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Capítulo 35

Transición en vuelo

Un hombre está sentado solo en la cafetería de una estación de tren muy concurrida. Frente a él hay un plato de fideuá de mariscos casi terminado, una taza de café, una tablet con mapas de Marruecos abiertos y un celular con un contador visible, aunque ilegible. Una maleta de viaje descansa junto a la mesa. Frente a él, numerosos viajeros caminan desenfocados por la estación, mientras al fondo se distinguen los andenes, paneles de salidas y algunos trenes estacionados. La escena transmite una sensación de pausa en medio del movimiento constante y de un viaje que aún continúa.
Entre mapas, estaciones y horarios que cambian a cada instante, José descubre que avanzar también significa improvisar. Cada decisión parece abrir un nuevo camino mientras el tiempo continúa reduciendo sus posibilidades. Sin detenerse demasiado, organiza rutas, acomoda silencios y carga con un cansancio que apenas empieza a hacerse evidente. A veces, el viaje no consiste en llegar al siguiente destino, sino en encontrar la manera de no quedarse atrás.

José terminó el último trozo de pan de su generoso desayuno; estaba más que satisfecho. Había comido fruta, huevos y varias rebanadas de pan. Ahora solo quedaba terminar la última taza de café antes de abandonar el restaurante del hotel.

La tablet permaneció apoyada contra el salero durante casi todo el desayuno y, mientras la pantalla estaba dividida, el simple hecho de detenerse a desayunar bastante, parecía obligarlo a bajar un poco el ritmo. Comer y buscar información no era lo más sano, pero en ese momento, el tiempo apremiaba.

Buscó información de Fez, dónde estaba realmente, cuánto tiempo le tomaría viajar allá. Qué aerolíneas podría tomar, pero eso le dio una noticia muy desesperanzadora, debido al poco mercado a esa ciudad. Solo un par de aerolíneas ofrecían aquel trayecto, que apenas duraba una hora, pero únicamente operaban los jueves y los sábados. Otras empresas ofrecían el mismo destino con innumerables escalas, horas de vuelo, cambios de avión y viajes a países innecesarios.

Tomó un nuevo sorbo de café. Se dio cuenta de que este tipo de situaciones le serían muy comunes a partir de ahora, sobre todo por la directriz del viaje. Debía asumir ese tipo de imprevistos, por lo cual José trató de mantener la calma, aunque fuera con el café. Había logrado obtener el destino de un poema complejo, basándose en desestructurar las pistas y verlas de forma general. Así que, con eso en mente, empezó a buscar un nuevo modo de llegar al siguiente punto.

Suspiró y, mientras tomaba el último sorbo de café, revisó nuevamente las rutas de los vuelos y, atando cabos, vio que podría ir a Málaga, o a Sevilla, a tomar un vuelo desde allá. Incluso vio otra posibilidad, una que le hizo pensar en ir hasta Tarifa —una ciudad al sur de España— y tomar un ferry hasta Tánger —una ciudad al norte de Marruecos— y después tomar un carro hasta Fez.

Solo cuando se calmó pudo ver distintas partes del viaje hasta el mismo destino. ¿Dónde había visto eso?

Pidió un nuevo café antes de volver a enumerar las alternativas, sus pros y sus contras. Las escribió con el lápiz en la tableta.

Su primera opción era esperar en Madrid hasta el próximo jueves e incluso el sábado para tomar un vuelo que duraría solo una hora. Ello implicaba que debía gastar más dinero en Madrid mientras se quedaba quieto; además, mientras pensaba en aquella posibilidad, confirmó que todos los vuelos disponibles para los siguientes jueves y sábados estaban agotados. ¿Debería descartarla? Por ahora no sabía el límite de tiempo, así que probablemente debía hacerlo.

Su segunda opción lo ponía en una situación incómoda, pues debía tomar un vuelo hasta el sur de Marruecos y soportar una escala de más de catorce horas antes del siguiente vuelo a Fez. No le parecía descabellado, pero el costo del vuelo era inmenso y, al menos, valía casi diez veces lo que costaría la misma ruta con dos semanas de anticipación. ¿Estaría dispuesto?

