El cuero estaba vivo
José despertó con la garganta completamente seca.
Según él, hacía mucho no soñaba o, por lo menos, no recordaba ningún sueño desde el inicio del viaje. Todavía tenía en su mente aquel paisaje desolador y desértico al que se había enfrentado en aquel sueño; tenía la sensación de arena pegada a la boca. Se incorporó casi por reflejo y caminó a oscuras hasta la pequeña mesa en donde estaba la cafetera, buscando una botella de agua. Cuando la encontró, la destapó y la bebió toda, de un solo trago.
Ya con la botella vacía, respiró un poco más tranquilo.
A través de la ventana, el cielo apenas abandonaba el negro absoluto para convertirse lentamente en un azul profundo. Madrid seguía medio dormida y José, que ya no lo estaba, se quedó un segundo observando aquel cambio de luz antes de entrar al baño. Se duchó rápidamente y, diez minutos después, salió con su toalla alrededor de la cintura. Abrió la maleta y buscó ropa cómoda. Aún desconocía cuál era su siguiente destino, pero una cosa sí tenía clara: antes de terminar la tarde debería haber abandonado aquella habitación de hotel. Cuando terminó de vestirse, dedicó un par de minutos a tender la cama. No era una obligación, ni una costumbre especialmente arraigada, solo que en aquel momento decidió que esa iba a ser su siguiente victoria, después de haberse bañado y vestido. Cuando terminó, sintió una grata tranquilidad al ver el cuarto en orden.
Encendió su portátil, pues su intención era hacer una revisión del correo para estar pendiente de sus clientes. Esta fue un poco más tranquila de lo que esperaba. Había varios mensajes nuevos, aunque la mayoría ya no hablaban de problemas, sino de gratitud, tanto por la rapidez de la solución como por la nueva plataforma de tickets, y palabras gratas sobre la forma en la que se iban a generar las nuevas solicitudes. José pensó que lo que más le daba trabajo no era el soporte técnico, porque las aplicaciones ya estaban estables, ya que, después de varios años trabajando en su gremio, los temas más reincidentes habían sido subsanados; la falta de capacitación y las entregas a la ligera de solicitudes nuevas eran lo que podrían afectar a sus clientes. Tendría que poner en el futuro más cuidado para que esto no ocurriera nuevamente. Respondió algunos mensajes y otros los dejó archivados. Se le quedó una sensación grata con respecto a su trabajo: ya lo peor había pasado o, al menos, lo que podía manejar él. Cerró el portátil.
Cuando miró su reloj, se dio cuenta de que quedaban menos de once horas para que la aplicación activara la siguiente pista. Ese sí era un problema.
Estaba convencido de que esta vez no sería uno de los primeros. Sonrió incrédulo, pues no tenía mucho sobre el poema o, más bien, casi nada. Sacó el celular y revisó la hora y el contador en la aplicación de Muwi, que decía que quedaban menos de nueve horas para este acontecimiento. Nuevamente sonrió, pues ni siquiera había sido capaz de hacer una resta sencilla entre el cansancio y la ansiedad. Eran solo nueve horas.
Se había convencido a sí mismo de que le quedaba algo de tiempo, pero poco a poco se daba cuenta de que ya no era así.
Todavía faltaba un buen rato para el desayuno, así que decidió aprovechar ese tiempo para dejar listas todas sus cosas: guardó la ropa que estaba colgada y doblada en el clóset, enrolló y guardó los cargadores, acomodó sus portátiles entre la ropa y sacó lo que debería tener a la mano. Revisó su pasaporte; por lo pronto, este debía tenerlo a la mano, al igual que la Polaroid, el diario azul, la tablet y su cargador, los audífonos y el celular. Todo esto estaba regado sobre la mesa y, antes de irse, quedaría en el interior de su morral pequeño, ese que llevaba como equipaje de mano. El resto quedaría guardado en sus maletas, incluso las revistas recientemente compradas, que, al igual que las adquiridas en México, no aportaron mucho.
