Despedida y razones
En lo laboral, todo parecía estable. Nunca había sido tan disciplinado ni tan productivo. Algo en su interior se había encendido, como si aquella motivación externa hubiera destrabado una parte dormida de sí mismo. En lo personal, en cambio, el miedo lo acompañaba. Le aterraba alejarse de Sara. Aunque las cosas entre ambos ya no eran las mismas, seguía queriéndola. Un papel de divorcio no bastaba para apagar eso. Y, por lo poco que había alcanzado a percibir en su última charla, intuía que ella tampoco había dejado de sentir.
Con todo eso rondándole la cabeza, comprendió que había llegado el momento de hablar con sus amigos y compañeros. Bajo la premisa de “una noticia, una decisión”, los citó para el anuncio.
La llamada inició pasadas las once. En la pantalla, los rostros familiares de siempre: el entusiasta con una sonrisa que nunca sabía contener, el escéptico recostado sobre la silla, brazos cruzados; la pensativa, con el ceño fruncido, y el práctico ajustando sus audífonos como si fuera una reunión de trabajo.
José los miró un instante antes de hablar. Sentía el pulso acelerado, el peso de lo que iba a decir y, a la vez, una calma extraña. Eran los mismos amigos de siempre, los que durante años habían compartido teorías y desvelos: algunos compañeros de universidad, otros de la vida. El tema de One Piece los había unido, y lo más lógico era que ellos fueran los primeros en saber la locura que estaba a punto de cometer. También, aunque no lo admitiera, necesitaba escucharlos, recibir algo de ánimo.
Entre risas y comentarios sueltos, José soltó la bomba sin aviso.
—Bueno —dijo, respirando hondo—. Ya tomé la decisión. Me voy.
El silencio fue inmediato. Solo se escuchó el zumbido del ventilador de alguien.
—¿Cómo que te vas? —preguntó el escéptico—. ¿A dónde?
—Sí —confirmó José—. Me voy. He estado revisando muchas cosas en mi vida, y esta aventura… es una de esas que quiero vivir antes que cualquier otra. He consultado mucho y seguido las pistas, los mapas, cada detalle del juego. Ya tengo la primera ciudad. Estoy seguro. La decisión está tomada, aunque hay una condición.
—¡No puede ser! —saltó el entusiasta, entre la risa y la emoción—. ¡Es una locura! Pero una locura genial.
—¿Y de qué vas a vivir, José? —preguntó el práctico, con el tono preocupado de quien calcula hasta lo imposible.
—¿Estás seguro? —murmuró la pensativa, apenas audible.
—Vale la pena —dijo el fanático, entusiasmado—. Si alguien debe hacerlo, eres tú.
—¿Y si te equivocas de ciudad? —replicó el escéptico.
Las voces se atropellaron.
—¡Va a ser increíble! —decía uno.
—¡Una aventura única! —añadía otro.
—Pero es una locura total… —susurró alguien más.
Y, sin embargo, nadie trató de detenerlo.
José los escuchaba con una sonrisa leve, sintiendo que, entre tanta mezcla de emoción y duda, había algo parecido a la comprensión.
—¿Te has puesto a pensar —preguntó el práctico— que miles de personas seguirán la misma pista? Es pública.
—A mí me preocupa algo más —intervino el escéptico—. ¿Y si todo esto es solo una estrategia viral?
—Créeme que lo he pensado —respondió José—. Pero incluso si lo fuera… quiero seguir.
—Tiene lógica —agregó el escéptico mientras se acomodaba los lentes—. Si la pista inicial es pública, todos la hemos visto. Pero solo los que entienden el mensaje sabrán por dónde empezar.
—Aunque seamos sinceros —dijo la pensativa, con una sonrisa cómplice—, si hasta tú la entendiste, otros también podrían hacerlo.
Las risas estallaron al otro lado del altavoz. José también rió.
