Relaciones y patrones
Abrió los ojos. El color del techo era pálido y grisáceo. Era desconocido para él en ese momento, y fue solo hasta que se apoyó sobre la cama que los recuerdos de su ubicación llegaron a su mente. Para infortunio de él, no fueron solo recuerdos lo que le llegaron. Se había quedado dormido sobre el tendido, pero había descansado. Se levantó y vio todo el desorden de la habitación. La maleta en el suelo había sufrido un asalto y había ropa por todos lados. La mesa tenía cargadores, algunas hojas que había llenado de garabatos para entender el código y el flujo de lo que estaban reportando sus clientes. La mesa donde estaba la pequeña cafetera estaba volcada y parecía que un niño de ocho años había jugado con las cápsulas y la crema.
Un desastre total.
Tenuemente la luz iba entrando por la ventana que estaba sin cortinas desde la noche anterior. No tenía una vista linda, pues daba a un parqueadero.
Aquel ambiente desordenado y poco iluminado, en su mente, se veía muy crítico.
Se sentó en la silla, casi automáticamente, para iniciar a trabajar un rato; pero se detuvo, pues algo no estaba bien. Suspiró y entendió que debería empezar a organizar aquel tiradero antes que nada. Por lo que se levantó y encendió la luz.
La habitación se llenó de un color cálido. Notó entonces por qué la noche anterior no había encontrado ropa limpia: había buscado en la bolsa oscura donde había guardado todo lo sucio. Dio un pequeño vistazo y comprendió que había muchas cosas listas para ir directamente a la lavandería. Eso le hizo recordar que debía buscar un servicio para lavar su ropa antes de continuar su viaje.
Poco a poco empezó a maquinar su cabeza. Buscó rápidamente su teléfono y abrió la aplicación de Muwi, tratando de ver cuánto tiempo tendría disponible. En los contadores se reflejaba que la pista empezaría a estar disponible a las 3 p. m. del día siguiente.
Suspiró, pero no con alivio, sino como una forma de aceptación. Aún tenía tiempo; no mucho, pero era algo. Mientras pensaba en cómo organizarse, regresó a la mesa, a la tablet, a la lista, a esas palabras que le habían dado cierto consuelo la noche anterior, aunque, siendo completamente sincero consigo mismo, no servían de mucho. Aun así, lo primero que hizo fue añadir un nuevo punto: buscar una lavandería y lavar la ropa.
Observó la lista y, tras un breve momento de silencio, dijo en voz alta:
—Debo continuar avanzando; por más abrumado que esté, debo seguir moviéndome.
Aquellas palabras, pronunciadas por él mismo, le hicieron sentir que hablaba de algo profundamente propio. Aunque no sabía ni cómo, ni desde cuándo, aquello le pertenecía, había algo en su interior que lo empujaba a seguir esa consigna. La frase quedó flotando en su mente, como un pensamiento insistente, como si la hubiera escuchado recientemente… ¿pero dónde? No lo recordaba.
Se levantó y fue al baño. Y, mientras se sentaba en el inodoro, recordó quién le había dicho eso.
Después de salir apresuradamente del baño con las manos mojadas, tomó su celular y buscó un contacto: Elizabeth.
Le envió un mensaje de WhatsApp. Le preguntó si podrían agendar una sesión lo más pronto posible, de preferencia ese mismo día. Realmente quería y necesitaba hablar con ella. También fue muy sincero y le dijo que necesitaba un consejo. Se disculpó por la premura y agradeció el contacto lo más pronto posible.
Cuando terminó de leer el mensaje que había enviado, se dio cuenta de que era casi medianoche en Colombia. Pero, en lo más profundo de su ser, esperaba que lo viera pronto.
Respirando un poco más relajado, se sentó en la mesa junto a la tablet y leyó las palabras que había escrito la noche anterior. —»¿Cómo se sentía? ¿Qué lo motivaba? ¿De qué tenía miedo?»— Se notaba que la persona que había escrito aquel texto estaba enojada y perdida. Trató de entender por qué había escrito de esa manera tan insensible, fragmentada y perturbada. Si hubiera sido escrito por otra persona, lo hubiera obviado todo; pero eran sus propias palabras; no podía desecharlas.
