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Capítulo 37

Desacelerando en el laberinto

Hombre visto de espaldas observa un mapa de papel bajo una lámpara en los estrechos callejones de la Medina de Fez al atardecer. A su alrededor, tiendas de artesanías, telas y especias comienzan a encender sus luces mientras el laberinto de calles continúa entre arcos y muros de tonos terracota.
José descubre que perderse también puede ser una forma de avanzar. Entre callejones imposibles de memorizar, aromas desconocidos, conversaciones improvisadas y momentos de calma que parecen existir al margen del ruido, Fez comienza a revelársele sin prisa. Por unas horas, deja que la ciudad decida el camino mientras intenta hacer lo mismo consigo mismo: desacelerar, observar y aceptar que no todo necesita una respuesta inmediata, aunque algunas preocupaciones insistan en acompañarlo.

José permaneció un rato más en la terraza. Mientras terminaba el té, sacó el teléfono y buscó qué era exactamente un Hammam. Había escuchado la explicación del policía en el aeropuerto y, después, la recomendación de la mujer del hotel, pero seguía sin tener demasiado claro qué iba a encontrar. Leyó un par de descripciones: baños de vapor, masajes, tratamientos corporales, piscinas. Le pareció bastante parecido a un spa.

Miró su camiseta limpia y recordó el estado en el que había llegado aquella mañana. En realidad, solo quería darse una ducha. Los días de viaje se habían ido acumulando sobre su cuerpo y podía sentirlos. Últimamente estaba durmiendo mucho. Quizás su cuerpo estaba intentando decirle algo. Un masaje no sonaba mal.

Mientras continuaba leyendo, encontró los precios del lugar que le habían recomendado. No era tan costoso como había imaginado.

Intentó buscar más información sobre el establecimiento, pero volvió a encontrarse con un problema que ya había empezado a notar desde su llegada. Algunas aplicaciones funcionaban con normalidad; otras cargaban a medias o no le mostraban la misma información que estaba acostumbrado a encontrar. Los mapas tampoco parecían ayudarlo demasiado dentro de la Medina, y encontrar restaurantes, museos o negocios resultaba más complicado de lo esperado. No sabía si se debía a alguna restricción del país, a su conexión o, simplemente, a que allí utilizaban otros servicios. Tendría que preguntarlo.

Antes de salir, volvió a pedir indicaciones para llegar al Hammam. Hizo repetir el recorrido un par de veces, intentando memorizarlo, y finalmente abandonó el hotel, pero, cuando salió, la Medina volvió a tragárselo. El ruido regresó de inmediato: las voces, los pasos, las ruedas de los carros, los vendedores, las conversaciones. Todo parecía intensificarse a medida que José avanzaba hacia su nuevo destino.

Pero algo era diferente: no llevaba la maleta. Sus movimientos eran mucho más ligeros. Podía caminar, frenar, subir escalones, detenerse frente a un negocio sin preocuparse por bloquear el camino e incluso avanzar a un ritmo mucho mayor que cuando había entrado por primera vez en la Medina. No se había dado cuenta de cuánto lo había condicionado el equipaje hasta que dejó de arrastrarlo.

Pasó junto a una tienda de lámparas metálicas. Algunas colgaban del techo y otras se acumulaban unas sobre otras, cubiertas de pequeños agujeros y figuras. Más adelante encontró una tienda de zapatos donde tantos pares cubrían una pared que apenas quedaba espacio entre ellos.

Luego aparecieron las especias. Recipientes abiertos mostraban montañas de distintos colores y texturas. Había también productos artesanales que José no reconocía y otros que ni siquiera sabía para qué servían.

Quería comer algo.

Por un momento pensó en detenerse, pero decidió que sería mejor llegar primero al Hammam. La mujer del hotel le había hecho una salvedad antes de darle las indicaciones: era un lugar orientado principalmente a turistas. A José no le importó e incluso pensó que podría comer algo allí.

Mientras continuaba caminando, percibió un olor familiar que lo hizo detenerse. Conocía aquel olor. Estaba seguro, pero, por más que permaneció quieto intentando identificarlo, no pudo. No era comida ni tampoco alguna especia o planta, o por lo menos que reconociera a la primera. Simplemente había algo familiar en él, algo que parecía estar a punto de recordar y que se le escapaba cada vez que intentaba ponerle un nombre. Respiró profundamente y continuó, tratando de hacer un último intento para identificarlo, pero no lo logró.

