Historia y casualidades
Aquella noche había sido sorprendentemente reparadora. José durmió profundo, sin sueños, y al despertar sintió que el cansancio de los últimos días se había desvanecido. Por unos segundos no recordó dónde estaba. Miró el techo, la cortina translúcida moviéndose con la brisa y los rayos del sol que se filtraban tímidos por las grietas de la ventana de madera que daba a la calle. A lo lejos, entre el bullicio mañanero, se escuchaba el rumor constante del mar. Bastó ese detalle para ubicarlo: Cartagena. El calor, el viaje, el juego. Todo volvió a su mente.
Se incorporó despacio, frotándose los ojos, y tomó el celular de la mesa de noche. Tenía decenas de mensajes: varios de Sara, otros de un grupo recién creado por sus amigos —“José perdido en el mundo”—, un par de su madre y algunos de clientes que todavía no sabían que él ya no estaba en casa. Decidió no responder ninguno por el momento. Quería mantener la mente despejada.
Abrió el portátil y volvió a ingresar a la página oficial del evento. Hacía unas horas que no revisaba el sitio, y ahora, a menos de dos horas de que el contador llegara a cero, todo parecía distinto.
En la pantalla, el texto en inglés y japonés decía:
“El gran evento iniciará cuando el reloj llegue a 0.”
“A todos nuestros aventureros les pedimos discreción, tanto con la información como con los participantes del evento.”
Debajo, un contador marcaba el número de participantes: había un “0” en rojo intenso. Más abajo aparecían las instrucciones:
“Las pistas permanecerán activas durante 72 horas.”
“Fase actual: Etapa 1.”
José se quedó mirando la pantalla unos segundos. Sintió esa mezcla de emoción y ansiedad que solo precede a lo desconocido. Luego cerró el portátil, se levantó, se duchó y decidió salir a buscar desayuno. No quería perder tiempo: su plan era estar en el Museo de la Inquisición antes de que el reloj llegara a cero.
El calor lo golpeó apenas salió a la calle. El aire era denso, pesado, como si la ciudad entera despertara bajo una manta ardiente. Caminó hasta una pequeña cafetería y pidió un jugo frío y una arepa de huevo. Mientras comía, pensaba en su estrategia: llegar temprano al museo, observar, esperar. Estaba convencido de que la primera pista se encontraba allí.
Una hora después ya estaba frente al museo. El lugar aún no abría. José decidió esperar en una cafetería cercana, a dos calles, desde donde podía ver la entrada. Pidió una limonada y observó el movimiento de la ciudad: turistas, vendedores, estudiantes, fotógrafos. La vida seguía su curso, ajena a que para él algo estaba por comenzar.
Cuando el reloj en la web marcó la hora exacta, José sostuvo la respiración.
Miró la pantalla del teléfono.
Nada.
No hubo notificaciones, ni sonidos, ni señales en la calle. Ninguna multitud corriendo, ningún evento visible. Solo turistas entrando y saliendo del museo como cualquier otro día.
El contador cambió: 72:00:00, y unos instantes después el reloj comenzó a correr hacia atrás. El número de participantes seguía en cero.
José sintió un vacío en el estómago. Por un instante pensó en la posibilidad que menos quería aceptar: que se había equivocado de ciudad. Que el verdadero punto de inicio estaba a cientos, quizá miles de kilómetros de distancia.
El calor lo hizo sudar aún más. Se frotó el rostro, intentando calmarse.
Algo dentro de él le decía que debía esperar. Aquel juego duraría seis meses; no podía pensar que se había equivocado solo porque en los primeros minutos no se mostraba nada ni nadie. Sabía que, si había fallado en la elección de la ciudad, sería el fin. Esa era la regla que se había impuesto, su promesa personal. No había vuelta atrás.
Y aun así, se sentía orgulloso. Había llegado más lejos de lo que imaginó, y no iba a rendirse tan rápido. Mientras el reloj seguía corriendo, decidió convencerse de una sola cosa: seguiría en el juego, al menos hasta que las 72 horas se agotaran.
Pasaron unos minutos más y trató de acercarse. Entró al museo y, como si fuera otra persona, se olvidó del juego y se permitió disfrutar del lugar. Intentó dejar atrás la ansiedad y concentrarse en el presente.
