Pausa en movimiento
Antes de que la pantalla terminara de cargar, José aprovechó para acomodar un poco el escritorio. Corrió hacia un lado las revistas que había comprado esa tarde, apartó la taza de café vacía y acercó el portátil hasta quedar justo frente a él. La habitación permanecía en silencio.
Afuera, Madrid comenzaba a despedirse del día mientras el resplandor cálido de la luz de la habitación iluminaba, con matices, el cuarto que en la mañana era sinónimo de caos y ahora estaba en búsqueda de una respuesta a aquella sacudida matutina.
La aplicación emitió un sonido breve. La imagen tardó unos segundos en aparecer y, finalmente, Elizabeth sonrió desde el otro lado de la pantalla.
—Hola, José.
—Hola, doctora.
—Qué gusto verte. Antes de empezar quiero decirte algo. Hoy tengo la agenda completamente llena. Solo dispongo de unos treinta minutos antes de mi siguiente consulta. Espero que no te incomode si tenemos que terminar un poco rápido.
José negó con la cabeza.
—No se preocupe. Gracias por hacerme el espacio.
Elizabeth tomó la libreta que tenía junto al computador.
—Leí tu mensaje de esta madrugada. Parecía importante.
José respiró hondo. Había esperado aquella conversación durante todo el día. Permaneció unos segundos buscando las palabras.
Elizabeth levantó la vista.
—¿Cuál es la razón por la que querías hablar conmigo con tanta premura?
José abrió la boca. La pregunta parecía sencilla; sin embargo, tardó varios segundos en responder.
—Necesitaba… un consejo.
Ella asintió para que continuara.
José comenzó: le habló del caos con el que había despertado. Todo el tema laboral, los problemas, la solución y la calma.
El baile de sus ojos era circular. Iban al rostro de la terapeuta, luego a sus manos, luego al teclado, luego a la nada en el techo de la habitación y, finalmente, de vuelta a los ojos grisáceos de ella.
Mientras él hablaba, Elizabeth escribía en su libreta. De vez en cuando levantaba la vista, asentía y volvía a escribir.
—¿Y cómo te hizo sentir todo eso?
—Supongo que… —José lo pensó unos segundos— menos desesperado.
—Entiendo. —dijo ella, anotando algo, y luego fue silencio.
José continuó hablando: le contó sobre su recorrido por Madrid y, a pesar del poco tiempo, dio muchos detalles que perfectamente pudo omitir. Le habló del museo, del mural y del cuadro del violín. Le comentó que un guía habló de patrones en la pintura, y esto le había calado, en el sentido de que cualquiera podía ver las piezas por separado de una obra, pero que lo difícil era descubrir qué seguía siendo lo mismo entre todas ellas. Y trató de embonarlo en una mirada social y psicológica con una persona. Esa forma de relacionarse y de ser o no ser al mismo tiempo lo mismo. Para él tenía mucho sentido. Intentó explicarlo, pero sus palabras le parecieron confusas.
—Suena interesante. —Ella sonrió con cordialidad, pero no hubo nada más.
José esperaba una pregunta, alguna conexión, pero no llegó. Creyó que debía seguir, y así lo hizo: le explicó todo lo que había investigado durante la tarde acerca del poema. Le explicó un poco cuál era el foco de la investigación y todo lo que había descubierto, que en cierta medida no era mucho, pues todo eran conjeturas.
—Creo que voy reduciendo opciones… pero todavía siento que estoy muy lejos.
—Es normal sentirse frustrado cuando una respuesta tarda en aparecer. —Ella, diciendo esto, hizo otra anotación en la libreta que desencadenó otro silencio.
José volvió a hablar, entendiendo que ella le daba paso. Le contó que con todo ese control, todo volvía a tener sentido para él.
Fue en ese momento cuando se percató de algo: si se escuchaba a sí mismo, podía entender que durante los diez minutos de su monólogo prácticamente todo lo que había contado eran tareas. Como si fuera una reunión diaria de trabajo en la cual reportaba a un superior el avance de su proyecto: correos, incidentes, clientes…
Elizabeth levantó nuevamente la vista mientras José se detenía poco a poco y, como si se hubiera dado cuenta de la idea que consumió a su paciente, le preguntó cómo se sentía con todo eso.
