Bienvenido a la maraña
Cuando finalmente despertó, José se disculpó mientras se limpiaba la baba de la comisura de los labios. Todavía tenía la marca del antifaz alrededor de los ojos y el cabello aplastado contra la frente. Sacó el teléfono del bolsillo del morral, desbloqueó la pantalla y le mostró al policía la reserva del hotel.
—¿Está solo?
José asintió.
—Me equivoqué reservando —mintió, todavía con la voz adormilada—. Por eso me quedé aquí.
El policía tomó el teléfono, revisó la pantalla y después le pidió el pasaporte. José se lo entregó. El hombre comparó los datos, miró detenidamente la reserva y el pasaporte y, cuando confirmó que José tenía razón, le devolvió sus cosas.
—No hay problema. Pero tenga cuidado —las palabras del policía, en un español atropellado, hicieron que José prestara más atención—. Últimamente ha habido algunos robos. No es buena idea quedarse dormido con todas sus cosas así.
José miró las maletas y después el morral que todavía tenía entre los brazos.
—Sí. Me quedé completamente dormido.
El policía sonrió ligeramente.
—Ya casi amanece. Cuando salga, coma algo y luego vaya a descansar al hotel.
José escuchó las palabras con cierto recelo, pero no dijo nada. Solo miró el reloj de una de las pantallas del aeropuerto. Le preguntó a qué hora aclaraba y luego por un baño:
—¿Hay alguna ducha aquí?
—No.
José soltó un pequeño suspiro.
—Si quiere bañarse, puede probar un Hammam —sugirió el policía.
—¿Un qué? —cuestionó José mientras fruncía ligeramente el ceño.
—Un Hammam. Es como un baño tradicional. Hay algunos para turistas.
José permaneció unos segundos en silencio. Luego preguntó:
—¿Habrá uno cerca de mi hotel?
—Seguro encuentra uno. Si se queda dentro de la Medina, las personas del hotel le pueden recomendar uno: ellos le dirán. Confíe.
José sacó el teléfono y anotó la palabra: «Hammam», mientras el policía se despedía con un gesto de cabeza y continuaba su recorrido.
José guardó el teléfono y se quedó unos segundos sentado. Miró el lugar donde había dormido y después las maletas. Vio su reloj, que todavía no tenía la hora correcta. Entendía que aún era muy pronto para irse a la ciudad, así que volvió a acomodarse como antes y se quedó dormido otra vez.
Cuando despertó, el día se iluminaba majestuosamente, pues la luz se filtraba por los ventanales que daban a la calle y a la pista de aterrizaje. Había descansado poco. José se levantó, se estiró y trató de buscar con la vista una cafetería en la cual pretendía desayunar, pero no pudo encontrar ninguna. Se preparó: se puso el morral en la espalda, confirmó su documentación, su celular y su maleta de ruedas; finalmente, fue al baño a lavarse el rostro y mirarse en un espejo, donde se veía cansado.
—Definitivamente necesito una ducha.
Cuando salió, un poco mejor peinado, las tiendas estaban abiertas, pero ninguna ofrecía la posibilidad de un desayuno en condiciones, por lo que intentó decidir qué hacer. No fue difícil: escogió ir a la ciudad. Allá era posible encontrar algo para comer; además, debía avanzar.
La mayoría de las personas que se movían por la terminal parecían estar esperando algún vuelo. Caminó entre los agitados visitantes del aeropuerto y, entre tanto tumulto, recordó que no tenía dinero, por lo que antes de salir del aeropuerto cambió algunos euros por dírhams. Le dieron muchos billetes, de varios colores, y unas pocas monedas. No supo si la tasa de cambio había sido buena o mala, pero en ese momento no le importó.
Salió en busca de los taxis, pero vio el letrero del aeropuerto y quiso sacarse una foto instantánea. Cuando se acercó, tuvo la fortuna de que una pareja estaba tomándose selfies en el sitio, por lo que les pidió que le tomaran una foto y se ofreció a devolverles el favor.
La foto quedó en su celular. Después la enviaría a su madre. También él mismo tomó una más con la Polaroid para su bitácora. Con esa satisfacción, tomó un taxi.
