Resumen incómodo
Al llegar a la habitación, José se dejó caer en la cama con tanta fuerza que el termo de agua que traía en la mano golpeó contra su frente. Soltó una leve risa, lo dejó a un lado y se recostó boca arriba.
El murmullo del mar se filtraba tenuemente por la ventana cerrada, mezclándose con el sonido de los carros y las personas que iban y venían por la calle.
Sonrió mientras trataba de definir cuál era ese sentimiento que lo albergaba en ese momento: esa mezcla extraña entre la calma y el vértigo. Él la definió como “felicidad”, en una de sus múltiples y versátiles presentaciones.
Miró el techo durante un largo rato, como si las grietas formaran constelaciones que solo él podía entender. Quería recordar cada instante de aquella aventura tan corta, pero tan intensa. Mientras recorría las manchas, parches y defectos del techo y la pared, evocaba cada parte de aquel día.
Necesitaba contarlo, compartirlo con alguien, revivirlo a través de las palabras.
Suspiró.
Buscó el teléfono: cuatro llamadas perdidas de Sara, dos de un cliente.
—Demonios… debo trabajar —murmuró, más por costumbre que por convicción, y saltó de la cama.
Encendió su computadora y comenzó a revisar los correos pendientes. Tenía no más de diez correos; pensó que no le tomaría tanto tiempo, así que inició rápidamente. Les respondió a sus clientes: eran casos muy pequeños, peticiones rápidas, ajustes de base de datos, solicitudes de procesos nuevos, configuraciones de servicios adicionales, además de la revisión de un par de facturas.
Trató de enfocarse al cien por ciento, pero no lo logró del todo. Aun así, pudo completar las tareas más importantes, y lo que no pudo cerrar rápidamente lo anotó en un documento digital, junto a los pendientes que trabajaría al día siguiente, todo con el fin de organizarse, ahora que tendría espacio para hacerlo.
Luego le envió un audio a un amigo, un compañero de la universidad, al que le preguntó si podían hablar al día siguiente, pues se había dado cuenta de que, con el viaje, no podría estar pendiente de todas las cosas —había sido muy iluso de su parte—, así que iba a contratarlo para que le ayudara, por lo menos, con el soporte técnico que requerían sus clientes día a día. Ya había trabajado con él y era de su total confianza. Igual, no podría dejar de trabajar.
Cuando terminó todo lo urgente, apagó el computador, abrió la ventana para que entrara aire a la habitación y volvió a la cama. Se sentó y abrió los mensajes de Sara.
Había recibido más de doscientos mensajes y audios. Los primeros fueron de enojo; luego, de emoción y pasión; después, de tristeza, ternura, amor… y otra vez de enojo y furia. Un torbellino de palabras, emociones y sentimientos.
Los primeros eran duros, cargados de reclamo:
«No puedo creer que te hayas ido así».
«¿De verdad una carta? ¿Esa es tu forma de enfrentar las cosas?»
«¿Sabes lo que sentí al no encontrarte?»
Luego vinieron los de angustia:
«No sé si estás bien».
«Tu mamá está asustada, José».
«No puedo dormir pensando en lo que te puede pasar».
Y entre ellos, pequeños destellos de ternura:
«Vi tu termo en la mesa. Todavía tenía café».
«Eres un idiota… pero te extraño».
«¿Te acuerdas cuando decías que los viajes curan? Ojalá esta vez te curen de verdad».
Después, una larga cadena de audios. Su voz cambiaba con cada uno: del reclamo a la calma, de la calma a la risa nerviosa, del llanto a la resignación.
José escuchó todo.
Cuando terminó, escribió solo una frase:
«Hola. Estoy bien. Gracias por preocuparte por mí».
Menos de dos minutos después del mensaje, comenzó a sonar el timbre de llamada del teléfono. Era ella.
—¿Por qué no contestas? —fue lo primero que escuchó. Su voz temblaba—. ¿Qué has hecho? ¿Por qué te fuiste así? ¿Qué sentido tiene? Tu mamá está preocupada, yo estoy preocupada… ¿Comiste algo al menos? No entiendo qué tienes en la cabeza.
José esperó. Dejó que hablara. Sabía que ese desahogo no era contra él, sino contra el silencio. Cuando hubo una pausa, dijo con calma:
—Estoy bien, Sara. Gracias por preocuparte por mí. Perdóname si mi decisión te dolió o afectó de alguna manera. Lo habíamos hablado y también te dejé una carta. Sé que no fue la mejor manera, pero de esa forma pude expresar mis sentimientos.
Ella guardó silencio unos segundos. Luego, más tranquila, preguntó:
—¿Entonces lograste adivinar la ciudad?
—Sí. Ya di el primer paso.
—¿Y para eso necesitabas desaparecer? —respondió con una mezcla de ironía y tristeza—. José… no entiendo.
—Porque necesitaba espacio —contestó él—. No para huir, sino para respirar. No estoy haciendo nada extraño, solo me estoy reorganizando. Ya tengo mis cosas en orden, organicé mis horarios, estoy retomando ideas viejas, estoy teniendo espacio para mí. No sé si eso me ayudará a madurar o crecer, pero al menos empiezo a entender lo que realmente quiero.
Sara suspiró al otro lado.
—¿Y no podías hacer eso aquí, conmigo? —preguntó con suavidad, pero con el filo de la incredulidad—. A veces pienso que te encanta complicarlo todo. En ocasiones pareces un niño malcriado. —Hizo una pausa—. No digo que no debas cambiar, solo… ¿tenías que irte para lograrlo?
José sonrió con tristeza.
—Tal vez sí. A veces uno necesita distancia para escucharse.