Entonces José se dio cuenta de que no tenía la respuesta; la respuesta era obvia, pero era tan vacía que daba miedo. Recordó a Malaya y a Bartolomé.
Elizabeth consultó el reloj de manera casi automática, pero José no lo notó.
—Ocupado. —dijo él, aceptando que no le gustaba la respuesta.
—Sí. Eso se nota.
¿Eso era bueno o malo?, se preguntó para sus adentros, y empeoró cuando llegó de nuevo ese silencio incómodo. Él había pedido aquella cita porque sentía que algo estaba mal, pero cuanto más intentaba explicarlo en su mente para transmitirlo, más terminaba haciendo un informe de productividad. Y le llegaba de nuevo la misma pregunta: ¿por qué le había escrito de madrugada? ¿Qué era lo que sentía con esa situación?
—Hay algo que me llama la atención. —Elizabeth volvió a mirar la hora y volvió la vista a la cámara. José levantó la vista y se percató del afán en sus ojos, aunque sentía que la conversación iba a profundizar.— Pareces relacionarte con todo exactamente igual.
Él frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo así?
—Con el trabajo, con el viaje, con ese acertijo… todo parece convertirse en algo que resolver.
José permaneció callado, esperando una explicación que no llegó. Cuando volvió el silencio, trató de evitarlo, pidiendo una explicación:
—¿Y eso qué significa?
Elizabeth sonrió con cortesía.
—Eso me gustaría que lo descubrieras tú. —Volvió a mirar el reloj y buscó rápidamente algo en su libreta.— Nos quedan unos minutos. Así que quiero recordarte algo que te dije la sesión anterior. Teniendo en cuenta todo lo que me contaste, me doy cuenta de que estás ordenando tu vida mientras te mueves. Aunque seas muy meticuloso. Eso está bien. —Hubo una pausa donde Elizabeth se acercó buscando los ojos de José por medio de la cámara.— Solo recuerda: no olvides seguir siendo tú durante este viaje. Es fácil que una experiencia tan intensa, como la que estás viviendo, te cambie, pero también es importante conservar aquello que te hace ser lo que realmente eres.
José movió la cabeza lentamente hacia un costado. Entendía aquellas palabras, y tenían sentido para él, pero también pensó que eran muy amplias; no sabía qué debía hacer con ellas.
—Lo que te puedo aportar en esta pequeña sesión —continuó ella— es que debes reconocerte. —Pensó durante un par de segundos. Sus gestos eran los de alguien que se esforzaba por encontrar entre sus recuerdos algo para la situación. Ese algo que necesitaba escuchar José. Lo encontró, o solo fingió ante él.— Hace algún tiempo conocí a una persona que hacía artículos de cuero. Carteras, cinturones, bolsos… Me decía que el cuero no se puede forzar. Si se intenta moldear demasiado rápido, este termina rompiéndose. Se debe conocer y familiarizarse con el material, trabajar con paciencia y aceptar que aprender este arte lleva tiempo. —Sonrió.— Las personas también somos un poco así, por eso debemos tener paciencia y manejar las cosas como vienen y como medianamente puedes trabajarlas. Por eso mismo, debes reconocerte a ti mismo, y luego podrás entenderte y realizar las mejores obras contigo mismo.
José asintió por educación.
Elizabeth volvió a consultar la hora. Finalmente le puso como «tarea» que se sentara frente a un espejo a hacerse preguntas sobre él. Algo como: «¿Qué cosas me gustan de mí, y cuáles no?»
—Ahora sí debo dejarte. Lo siento.
Se despidieron, no sin antes acordar que se verían la siguiente semana en una sesión completa.
Cuando la pantalla cortó el video, la habitación volvió a quedarse completamente en silencio. José esperó sentir algo, alguna claridad, tranquilidad o respuestas; se quedó sentado frente al portátil durante varios segundos, pero nada ocurrió.
No estaba decepcionado de Elizabeth. Al contrario. Ella había hecho un espacio donde claramente no lo tenía, lo había escuchado con atención y, aun así, mientras permanecía sentado frente al escritorio, comprendió que seguía exactamente en el mismo lugar donde había empezado.