El vehículo comenzó a avanzar y, durante los primeros minutos, nadie dijo nada. José observaba intrigado por la ventana mientras la ciudad empezaba a despertar. El conductor sonrió al notar la expresión en José. Las calles se veían como si las conociera de toda la vida, pero, al mismo tiempo, era consciente de que le fascinaba el ambiente porque todo era tan nuevo.
—¿Primera vez en Fez? —El taxista rompió el silencio preguntándole en inglés.
—Sí, señor.
El hombre sonrió y volvió la mirada hacia la carretera.
—Entonces va a perderse.
—Eso espero. Aunque quisiera encontrar algo antes. —José soltó una pequeña risa—. Quiero caminar, conocer la ciudad… sin tanta prisa… —Esto último lo dijo sin pensarlo mucho y se sintió bien al escucharlo—. Quizás sí deba perderme un poco.
—Aquí eso es fácil.
José miró por la ventana. Las calles comenzaban a llenarse de gente y el paisaje le resultaba completamente ajeno.
—¿Y el hostal? —preguntó el conductor—. ¿Sabe llegar?
José sacó el teléfono, buscó la reserva y le mostró la dirección. El hombre miró la dirección durante unos segundos y, sin detenerse, lo devolvió.
—Lo dejo cerca. Después tendrá que caminar e incluso preguntar. —El taxista se encogió de hombros—. Pregunte a cualquiera. Siempre hay alguien que sabe.
José volvió a mirar por la ventana.
—Me gusta ese plan.
El trayecto duró poco menos de media hora.
Cuando llegaron, el hombre se detuvo cerca de una muralla y le dio una orientación sobre cómo podría llegar a su hotel. José tuvo que memorizar las indicaciones: «izquierda, pasa dos intersecciones, luego derecha, luego de un pasillo, de nuevo a la derecha y luego dos veces más izquierda».
—Recuerde que puede usted preguntarle a cualquiera, pero sí le recomiendo que lo pregunte de forma amable y no olvide que todos le van a querer vender algo. No se lo tome personal.
Pagó 100 dírhams por el servicio, pero José le agradeció con otros billetes, una propina pequeña: 20 dírhams más.
—Cuidado con perderse en la noche, señor.
José le agradeció el recordatorio y empezó a caminar hacia la muralla que debía atravesar, que en realidad no era una muralla. Era una famosa puerta, una especie de entrada mística que se erguía firme y majestuosa, con detalles medievales en la parte superior, dos ventanales simétricos y un frente decorado con azulejos de varios tonos. La abertura principal tenía un arco perfecto y estaba rodeada de relieves tallados y cincelados, diminutos pero perceptibles para quien se detuviera a observarlos. Aquellas figuras transportaban a cualquiera a los cuentos árabes que aparecían en «Las mil y una noches».
José, sin embargo, apenas reparó en todo aquello. Para él, en ese momento, era una puerta enorme y azul que debía atravesar.
Caminó entre la multitud. Muchas personas posaban sus ojos en el extranjero, que luchaba por recordar el camino que acababa de memorizar, pero, cuando llegó a la tercera indicación que le había dado el taxista, llegó a un callejón sin salida. Volvió sobre sus pasos, tratando de regresar a la puerta, pero, antes de encontrarse con la muralla azul, chocó de frente con un pasillo que no tenía forma de avanzar.
Empezó a entender que, cuando los vendedores, las tiendas y los puestos desaparecían a su alrededor, probablemente estaba entrando en una calle sin salida, así que volvía sobre sus pasos para reencontrarse con los puestos y empezar de nuevo su búsqueda. Intentó un par de veces preguntar, pero le daba un poco de vergüenza detener a un hombre o una mujer al azar, quienes andaban pregonando sus productos o invitando a los transeúntes a comprarles calcetines, bolsos o productos para el cabello, solo para preguntarle algo irrelevante, sin tener intención de compra. Esa era la verdadera razón por la que prefería no preguntar.
Pero, pasados unos veinte minutos, bajó los hombros, suspiró y empezó a caminar diferente, pues finalmente se dio cuenta de que ya no le importaba llegar al hotel. Sonrió pensando que era momento para otras cosas: estar presente en aquel lugar, incluso si tenía la maleta chillando por la fricción de las llantas sobre el suelo.