Después de varios minutos sin encontrar el lugar, porque se perdió, tuvo que preguntarles a dos personas en diferentes momentos. Ambas fueron amables al indicarle el camino y, después de seguir las nuevas instrucciones, José terminó frente a un pasillo angosto. Un letrero colgaba de extremo a extremo sobre la entrada.

Las paredes estaban pintadas de un color durazno. Tuberías y cables recorrían la parte superior, donde algunas lámparas colgaban sobre el camino. Avanzó hasta el fondo y allí encontró una puerta de cristal rodeada por un marco de piedra cincelada. El trabajo se hacía mucho más detallado sobre el arco superior, con figuras que parecían haber sido talladas directamente sobre la superficie. Aquella puerta pálida daba acceso a un recinto que, desde afuera, parecía extrañamente tranquilo.

No había nadie custodiando la entrada, por lo que José empujó la puerta y esta se abrió suavemente; entró y cerró con cuidado.

Unas macetas con plantas enormes adornaban la entrada. Subió un par de escalones y llegó a un pasillo oscuro, iluminado tenuemente por lámparas de tonos cálidos. Algunas luces más intensas resaltaban las columnas y hacían destacar la madera que cubría buena parte del corredor.

Una mujer —con una bata rosa de manga larga, holgada y abotonada por delante, pantalones a juego y un pañuelo que le cubría el cabello— lo recibió en inglés. Le preguntó su nombre, si tenía reserva y de dónde venía.

José explicó que no tenía cita, que había llegado solo y que le habían recomendado aquel lugar desde su hotel.

—¿De dónde?

—Colombia.

La mujer levantó ligeramente las cejas.

—¿Español?

—Sí —José sonrió.

A partir de entonces intentaron continuar la conversación en español, pero no siempre funcionó. La mujer conocía lo suficiente para explicarle la mayoría de las cosas, aunque de vez en cuando se detenía buscando una palabra. Algunas las reemplazaba con gestos; otras terminaba diciéndolas en inglés y continuaba hablando como si nada.

Ella le entregó un formulario —una tableta— y le preguntó qué servicios quería.

José observó las opciones.

—Quiero una ducha.

—Sí, claro —la mujer sonrió.

—Y un masaje.

Ella empezó a explicarle las diferentes posibilidades. Había distintos jabones, champús, aceites y cremas. Tomó algunos recipientes y se los mostró mientras intentaba describir las diferencias. Él miró uno por uno los que la mujer le presentaba, pero no tenía idea de qué estaba escogiendo.

—No sé —admitió finalmente—. Lo que ustedes recomienden está bien.

—¿Todo? —La mujer se rio.

José también sonrió.

—No sé. Lo normal. Nunca he hecho esto. —Al único spa al que había ido fue en Islandia y no tuvo masaje; solo había estado en una piscina termal.

Ella pareció entender perfectamente y marcó por él algunas opciones. También le preguntó si tenía traje de baño; él negó. Ella marcó algo más en el formulario y luego le explicó cómo sería el servicio. Primero debería cambiarse y pasar a la piscina. Allí tendría veinte minutos y después pasaría a una sala de vapor, luego a una sala en donde tendría el masaje y los demás tratamientos. Finalmente iría a una sala con tina, donde podría ducharse.

José asintió.

Le entregaron una bata, una toalla, unas sandalias y una pantaloneta limpia que estaba incluida en el servicio; luego le indicaron que continuara al interior.

José atravesó una tela que funcionaba como puerta y separador. Quedó maravillado con la vista: había un patio amplio. Una plataforma despejada ocupaba el centro del espacio y, en cada una de sus esquinas, crecían algunos árboles. En cada lateral había una pequeña piscina y, en el centro del patio, una fuente que, aunque no estaba funcionando, conservaba agua.

Las paredes y las columnas eran blancas y color durazno. Los accesos al centro del patio eran amplios, altos y coronados con arcos. En la segunda planta destacaban los acabados de madera marrón, los pilares blancos y un techo cubierto de tejas color ladrillo. La base de algunas columnas y parte del suelo estaban revestidas con azulejos blancos y azules.

El corredor que rodeaba el patio permanecía oscuro a propósito. Cada pocos metros, una lámpara iluminaba la entrada de alguna sala. Entre ellas había macetas con flores, pequeños árboles y sofás cubiertos de cojines.