Desde la última charla con su psicóloga, había formado en su mente la idea de que él era una persona que estaba moviéndose, a pesar de todo lo que tenía encima. No había creído en las palabras de la doctora, pero él mismo se daba cuenta de que podía avanzar, a pesar de que estaba en un mar picado por tanta incertidumbre, miedo y muchos sentimientos negativos. Muchos de ellos, no podía entenderlos, y mucho menos expresarlos correctamente.
Se paró un segundo a pensar sobre la situación. No tenía que ser un experto para llegar a la respuesta que Elizabeth le daría: «Debes aceptar todo, y actuar».
Y con ese nuevo lema en mente, tomó la lista, la duplicó y empezó a rehacerla. En el camino volvería a dar prioridades, pero lo más importante era cumplir con los compromisos. Vio la hora en su reloj y se dio cuenta de que aún estaba muy temprano.
Decidió que lo más coherente era ponerse al día, por lo que empezó a leer los correos. Trató de clasificarlos por: urgentes, importantes, espera.
Trabajó a conciencia y cuando alcanzó su mejor ritmo, entendió que la situación no estaba tan grave como él pensaba, y a las 8 am, momento en el que volvió a consultar el reloj, había avanzado en casi todos los correos. En resumen: se había caído un servicio web que usaban todos sus clientes; las personas que había contratado mediante una bolsa de empleo lo apoyaron, pero lo hicieron mal. José supuso que no leyeron la documentación y luego intentaron solucionar a medias. El proceso manual que él había creado para solventar ese tipo de situaciones funcionó en algunos clientes y en otros no. No se solucionó a tiempo el incidente, por lo que las empresas afectadas se quejaron y enviaron correos amenazantes. Lo bueno fue que la mayoría de los fallos no afectaban las ventas directas de estas empresas, aunque sí las retrasaban. En cuanto a la renuncia de las personas que generaban el soporte y la situación con la empresa intermediaria —la bolsa de empleo—, fue un poco más exagerada, pues esta última le envió un comunicado de incumplimiento, una pequeña factura para pagar inmediatamente y una solicitud para que explicase lo que había ocurrido.
Trató de bajar los vientos huracanados y calmar la marea. Ese control lo volvió a su estado de tranquilidad, casi como cuando pagó los diez euros en el aeropuerto para cambiar su vuelo.
Finalizado eso, se dio cuenta de que tenía hambre.
Se levantó y empezó a buscar ropa limpia para ponerse. Se dio cuenta de que sí tenía, y se sintió estúpido por haberse enojado y haber hecho ese berrinche la noche anterior. Cerró los ojos, queriendo meditar y tratando de no pensar más en ese tema, y sintiéndose más libre, entró a la ducha.
Entre tanto agobio pensó que debía poner algo de orden, al menos físico, por lo que intentó organizar la mesa de trabajo y la zona de café, pues ambas estaban hechas un tiradero, sobre todo esta última zona. Para alguien que amaba tanto el café, era un pésimo barista.
Dejó a la mano la bolsa negra donde estaba la ropa sucia que iba a mandar a lavar —camisas, pantalones, calcetines y ropa interior—, y el resto de la ropa la dejó guardada. Se colgó el pequeño morral que llevaría a su aventura por Madrid; dentro estaban la tablet, la billetera, los cargadores y poco más. Revisó la hora y bajó a la recepción. Allí preguntó acerca de la lavandería. La chica, de unos veinticinco años, con un gesto de incredulidad, le dijo que había dos opciones. Primera: si la ropa no era tan urgente y podía esperar hasta el día siguiente, el hotel prestaba el servicio de lavandería, y el valor sería cargado a la cuenta de la habitación. De lo contrario, si era un poco más urgente, estaba la segunda opción: debería ir a unas cuantas calles a hacerlo él mismo, y por una buena propina, el encargado podría traerla en un par de horas al hotel.