Cuando terminó, observó la habitación y todo estaba impecable. No sintió ninguna satisfacción especial por ello, pero simplemente le resultó mucho más fácil pensar cómo había resultado aquella mañana, sobre todo cómo había sufrido la mañana anterior.
Faltaba un rato para que se abriera el comedor y ya no le quedaban cápsulas para preparar café, así que programó una alarma en el teléfono para no perder la hora del desayuno y se sentó frente al escritorio: era hora de investigar.
Se colocó los audífonos y buscó una lista de reproducción tranquila, dejando que la música llenara lentamente sus oídos, la habitación y su mente.
Desbloqueó la tablet, tomó el poema, que seguía allí, escrito en una hoja virtual, exactamente igual que la noche anterior. Leyó la transcripción del poema, pero seguía sin entender nada más allá de las palabras. Nada tenía sentido. ¿Quién era esa princesa? ¿Acaso, si descubría su nombre, podría encontrar un lugar? Pero se detuvo bruscamente, pues el día anterior había usado mucho tiempo tratando de encontrar algo de información por esa opción. Decidió de forma instantánea no continuar por ese camino. Debía ir más allá: encontrar algún otro tipo de relación en el poema.
Abrió los ojos tratando de comprender sus palabras: «¿Relación?». Hubo una pequeña pausa en sus pensamientos para poder ver entre las letras aquella conexión. Entonces vio el diario en el escritorio, por lo que lo tomó y lo abrió por la última página, aquella que había escrito la noche anterior, y leyó: «Cuando empiezas a ver esas relaciones, dejas de ver fragmentos y empiezas a ver a la persona completa».
—¿Esto aplicará para situaciones abstractas como esta?
Sonrió como si aquello funcionara. La idea venía del cubismo; no pudo pensar en una razón coherente e inmediata para no descartarlo. Debía intentarlo. Soltó una bocanada de aire como si eso lo ayudara a regularse.
¿Acaso necesitaba entender el poema totalmente?
Posiblemente, si se enfocaba en algunos de los elementos, podría encontrar más pistas de lo que él creía. Entonces decidió tomar su tablet, releer el poema y abstraer todos los conceptos: sustantivos, emociones y acciones que estaban en la transcripción. La búsqueda dentro de aquel sistema lírico le hacía sentir que era diferente a los otros poemas, sobre todo, que este tenía muchos más elementos que cualquier otro. Entonces recordó el primer poema, ese que lo había llevado a Cartagena: había sido tan fácil entenderlo, pues los conceptos y lugares los conocía; eso hizo que le fuera muy fácil identificar aquellos lugares descritos. Pero, por alguna razón, este nuevo no señalaba características de un lugar, sino que evocaba algo que él no entendía. Intentó recordar los otros poemas y eran similares al primero, pues señalaban un punto. Definitivamente este era diferente. No tenía ni idea de cómo debía avanzar y creyó estar corriendo en círculos.
Entonces volvió esa emoción asfixiante. Una vieja conocida en este viaje. Aquella que lo había atacado hace poco, solo que esta vez no era el trabajo lo que lo hacía sentir así, sino aquel poema. El día anterior habían sido correos, clientes, un incidente, un servidor, pero ahora, en aquel momento, eran princesas y laberintos, zocos y aromas, libros y silencios antiguos. La desventaja era que ahora no podía llamar a Elizabeth para que le diera un consejo.
Al recordarla, comprendió por fin el origen de su malestar. El día anterior había esperado aquella conversación con Elizabeth porque necesitaba un consejo. Ella incluso había encontrado un espacio entre sus citas para atenderlo, pero él no salió de allí con la ayuda que buscaba. En lugar de consuelo, sus palabras le dejaron una amarga sensación de traición. «Ten paciencia y maneja las cosas como vengan». En aquel momento, esas palabras no le ofrecían ninguna certeza.