Se perdió entre los cuadros y las historias, entre los muros fríos y las puertas que crujían como si aún guardaran secretos. Bajó a los calabozos y escuchó, a través de las voces de los guías, cómo en aquellos años —el siglo XVII— se juzgaba la fe equivocada, se quebraba la voluntad de las mujeres y se destruían las creencias a base de dolor. Vio los instrumentos de tortura, las máscaras de hierro, los cepos, las cartas amarillentas de los juicios. Todo parecía susurrar una sola cosa: el miedo era la forma más antigua del poder.
Por un rato, se olvidó del juego. Pensó que, si de verdad había fallado en su deducción, al menos estaba viviendo algo que valía la pena.
Al final del recorrido, una hora después, se detuvo frente a la pequeña tienda del museo. Había libros, postales y recuerdos, y por primera vez se reprochó no haber buscado una librería antes. Estaba tan convencido de que el Museo de la Inquisición era parte de la pista que no se había permitido considerar otra posibilidad.
Miró los estantes: títulos sobre historia colonial, supersticiones, fe y castigo. Todo parecía encajar, pero no encontraba nada que hablara del juego.
Respiró hondo, se acercó al mostrador y, con cierta cautela, preguntó si sabían algo de algún “juego” o “evento especial” en la ciudad.
La mujer, sin levantar mucho la vista, negó con la cabeza.
—Aquí no, caballero. Vendemos libros y recuerdos, pero juegos no. —Hizo una pausa, como si pensara algo—. Aunque, si quiere saber más, pregunte en el mercado. Allá llega de todo.
José asintió, agradecido. Antes de salir, volvió a mirar los libros apilados. Por un momento pensó en comprar alguno, solo por intuición, pero prefirió guardar el dinero.
El sol seguía implacable, así que buscó una banca en el parque frente al museo, bajo la sombra de un árbol. Se sentó, observando cómo la gente iba y venía. No tardó en notar que algunos visitantes tenían algo en común: buscaban la primera pista. Había asiáticos, americanos y europeos. Todos parecían atentos, alegres, emocionados, buscando algo invisible entre las calles.
—Así que no soy el único —pensó, aliviado.
Un rato después reconoció a la chica extranjera que había visto aquella mañana en el hostal: la fotógrafa alemana. Su acento y su cámara enorme la delataban. Ella también lo vio, le devolvió una sonrisa breve y entró al museo. José no dijo nada. Media hora más tarde, cuando regresó con un jugo en una mano y su termo de agua fresca en la otra, la encontró sentada en la misma banca donde él había estado.
Se acercó despacio.
—¿Puedo sentarme? —preguntó en su inglés imperfecto.
Ella asintió con una sonrisa.
Permanecieron en silencio unos minutos, mirando el movimiento del parque. Mientras él bebía su jugo, ella tomaba fotos de los edificios y revisaba las imágenes sin levantarse del asiento.
En ese momento, un hombre mayor pasó frente a ellos empujando un carrito de madera. Avanzaba con esfuerzo; las calles irregulares no le ayudaban. José lo observó distraído, hasta que el anciano tropezó y cayó junto al carro. José reaccionó al instante. Corrió a ayudarlo, y la chica hizo lo mismo. Entre ambos lo levantaron. El hombre parecía más sorprendido que herido.
Vestía con elegancia: camisa de lino, pantalón claro, zapatos de cuero y un sombrero bohemio. Sus anteojos oscuros y su barba blanca y espesa le daban un aire sereno, pero firme.
—Por favor, siéntese un momento —le dijo José, señalando la banca.
El anciano obedeció y se acomodó despacio. Parecía el típico jubilado tranquilo.
Se quitó los anteojos, respiró con calma y esperó mientras la chica acercaba su carrito.
José le ofreció un poco de agua de su termo, que el hombre aceptó con gratitud.
—Gracias, señor —dijo en un inglés pausado. Era claro y fácil de entender.
Ambos se sentaron en los extremos del banco, vigilando que el anciano estuviera bien. Él los miró con curiosidad genuina.
—¿Son pareja?
La chica rio suavemente y negó con la cabeza.
—No. Ni nos conocemos, solo coincidimos aquí —respondió.
José sonrió, algo incómodo.