Miró a la nada y el mesero, con su nuevo café, lo hizo volver al restaurante del hotel. Suspiró mientras anotaba la tercera opción, que era llegar a Málaga y, desde allí, esperar algunas horas para un vuelo a Fez, pues había tiquetes para esa misma noche. El problema era realmente llegar a Málaga, pues todos los vuelos de todas las aerolíneas estaban vendidos y no había cupos hasta dentro de dos días.

Continuó escribiendo la cuarta opción, la cual era desplazarse hasta el sur de España. Desde Algeciras o Tarifa podría cruzar el estrecho en ferry hasta Tánger y continuar por carretera hasta Fez. Era viable, pero para llegar a tomar el ferry, que estaba económico, físicamente no alcanzaba a llegar al último disponible, pues estaba todo lleno.

Finalmente, su quinta opción se valía de llegar a Sevilla y tomar un vuelo a Fez. Desafortunadamente, no había vuelos con destino a Fez sino hasta el lunes de la semana siguiente, así que descartó aquella posibilidad casi al instante, por lo que la tachó digitalmente.

Durante algunos segundos dejó la tablet inmóvil sobre la mesa mientras observaba las alternativas resumidas en la pantalla. Después tomó el último sorbo de café y miró el reloj. La mañana avanzaba más rápido de lo que le habría gustado.

Regresó a la habitación. La cama seguía tendida exactamente como la había dejado antes de irse al restaurante, y la maleta permanecía cerrada junto a la cama. Solo el morral continuaba abierto, a pesar de que ya todo estaba listo para irse. Solo debía definir qué ruta tomar.

Lo más coherente era llegar a Málaga y tomar ese vuelo. Llegar a Fez era más difícil, por lo que debía asegurar su reserva en ese avión. ¿Cómo llegaría a tomarlo? Eso lo resolvería en el transcurso del día. Así que se sentó y, con la tablet, hizo la reserva del vuelo desde Málaga hasta Fez. Sería económico a pesar del apuro, pues solo compraría el vuelo de ida, pero casi de inmediato recordó que debía añadir el equipaje, el cual miró en silencio. La maleta estaba en el piso, junto a la cama, callada, mirándolo también, recordándole que tenía su ropa y sus portátiles, por lo que volvió a la reserva, donde debía añadir el equipaje facturado. El precio aumentó treinta euros más. Aceptó el cambio de la reserva.

La confirmación llegó pocos segundos después junto con el número de embarque. El despegue estaba programado para las 10:30 p. m. Cuando terminó el proceso, el teléfono vibró sobre el escritorio. Lo miró de reojo pensando que era otro correo informativo de la aerolínea donde acababa de hacer la compra, pero la pantalla mostraba el nombre de su madre.

José respondió de inmediato.

La conversación comenzó como casi todas las que sostenían desde que él había iniciado el viaje. Ella preguntó dónde estaba y cómo iban las cosas. Él le contó que había dejado Islandia atrás, que llevaba un par de días en Madrid y que esa misma noche viajaría hacia Marruecos. La noticia provocó un breve silencio al otro lado de la llamada. Ella admitió que no entendía muy bien qué estaba haciendo durante aquel recorrido ni hacia dónde lo estaba llevando todo aquello. Aun así, le dijo que confiaba en que existía una razón para seguir avanzando y que esperaba que, cualquiera que fuera, valiera la pena. José respondió con pocas palabras y le aseguró que estaba bien, que había podido descansar y que estaba comiendo sin inconvenientes durante el viaje. Ella continuó escuchándolo unos segundos antes de cambiar de tema. Le preguntó cuándo pensaba regresar a Colombia y José no respondió con una fecha concreta.

La conversación comenzó a llegar al final debido a que había silencios más largos; ya no sabían qué decir uno al otro, así que él intentó acabarla, pero justo antes de despedirse, ella le comentó que Sara no había vuelto a visitarla desde hacía algún tiempo, y que, quizá, sería buena idea que hablara con ella cuando tuviera la oportunidad. Al final, él dijo que aquello lo hablaría con ella luego de su regreso a Colombia, y le prometió a su madre que le enviaría más fotos. Se despidieron de una manera un poco más cariñosa, algo mejor a como era antes.