—Entonces tienes ventaja —dijo el entusiasta—. Ya sabes por dónde empezar.
—Aunque no me extrañaría que, si la pista es sencilla, ya haya gente en la ciudad esperando el inicio del juego —añadió la pensativa—. También habrá quienes ni siquiera han comenzado. Pero debes tener mucho cuidado José.
—Quizá —respondió José—. Pero también habrá muchos más que piensen igual. El caos será inevitable.
Hubo un breve silencio. José los observó uno por uno, sintiendo que esa mezcla de rostros y voces era algo que iba a extrañar. Pensó en las palabras de su exesposa, tan duras, y comprendió que en ese pequeño grupo no había juicio, solo cariño.
—Este viaje —dijo al fin— ya no es solo por el juego ni por el manga. Es por mí. Quiero ir más allá, saber hasta dónde puedo llegar, qué tan alto puedo estar. Quiero encontrarme. Y sé que donde estoy, no puedo hacerlo. Gracias por no detenerme.
—Dijiste que todo esto tenía una condición. ¿A qué te refieres?
—Sencillo. Hablé con Sara, mi exesposa. A ella no le gustó mucho la idea. Sé que es una locura, pero algo en mí me impulsa a vivir esta experiencia para lograr el cambio que quiero. En fin, decidí que, si la primera ciudad no es la correcta, regresaré de inmediato y trataré de volver a estar con ella.
La llamada quedó en silencio por unos segundos.
Luego, el entusiasta habló con voz suave:
—Prométenos algo, José. Que vas a mantenerte conectado.
—Si algo se sale de control —añadió la pensativa—, aquí estamos. Te ayudamos con las pistas.
José asintió.
—Gracias, pero no quiero arruinar la búsqueda pidiendo ayuda. Les contaré dónde estoy, claro. Pero la parte del juego… quiero vivirla solo.
—Tiene sentido —dijo el práctico—. Aunque con tanta gente algo deben tener planeado.
—Yo creo que habrá un reloj —propuso el escéptico—. Los primeros mil o dos mil en llegar al punto seguirán en competencia.
—Seguramente usarán tecnología —opinó el entusiasta—. Un QR en la revista o algún registro. Algo así.
—Ojalá no se les caigan los servidores —rió la pensativa—. ¿Te imaginas miles de personas entrando al mismo tiempo?
—No creo que sean tantos al principio —dijo el fanático—. Pero imagina: mil japoneses, mil chinos, mil europeos corriendo tras el mismo punto.
—Van a ir todos juntos —añadió el práctico—. Como siempre, donde va uno, van todos.
La pensativa habló de nuevo, con voz más tranquila:
—Yo haría lo contrario. Pasar desapercibida, trabajar en las sombras. Ese sería mi consejo, José: no llames la atención. Este camino es tuyo, recuérdalo. —Hizo una pausa y sonrió—. Y tráete ese tesoro para Colombia.
Las risas estallaron otra vez, más sinceras, más suaves. José agradeció. Respiró hondo. Les prometió que haría historias en Instagram, que los mantendría al tanto de todo.
Uno a uno, los íconos comenzaron a apagarse hasta quedar solo su reflejo en la pantalla.
Y lo curioso fue que, entre tantas preguntas, advertencias y promesas, nadie le preguntó el nombre de la ciudad.
Esa noche, José empezó a empacar.
Ya casi era medianoche y debía apurarse: el vuelo salía al día siguiente, a las once de la mañana. Había comprado los tiquetes apenas unas horas antes. El precio había sido alto; aun así, estaba tranquilo.
Metió en la mochila un par de pantalones largos, algunas camisas de manga larga y más camisetas de las que probablemente necesitaría. Guardó también los dos portátiles, un par de power banks, cables, extensiones y el pasaporte. Antes de cerrar la cremallera, dudó un instante. Tomó el termo metálico que Sara le había regalado, ese que mantenía el agua fría sin importar el clima. Decidió llevarlo. No solo por utilidad, sino porque, de algún modo, le gustaba pensar que ella lo acompañaría en el camino.