Los auriculares reprodujeron una canción de salsa, de esas tan animadas que invitan a bailar con su ritmo alegre y vibrante, pero que esconden, detrás de tanta emoción, una historia triste y desgarradora. José solo pudo quedarse escuchando la letra, comprendiendo la tristeza de la situación mientras disfrutaba los vientos, las cuerdas y los tambores que daban vida a la canción. Quedó perplejo ante aquella mezcla de sentimientos. De algún modo, eso lo hizo sentirse un poco mejor, aunque no supo exactamente qué había sido.
Cuando volvió al poema, leyó la palabra «cuero», y eso lo molestó un poco. Aquella metáfora no la entendía. ¿Acaso quería decir algo con ella? ¿Por qué era tan específica con el material? ¿Coincidencia? Elizabeth le había mencionado precisamente esa palabra: «cuero». Le dio vueltas al asunto, pero no encontraba ninguna relación, y era lógico. Elizabeth no conocía el poema, ¿por qué habría de darle una pista? La calma que le sugería y la princesa que corría no tenían sentido.
Pero ¿por qué le molestaba tanto? ¿Quería decirle algo a él? Sí, era cierto que le pedía calma y utilizaba un oficio manual, un artesano del cuero, para representar la paciencia, el autoconocimiento y la dedicación. Un artista de esa talla debía conocer a la perfección el material con el que trabajaba para no dañarlo ni desperdiciarlo. Sonrió sin abandonar la idea. Si se detenía a pensarlo mejor, todos debíamos conocernos. Saber e identificar lo bueno y lo malo era necesario para sacar provecho de nuestra propia vida; de esa manera, «podremos tomar mejores decisiones», pensó.
Silencio.
Suspiró, pero el pensamiento no desaparecía.
Y volvía a poner en tela de juicio el material. ¿Acaso no había otros con los que trabajaran los artesanos? ¿Madera, plástico, arcilla? ¿Vidrio? ¿Era porque eran fáciles de trabajar, o tal vez porque eran difíciles? La rabia de haberse encerrado en ese pensamiento hizo que le doliera la cabeza, pero las ideas seguían allí. La madera se talla, el vidrio se funde, el metal se forja, la arcilla se moldea. ¿Qué tenía el cuero que el resto no?
Se quedó callado mientras los auriculares reproducían una canción de rock psicodélico de los años ochenta cuyo título desconocía.
—¿Por qué precisamente cuero?
Se recostó en la silla y soltó un suspiro.
—Ya basta…
Se levantó de la silla y fue por una nueva botella de agua.
Otra vez estaba intentando resolver un poema entero alrededor de una sola palabra. Había hecho exactamente lo mismo cuando el anciano del avión mencionó el «Magreb» y terminó pasando horas investigando una idea que ni siquiera sabía si era correcta.
Mientras bebía, vio el reloj. Faltaban unos minutos para que abrieran el restaurante, a las 7 a.m. Debía comer para seguir viviendo, y más con esa travesía que iba a emprender. Suspiró y se sentó a leer el poema una última vez antes de bajar, pero ni siquiera miró la pantalla.
Silencio.
—¿Vivo? —Si hubiera estado en Colombia, su hermano le habría dicho que «algo se había quemado»; así decía cuando José tenía una idea. —Eso es lo que pasa. El cuero estuvo vivo. No es como las vetas de la madera, las imperfecciones del metal o las esquinas rasposas del vidrio. El cuero viene de un animal, uno que estuvo vivo. Uno que creció, corrió y murió. Eso lo hace especial.
Se levantó de la silla, satisfecho de haber encontrado aquella relación con el cuero. Eso le alivió el alma, y ya no se sentía mal por el material de aquella metáfora que, hasta entonces, no le había aportado nada. Se estiró con la intención de bajar al restaurante, sintiendo que cargaba un peso menos sobre los hombros. La alarma sonó. Era hora de comer.
Y entonces miró el poema, la transcripción que permanecía abierta en una hoja virtual de una aplicación de su tablet. Algo había cambiado. Los versos eran diferentes, tenían otra connotación: estaban en movimiento. A diferencia de los otros poemas, este estaba vivo.