José permaneció unos segundos con el teléfono todavía en la mano después de terminar la llamada.

Suspiró con algo de calma y volvió a la tablet. La pantalla mostraba la confirmación del vuelo. Ahora su meta era, antes de salir del hotel, definir cómo iría de Madrid a Málaga antes de las 9:00 p. m., puesto que a esa hora debería estar en el aeropuerto para empezar el abordaje.

Volvió al mapa, consultó la distancia y eran casi quinientos kilómetros. Suspiró nuevamente, tratando de entender que eso era mucha distancia y requería bastante tiempo. Tomaría un bus como en Colombia, pues sería la mejor opción, así que abrió una nueva pestaña buscando el tiempo. Leyó que le tomaría casi seis horas llegar; entonces vio en el mapa algo que, para él, no era muy común: líneas férreas. En Colombia prácticamente no existían los trenes, por lo que viajar era complicado por las distancias y las montañas, pero en España, y en Europa en general, los trenes eran el mejor medio de transporte para alguien sin auto.

Así que, sin reflexionar nada, buscó la ruta en tren. Leyó y se alegró mucho, pues el trayecto era de tres horas únicamente. Intentó comprar inmediatamente el billete en un sitio web, pero lo dirigía a descargar una app. Intentó en una segunda plataforma y luego con una tercera. Todas terminaban redirigiéndolo a la aplicación oficial de la compañía ferroviaria. Así que la descargó, creó una cuenta, verificó el correo electrónico y aceptó los permisos. Cuando todo ese proceso tedioso terminó, inició la búsqueda para el tren de la tarde.

No encontró tiquetes.

Durante varios minutos alternó entre búsquedas, actualizaciones y pantallas que parecían quedarse inmóviles. Reinició la consulta más de una vez, cerró la aplicación y volvió a abrirla. En uno de los intentos eliminó la información almacenada en la memoria del teléfono y repitió el proceso desde el principio.

Después de casi diez minutos, en la lista de horarios volvió a aparecer una posibilidad para seleccionar asientos. Esta vez, había un par de sillas disponibles. No supo si alguien había cancelado o si el sistema acababa de liberar un cupo; no le importó. Seleccionó uno antes de que desapareciera. Al hacer el pago se dio cuenta de que el trayecto costaba cien euros. Omitió el precio y aceptó el pago. La aplicación tardó varios segundos en registrar la tarjeta y, cuando por fin lo hizo, el procesamiento del pago pareció demorarse una eternidad. Solo cuando apareció la confirmación respiró con tranquilidad: el billete quedó confirmado. Era suyo.

La hora de llegada a Málaga aparecía programada para las 8 p. m. José dejó escapar una leve sonrisa.

Estaba decidido: iría al desierto, o al menos esa era la idea. Pensó que debía estar preparado para ese tipo de lugares y situaciones. Necesitaría agua. Fue entonces cuando recordó: en el fondo de la maleta tenía algo que podía servirle.

Sin pensarlo demasiado, puso la maleta sobre la cama y la abrió. No tardó en sacar cosas de la maleta, tratando de no desordenar mucho lo que ya había organizado, pero fue inevitable, pues debía llegar hasta el fondo. Apartó algunas prendas y encontró un par de calcetines que escondían aquel termo metálico que lo había acompañado desde el inicio del viaje.

Cuando salió de Colombia había pensado en dejarlo. Era lo más lógico. No tenía sentido llevar un objeto que pertenecía a otra etapa de su vida, pero no había sido capaz de hacerlo. Lo único que consiguió fue guardarlo al fondo de la maleta, ocultarlo entre sus cosas y fingir que no estaba ahí. Ahora lo tenía nuevamente entre sus manos. Se dijo que era por el agua. Que era práctico. No quiso buscar otra explicación.