Caminó entre calles angostas, saturadas de mercancía. Parecían hacerse todavía más estrechas cuando algunos se atravesaban con sus carros de carga, donde muchos llevaban bultos, animales, mercancía o cuero. Los transeúntes, incluido José, tenían que pegarse a los puestos de golosinas y prendas de vestir porque el pasillo se llenaba de personas, con bultos al hombro y carretas de zapatos, que hacían que el camino fuese tan caótico. Se veían obligados a retroceder unos pasos para dejarlos pasar. El programador empezó a irritarse con su maleta, pues no le dejaba avanzar lo suficientemente rápido: el piso empedrado tenía muchos altibajos y desniveles que detenían de golpe las ruedas del equipaje.
Las calles tenían puertas de madera, rectangulares y con arcos superiores, decoradas con letreros en árabe, junto con negocios de puertas abiertas, con ollas y sartenes colgados, mesas con cachivaches metálicos y estanterías pequeñas con piezas de un vidrio fino. Había zonas despejadas donde podía ver el hermoso cielo. Unos metros más adelante, las paredes se volvían planas, pues estaban pintadas de un solo color, muchas con la pintura descascarada y las paredes desgastadas por el agua y el paso del tiempo, con tuberías muy altas, tapadas con techos de madera que pertenecían a pisos superiores o toldos que tapaban débilmente la luz del sol que, poco a poco, se imponía aquella mañana.
Después de caminar varios minutos, de estar perdido, de no encontrar ni la entrada ni la salida de aquellos caminos, llegó a una pequeña plaza que hizo que sus pulmones pudieran volver a inhalar profundamente, sin esa sensación de claustrofobia. La amplitud, un pequeño árbol y el cielo majestuoso lo sacaron de esa primera caminata estrecha. Casas con más de tres plantas, ventanales con arcos y toldos pequeños que resaltaban.
En la plaza se mezclaban sonidos de distintos idiomas, turistas que iban y venían, personas trabajando con metales, haciendo platos y joyas; otras gritaban ofreciendo sus telas, ollas, cubiertos y carteras de cuero. José recordó por un instante el puesto de artesanías que había visto días antes en Madrid. Chaquetas, tapizados, bolsos y objetos de madera; utensilios de cocina y juguetes.
José suspiró y pensó que quería un café.
Mientras recuperaba el aliento, sacó su teléfono y buscó el nombre del hotel. Luego le preguntó a un joven que pasaba con un carrito de carga pequeño, esperando que él pudiera darle indicaciones de cómo llegar a su hotel. El sudoroso chico no hablaba inglés y se lo hizo saber con una seña, aunque con una expresión en árabe le señaló una pequeña tienda donde un hombre martillaba un plato. José le agradeció en inglés. Definitivamente no sabía nada de árabe, así que, mientras se acercaba al trabajador, anotó en su lista del teléfono la idea de aprender algunas palabras básicas del idioma local.
—Hola —saludó en español sin proponérselo, pero luego continuó en inglés—. Hola, señor, ¿puede ayudarme a encontrar mi hotel?
El hombre se detuvo, lo vio a los ojos y se secó el sudor en la frente. Señaló y gritó algo hacia el interior de la tienda y, casi de inmediato, salió una mujer ancha, grande y envuelta con una manta en la cabeza. José solo pensó cómo era posible que las mujeres que, en general, había visto vistieran eso mientras estaban bajo aquel sol abrumador. Asumió que no era una decisión personal: definitivamente debía documentarse un poco más sobre el país; lo anotaría también en su lista.
—¿Habla usted inglés?
—Sí, un poco —contestó la mujer—. ¿Quiere comprar algo?
—Por ahora no. ¿Puede ayudarme a llegar a mi hotel? —Le mostró su celular mientras ella leía entrecerrando los ojos.
—Sí, el niño lo guiará.
Y con un grito le dijo a un niño que se acercara. Le dijo algo en árabe y, con sus expresiones, pudo entender que le decía que lo llevara hasta el hotel. El niño asintió.
José sacó un billete morado de 20 dírhams y le dijo:
—Muchas gracias por la ayuda.