Se sentó nuevamente, esta vez para leer con más detenimiento. Se dio cuenta, entonces, de que contaba una historia, como una película. Nada permanecía quieto en aquel poema. La princesa huía, hacía un recorrido, atravesaba diferentes escenarios; estos cambiaban y, al final, había un cierre.
José lo detuvo todo. Debía empezar a cambiar algo. Era momento, según él, de «empezar a buscar otros elementos».
—Esto no describe un lugar… Describe un recorrido.
Aquella conclusión cambió por completo la manera en que observaba la pista. Hasta ese momento había imaginado el laberinto como un sitio concreto: un castillo, un jardín, algún edificio famoso donde la princesa permanecía oculta esperando ser encontrada. Sin embargo, el poema parecía decir exactamente lo contrario. La princesa nunca estaba quieta; avanzaba de un escenario a otro. Los aromas aparecían porque cruzaba mercados, los artesanos porque caminaba entre talleres y el conocimiento porque llegaba a algún lugar donde podía aprender. Todo cambiaba constantemente.
Entonces levantó la vista de la tablet.
—¿Y si el laberinto no es un lugar…? ¿Y si es una ciudad?
Pausó la música.
Sintió un ligero estremecimiento.
La idea parecía sencilla, pero transformaba por completo la investigación. Si el laberinto era una ciudad entera, la princesa no se escondía en un edificio: recorría sus calles. Toda la ciudad era el laberinto.
Abrió el navegador y escribió la primera búsqueda que se le ocurrió: «ciudades famosas por ser laberintos». Los resultados comenzaron a llenar la pantalla. Ciudades medievales. Cascos históricos. Calles estrechas. Barrios antiguos construidos siglos antes de que existiera cualquier planeación urbana. José fue leyendo uno tras otro, pero, en lugar de acercarse a una respuesta, sintió que el problema acababa de crecer. Había demasiadas opciones.
Anotó varias de ellas en una hoja de la tablet, tratando de encontrar algún patrón que las relacionara, pero ninguna sobresalía sobre las demás. Algunas eran europeas; otras pertenecían al norte de África, y varias más compartían una característica que empezaba a repetirse con insistencia: medina.
José rodeó aquella palabra con el lápiz.
—¿Qué demonios es una medina?
Buscó su significado y comprendió que se trataba de los barrios históricos de muchas ciudades del mundo islámico. Calles estrechas, pasajes irregulares, pequeñas plazas y un diseño que hacía muy fácil perder la orientación. Vio varios artículos seguidos. No tenía mucho tiempo para leer y terminó aceptando que aquella idea tenía sentido. Si alguien quisiera construir un laberinto real, probablemente se parecería mucho a una medina.
Dudó un poco, pues seguía teniendo demasiadas ciudades.
Apoyó los codos sobre la mesa. Su mente iba a mil por segundo. Volvió al listado que había hecho: laberinto, princesa, aromas, artesanos, conocimiento. Si el laberinto señalaba una ciudad, los demás elementos también debían servir para reducir las posibilidades. Permaneció unos segundos observando aquellas palabras hasta que una llamó especialmente su atención: conocimiento.
Libros, silencio y conocimiento. ¿Qué tenía de especial? Los aromas y los artesanos podían existir prácticamente en cualquier mercado antiguo, pero el conocimiento parecía demasiado específico para ser un simple adorno literario.
Abrió una nueva búsqueda.
—¿Y si la princesa no es una princesa, sino una figura que gobierna algo? ¿Una líder? ¿Una mujer? Está escapando, y el final habla de que llega al conocimiento. ¿Acaso representa a una mujer relacionada con la educación?
La idea le pareció razonable, así que empezó a buscar mujeres importantes de la historia y educación.