Guardó todo de nuevo en la maleta, acomodó el resto de sus pertenencias y cerró ambos equipajes. El morral quedó preparado con todo lo indispensable para el trayecto.

Revisó por última vez el escritorio, abrió el pequeño cajón de la mesa de noche para asegurarse de no olvidar nada y recorrió la habitación con la vista. Todo estaba exactamente como cuando había llegado.

Pocos minutos antes del mediodía entregó la llave en la recepción, salió del hotel y comenzó a caminar por las calles del centro de Madrid. La estación de metro quedaba a pocas cuadras. Mientras descendía por las escaleras de acceso comprendió que, sin haberlo planeado, hospedarse en aquella zona había terminado facilitándole toda la improvisación de las últimas horas.

La estación estaba mucho más concurrida de lo que José imaginaba. Personas con maletas, viajeros consultando los paneles electrónicos y filas que avanzaban lentamente ocupaban casi todo el vestíbulo principal.

Encontró el punto de información y esperó su turno.

Cuando finalmente llegó al mostrador, el funcionario le explicó que la compra que él había hecho no requería hacer un pago adicional por su equipaje y que podría subirlo sin problema. Incluso le ofreció guardarle el equipaje, puesto que aún quedaban algunas horas para la llegada del tren; de esa manera, él podría moverse un poco más libre. Aquel hombre le ayudaría a subir su equipaje hasta su asiento.

Ya casi era hora de almorzar, así que abandonó lentamente la estación. Todavía le quedaban varias horas por delante antes de abordar, así que buscó una cafetería cercana donde pudiera sentarse con tranquilidad. Pidió un café y volvió a abrir el morral para sacar la tablet, la cual ocupó nuevamente el centro de la mesa.

Los minutos transcurrieron entre formularios, mapas y reservas. Completó la documentación necesaria para ingresar a Marruecos como ciudadano colombiano y verificó varias veces que toda la información coincidiera con la del pasaporte. Después comenzó a revisar la forma de desplazarse entre la estación ferroviaria de Málaga y el aeropuerto, y por lo que le decía el mapa, el trayecto se estimaba en veinte minutos, y la mejor forma de moverse era un taxi.

Luego abrió varias páginas de alojamiento, pues el siguiente paso, después de haber planteado todo el viaje hasta la ciudad, era encontrar dónde iba a dormir, por lo cual, la pregunta más coherente a responder era: ¿cuántas noches permanecería en Fez? Y la respuesta era algo confusa, pues no tenía ese dato. Así que no le dio importancia. Seleccionó dos semanas únicamente para que la página le permitiera mostrar opciones.

También investigó las opciones de conexión a internet. Su plan europeo dejaba de funcionarle al cruzar hacia Marruecos, así que comparó tarjetas SIM, paquetes de datos y operadores locales mientras anotaba varias alternativas.

Observó cómo otros comensales entraban y salían mientras el aroma de guiso entraba a su nariz. Vio a un joven camarero, igual que a los que lo habían atendido en el hotel, y le preguntó sobre el plato que le había puesto a su vecino. Este, muy educado, le comentó que se trataba de una “fideuá de mariscos”, le describió el plato y José le pidió uno. Mientras esperaba el plato, bostezó y bloqueó la tablet. Empezó a ver el flujo del restaurante.

Cuando el reloj del restaurante marcó las 3 p. m., el teléfono vibró sobre la mesa. José, que ya estaba comiendo, dejó los cubiertos a un lado y lo revisó. La aplicación de Muwi mostraba el contador que había estado esperando durante toda la mañana. Doscientas quince personas habían sido asignadas para aquella pista, e indicaba además, que el sistema permanecía a la espera del primer viajero que encontrara el código correspondiente, para así, calcular el tiempo límite del resto de participantes.

José observó la información durante algunos segundos mientras seguía masticando. Bloqueó su teléfono, tomó agua de un vaso que tenía a su lado y continuó almorzando.