José pensó en su chaqueta gigante para el frío y las botas que había comprado en Islandia, y decidió, casi al instante, tomar ambas opciones; pero lo que tenía en la mano lo haría después de comer algo, por lo que tomó nota del lugar que le recomendaba la señorita.
También le preguntó si podría aumentar su estancia en el hotel. La chica, con una sonrisa de manual, revisó el sistema con la computadora que tenía enfrente y le dio algunas alternativas; pero él, casi de inmediato, se decantó por la más económica. La recepcionista le dijo que aquella opción implicaba que debía cambiarse de habitación al mediodía, y él le dijo que no estaría. Ella, tratando de ofrecer soluciones, le dijo que si quería, podrían mover sus cosas ellos, o podrían no cambiarle la habitación, pero el aumento sería de alrededor de treinta euros; aunque le tocaba el bolsillo, era la mejor opción. Pidió un solo día de extensión porque debía irse al día siguiente, independiente de si sabía o no cuál sería su destino. Entendiendo eso, incluso hizo la solicitud de hacer el «late check-out», pero por políticas del hotel debería hacerlo antes de las 4 p. m., de lo contrario se le cobraría la noche completa. José aceptó y le preguntó si podía pagar de una vez, pero la señorita no se lo permitió.
Cuando el tema quedó ajustado, ella le preguntó casi de inmediato si tomaría el desayuno aquella mañana. Él contestó que sí, y con bolsa en mano, siguió las instrucciones dadas para llegar al comedor. Había sido una gran elección tomar un hotel con desayuno incluido, pensó.
Al sentarse en el comedor, disimulando por la vergüenza, puso la bolsa bajo la mesa, que vestía un elegante mantel blanco, que iba a juego con las sillas, los ventanales, el tapizado, la sala, el restaurante y el hotel. Él y su bolsa eran los que estaban fuera de lugar. Suspiró y entendió eso, pero no le importó.
Un mesero, tan joven como la recepcionista, se acercó con la carta abierta por la página de desayunos. José apenas la miró. Las fotografías ocupaban más espacio que los nombres. Señaló una donde aparecían dos huevos sobre una rebanada de pan dorado, acompañados por una taza de café.
Mientras llegaba su comida, empezó a averiguar qué más podría hacer mientras tanto. Descartó hacer algo con la cita a la embajada y anotó en su celular que debía moverla para luego. Con el trabajo, ya había hecho lo suficiente y se planteó darle una pausa al tema. En cuanto al viaje, tenía muchas dudas, debido a que no tenía ni idea de qué significaba el poema; por lo mismo, no había planeado nada.
Mientras pensaba en qué debía hacer con las palabras del acertijo hecho historia, hizo una pequeña búsqueda en internet, pero no encontró muchas coincidencias. Entendió entonces que había mucho que investigar. No sería tan fácil, y menos con el tiempo en contra. En ese momento le llegó el café, y perdió el hilo.
Al terminar el desayuno, salió directamente a buscar la zona donde estaba la lavandería. Cuando salió del hotel se enfrentó a una plaza gigantesca donde iban y venían turistas, trabajadores, estudiantes y vecinos del barrio dándole vida a la plaza. Caminó hacia el centro de la plaza y se encontró con un lugar lleno de vida: edificios coloridos, pisos empedrados y negocios que empezaban a montar sus terrazas. El sol que aparecía de a poco sobre los edificios calentaba de una forma mucho más agradable que Islandia, al igual que la gente, el bullicio, el idioma y las fachadas. José se detuvo unos segundos en mitad de la plaza. Hacía menos de veinticuatro horas estaba rodeado de hielo, viento y silencio. Ahora escuchaba conversaciones por todas partes y ni siquiera entendía algunas de ellas.