José escuchó un tintineo lejano y después reparó en la música: un piano suave, acompañado por algún instrumento que no consiguió reconocer y, por debajo de todo, el sonido constante de agua fluyendo y el olor a incienso y castañas lo hicieron pensar que, si se sentaba cinco minutos a escuchar aquello, terminaría dormido.

Lo condujeron hasta una habitación donde pudo cambiarse. Guardó sus cosas, se puso la pantaloneta, las sandalias y la bata y salió nuevamente. Una trabajadora lo acompañó hasta la piscina.

Algunas parejas tomaban el sol. Otras estaban dentro del agua. Cerca de uno de los extremos había varias sillas protegidas por sombrillas enormes y todos hablaban tranquilamente.

—Veinte minutos —le recordó la mujer—. Después venimos por usted.

José asintió.

Le preguntaron si quería beber algo y él, amablemente, pidió un café.

Dejó la bata y la toalla sobre una silla y luego entró al agua, no con intenciones de nadar, sino de dejarse llevar; se dejó caer hacia atrás hasta sentir que el agua sostenía parte de su peso. Estiró las piernas y permaneció así.

Desde la piscina todavía podía escuchar la Medina. Las voces llegaban amortiguadas desde el otro lado de los muros. De vez en cuando aparecía algún grito, el sonido de algo arrastrándose o una conversación que conseguía imponerse durante unos segundos.

La Medina parecía intentar saltar las paredes, pero el Hammam respondía con agua y piano.

José cerró los ojos. El sol le daba en el rostro y le calentaba la piel. Nadie le prestaba atención ni esperaba nada de él.

Permaneció flotando.

Cuando estaba casi dormido, le llegó su café, así que salió del agua, tomó la toalla y se secó antes de sentarse.

Le dio un sorbo y automáticamente frunció ligeramente el ceño, pues era más amargo de lo que esperaba. Intentó un segundo y tercer sorbo, ambos tímidos. Definitivamente era un café diferente. No le desagradaba, pero había esperado otro sabor.

Mientras terminaba de beberlo, dejó que el sol secara el agua que todavía tenía sobre los brazos y las piernas. Miró las paredes blancas y terracota, altas, decoradas con acabados que parecían cincelados a mano.

Volvió al agua y minutos después fueron a buscarlo.

José se puso la bata y siguió a una mujer por un pasillo blanco y estrecho. Al girar a la izquierda, la luz desapareció casi por completo. Las lámparas cálidas eran lo único que podía ver. Entró en una sala con varios sofás y una fuente en el centro; esta sí estaba encendida, pues el agua borboteaba suavemente.

La mujer —la recepcionista— continuó guiándolo hasta otra habitación. Allí había una especie de sala de espera, donde le pidieron que se sentara y esperara a la persona encargada del masaje. Era una habitación con puerta cerrada donde el vapor salía escandalosamente de algún sitio. El lugar estaba «lleno de humo», pensó José, pero entró sin problema y se sentó a esperar. El sonido del agua continuaba llegando desde algún lugar y, unos diez minutos después, apareció otra mujer y lo condujo hasta otra habitación adjunta, en la cual había una camilla.

José escuchaba las instrucciones mientras se acostaba; la mujer le explicó lo que iba a hacer, aunque la conversación fue bastante menos sencilla que la de recepción. Conocía algunas palabras en español, pero no las suficientes, por lo que todo fue muy visual. Le mostró unos recipientes, luego le señaló la espalda, le mostró algunos objetos oscuros y redondeados e intentó decirle qué eran; se quedó pensando durante unos segundos —buscando el nombre en español— y finalmente tuvo que utilizar la palabra en inglés para «piedras».

José miró los objetos.

—Piedras —le dijo.

La mujer repitió «piedras» y ambos sonrieron. Se acomodaron y finalmente comenzó con un masaje lento y relajante. Después colocó las piedras sobre su cuerpo. Utilizó aceites, cremas y otros elementos que José no reconoció del todo. En algún momento apareció también un par de instrumentos de madera. La mujer le dijo en inglés que se relajara y él decidió confiar.

La música y el agua continuaban sonando. Poco a poco dejó de prestar atención a lo que las manos de la mujer hacían y cerró los ojos: no tardó mucho en quedarse dormido y, durante unos veinte minutos, durmió como un bebé entre la oscuridad tenue, el sonido del agua, el olor a hierbabuena y chocolate y el vapor húmedo que parecía hacerse más denso a su alrededor.