La mujer le agradeció y, mientras tomaba el dinero, puso una expresión rara, como si acabara de recordar o darse cuenta de algo. Dirigiéndose al niño, le dijo seriamente algo que el niño cuestionó levemente y luego aceptó.
José se despidió mientras el niño emprendía el camino entre los turistas de la plaza, dejándolo atrás.
Bajaron escaleras y caminaron por pasillos desgastados: con poca pintura, con la piedra picada, paredes donde se veían los ladrillos desgastados, escalones cortos, subidas largas, giros de noventa grados, puertas metálicas enormes y ventanas con barrotes cruzados.
Había mucha señalización con pintura de lata; José pensaba que era una forma de marcar muy inusual. Miraba hacia arriba y veía pisos altos, sujetados con pilares de madera gruesos. El niño corría y avanzaba hasta el límite de no ver a José; luego se sentaba a esperarlo. Poco a poco el adulto empezaba a transpirar con aquella travesía. Entraban y salían del comercio. Luego había un pasillo donde la pared de la derecha tenía un montón de vestidos colgados, exhibidos para la venta, y, a la izquierda, muchas tiendas de ropa donde la gente entraba y salía.
Sobre las calles de los mercados había un techo hermoso de madera que protegía a algunas tiendas; generalmente, era un pasaje largo.
En una intersección, divisó algo muy particular: una enorme puerta. Cuando volvieron a pasar frente a la gran puerta azul, José la reconoció de inmediato. Recordaba sus azulejos y aquella forma redondeada sobre la entrada, aunque no habría sabido explicar cómo había logrado recordarlos. Aquella misma mañana ya la había atravesado y, aunque no había prestado demasiada atención a los detalles, ahora podía reconocer el lugar. No se detuvo, pues el niño seguía avanzando.
El pequeño lo llevó por un pasillo a la izquierda por el que él nunca entró ni vio, luego a la derecha en una curva, después a la derecha, donde había una pequeña plaza, y luego, junto a un pasillo lleno de bolsos y artículos de cuero, comida y ropa holgada, se giró a la izquierda. El niño, cansado de tener que esperarlo, regresó hasta José y lo ayudó a subir por unas rampas que volvían a doblar hacia la izquierda.
No había estado en ningún momento en aquellas calles. Cuando hicieron ese último giro, vieron un pasillo largo, otro como los que José había visto, pero este era mucho más tranquilo y, a los lados, varias macetas con plantas que daban un toque de frescura entre tanta pared caqui. El viento balanceaba las hojas de las macetas, que eran tan grandes que le llegaban a José a la cintura. El niño corrió hasta la mitad del pasillo, donde había una puerta grande, y gritó mientras golpeaba la puerta y le hacía señas de que ya habían llegado.
Al llegar a la puerta, José pudo detallar, entre los jadeos de su propio cuerpo, la gran entrada: era metálica, café oscura; el marco era de tres niveles y la puerta tenía muchas tachuelas decorativas perfectamente alineadas. Era alta y, en el centro, tenía una gran argolla, que él asumió que era para golpear y avisar que había alguien esperando a ser atendido. Una placa rectangular y alargada decía un nombre con letras talladas.
El niño señaló hacia arriba y, cuando alzó la vista, José pudo ver el logo de su hotel impreso en un soporte blanco. El niño había cumplido. Mientras buscaba en su bolsillo algunas monedas para el pequeño, se abrió la puerta. Un hombre de mediana edad salió y, cuando vio al niño, lo saludó. Hablaron muy rápido y en un idioma completamente ininteligible para José, mientras el hombre lo observaba desde el interior. El niño hizo una seña, pareció explicar lo ocurrido y se dio media vuelta antes de despedirse de José, quien lo detuvo y le dio un par de monedas que hicieron sonreír al niño, el cual salió corriendo de la felicidad, diciendo «gracias», o eso pensó José.
El hombre se hizo a un lado y, con un gesto, le indicó que entrara.
Desde afuera, la puerta no decía demasiado. Era sencilla, a pesar de su tamaño. De madera oscura, encajada en una fachada que apenas dejaba ver lo que había detrás. En las construcciones tradicionales de la Medina, las casas eran austeras en la fachada, casi indiferentes. No había ventanas a la calle. José no se percató de ello, solo avanzaba. Cruzó la puerta.