Al atravesar una de las plazas, pudo ver un edificio con ascensores de vidrio que le causó curiosidad. Sacó el teléfono para investigar. El edificio resultó ser el museo Reina Sofía. Había oído hablar de él antes. Al leer que allí estaba el Guernica de Picasso, levantó la vista de nuevo hacia la fachada. Se le antojó entrar, aunque debía revisar sus tiempos porque no era su prioridad. Lo anotó en su celular.
Siguió caminando hacia el sur, en búsqueda de la lavandería. Los edificios eran grandes, simétricos y solemnes. Sus fachadas de piedra clara parecían diseñadas para durar siglos. Las plazas se abrían amplias y ordenadas, con árboles alineados y avenidas que le dejaban la boca abierta.
Zigzagueando, encontró el lugar. En la mitad de la manzana ahí estaba la lavandería, como anclada en el edificio, sin resaltar mucho. Si no la estuviera buscando con urgencia, hubiera pasado junto a ella y hubiera seguido su camino. Entró y le preguntó al encargado cómo funcionaba el sistema. El hombre le explicó, le hizo el cambio de las monedas para las dos tandas de ropa que iba a hacer, y finalmente le dijo que podría esperar, o que si estaba en un hotel cerca, él podría terminar el trabajo y dejarle en un par de horas la ropa seca en el lobby del hotel donde se estuviera alojando. José vio una oportunidad y le dijo que agradecería la ayuda.
Como tenía que trabajar en el poema y en sus clientes, le preguntó al hombre de la lavandería dónde podría trabajar. Este le dio algunos nombres, pero le dijo que por esa zona debía tener cuidado con los precios para los turistas, por lo que le recomendó un barrio a unas cuantas calles para que pudiera encontrar algo cómodo.
Caminó. No estaba lejos.
Los edificios estéticos fueron desapareciendo poco a poco. Las fachadas se volvieron más estrechas. Aparecieron tiendas especializadas, restaurantes exóticos, pequeñas librerías, locutorios y bares que parecían llevar décadas en el mismo sitio. En algunas esquinas olía a café recién molido; en otras, a especias que no supo identificar. Caminó sin rumbo durante unos minutos entre aquellas calles que le mostraban la naturaleza de un Madrid que no conocía.
Podía jurar que mientras caminaba, pasaba del olor de un perfume cálido de especias tostadas, al aroma dulce de una panadería. Le agradaba porque todo eso quedaba impregnado en su mente, sin contar que las casas tenían su propia fragancia, la cual percibía atrapada en los frentes y los portales de las angostas calles.
Se sentó a tomar café mientras, fascinado, veía a las personas rondar a su alrededor. Se comunicaban con idiomas que no supo identificar. Algunas palabras sonaban árabes, otras asiáticas por los sonidos nasales, y también algunas que no fue capaz de reconocer. Por supuesto escuchaba el castellano madrileño, rápido y musical, a pesar de que no dominase el ambiente. Incluso la chica que le había llevado el café lo había atendido en inglés.
Frente a la cafetería, donde descansó un par de minutos, había un escaparate de una tienda de artesanías: bolsos de cuero curtido, cinturones grabados a mano, chaquetas simulando ser viejas, miles de llaveros e imágenes para los turistas, que entraban y salían después de preguntar precios y hacer compras impulsivas.
A su mente volvió la palabra «Souk». Sonaba graciosa e impulsiva.
Minutos después, caminó hacia una zona donde le dijeron que podría encontrar un coworking para trabajar. Las fachadas eran modernas, luego viejas, algunas en construcción y otras con un impecable brillo. Había plazas pequeñas y calles enmarañadas que, sin proponérselo, le hacían olvidar sus problemas. Cuando le empezaron a doler los pies de aquella caminata, encontró un pequeño café que funcionaba como sitio de trabajo. Entró allí guiado por su nariz.
Se sentó en el cubículo que le asignaron, y con café en mano, vio por fin la respuesta de Elizabeth. Ella le contestó que a la hora de su almuerzo le podría dar unos minutos, pero que desafortunadamente no podría decirse que fuese una sesión. José contestó que entendía la situación, lamentaba la premura —que ya no lo era como en la mañana—, y finalmente le agradeció por haberle dado algunos minutos. De esa forma, concretaron la cita para unas horas más tarde.