Cuando despertó por un movimiento sutil, tuvo que recordar por un instante dónde estaba. La mujer le indicaba que se levantara y lo condujo hasta otra sala, igual de oscura, donde había una tina. Le explicaron que podía entrar, guardar silencio y descansar. Si le apetecía dormir, podía hacerlo.

José entró en la tina y descubrió que el agua estaba caliente, así que se acomodó y apoyó la cabeza sobre el borde, donde había una toalla que funcionaba como cabecera. Durmió varios minutos.

Nunca había estado en un lugar parecido. No sabía si aquello era un servicio bueno, malo o simplemente normal. No tenía ningún punto de referencia con el cual compararlo, pero le había gustado. Había descansado.

Cuando terminó, pudo ducharse finalmente. El agua le cayó sobre la cabeza y recorrió su cuerpo mientras se quitaba los aceites, el sudor y la sensación acumulada de los últimos días. Eso era lo que había querido desde el principio.

Cuando salió, le ofrecieron té de jengibre y unas galletas de avena. José aceptó ambas cosas. Se sentó todavía con la bata puesta y mordió una de las galletas, luego bebió el té y la combinación fue relajante y deliciosa; además, aquello le quitó el mal sabor de boca que le había dejado el café.

Permaneció allí unos minutos más antes de regresar al vestidor, donde se cambió sin prisa y, antes de regresar a recepción, revisó que llevara la billetera, el teléfono y sus demás pertenencias.

La mujer que lo había atendido al llegar volvió a saludarlo. Le preguntó su experiencia y lo hizo llenar otro formulario en donde calificaba el servicio. Después, le dieron la factura y José sacó la tarjeta de crédito y pagó. Tuvo miedo de que no pasara, pero la transacción pasó sin ningún problema. No había sido tan costoso como creyó.

Al final, se colgó el morral, se despidió y caminó por el mismo pasillo oscuro por el que había entrado. Las lámparas cálidas quedaron atrás. Bajó los escalones y abrió la puerta de cristal. Al salir, el sol ya estaba bastante más alto y la Medina seguía allí: el ruido regresó. Los vendedores, los pasos, las conversaciones, las ruedas golpeando contra el suelo irregular.

Sacó el teléfono del bolsillo tratando de evaluar el camino de regreso al hostal, olvidando por un momento que el mapa del teléfono no le había servido de mucho desde que había llegado. Antes de volverlo a guardar, vio una notificación de correo. El asunto no le gustó, y menos por el remitente: era de Manuel.

José respiró profundamente y abrió el mensaje allí mismo, todavía de pie frente a la puerta del Hammam. Manuel le explicaba que, desafortunadamente, no había conseguido los permisos necesarios para la empresa de seguros que estaba planteando y que, por esa razón, el software que le había sugerido desarrollar tendría que posponerse. No decía que el proyecto estuviera muerto, pero tampoco había una fecha clara para retomarlo.

Terminó de leer el correo sin moverse. Bloqueó el teléfono, respiró profundamente, cerró los ojos, contó en voz baja hasta tres y luego suspiró. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de algo importante: tenía hambre.

Volvió a mirar el teléfono y abrió rápidamente Muwi. La aplicación tardó unos segundos en cargar y luego recorrió los datos con la mirada: 215 participantes asignados a aquella pista, y apenas dos la habían completado. Miró después el contador que seguía retrocediendo. Todo acababa el sábado a las doce del mediodía y le quedaban menos de 50 horas. Total de participantes a nivel global: 11.885 participantes.

Movió los hombros, intentando quitarse de encima la incomodidad que le había dejado el correo. Definitivamente, el mensaje de Manuel había funcionado de maravilla para arruinarle la tranquilidad que había conseguido en el Hammam.

Miró la hora. Ya era demasiado tarde para pensar en desayuno; debería estar buscando dónde almorzar.

Guardó el teléfono y empezó a caminar.

No intentó buscar un restaurante en particular. Siguió algunas calles, dobló por otras y dejó que el movimiento de la Medina decidiera por él hasta que, varios minutos después, desembocó en una pequeña plaza.

Había negocios en la planta baja y, en los pisos superiores de aquellas construcciones pequeñas, balcones y terrazas donde podía verse movimiento. José levantó la vista y reparó en lo colorido del lugar. Había paredes azules, puertas de madera, telas extendidas sobre algunos negocios y macetas que sobresalían desde los balcones.

Un joven, desde la entrada de uno de los restaurantes, le hizo una seña.