Se levantó despacio y preparó otro café.
Mientras la cafetera hacía su trabajo, apoyó ambas manos sobre la mesa y observó distraídamente la pequeña habitación del hotel. Horas antes aquel lugar había sido el reflejo del caos con el que había despertado: la ropa estaba regada, los dispositivos descargados, los papeles ocupaban la mitad del escritorio. Ahora todo volvía a estar en su sitio. La ropa limpia, doblada y colgada en el pequeño clóset; el escritorio estaba despejado y el portátil permanecía pulcro e imponente en el centro de la mesa. Todo, como si nunca hubiera existido aquella crisis de la madrugada. Sin embargo, por dentro seguía sintiendo el mismo desorden.
El café terminó de caer dentro de la taza con un pitido suave que rompió el silencio. José dio el primer sorbo todavía de pie y, casi al mismo tiempo, el teléfono vibró sobre la cama. Pensó que sería algún cliente.
Lo tomó con cierta desgana, pero al desbloquear la pantalla descubrió que era un mensaje de Malaya en la aplicación de Muwi. Sin darse cuenta, sonrió.
Desde que la había conocido en París le había parecido una persona completamente distinta a él. Tenía esa facilidad para conversar con cualquiera, encontraba entusiasmo incluso cuando las cosas no salían como esperaba y parecía disfrutar el viaje sin sentir la necesidad de convertir cada momento en un objetivo. José no entendía muy bien de dónde nacía esa forma de vivir, pero le resultaba agradable. Genuinamente quiso hablar más seguido con ella.
Abrió la conversación.
—¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Sigues en esta aventura loca?
Sonrió y respondió casi de inmediato.
—Estoy muy bien, muchas gracias por preguntar. ¿Y tú, cómo sigues? —respondió él.
Los mensajes comenzaron a ir y venir con naturalidad. Malaya le contó que habían ido a Bruselas, pero la pista estaba en una ciudad cercana, así que fueron primero a la capital, estuvieron un par de días allá y luego se movieron a Ypres; vieron la ciudad, su arquitectura y los paisajes medievales. También le contó que finalmente ella había conseguido registrar su sexta pista mientras Alexis obtenía la quinta. En ese momento la aplicación les ofreció una opción que ninguna de las dos esperaba: como eran nakamas, podían pausar temporalmente el viaje de Malaya, y así no se le diera una nueva pista, para esperar a que ambas volvieran a estar en el mismo punto de la aventura.
—Así que pausé mi recorrido.
José no conocía esa función de pausar la pista, aunque había leído algo similar en la aplicación cuando se hizo nakama de Bartolomé.
—Ahora estoy esperando. Como un Log Pose. —Le escribió Malaya.
José soltó una pequeña risa, pues la referencia era demasiado evidente. A veces se le olvidaba que esa pausa necesaria hacía parte del mismo manga de One Piece. Debían esperar un tiempo para registrar el siguiente destino antes de continuar navegando. Malaya parecía sentirse exactamente así: a la espera.
—La idea era que Alexis hiciera su sexta pista y las dos desbloqueáramos la séptima al mismo tiempo.
José imaginó el entusiasmo con el que debían haber hecho aquellos planes, pero el siguiente mensaje cambió completamente el tono de la conversación.
—Solo que pasó algo… El papá de Alexis la llamó. Tuvo que regresar a Alemania.
José dejó de sonreír mientras Malaya seguía escribiendo.
Le explicó que todo había ocurrido apenas terminaron de registrar la pista en Ypres. Alexis no discutió la decisión. Compró un vuelo esa misma tarde y regresó con su familia.
José permaneció mirando la pantalla, tratando de pensar en lo devastada que podría estar Malaya por aquella situación. Se notaba que ambas eran muy amigas a pesar del poco tiempo que llevaban de conocerse.
Sin embargo, ella le contó, casi de inmediato, que había decidido convertir aquella espera en una especie de peregrinación por Europa.
No era un viaje improvisado ni una forma de matar el tiempo. Desde hacía años trabajaba organizando bodas en Filipinas y, aunque siempre había disfrutado ver cómo cada pareja convertía un día en un recuerdo para toda la vida, nunca había tenido la oportunidad de conocer cómo se celebraban esas historias en otros lugares del mundo. Ahora, por primera vez, disponía de algo que antes siempre le había faltado: tiempo.