El anciano asintió, se limpió el sudor con un pañuelo y preguntó:
—¿De dónde son? ¿Qué hacen aquí, en esta ciudad tan linda?
La pregunta lo tomó por sorpresa; José no supo qué responder.
Ella, en cambio, habló sin dudar. Dijo que era fotógrafa, que le gustaba capturar la vida en movimiento, y que había llegado a Cartagena casi por casualidad, siguiendo las pistas de un juego misterioso que había encontrado en internet. Según contó, esta ciudad era la que más coincidía con las descripciones del reto.
José la miró con asombro. Le pareció extraño que alguien hablara tan abiertamente del evento, pero sintió alivio: no era el único que había seguido las mismas señales. Sonrió con timidez. Su inglés no era perfecto, el de ella sí, pero bastó para entender la emoción en su voz.
El anciano, curioso, le pidió que hablara un poco más despacio. La chica —que se presentó como Alexis— accedió con paciencia y le explicó, en frases cortas, que el juego no tenía mucho sentido, pero le había parecido una buena excusa para viajar y romper la rutina de su trabajo en Alemania.
Cuando Alexis se aseguró de que el anciano estuviera bien, él asintió con una sonrisa y la escuchó con genuino interés. En ningún momento mencionó One Piece; solo hablaba del “juego” y de la emoción de seguir pistas ocultas por el mundo.
José, entretanto, no podía dejar de observar al hombre. Por sus facciones, supuso que era japonés. Una idea empezó a formarse en su mente: ¿y si aquel anciano era parte del juego?
Cuando Alexis terminó su historia, José habló. Dijo que estaba en una situación similar, aunque sus motivos eran distintos. No dio muchos detalles, solo confesó que también estaba allí por un juego… uno que no buscaba un premio, sino libertad.
Entonces se giró hacia el anciano, guiado más por la intuición que por la razón.
—¿Conoce One Piece? —preguntó con cautela.
El hombre sonrió.
—Por supuesto —respondió con un orgullo sereno—. Soy japonés. Amo esa historia.
José sintió un nudo en la garganta.
—¿Y sabe si aquí hay alguna librería o revista especial sobre eso?
El anciano no respondió de inmediato. En silencio, se puso de pie, abrió un pequeño cajón en la parte superior del carrito y sacó de allí un tomo de One Piece, cuidadosamente envuelto en plástico. Lo sostuvo unos segundos, como si dudara, y luego se lo tendió a José.
—Antes de entregártelo, dime… ¿quién es tu personaje favorito?
José sonrió.
—Luffy —respondió sin pensarlo—. Quiere ser el rey de los piratas, pero no se comporta como uno. Es interesante el concepto: quiere ser rey, pero no conquistar ni gobernar. Quiere ser libre… y que todos lo sean. Ese es su verdadero sueño. Y el mío también.
El anciano lo miró en silencio y asintió lentamente. Alexis, que no entendía todo, sonrió igual.
El viejo asintió, sonriendo.
—Al final, todos buscamos lo mismo: libertad.
—Eso es hermoso —dijo Alexis—. Me gusta cómo lo dices. Yo, en cambio, amo los mundos, los ambientes, los escenarios que se crean en la historia. La estética, el viaje.
El anciano los escuchó con atención.
—Cuando me pidieron ser uno de los encargados de entregar los códigos —dijo al fin—, pedí ser de los primeros. Quería escuchar historias como las suyas, saber por qué la gente ama One Piece, entender qué los mueve.
Guardó silencio unos segundos. Luego, una lágrima discreta se deslizó por su mejilla. José la vio y no dijo nada; solo apoyó una mano en su hombro, con respeto.
—Gracias —susurró el anciano—. Gracias por seguir soñando.
Se recompuso enseguida. Sacó el pañuelo del bolsillo, se secó el rostro y carraspeó suavemente, como quien retoma el control. Luego sacó una pequeña tarjeta y se la ofreció a José.
—Escanea esto con tu teléfono —dijo.
José tomó la tarjeta. En el centro, impreso en negro y rojo, se veía un código QR y, sobre él, el emblema de los Sombrero de Paja.
Su corazón dio un vuelco.
El juego, al fin, había comenzado. Y había acertado en la primera ciudad.