Los resultados fueron interminables. Aparecieron gobernantes, escritoras, religiosas, nobles, mecenas y toda clase de personajes históricos. José abrió varios enlaces, leyó algunos párrafos y los fue cerrando uno tras otro. Ninguno terminaba de conectar con el resto del poema.
—No… Así tampoco.
Se dejó caer contra el espaldar de la silla y se quitó los audífonos. Estaba haciendo exactamente lo mismo que el día anterior: elegía un elemento del poema, construía una teoría alrededor de él y, al cabo de unos minutos, terminaba atrapado entre decenas de posibilidades. Cerró todas las pestañas relacionadas con aquellas mujeres y volvió al punto de partida.
—Tiene que haber otra forma de reducir las opciones…
José volvió a fijar la vista en la lista de ciudades que había anotado. Allí seguían, inmóviles, esperando que una de ellas sobresaliera sobre las demás. Sin embargo, todas parecían cumplir el mismo requisito: medinas antiguas, calles laberínticas y una historia lo suficientemente rica como para encajar en el poema. Comprendió que, si quería avanzar, debía dejar de buscar personas y empezar a entender mejor aquellos lugares.
Escribió una nueva búsqueda: «¿Qué caracteriza a una medina?».
Comenzó a leer con calma. Descubrió que aquellas ciudades habían sido concebidas para recorrerse a pie; las calles estrechas protegían del calor, los barrios se organizaban por oficios y la vida cotidiana giraba alrededor del comercio. Cuanto más avanzaba en la lectura, más comprendía que el poema no describía un único lugar, sino una ciudad llena de vida. Entonces apareció una palabra que ya había visto un par de veces, pero a la que, hasta ese momento, no le había prestado atención: zoco.
Los zocos eran mercados tradicionales donde los comerciantes y artesanos se agrupaban según su oficio. Había calles dedicadas a los tejidos; otras, a la cerámica; otras, al metal, a las especias o a la madera.
Durante algunos minutos buscó y rebuscó en foros y blogs de internet características, historias, fotografías y relaciones con los elementos indicados en su lista. Aunque el número de ciudades iba disminuyendo, la respuesta aún no estaba clara.
Estaba cansado. No había mirado la hora, pero sabía que pronto terminaría el horario del desayuno.
Si el poema había sido capaz de conducirlo hasta las medinas y los zocos, también debía contener alguna pista más específica. Así que regresó una vez más a los artículos, esta vez sin buscar una palabra concreta; simplemente comenzó a leer, dejando que los ojos recorrieran cada párrafo. En uno de ellos encontró un apartado dedicado a los oficios más representativos de aquellas ciudades: cerámica, tejidos, trabajo en metal, tallado en madera y marroquinería.
José frunció el ceño.
—¿Qué es eso de «morrocoria»?
Al principio le costó leer la palabra. No sabía qué era, así que la buscó casi por curiosidad y, cuando leyó la definición, sonrió.
—¿Qué broma es esta? «Arte de trabajar el cuero para fabricar objetos como bolsos…»
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Sin perder un segundo, abrió una nueva búsqueda: «Lugares famosos por la marroquinería». Los resultados aparecieron casi de inmediato, y uno de ellos se repetía con insistencia por encima de los demás.
José comenzó a leer con rapidez.
La ciudad era conocida desde hacía siglos por sus curtidurías, por el trabajo artesanal del cuero y por un barrio entero dedicado a ese oficio. Continuó descendiendo por la página y encontró nuevamente referencias a su inmensa medina, a sus zocos, a la universidad más antigua del mundo aún en funcionamiento —fundada por una mujer— y a que era considerada la zona peatonal urbana más grande del mundo.
«Un laberinto viviente».
Sonrió casi sin darse cuenta y negó lentamente con la cabeza.
—Con razón me sonaba tanto el cuero…
Suspiró, se levantó, se estiró y, mientras observaba el artículo con fotografías en la tablet, dijo, sintiendo que ya no tenía nada que perder:
—Bueno, nos vamos a Fez, en Marruecos.
Miró el reloj. —Quiero un desayuno continental.