Con la mente mucho más apaciguada de tantos pensamientos incómodos, pudo por fin darle paso a otra cosa, pues ya era momento de trabajar en el poema.
Durante algunas horas buscó por múltiples sitios web, blogs de viajes, videos: princesas famosas, laberintos medievales, colegios famosos y, por supuesto, zocos. Había tanta información que realmente no sabía por dónde debía comenzar. Lo único que podía intuir, sin poder estar completamente seguro, era que el poema tenía alguna relación con la cultura musulmana. Pero averiguando, encontró que si se regía por esa interpretación, las posibilidades se reducían a: Sudeste Asiático, Asia Central, Oriente Medio y África, sobre todo…
—El norte de África.
Por un segundo quedó en shock. Las palabras del hombre del avión habían llegado a su mente. Se aferró más a su tablet y, omitiendo el resto de información, sin saber si el anciano del avión tenía razón, su búsqueda se sesgó. Pasó buena parte de su tiempo, en aquel estudio, saltando entre pestañas, mapas, artículos y notas. Cuanto más investigaba, más convencido estaba de que la respuesta apuntaba hacia el Magreb. El problema era que aquella conclusión seguía siendo demasiado amplia, a pesar de que había reducido su investigación a menos países.
Miró su reloj. Ya había pasado la hora del almuerzo, por lo que decidió finalizar su sesión de trabajo, y cuando terminó su café, salió a buscar algo que comer. El cansancio mental empezó a pasarle factura, y el hambre apremiaba, por lo que buscó un lugar para almorzar. En su recorrido, Madrid seguía igual de viva que por la mañana. Las calles estrechas desembocaban en plazas abiertas; los escaparates cambiaban de idioma según la cuadra; los olores eran intensos, y pasando por una terraza, se enamoró de una fragancia. Allí se sentó, y evitando los clichés, pidió unas gambas al ajillo con una cerveza fría que le sentaron muy bien, al punto que lo recompusieron. Esta vez no pidió café.
Aunque faltaban horas para su reunión, se encaminó al hotel. La brisa cálida le daba una paz que le gustaba mucho. En la vuelta pasó por una librería abierta, con estantes exhibidos en la calle. Muchas revistas, carteles y folletos, todos clavados en la fachada del edificio. Estuvo decidido a buscar algo sobre el norte de África, tal como lo había hecho en México, pero esta vez cayó en la tentación de comprar algo diferente. Su foco, fueron revistas de interés general y de viajes. Encontró poco material, tres revistas. No porque creyera que allí estuviera la respuesta.
—Literatura ligera, que tal vez podría ayudar a embonar en la pista— pensó.
Mientras volvía, veía cómo los turistas se mezclaban con quienes salían del trabajo. Los negocios pequeños seguían abiertos y las calles, que le habían parecido estrechas, a medida que avanzaba, se iban volviendo más amplias.
Al llegar a la plaza que había visto en la mañana, donde estaban los ascensores de cristal, tuvo el impulso de querer entrar al museo. Había visto que podría entrar gratis casi a la hora del cierre, pero aceptó que una vez hubiese entrado al hotel, no volvería a salir.
Decidió entrar y hacer un recorrido. Pidió recomendaciones, y le dijeron que mirara primero los jardines, donde había múltiples esculturas de diferentes artistas. Luego, que entrara al edificio y viera todas las salas. Había bastante gente, sobre todo frente al cuadro más popular del museo. Lo que más le sorprendió era el tamaño de la obra: ocho metros de guerra civil resumida en dibujos abstractos, y aunque ya la había visto en múltiples ocasiones en fotos de internet, le pareció interesante y majestuosa, a pesar de no entender mucho el mural. Muchas personas iban a aquel museo solo para poder ver aquella obra. Entraban y salían los curiosos y expertos para verla. Caminar entre tanta gente no era muy común para él, pero no le desagradaba; en cambio, estar encerrado en un solo lugar lo agobiaba. Salió de aquella sala y caminó sin rumbo fijo: subió y bajó escaleras, entró a salas con cuadros, esculturas, referencias culturales que no entendía, pero le gustaba que las personas hablaban bajito entre ellas, todas mirando las historias que contaban los muros de aquel lugar tan majestuoso.