—¿Comida?

José buscó de dónde provenía la voz y entendió que el restaurante estaba en el segundo piso. Le hizo una señal de aprobación al muchacho, que inmediatamente comenzó a indicarle con la mano por dónde debía subir.

Al llegar hasta la terraza, confirmó que no era demasiado grande, pero tenía una vista bonita sobre la plaza. Había varias mesas de madera y algunas plantas colocadas junto a las paredes, que destacaban por sus tonos azules. Logró obtener una mesa cerca del borde, pues el restaurante empezaba a llenarse a esa hora. Desde allí podía ver cómo los edificios se elevaban unos detrás de otros en tonos caqui y crema, interrumpidos de vez en cuando por alguna terraza, una antena o una pared de un color más intenso.

El muchacho que lo había llamado apareció con el menú. Le preguntó de dónde venía y quiso saber qué había probado del país.

—Nada. Es mi primer día en la ciudad. En el país, en realidad.

El joven, que hablaba un inglés forzado y parecía sentirse mucho más cómodo utilizando las manos, señaló varios platos mientras intentaba explicarle qué contenía cada uno. José siguió el dedo sobre el menú, entendiendo unas cosas y perdiéndose por completo en otras, hasta que decidió dejarse llevar.

Terminó pidiendo un cuscús de ternera. El muchacho le dijo que, si todavía tenía hambre después, podía recomendarle una preparación con pollo. A José le pareció bien y pidió agua para acompañar la comida. Quería probar algo diferente.

Cuando llegó la comida, el plato parecía más grande de lo que esperaba. Olía a verduras, especias y carne. La ternera estaba especialmente buena y el cuscús tenía un sabor extraño para él, aunque no desagradable. Lo único que lo sorprendió fue descubrir que el agua que le habían llevado tenía gas.

Comió despacio al principio, tratando de identificar los sabores. Reconoció perejil, calabaza, zanahoria y pimentón, además de varias especias que no consiguió distinguir. La mezcla le resultó bastante más cautivadora de lo que había esperado y, antes de darse cuenta, había terminado el plato.

Supuso que tenía más hambre de la que pensaba. Las galletas y el té del Hammam difícilmente podían contar como comida y mucho menos el café, así que, cuando el muchacho volvió a acercarse, José aceptó la segunda recomendación.

El siguiente plato era un tajín de pollo, el cual llegó acompañado nuevamente de verduras. El pollo estaba bien cocido, jugoso y tierno, y después de algunos bocados José volvió a percibir algo que ya había notado con el cuscús: había un sabor ligeramente dulce en la comida. No dulce como un postre, sino una sensación más sutil que aparecía entre las especias y que no esperaba encontrar en aquellos platos. No le desagradó, pero sí le pareció extraño.

Cuando terminó, la curiosidad pudo más que la experiencia que había tenido esa mañana y pidió un café. Al verlo llegar, reconoció de inmediato que no se parecía demasiado a lo que esperaba. Venía en una taza transparente y tenía un aroma intenso. Tomó el primer sorbo y se quedó unos segundos con la taza en la mano.

—¿Qué tiene el café? —preguntó.

El muchacho no pareció entender del todo la pregunta. Tomó el menú, buscó la sección de bebidas calientes y señaló el café mientras empezaba a explicarle algo, primero en inglés y luego, sin darse cuenta, en árabe. José no entendió prácticamente nada.

Leyó los ingredientes escritos en inglés, pero varios nombres tampoco le resultaron familiares. Sacó el teléfono, tomó una fotografía y utilizó internet para traducirlos. Poco a poco apareció una lista que explicaba aquel sabor: clavo, nueces, canela, cardamomo, anís, pimienta, sésamo e hinojo.

El muchacho, todavía intentando explicarle la preparación, mencionó también jengibre y nuez moscada. Luego le sugirió que la próxima vez lo pidiera con leche, y José asintió como si hubiera entendido todo.

La realidad era que su paladar había quedado un poco resentido. No le gustaba demasiado aquel café, aunque tampoco quería decírselo de esa manera al muchacho, que parecía particularmente orgulloso de la bebida y había traído algunos dulces para acompañarla.

—Es intenso —dijo José. Aquello era verdad.

Terminó dejando parte del café y pidió un té de hierbabuena, que consiguió calmarle el paladar.