Al terminar regresó a la estación. Entró a una pequeña cafetería cercana a la zona de embarque, donde ocupó una de las mesas. Compró un café mientras empezó a revisar en la tablet todo tipo de información sobre Fez: los barrios, hoteles y puntos de interés. Durante una taza de café, una botella de agua y ahora unos churros, buscó las mejores opciones. Había cosas que le gustaban, pero le parecían muy exageradas y algo costosas para la misión que iba a cumplir en la ciudad.

El teléfono vibró nuevamente; de nuevo, una notificación de la aplicación de Muwi.

Al abrirla, el contador había cambiado, pues ya no mostraba únicamente el número de participantes. Ahora aparecía una fecha límite: hasta el sábado a las 12 p. m.

Alguien había encontrado la pista.

José abrió los detalles. La aplicación indicaba que dos viajeros ya habían escaneado el código. La aplicación, en un tono dorado, tenía un contador: 2 de 215. La cifra permanecía sobre la pantalla, inmóvil, inmutable, a la espera de un nuevo viajero que la volviera a actualizar. José dejó lentamente el teléfono junto al plato donde le quedaba un churro. Lo buscó casi sin mirar y terminó de comerlo mientras la vista permanecía perdida en algún punto del vestíbulo.

Al cabo de unos instantes, limpió sus dedos con una servilleta y volvió a tomar la tablet; esta vez fue directo a la página de reservas, la cual seguía abierta exactamente donde la había dejado. Comenzó a filtrar hoteles disponibles únicamente para los días necesarios. Haciendo cuentas, se quedaría solo unos días en Fez.

También pensó que, si llegaba a las 10 p. m. y se demoraba una hora en migración, debía trasladarse a la ciudad, pues quedaba a media hora del sitio donde quería quedarse —cerca de la universidad de Al-Karaouine—, puesto que los hoteles y hospedajes decían que era más económico, más bonito y más cerca de una puerta azul, que claramente era un lugar turístico muy famoso. Comparó varias rutas, cerró unas, abrió otras y volvió al mapa general tratando de entender algo: no le gustaba llegar tan tarde.

Sin intención alguna, revisó la información del aeropuerto de Fez y descubrió que permanecía abierto durante toda la noche. No existía un hotel conectado directamente con la terminal, pero sí varias zonas donde los pasajeros podían permanecer mientras esperaban vuelos o transporte. Finalmente descartó reservar alojamiento para aquella primera noche.

Volvió entonces a la lista de hoteles. Buscó disponibilidad desde la mañana siguiente hasta el vencimiento del contador. Durante algunos segundos dejó la pantalla inmóvil mientras miraba todos los detalles. El precio por noche era muy parecido al que había pagado en Madrid. Suspiró, movió la cabeza y confirmó la reserva de cuatro noches. Los detalles del alojamiento seleccionado aparecieron casi de inmediato en el correo electrónico.

José archivó el comprobante y cerró la aplicación. Leyó todo lo que tenía del viaje y consideró que tenía todo listo, faltando mucho tiempo para la llegada del tren.

No podía detenerse ahora, así que aprovechó el resto de la tarde para revisar algunos documentos relacionados con su visa de trabajo, y la cita que había pedido y que, ahora, debía aplazar. También envió un breve mensaje a Manuel preguntando cómo marchaban las cosas en la empresa. Quería darle la noticia del tema de su cita con la embajada y saber cuándo podrían reunirse para ver el tema del software que él necesitaba. Muchas cosas que debía manejar con él. Una llamada era necesaria, además de eso, tenía muchas cosas pendientes y debía aprovechar el tiempo, pues lo urgente ya lo había solucionado.

Faltaba poco para que el tren llegara y guardó sus objetos en su maleta. Dejó únicamente el teléfono afuera mientras tomaba un último café. Entró nuevamente a Muwi y buscó los mensajes, pero no había noticias de Alexis. El último mensaje seguía apareciendo como entregado. Indagó en las publicaciones que tenía la red social de Muwi y encontró una fotografía publicada por Malaya durante su recorrido: estaba en una cafetería muy bonita.

