pequeño grupo que corría tras él entre risas y gritos.

José y Alexis se quedaron mirándose, hasta que él rompió el silencio con un inglés torpe:

—¿A ti te gustaría… ir a tomar un café? ¿O un… jugo?

Ella rio y asintió encantada. Le dijo que había descubierto un lugar cercano donde servían un jugo delicioso y que le gustaría llevarlo. José aceptó.

Por el camino, Alexis no dejaba de tomar fotos. Retrataba a la gente, los edificios, los reflejos del sol sobre los balcones. José la observaba divertido: siempre había pensado que los alemanes eran serios y reservados, pero ella rompía todos esos estereotipos. Le parecía refrescante.

Ya en la cafetería, miraron la hora. Ya el almuerzo había pasado, así que José le propuso comer algo y ella aceptó con entusiasmo. Él le recomendó probar una arepa de huevo mixta; ella, a cambio, le sugirió pedir jugo de mango o limonada de coco. Terminaron comiendo lo mismo.

Estuvieron en silencio un rato y luego intentaron conversar. José se disculpó por su inglés limitado; cada frase le costaba esfuerzo, pero Alexis fue paciente. Lo corregía suavemente cuando se equivocaba, y eso lo hacía sonreír. Ella hablaba despacio, clara, casi melódica.

La charla fluyó: hablaron de One Piece, del viaje, de cómo se había enterado del evento. Pasaron horas sin notarlo. Entre cafés, fotos y risas, la tarde se deslizaba tranquila. Cuando el tema se volvió más personal, José le contó que se había divorciado hacía poco y que el viaje era, en parte, una forma de pensar y sanar. Ella lo escuchó con amabilidad, sin forzar la conversación. Él,también quiso saber acerca de su trabajo, de su vida en general y por qué viajaba sola. Ella no comprendió del todo esta última pregunta; él trató de explicarlo usando gestos. Entre risas, ella le explicó que eso allá no ocurría, que no todo debía parecer una película de acción.

Antes del atardecer, José le propuso ir a la muralla para ver el sol caer. Ella aceptó. Quería capturar una última fotografía del día.

Mientras observaban el horizonte, sus teléfonos vibraron al mismo tiempo. Había llegado un nuevo correo, y ambos lo abrieron. Al ingresar a la página, José se dio cuenta de que tenía varios mensajes anteriores que no había visto: la emoción del día lo había distraído de ese detalle.

Entre aquellos correos encontró una bienvenida formal al viaje, un conjunto de reglas, estatutos y medidas de seguridad. También había un enlace a un video: una imagen de la tripulación de Luffy y una voz en japonés —la de Luffy mismo— dando la bienvenida a los nuevos viajeros. Tenía subtítulos en muchos idiomas.

José prefirió leerlos todos a solas. Le dijo que ya estaba agotado, así que sugirió la despedida. Ella, un poco triste, aceptó. Se despidieron con cortesía, deseándose buena suerte mutuamente. Ella sonrió, le deseó “la mejor mala suerte” —como si eso fuera una bendición de pirata— y le preguntó: ¿Hay problema en crear un grupo de Telegram?, por si acaso, más adelante necesitamos hablar.

—Si necesitas algo, escríbeme —le dijo.

José asintió. Caminaron juntos un tramo antes de separarse. Unos minutos después, entró a un café, pidió un café y, con el celular en mano, se sumergió en la lectura de los mensajes.

Mientras revisaba los correos y comprendía por fin la magnitud de lo que había empezado, no pudo evitar sonreír, al entender que, de algún modo, todo lo que seguía dependía de él. “La primera pista fue la más fácil”, rezaba en los correos.

Le dio un sorbo al café, miró la pantalla y, en voz baja, repitió las palabras del anciano:

Bon voyage.