Mientras comía y bebía empezó a pensar en algo que ya había notado durante las pocas horas que llevaba en Marruecos: la gente estaba siendo muy amable con él. No todo el mundo, por supuesto. Apenas había caminado una parte diminuta de Fez y sería absurdo sacar conclusiones sobre una ciudad entera después de unas horas, pero esa había sido su experiencia hasta el momento. Las personas a las que había pedido indicaciones lo habían ayudado; muchas lo miraban directamente a los ojos mientras hablaban con él y sonreían con una naturalidad que no parecía forzada. Incluso quienes intentaban venderle algo en la calle solían acercarse de una manera amable.

—Fez es de verdad —pensó José—, una ciudad muy amable.

Se quedó un rato más esperando a que la comida hiciera digestión. No hizo nada especial. Se limitó a observar a las personas cruzando la plaza mientras el viento cálido llegaba hasta la terraza cargado con los distintos olores del mercado: especias, verduras, comida recién preparada.

Por alguna razón recordó algo que alguien le había dicho alguna vez, aunque no consiguió recordar quién ni dónde: «un mercado no era solamente un lugar para comprar cosas, sino también una forma de entender una ciudad».

Cuando finalmente bajó del restaurante, volvió a encontrarse de inmediato con la Medina, el mercado y las ofertas. Pasó entre puestos de pescado, verduras y frutas, rechazando con movimientos de cabeza a los vendedores que intentaban llamar su atención.

Mientras avanzaba por los pasillos y arterias del mercado, las ofertas empezaron a cambiar. Ya no querían venderle únicamente productos. Algunos hombres le ofrecían recorridos, restaurantes y lugares para visitar.

Uno de ellos le preguntó si quería ir a ver dónde trabajaban el cuero.

José no entendió, pues el hombre utilizó una palabra en inglés que tampoco conocía. Ni siquiera en español. Tuvo que sacar el teléfono y buscarla para descubrir primero la traducción y después el significado: «curtiduría».

Leyó rápidamente qué era y le sorprendió no haber escuchado nunca la palabra o, por lo menos, no recordarla. También le resultó curioso que apareciera con tanta frecuencia en las recomendaciones turísticas de Fez. Guardó el teléfono sin terminar de comprender qué tenía aquel lugar para convertirse en una atracción turística y continuó caminando.

Algunos minutos después vio una pequeña tienda que tenía mapas de papel; se detuvo inmediatamente.

Era agradable no saber exactamente dónde estaba, pero también era consciente de que, en algún momento, tendría que regresar al hotel. Además, si iba a seguir rechazando recorridos guiados, no parecía descabellado tener por lo menos algo de información sobre su entorno.

Entró a la tienda donde un hombre con un bigote impresionante y una gran sonrisa lo recibió detrás del mostrador.

—¿Son de la Medina? —José señaló uno de los mapas.

El hombre respondió que sí, tomó uno y lo desplegó frente a él.

José observó aquella acumulación de líneas.

—¿Esta es la única forma de orientarse aquí? —preguntó en inglés—. ¿No hay una aplicación en el teléfono que funcione mejor?

El hombre sonrió. Le explicó que podía utilizar mapas electrónicos, por supuesto, pero que dentro de la Medina no siempre eran fiables. Algunos negocios y recorridos aparecían mejor representados en los mapas físicos; otros ni siquiera figuraban correctamente en las aplicaciones. Además, había demasiadas calles, callejones y pasajes como para depender completamente del teléfono. El vendedor le dijo que más de ocho mil.

José volvió a mirar el mapa, suspiró y aceptó que definitivamente necesitaba algo.

—Me lo llevo.

El hombre sonrió y comenzó a doblarlo con una facilidad que a José le pareció casi absurda. El mapa completamente extendido ocupaba un pliego bastante grande, pero el vendedor le enseñó cómo abrirlo por secciones y volver a plegarlo sin tener que desplegarlo por completo cada vez.

José pagó con moneda local y, cuando estaba a punto de salir, el hombre le preguntó si le interesaba un tour.

José lo rechazó cordialmente.

—¿Primera vez en Fez?

—Sí.

El vendedor levantó ligeramente las cejas.

—Entonces necesita tour.

—Precisamente por eso no quiero uno. —José se rio.

El hombre lo miró sin entender.

—Quiero perderme. Quiero aprender, pero también quiero poder volver a mi hotel.

El hombre sonrió al entender su punto. Le dijo que por esos lugares era muy fácil perderse.

—Ya me di cuenta.