Continuó desplazándose hasta encontrar una actualización de Bartolomé. Le sorprendió y decidió hablarle, así que abrió la conversación. El mensaje inicial de «Hola, ¿cómo estás?» fue respondido casi de inmediato. Los mensajes comenzaron a ir y venir con una grata naturalidad. Bartolomé le contó que tampoco había logrado resolver la pista actual con facilidad, y que Barcelona seguía pareciéndole la ciudad correcta para la investigación que llevaba entre manos. Y cuando José le comentó que ya iba camino a Marruecos, Bartolomé le propuso pausar temporalmente su propia aventura para volver a sincronizar ambos recorridos. José aceptó de inmediato, así que ambos hicieron dicha solicitud desde la aplicación —era solamente un botón—, la cual provocó un anuncio confirmando que ambos tendrían la misma pista como nakamas, únicamente hasta que ambos escanearan su quinta pista. Así quedarían al mismo nivel y podrían seguir el viaje juntos a partir de ese momento. Se despidieron, no sin antes desearse suerte.

José guardó el teléfono.

El ambiente de la estación era abrumador, ruidoso, acelerado por todas las personas que corrían de una entrada a un andén, a una tienda o a una casilla de información. José no pudo verlo, pero por primera vez desde el desayuno no había ninguna aplicación abierta frente a él. Terminó su café mientras observaba la muchedumbre ir y venir. Solo le quedaba esperar la salida del tren.

Faltaban algunos minutos para la salida del tren cuando José volvió a consultar el panel principal de la estación. El número de la puerta apareció finalmente junto al destino. Se acercó a una de las tiendas del vestíbulo y compró un par de paquetes de frituras, dos botellas de agua —tenía intención de rellenar su termo con esa agua— y algunos dulces para el camino.

Se tardó un poco al pasar por el puesto de control de equipaje, pero no tuvo problemas y, cuando el acceso al andén quedó habilitado, los pasajeros comenzaron a avanzar lentamente. José mostró el código de su billete en el teléfono, cruzó el control de acceso y caminó por el andén hasta encontrar el vagón correspondiente. Había mucha más gente de lo que él hubiera querido, pero no le molestaba la cantidad, sino que todos gritaban, empujaban y no respetaban el orden. Pero eso le fue de ayuda, pues, para fortuna de José, el tren abandonó Madrid con puntualidad.

Sentado en su asiento, con su equipaje acomodado en un maletero, se puso los audífonos y escuchó música, pero bajó el volumen para seguir escuchando el ambiente del vagón. La primera canción que sonó con el modo aleatorio fue una balada de un grupo japonés: había escuchado que su vocalista estaba perdido.

Antes de acabar la canción, el tren ya había salido de la estación. Durante los primeros minutos permaneció observando cómo los edificios desaparecían poco a poco detrás de la ventana hasta convertirse en campos abiertos que se extendían hacia el horizonte. El paisaje comenzó a cambiar conforme avanzaban hacia el sur del país. Las ciudades fueron dando paso a extensiones de cultivo, pequeñas estaciones y pueblos que aparecían apenas unos segundos antes de desaparecer nuevamente detrás del cristal.

Las bolsas de frituras terminaron abiertas sobre la pequeña mesa del asiento y José alternó algunos sorbos de agua —ya envasada— con breves consultas al teléfono, revisando por última vez el correo electrónico, la reserva del vuelo y la confirmación del hotel en Fez, aunque el movimiento constante del tren terminó venciendo el cansancio acumulado. Guardó el celular y, durante buena parte del recorrido, cabeceó varias veces hasta quedarse profundamente dormido.

Cuando abrió los ojos, el tren ya disminuía la velocidad para entrar en Málaga. El cielo comenzaba a oscurecer. La música seguía sonando en los audífonos sutilmente.

Bajó del vagón junto con el resto de los pasajeros, siguió los letreros hacia la salida principal y tomó uno de los taxis que aguardaban frente a la estación. El conductor ni siquiera se molestó en acomodar las maletas en el baúl —se sentó con ellas en la parte de atrás— y emprendió el recorrido hacia el aeropuerto. El trayecto resultó tan corto como indicaban los mapas.