Durante los primeros metros apenas pudo ver. Había un pasillo estrecho, oscuro, con algunas luces cálidas que aparecían de tanto en tanto y apenas alcanzaban a iluminar las paredes. Caminó detrás del hombre con la maleta aún deslizándose en el piso con sus rueditas. Sus pasos sonaban apagados sobre el piso y, por un momento, tuvo la sensación de estar entrando a un lugar mucho más pequeño de lo que había imaginado.
El pasillo terminó frente a unas escaleras y José comenzó a subir.
Las paredes estaban cada vez más cerca y el techo descendía poco a poco. Tuvo que inclinar ligeramente la cabeza para continuar. Subió otro tramo y finalmente cruzó una puerta.
La luz cambió.
José se detuvo.
Frente a él había un patio interior que parecía haber aparecido de repente en medio de aquella casa cerrada. La luz llegaba desde lo alto, limpia y cálida, cayendo directamente sobre el centro del patio. Las paredes estaban cubiertas de pequeños azulejos de diferentes tonos, colocados formando figuras geométricas que se repetían alrededor de los arcos. Había madera tallada, yesería y lámparas pequeñas que complementaban la luz que entraba desde arriba.
En el centro había una fuente.
El agua caía lentamente y producía un sonido suave que se alcanzaba a escuchar desde todos los rincones del lugar. Alrededor había plantas que crecían junto a las paredes y pequeñas zonas de sombra donde algunas personas podían sentarse.
La arquitectura estaba pensada hacia ese espacio interior. Las habitaciones, los corredores y los balcones parecían mirar todos hacia el mismo punto. Afuera estaba la calle, el ruido, el movimiento y las personas. Allí adentro todo parecía ocurrir alrededor del patio.
José miró hacia arriba. No alcanzaba a ver el cielo completo, pero sí una porción suficiente para entender de dónde venía aquella luz. Se quedó quieto unos segundos.
—Buenos días —lo saludó una mujer que avanzaba hacia él con un trapo anudado alrededor de la cabeza. José había visto ya a varias mujeres llevándolo de una forma parecida desde que había llegado.
José volvió la mirada hacia ella.
—Buenos días —respondió él en inglés.
La mujer se acercó y le pidió el pasaporte. Luego le hizo una señal para que la acompañara hasta una pequeña mesa. José sacó el celular y el pasaporte del morral. Le mostró la reserva.
Ella revisó la información en un computador. Después tomó el pasaporte, hizo algunas comprobaciones y finalmente le devolvió todo. Luego, con una tranquilidad y una naturalidad, le explicó que su habitación todavía no estaba lista, pero que podía dejar las maletas allí hasta la tarde.
Miró su reloj tratando de calcular la diferencia, pero desconfió de su muñeca y miró la hora en el teléfono. La pantalla mostraba una hora diferente. Durante unos segundos alternó la mirada entre ambos dispositivos hasta recordar que no había cambiado la hora desde España.
José se pasó una mano por la nuca. Tenía la camiseta pegada a la espalda.
—¿Puedo usar el baño? Quiero cambiarme de camisa —dijo ondeando su camisa.
Ella pareció entender y señaló hacia el corredor. Le indicó una puerta al fondo y luego el lugar donde podía dejar la maleta.
El baño era amplio. José pudo dejar su maleta en el suelo para inspeccionarla antes de hacer cualquier cosa. No buscaba nada en particular, solo quería comprobar el estado de su equipaje. Todo estaba bien. Apartó la ropa hasta encontrar sus portátiles y cargadores. Todo seguía donde lo había guardado. Revisó el resto de las cosas sin sacarlas completamente. Todo estaba allí.
Solo entonces se quitó la camisa; con la misma se secó el sudor de la espalda y la terminó metiendo en una bolsa donde finalizarían todas las cosas sudorosas. Sacó una camiseta limpia y se la puso. De un bolsillo, sacó su único desodorante y quedó fresco. No tenía costumbre de usar perfume, pero en ese momento quiso tener a la mano uno. Se lavó los dientes en tiempo récord. De verdad quería ducharse.