Había comprado un pase de tren y trazado una ruta que terminaría en Zúrich, donde volvería a encontrarse con Alexis. En el camino pensaba detenerse en un par de ciudades para visitar iglesias, salones de eventos, floristerías y hoteles; hablar con organizadores, fotógrafos y sacerdotes; tomar fotografías, hacer preguntas y llenar un cuaderno con ideas, costumbres y pequeños detalles que Internet nunca terminaba de contar.
—Quizá algún día escriba un libro sobre cómo el mundo celebra el amor —escribió—. O quizá solo sea un cuaderno con ideas para proyectos futuros. Ya veremos.
Aquello sonaba exactamente a Malaya. Esa era la percepción de cómo era ella cuando se vieron en París. José sonrió al leerlo.
Le pareció curioso. Mientras él buscaba respuestas en mapas, revistas e historias de internet, Malaya parecía encontrar pistas en conversaciones con desconocidos y en ceremonias ajenas. Ambos perseguían el mismo tesoro, pero cada uno caminaba por un sendero distinto.
—Oye, cuando hagas tu sexta pista, envíame la solicitud para volvernos nakamas.
José permaneció unos segundos pensando antes de responder.
—Me encantaría… pero primero tengo que hablar con Bartolomé. Como somos equipo, me parece que es más conveniente. Ya hice un compromiso con él y no sería justo tomar la decisión solo.
—Lo entiendo perfectamente. —Hubo una pausa antes del siguiente mensaje.— Ojalá podamos reunir pistas juntos.
José respondió con un pulgar arriba.
—De verdad, espero que estés bien. —Trató de consolarla, pero ella no necesitaba nada, pues casi de inmediato respondió:
—No te preocupes. No me estoy desviando de este One Piece. Solo estoy disfrutando el viaje mientras el Log Pose vuelve a señalar el siguiente destino.
Ambos se despidieron fraternalmente.
Cuando José cerró la conversación, lo hizo con una sonrisa. Apoyó lentamente el teléfono sobre la cama.
La habitación volvió a quedarse en silencio. Él permaneció unos segundos inmóvil. No era exactamente tristeza. Tampoco podía decir que conociera lo suficiente a Alexis como para sentir aquella noticia como una pérdida. Habían compartido apenas unos días de viaje, algunas conversaciones, un par de comidas y poco más.
Aun así, algo dentro de él se removió. Se preguntó qué habría hecho si hubiera estado en una situación parecida. La respuesta apareció casi de inmediato: habría buscado otra alternativa; alguna manera de continuar el viaje sin abandonar todo; habría intentado resolver el problema antes de aceptar el regreso.
Pero Alexis había hecho exactamente lo contrario: había vuelto. Esa posibilidad le resultaba difícil de comprender.
Pensó en lo que le había dicho ella en París, eso de dejarse llevar por el viaje y esperar; esta vez fue una llamada de su familia. ¿Acaso habría acabado todo el viaje para ella, o se encontraría en Zúrich con Malaya?
Definitivamente Alexis no había tomado una mala decisión, pero le costaba posicionarse en esa decisión, pues él tenía la convicción de que los problemas se resolvían avanzando y no retrocediendo.
Tomó nuevamente el teléfono y buscó la conversación con Alexis.
Escribió despacio:
—Hola. Malaya me contó lo que pasó. Solo quería saber si tú y tu familia están bien. Espero que todo salga de la mejor manera.
Leyó el mensaje una vez más antes de enviarlo y la aplicación indicó que había sido entregado casi al instante.
Esperó, pero no hubo respuesta.
José dejó el teléfono boca abajo y terminó el café mientras dirigía la mirada hacia las tres revistas que había comprado de regreso al hotel.
Las abrió con la esperanza de distraer la cabeza. Fue pasando lentamente las páginas. Había fotografías de ciudades, pequeños pueblos escondidos entre montañas, mercados tradicionales, playas, monumentos y rutas para viajeros, pero ninguna imagen conseguía conectar con el poema. Buscó casi por inercia alguna referencia al norte de África, algún detalle que hubiera pasado desapercibido durante la tarde, alguna relación inesperada.