—Suena bonito, pero no sé si te creo —replicó ella. Hubo un silencio corto, pero continuó pausadamente, como si eligiera quirúrgicamente sus palabras para no lastimarlo—: Porque tú siempre prometes que todo va a estar bien. Que vas a mejorar, que vas a cambiar. Pero la verdad, José, es que siempre que dices eso… te vas y no cumples.
Él respiró hondo. No había reproche en su voz, solo verdad.
—Tienes razón. No te culpo por no creerme. Hay momentos en los que ni yo mismo creo en mí, pero esta vez no me fui para prometerte nada, Sara. Me fui para cumplir conmigo.
Ella se quedó callada. Se escuchó un leve sollozo.
—Es que no sé qué pensar —admitió—. Acerca de ti… tengo miedo. Miedo de volver a creer, de volver a esperar algo que se rompa después. —Hizo una pausa y, con voz temblorosa, agregó, tratando de cambiar el tema—: Y aun así… te envidio.
—¿Envidias qué?
—Que tuvieras el valor de hacerlo. Yo llevo años queriendo cambiar cosas y nunca me atrevo. Estoy orgullosa de ti, te amo, te respeto… pero sigo pensando que tu viaje es una estupidez.
José rio suavemente. ¿Le había dicho que lo amaba?
—Puede que lo sea. Pero es mi estupidez necesaria.
Sara también sonrió, aunque él no la veía.
—Te odio por eso —susurró—. Porque siempre consigues que lo absurdo parezca sincero.
Hubo un silencio largo, pero no incómodo. Ambos entendieron que ya no se trataba de reproches, sino de aceptación.
—Yo te amo. Nunca dejé de amarte. Sé que fallé, y también sé que tú lo hiciste. Pero ya no quiero seguir midiendo culpas. Quiero mejorar por mí… y por lo que alguna vez fuimos.
Sara respiró hondo.
—No sé si eso nos llevará de nuevo al mismo lugar —dijo—, pero… me alegra oírte así.
—Gracias —respondió él.
Sara, entre una voz quebrada y unas lágrimas que José no pudo ver, le pidió que le contara cómo había sido su día.
—Genuinamente quiero saber —dijo, conteniendo el sollozo—. ¿A qué te metiste esta vez? ¿Qué pasó hoy? Dijiste que diste “el primer paso”.
José sonrió, algo aliviado por sentir interés en sus palabras, aunque sabía que detrás había más preocupación que curiosidad.
—¿Quieres que te cuente la historia? —preguntó.
—Sí, por favor. Pero trata de ir despacio —respondió ella con una leve risa—, porque eres malísimo para contar las cosas.
José le narró su día con detalle: cómo había despertado temprano, tomado un desayuno improvisado y salido a caminar hasta llegar al museo. Le contó que allí conoció a un anciano que hablaba con una muchacha alemana, y que terminaron conversando los tres sobre viajes, arte y casualidades.
En un punto, cuando José ya estaba al borde de la impaciencia por las historias del viejo, el hombre sacó una pequeña tarjeta y se la entregó, pidiéndole que escaneara el código impreso.
—¿Y qué pasó después? —preguntó Sara, sin mucho entusiasmo, aunque tratando de sonar atenta.
—Escaneé el código con el celular —explicó José—. Me llevó a una página con un contador y un formulario. Lo llené con algunos datos, tal como el anciano me pidió. Luego me dijo que lo leyera todo con calma y que aceptara las condiciones. Al hacerlo, me llegó un correo con un emblema y una notificación: tengo tres días de espera antes del segundo anuncio. Después de eso, tendré que encontrar la siguiente ciudad en menos de diez días.
Sara guardó silencio unos segundos. Su respiración al otro lado del teléfono era serena, pero distante.
—¿Y eso es todo? —preguntó finalmente—. ¿Tanto alboroto por un código, José?
Él sonrió, aunque supo que ella no lo hacía.
—Sí, supongo que sí. Pero fue importante para mí.
—Mmm… —murmuró ella—. Bueno, me alegra que estés emocionado.
José percibió el tono: no era desinterés total, sino esa mezcla entre afecto y resignación de quien ya no comparte el entusiasmo del otro, pero aún se queda para escuchar. No quiso discutir.
—¿Y tú? —preguntó suavemente—. ¿Cómo va el trabajo en la revista?
Esa pregunta pareció devolverle algo de luz a la conversación. Sara le contó que había estado editando un par de artículos y que últimamente también salía a tomar fotos para complementar el contenido. Le gustaba hacerlo, aunque confesó que estaba agotada por los plazos y las largas jornadas. José la escuchó con atención, disfrutando de esa versión de ella: comprometida, creativa, responsable.
—Siempre admiré eso de ti —le dijo—. Que no dejas las cosas a medias.
—Bueno, alguien tiene que ser sensato —respondió ella, medio en broma, medio en serio.
Hubo un silencio breve, cálido.
José quiso decir algo más, pero prefirió no insistir.
—Sara… si mi mamá te pregunta por mí, dile que estoy bien —pidió finalmente—. Que no se preocupe, que pronto hablaré con ella.
—Claro —dijo ella con voz baja—. Lo haré.
Hablaron unos minutos más, sobre cosas sin importancia: el clima, una película vieja, el perro de un vecino que no los dejaba dormir cuando vivían juntos. Luego se despidieron sin dramatismos, con un adiós suave, casi cotidiano.
José apagó el teléfono, cerró la ventana y se recostó de nuevo. Miró el techo durante un instante, respiró hondo y sonrió, sintiendo ese cansancio que llega solo cuando el alma empieza a ordenarse.
Cerró los ojos.
Aquella noche se durmió imaginando que estaba a bordo del Oro Jackson, el barco del Rey de los Piratas, Gol D Roger. Por un momento, se sintió invencible.