Apenas descendió del vehículo, José tomó ambas maletas y atravesó con rapidez la terminal. Consultó las pantallas de salidas, ubicó el mostrador de la aerolínea. No había casi fila, así que la espera fue corta. Al llegar al mostrador saludó a la señorita encargada, entregó el pasaporte junto con la reserva del vuelo y, minutos después, la maleta desapareció por la banda transportadora.

Con el pase de abordar en la mano atravesó los controles de seguridad y continuó hasta la zona de embarque. Revisó su reloj y vio que disponía de algunos minutos antes del abordaje, así que entró en una pequeña tienda del aeropuerto y compró un antifaz para dormir durante el vuelo. Llegó con tiempo a la sala de espera en la puerta correspondiente y, cuando anunciaron el embarque, la fila comenzó a avanzar lentamente.

El avión despegó poco después de las 10:30 p. m. Las luces de Málaga fueron reduciéndose hasta convertirse en pequeños puntos amarillos sobre la costa y luego desaparecieron bajo la oscuridad. El vuelo duró algo más de hora y media.

Cuando el avión comenzó el descenso, las primeras luces de Fez aparecieron dispersas entre la oscuridad de la noche, mientras José despertaba de su pequeña siesta.

Después de abandonar la aeronave siguió el flujo de pasajeros hasta migración. La fila era larga, pero no tenía mucho afán, así que se lo tomó con calma y, cuando llegó a la ventanilla, entregó el pasaporte y sonrió, con cara de cansancio, al agente, quien le hizo algunas preguntas habituales. Sellaron su pasaporte y José avanzó por los pasillos anchos y altos hasta la cinta, donde esperó más de quince minutos su equipaje. Atravesó la última puerta automática y quedó finalmente dentro del aeropuerto.

La terminal permanecía sorprendentemente tranquila para la hora. Algunos viajeros aguardaban sentados cerca de las puertas de salida. Otros dormían recostados sobre sus maletas mientras las pantallas seguían anunciando llegadas y salidas durante toda la noche.

José caminó sin prisa por el edificio. Observó los mostradores cerrados, los letreros escritos en árabe, francés e inglés, las cafeterías que todavía permanecían abiertas y los ventanales desde donde podían verse algunos aviones estacionados sobre la plataforma. Compró algo más de comer y terminó una de las bolsas de frituras que aún llevaba desde Madrid; bebió agua de su termo mientras recorría nuevamente la terminal.

De vez en cuando levantaba la vista hacia las personas que cruzaban el aeropuerto: familias, turistas, tripulaciones, pero ningún viajero solitario. Nadie parecía llamar especialmente la atención.

Después de recorrer casi todo el edificio encontró un rincón relativamente apartado, cerca de los baños, donde varias filas de sillas metálicas permanecían casi vacías. Apoyó la maleta grande junto a las piernas. Colocó el morral sobre el regazo. Se acomodó el antifaz para dormir, luego cruzó ambos pies sobre el equipaje de ruedas, sujetó con fuerza el morral entre los brazos y cerró los ojos. El cansancio hizo el resto.

Durmió profundamente mientras, a pocos metros, los altavoces continuaban anunciando vuelos en distintos idiomas y las puertas automáticas seguían abriéndose y cerrándose con la llegada constante de nuevos pasajeros.

No supo cuánto tiempo había dormido, cinco minutos o cuarenta horas, pero fue muy real ese movimiento insistente sobre su hombro que terminó despertándolo. José abrió los ojos lentamente —durante un par de segundos permaneció inmóvil, todavía desorientado— mientras frente a él aparecía un policía uniformado.

El agente dijo algo en inglés. José respondió casi por reflejo, todavía con la voz adormilada, en español.

El policía hizo una breve pausa y después volvió a hablar; esta vez lo hizo en un español pausado. Le preguntó si tenía una reserva de hotel y si viajaba acompañado.

José se incorporó despacio, retiró completamente el antifaz, se estiró sobre la silla, acomodó nuevamente el morral sobre las piernas y luego respondió que se había quedado dormido.