Pero al no encontrar nada, terminó soltando una pequeña risa, pues se dio cuenta de que estaba en un absurdo. Toda la teoría del Magreb existía únicamente porque un desconocido, sentado a su lado durante un vuelo, lo había mencionado casi como una ocurrencia y, aunque la investigación de la tarde le había dado algunos datos que coincidían, fue consciente de que había construido horas enteras de investigación alrededor de una frase improvisada.
Suspiró, cerró la revista y decidió cambiarse para dormir. Buscó la maleta en el clóset en busca de una de las dos pijamas que tenía preparadas, aunque las había usado poco.
Cuando abrió la maleta, apareció la cámara Polaroid, la cual sostuvo unos segundos entre las manos. Había pensado llevarla durante el recorrido por Madrid y, al final, la había olvidado en la habitación. Le habría gustado tomar una fotografía del mural o del cuadro del violín.
Sonrió con cierta frustración, pues la había olvidado completamente en el hotel. Entonces recordó que también estaba olvidando algo importante. Empezó a buscarlo como desesperado. No recordaba dónde lo tenía, pero al fondo de la maleta lo encontró: su diario.
Desde París apenas había escrito algunas notas rápidas. Islandia también seguía incompleta, así que se sentó en la mesa, le hizo espacio al cuaderno azul, lo abrió y empezó a leer las páginas; tomó uno de los lapiceros de la mesa y empezó a escribir.
Corrigió fechas, añadió detalles que había olvidado, completó Islandia, escribió varias páginas sobre Madrid.
Mientras avanzaba en su escritura, sintió que no estaba intentando resolver absolutamente nada, solo conservar recuerdos, y eso lo hizo sentir bien consigo mismo, pues aquel diario no era para encontrar pistas, continuar con el viaje, descubrir enigmas o solucionar problemas de trabajo, sino para recordar por qué había comenzado el viaje. Era el único compromiso que había hecho únicamente consigo mismo. Pensó que, algún día, cuando todo aquello terminara, agradecería haber guardado aquellas pequeñas escenas que la memoria inevitablemente terminaría borrando de su mente.
Cuando terminó de escribir, cerró el cuaderno con cuidado. Pero sintió que le faltaba algo, así que buscó una página en blanco y escribió: «Cualquiera puede ver los fragmentos; lo difícil es descubrir qué sigue siendo lo mismo en todos ellos». Se quedó pensando y escribió abajo:
«Conocer de verdad a una persona no es quedarse con momentos sueltos ni con las etiquetas que otros le ponen. Todos tenemos contradicciones, cambiamos según el contexto y mostramos distintas versiones de nosotros mismos. Lo interesante está en descubrir qué conecta todas esas piezas: los patrones que se repiten, las motivaciones que vuelven una y otra vez y la forma en que esa persona enfrenta la vida. Cuando empiezas a ver esas relaciones, dejas de ver fragmentos y empiezas a ver a la persona completa».
—Ridículo—, se dijo.
Pensó en Malaya y Alexis.
Cerró su diario.
El silencio regresó a la habitación.
Tomó nuevamente una de las revistas, se acostó en la cama, las cobijas estaban frías y, sin muchos ánimos, hojeó el material. Intentó leer un último artículo, pero apenas avanzó unas líneas.
Empezaba a sospechar que quizá el problema no era la cantidad de información que tenía delante, sino la forma en la que insistía en buscar. El pensamiento apenas alcanzó a cruzar su cabeza antes de desaparecer bajo el cansancio.
Dejó la revista abierta sobre la cama y, sin darse cuenta, cerró los ojos.
Aquella noche soñó que caminaba solo por un desierto inmenso. El sol caía con fuerza sobre la arena y el calor le secaba la garganta. Caminaba sin detenerse, convencido de que encontraría algo detrás de la siguiente duna, pero cada vez que alcanzaba la cima descubría otra más, idéntica a la anterior, extendiéndose hasta donde la vista era incapaz de llegar. Sentía una sed insoportable. A la mañana siguiente apenas consiguió recordar algo más que aquella inmensa extensión de arena bajo un cielo completamente despejado.