Después abrió el morral y ahí revisó y traspasó algunas cosas a la maleta grande, pues no iba a necesitarlas. Volvió a acomodar lo que sí llevaría consigo: algunos documentos, la billetera, el termo de agua, la Polaroid y una toalla pequeña. Con eso pudo sentirse en paz consigo mismo.
Cerró la valija y probó el cierre varias veces.
Luego volvió a mirar su muñeca y rápidamente tiró de la corona del reloj y movió las manecillas hacia atrás. Eran casi las diez. Cuando terminó, comprobó una vez más el teléfono antes de empujar la corona a su sitio.
Se colgó el morral y salió al encuentro con la mujer que lo había recibido.
Revisó su celular y recordó lo de la ducha.
—¿Hay algún Hammam cerca? —La mujer miró la cara de cansancio de José y entendió inmediatamente a qué se refería.
Le explicó cómo llegar. Primero debía salir por la misma puerta por la que había entrado, caminar hacia la izquierda y luego doblar a la derecha. No parecía estar muy lejos. José asintió después de preguntar varias veces las indicaciones.
Acto seguido le preguntó si podrían venderle un café: hizo el ademán de pagar con dinero, pero la mujer negó con la cabeza y le explicó que podían conseguirle uno en la tarde, pero que por el momento tenían té.
—¿Desea probar el té de la casa?
José miró hacia el patio y luego nuevamente a la mujer. Dudó un instante, luego aceptó la invitación.
—¿Le parece bien si lo toma en la terraza? —Ella señaló hacia uno de los corredores. José asintió y siguió la dirección de su mano.
José le agradeció y atravesó el corredor. Encontró unas escaleras estrechas que subían entre dos paredes. Al final había una puerta abierta por la que entraba una claridad intensa.
Cuando salió sintió cómo el aire era diferente, pues después de las calles estrechas y del interior cerrado del hostal, encontrarse de nuevo con el cielo le produjo una extraña sensación de amplitud.
Dejó el morral junto a una de las mesas y se acercó al borde de la terraza, desde la cual podía ver los tejados de la Medina. Desde allí podía ver una extensión irregular de azoteas, muros de distintos tonos, antenas, pequeños patios y construcciones que se apretaban unas contra otras. Algunas terrazas tenían ropa tendida; otras, depósitos de agua, macetas o sillas abandonadas bajo el sol. Todo era de tonos crema y arenosos.
Mientras miraba maravillado tanta locura, escuchó unos pasos detrás de él. Era el hombre que le había abierto la puerta al llegar, el cual traía una bandeja metálica. Sobre ella había una tetera, dos vasos pequeños de cristal y un recipiente con azúcar. También llevaba un manojo de hierbabuena fresca.
Las sillas, de madera, tenían cojines y resultó cómodo sentarse y sentir cómo el sol calentaba su rostro y la brisa cálida le daba una grata bienvenida. José se sentó en la mesa en donde había algunas servilletas y alguna cristalería de base que el hombre solo movió un poco. El caballero, que portaba un elegante uniforme rojo, levantó la tetera apenas unos centímetros y comenzó a servir y luego se detuvo. José creyó que había terminado, pero el hombre volvió a levantarla, esta vez más alto. El chorro descendió fino y continuo hasta el vaso sin derramarse. Cuando estuvo casi lleno, una capa de espuma había aparecido en la superficie.
José siguió el movimiento con la mirada.
El hombre vació el vaso nuevamente en la tetera mientras José frunció ligeramente el ceño sin entender.
El hombre sonrió y repitió el procedimiento. Sirvió otra vez desde arriba, levantando progresivamente el brazo hasta que la tetera quedó muy por encima del vaso. El té golpeó el cristal formando pequeñas burbujas. Esta vez dejó el vaso frente a él.
—Gracias —dijo José en español y el hombre le respondió con una sonrisa.
Tomó el vaso entre los dedos. El aroma de la hierbabuena era intenso y fresco. Dio un sorbo con cuidado. Estaba caliente, pero dulce, incluso más dulce de lo que esperaba. Volvió a mirar la Medina antes de beber otra vez. Por un segundo, olvidó el café.