A la mañana siguiente, José se despertó temprano. Se duchó, preparó un café rápido y, con más nervios que entusiasmo, salió rumbo al aeropuerto.
Antes de cerrar la puerta, le envió un mensaje a Sara. Le contó que ya partía, que volaría a Cartagena y que, desde allí, comenzaría todo. Le prometió mantenerla informada, aun si ella no quisiera saber nada de aquel viaje. También le dijo que, en el apartamento, había dejado una carta. En ella había escrito todo lo que no fue capaz de decirle la última vez que se vieron: palabras que le pesaban, pero que necesitaba dejar por escrito.
Le pidió que, si podía, pasara por el lugar y la leyera con calma. No buscaba una respuesta inmediata; solo quería que supiera la verdad: que aún sentía algo por ella, aunque también tenía sus motivos para alejarse. En esa carta había intentado explicarlos, con torpeza quizás, pero con sinceridad. Le confesó que tenía miedo, que no sabía qué vendría después y que lo único que buscaba era encontrarse a sí mismo. Quería ser alguien mejor.
También le escribió que, si ya no podían seguir juntos, al menos deseaba que quedara la posibilidad de ser amigos. Amigos de verdad, sin rencores. Porque —pensaba José— lo más doloroso no era perder a quien se ama, sino a quien lo dio todo por uno. Había comprendido que, en su intento por hacer lo correcto, dejó de amar como antes. Se llenó de compromisos, de excusas, de planes que parecían importantes, y sin darse cuenta fue alejándose de ella: de su risa, de su ternura, de aquello que los unía.
Con esa carta en casa, dedicada al amor de su vida, finalmente pudo subirse al taxi que lo llevaría al aeropuerto. Sintió alivio. Había dejado atrás esa maleta emocional que tanto pesaba, a pesar de contener tanto amor. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió ligero.
Al llegar al aeropuerto, notó que algo no era normal.
Los vuelos a Cartagena estaban repletos, sobre todo de extranjeros. Había turistas de todas partes: europeos, asiáticos, estadounidenses. Claro, Cartagena siempre había sido un destino popular, pero aquella multitud resultaba extraña. Se preguntó si todos estarían allí por lo mismo. ¿Acaso también ellos buscaban el “One Piece”? ¿O simplemente él se estaba dejando llevar por la emoción, creyendo que todos seguían el mismo rumbo que él?
Antes de embarcar, cambió algo de dinero por dólares. No era mucho, pero quería tener efectivo a la mano, por si acaso. Una voz interior le decía que debía estar listo para moverse rápido, que el viaje podría tomar un rumbo inesperado.
Mientras esperaba el embarque, revisó las redes sociales. Buscó información sobre el supuesto tesoro, pero no encontró nada concreto. Había cientos de publicaciones dispersas: “Ya sé dónde ir”, “Llegamos a la ciudad”, “Qué calor hace aquí”, “El Caribe es más hermoso de lo que imaginaba”. Nadie mencionaba un sitio específico. Nadie hablaba del mapa, ni de pistas, ni de nada útil.
—¿Qué está pasando? —pensó.
Al principio creyó que la información simplemente no se había filtrado, pero luego entendió algo distinto: tal vez todos estaban actuando como verdaderos piratas, guardando el secreto, protegiendo su propio mapa, evitando que otros llegaran primero.
Esa idea lo intrigó. Le provocó una emoción infantil, breve pero intensa. Sin embargo, también comprendió que, si de verdad existía algo valioso detrás de todo aquello, la competencia podría volverse peligrosa.
El vuelo fue tranquilo, aunque con retraso. La aerolínea había sobrevendido los tiquetes y varios pasajeros se quedaron en tierra. José tuvo suerte. Según sus cálculos, llegaría justo a tiempo: podría descansar, revisar algunos pendientes de trabajo y, al día siguiente, comenzar la búsqueda.