La respuesta hizo reír al vendedor y la conversación, que José había pensado que terminaría allí, continuó: el hombre le preguntó dónde se hospedaba. José intentó explicarle el nombre del hotel, pero el vendedor lo corrigió: dentro de la Medina, muchas de las casas utilizadas para hospedar visitantes eran Riads. Sacó un lápiz sobre una mesa cercana y le pidió el mapa que José acababa de comprar. Lo desplegó e hizo una primera marca.

—Estamos aquí. —Después buscó durante unos segundos el nombre que José le había dado e hizo otra—. Y su Riad está aquí.

José se inclinó sobre el mapa y se dio cuenta de que la distancia entre ambos puntos era mucho menor de lo que había imaginado.

El vendedor sonrió, metió una mano en el bolsillo de la camisa y sacó una tarjeta. Le explicó que hacía recorridos por Fez y también por lugares cercanos. Mencionó pueblos, curtidurías —José volvió a pensar en lo común que parecía ser aquella palabra allí—, cementerios, librerías y restaurantes.

—Hoy no quiero un tour —dijo José.

—Hoy no. —El hombre levantó un dedo, luego señaló la tarjeta—. Otro día.

José entendió.

La conversación se extendió y, unos minutos después, ambos estaban sentados frente a la tienda tomando té de tomillo y ajenjo, un poco amargo para el gusto de José, aunque agradable. Entre las tazas mantenían el mapa extendido mientras el hombre hacía pequeñas marcas con el lápiz: lugares a los que podía llegar caminando, otros para los que sería mejor utilizar transporte o ir acompañado y algunas zonas que valía la pena conocer. También le hizo entender que Fez no era únicamente la Medina y que aquel mapa ni siquiera alcanzaba a cubrir todo lo que podía visitar. José admitió que sabía muy poco de Marruecos, algo que pareció entusiasmar al vendedor, que siempre encontraba una cosa más que explicarle. La conversación avanzaba en una mezcla extraña pero funcional de español, inglés y señas; cuando una palabra fallaba, señalaban el mapa, dibujaban algo en el aire o simplemente buscaban otra manera de hacerse entender. De vez en cuando, el hombre interrumpía para ofrecer mapas, recorridos o recuerdos a quienes pasaban frente a la tienda, y después regresaba a su té y retomaba la conversación exactamente donde la había dejado.

La conversación terminó extendiéndose durante casi una hora, pasando por Fez, las costumbres marroquíes, la filosofía de los Riads, los horarios de oración y hasta la vestimenta de las mujeres. En algún momento, el adhān —el llamado musulmán a la oración— comenzó a escucharse sobre los tejados y el hombre le explicó brevemente qué significaba, antes de continuar hablando como si nada. También le enseñó algunas palabras básicas —salam, shukran, afak y bslama— que José anotó en el teléfono. Para cuando se levantaron, habían terminado varios tés y el mapa estaba lleno de marcas, recomendaciones y lugares que podía visitar.

Antes de marcharse, José le preguntó qué podía hacer el resto del día, y el vendedor miró hacia la calle, como si necesitara consultar la ciudad antes de responder, y después tomó el lápiz, buscó el punto en el mapa y trazó una pequeña equis junto al punto de la puerta azul que había visitado en la mañana.

—Aquí come. Es deliciosa.

—¿Qué comida me recomienda?

—Pizza Margarita —respondió casi de inmediato.

—¿Pizza?

El hombre asintió con absoluta seriedad.

—Margarita. Muy buena.

—Estoy en Marruecos —soltó una carcajada—, y me recomienda pizza.

José dobló el mapa siguiendo los pasos que le habían enseñado. Antes de guardarlo, miró algunas de las marcas que ahora cubrían el papel. Había comprado un mapa nuevo hacía menos de una hora y ya parecía haber pertenecido a otra persona durante años. Sacó la billetera y dejó algo de dinero sobre la mesa.

El hombre negó inmediatamente.

—Por el té y por la lección.

El vendedor volvió a negar, aunque esta vez con menos convicción. José dejó el dinero allí antes de que pudiera devolvérselo.

—Shukran.

El hombre sonrió y aceptó.

José guardó la tarjeta que le había dado, se colgó el morral y levantó una mano antes de alejarse.

—Bslama.

El vendedor respondió desde la tienda y José siguió caminando con la sensación de haber aprendido bastante más durante aquella conversación de lo que habría aprendido siguiendo una ruta en el teléfono.