El calor lo golpeó apenas bajó del avión.
El aire parecía pesado, espeso, como si cada bocanada le recordara que estaba en el Caribe.
José había estado en Cartagena antes, pero esa vez la ciudad se sentía distinta: más viva, más caótica, más llena de murmullos. Caminó por el aeropuerto con su mochila al hombro y empujando su pequeña maleta de rueditas, siguiendo los carteles y las voces de los taxistas que ofrecían transporte. El sol del mediodía rebotaba en el asfalto, y por un momento pensó que el aire mismo ardía.
Pidió un taxi y, ya en camino, notó algo curioso. En las esquinas, en algunas calles, en los paraderos, veía grupitos de dos o tres personas con camisetas negras, algunas con gorras o sombreros, con la calavera de los “sombrero de paja”. José sonrió. No sabía a ciencia cierta, pero estaba casi seguro de que esas personas también estaban tras el código. Eso lo aliviaba un poco; se sintió menos solo.
Llegó al hostal poco después de las dos. Era una casona antigua, de balcones de madera y paredes color esmeralda. Al entrar, el aire se volvió más fresco. Una mujer de unos cincuenta años lo recibió con una sonrisa amplia y le ofreció limonada fría. José aceptó.
—Bienvenido, señor José —dijo ella—. ¿Primera vez en Cartagena?
—No, pero hacía mucho que no venía —respondió él, agradeciendo la bebida—. ¿Cuánto está haciendo de temperatura hoy?
—Treinta y tres grados, pero con sensación de cuarenta —rió ella—. Aunque eso es porque no ha llovido.
Conversaron un poco más. José le explicó que solo se quedaría un par de días.
Ella le confesó que a la ciudad había llegado muchísima gente de afuera aquella semana: japoneses, europeos, gringos. Incluso le confirmó que tenía a una chica alemana alojada en el hostal. —¿Habrá algún evento? —preguntó ella, porque le parecía raro. José no supo qué responder.
Después de un rato, llevó sus cosas a su habitación: una pequeña, con cama individual, escritorio y una ventana que daba a la calle. Se recostó unos minutos y, sin darse cuenta, se quedó dormido.
Al caer la tarde salió a caminar. El calor seguía, pero una brisa tímida hacía más llevadero el aire. En la recepción se cruzó con dos chicas: una alemana y una peruana. Se saludaron con cortesía; las chicas hablaban entre ellas, una le pedía indicaciones a la otra. José contestó en un inglés mediocre pero funcional para darles la indicación necesaria que ayudó a ambas.
“Al menos —pensó José—, todavía no se me va el inglés.”
Fue hasta el centro, a la altura de la Torre del Reloj. Comió algo rápido en una cafetería y regresó al hostal antes del anochecer. No quiso arriesgarse a explorar más.
Esa noche trabajó un rato en el portátil, avanzando en un proyecto pendiente. Cerca de la medianoche decidió revisar la página del evento, casi por rutina. Entonces vio que en la pantalla había aparecido un número, un contador y un reloj que marcaba el inicio del evento. El contador parpadeaba: Número de participantes → 0. (Estaba al parecer en japonés y en inglés).
José se quedó quieto, observando cómo el reloj lentamente iba hacia atrás. No había mensajes, ni advertencias, ni explicaciones. Solo el reloj, un número a la expectativa, igual que él, y el silencio.
Sintió un nudo en el estómago. Cerró el portátil y miró hacia la ventana.
La ciudad, que poco a poco se apagaba y daba paso al sonido del viento y las olas, parecía contener la respiración antes del evento que definiría el camino de muchos viajeros.
Dejó el computador sobre la cama, miró por la ventana el cielo oscuro de Cartagena y respiró hondo.
A partir de ese momento, el tiempo había comenzado a correr.