No llegó directamente a la Puerta Azul, ni siquiera lo intentó: durante las siguientes horas caminó sin demasiada prisa, utilizando el mapa más como una referencia para saber qué tan perdido estaba que como una herramienta para evitar perderse. Cada cierto tiempo lo sacaba, encontraba alguna calle que reconocía, comprobaba aproximadamente dónde estaba y volvía a guardarlo.

La Medina cambiaba a medida que avanzaba la tarde. Algunos puestos empezaban a recoger parte de la mercancía mientras otros parecían hacerse más activos. Las sombras se alargaban dentro de los callejones y las lámparas comenzaban a encenderse sobre las entradas de los negocios. En las calles más estrechas parecía estar anocheciendo mucho antes que sobre los tejados; sin embargo, cada vez que desembocaba en un espacio abierto descubría que todavía quedaba bastante luz.

José caminó hasta que las piernas empezaron a recordarle todo lo que había hecho durante los últimos días, y entonces decidió regresar al Riad. Esta vez utilizó el mapa de verdad.

Le tomó varios intentos. Se equivocó dos veces, regresó sobre sus pasos y finalmente llegó sin preguntarle a nadie. Cuando reconoció la entrada del Riad, sintió una satisfacción absurda, como si hubiera conseguido superar una prueba que nadie le había puesto.

Entró y la recepcionista que lo había atendido esa mañana seguía allí.

—Hola —dijo José—. Salam.

—Salam —la mujer le preguntó, tanteando si el huésped permitiría ese tipo de bromas—. ¿Se perdió?

—Muchísimo. —José levantó el mapa y ella se rio.

Le entregaron las llaves, le indicaron que su maleta estaba ya en la habitación y que podría tomar una cena si quería. Además, le dijeron que podría tomar café o té; solo debía llamar desde la habitación o bajar a la recepción. José pidió agua y, al ver que le dieron una con gas, pidió algo refrescante.

José subió a su habitación, dejó el morral sobre la cama y se quitó los zapatos. Durante unos segundos consideró acostarse. La cama parecía una idea extraordinaria, pero tenía que revisar unas cosas, así que sacó los dispositivos, entre ellos el portátil.

Entró al correo, dándose permiso de trabajar cinco minutos, pero estos se convirtieron en bastante más, casi una hora. Respondió dos correos del trabajo que había dejado pendientes, revisó rápidamente la consola de errores de sus clientes y no habían reportado mucho. Solo querían módulos y reportes nuevos. Debía sacar tiempo para pensar en ellos, aunque no era el momento.

A medio trabajo le llevaron un jugo de bissap —la opción refrescante—, que para él era exactamente igualito a la flor de Jamaica, y el café que había pedido sin tantas especias. La señorita que le llevó el café a la habitación le dijo que solo tenía jengibre y cardamomo. Le dijo que lamentaba mucho no poder darle un café sin mezcla, pero ese era el que manejaban.

Miró la hora y terminó su labor apresuradamente. Apagó el computador y volvió al celular, donde había tomado algunas fotos en la tarde de las calles, del spa y del hotel antes de subir, las cuales le envió a su madre, y le anunció que estaba ya en el cuarto del Riad. Quiso llamarla, pero quería salir a comer antes.

En el teléfono, volvió a entrar en Muwi. El contador seguía avanzando y las confirmaciones no habían cambiado. 2 de 215.

José apoyó la espalda contra la silla. No iba a resolver nada mirando la pantalla. Le escribió a Bartolomé que estaba ya en Fez, esperando encontrar la pista al día siguiente, y este le contó en un mensaje largo que había encontrado la pista en Barcelona y que estaba en pausa. También le preguntó si había algún problema en agregar a una chica al equipo. «Será una excelente nakama». José no dudó del criterio de su nakama y le dijo que no había problema.

Vio fotos de Malaya en sus viajes de tren por Europa y la nula respuesta de Alexis. Cerró Muwi y, desde el mismo celular, respondió un último correo y dejó un recordatorio de que en máximo 48 horas, es decir, después de haber encontrado la pista, tenía que responderle a Manuel.

Se estiró y terminó su café. No era tan amargo ni tan picante como los que había probado hasta el momento. Tácitamente se convenció de no tomar más café.

Se recostó sobre la cama sin meterse debajo de las cobijas y cerró los ojos. Se dijo que solo sería una pequeña siesta antes de salir a comer pizza, pero no volvió a abrirlos.