Entró a una sala con poca gente. Las paredes, pintadas de un blanco deslumbrante, le hacían sentir paz. Una obra llamó su atención de inmediato. Su composición abstracta destacaba entre las demás y, por alguna razón, le recordaba a Picasso. Se paró frente a la pintura esperando entender el arte, o por lo menos aparentar que lo entendía ante los pocos visitantes que entraban y salían de aquella sala, pero solo podía reconocer una mancha color café. Se acercó y leyó la descripción de la placa: «Violon et guitare (Violín y guitarra) – Juan Gris – Fecha: 1913 (abril) – Técnica: Óleo sobre lienzo». Dio un paso hacia atrás, enfocando nuevamente su mirada en el cuadro, que entonces tomó la forma de un violín y una guitarra fragmentados; pero ahí estaban. Fue capaz de ver aquellas figuras, aunque esto le provocó un poco de mareo.
En un momento, detrás de él, llegó un grupo de varias personas y el guía que encabezaba la comitiva entró hablando, sin percatarse de José y otras personas que estaban en la sala:
—…La mayoría de la gente cree que el cubismo consiste en romper las cosas en pedazos. Es justo al revés. Cualquiera puede ver los fragmentos; lo difícil es descubrir qué sigue siendo lo mismo en todos ellos.
—¿Y qué veía Gris? —preguntó alguien, refiriéndose al autor de la pintura que José estaba viendo.
—Relaciones, patrones. Un violín podía convertirse en planos, sombras, líneas o ángulos. Una botella también. Pero detrás de esas formas distintas había una misma organización. Gris no pintaba objetos; pintaba la lógica que los mantenía unidos.
El guía señaló el cuadro del violín que veía José, quien en medio del grupo, sin tener algún interés especial en el cubismo, escuchó la explicación.
—Por eso el objeto aparece al final. —continuó el guía— Primero aparece una red de correspondencias. Repeticiones, proporciones, ecos visuales. Cuando entiendes esa estructura, reconoces el violín aunque nunca lo hayas visto entero.
—¿Y si no encuentras esas relaciones? —preguntó otro participante. José miró al guía; no supo por qué, pero quería saber la respuesta.
—Entonces sigues viendo líneas, manchas y formas sueltas. El objeto nunca aparece.
Los asistentes quedaron sorprendidos y tomaron fotos, y continuaron. El guía siguió hablando del arte del inicio del siglo XX mientras salían de la sala.
José volvió a mirar el cuadro. Ya no veía un violín, ni la guitarra. Veía líneas, planos y formas dispersas intentando convertirse en algo reconocible. No estaba seguro de entender el cubismo. Al final, José volvió a quedarse solo frente a un cuadro de un violín que ya tenía más de cien años.
Salió del museo y caminó unos cuantos minutos hasta llegar a la entrada del hotel. Miró el atardecer. Desde la plaza podía ver cómo el sol se estaba poniendo frente al hotel, ocultándose contra los edificios que tenía a lo lejos. Se podían ver colores maravillosos que se juntaban contra la fachada, que resultaba verse más blanca y limpia. La simetría y pulcritud tenuemente dibujada por los rayos de la tarde, sobre las ventanas, le hizo sentir una paz que supuso que una ciudad tan cosmopolita como Madrid no le brindaría, por ser como era.
Al entrar, consultó con la recepcionista, una diferente a la de la mañana, si le habían llevado la ropa, y esta le contestó con mucha formalidad que la ropa estaba ya en su habitación. Él agradeció, y preguntó hasta qué hora tenían servicio de restaurante, a lo que ella le respondió que hasta las 10 p. m. para comidas, y para bebidas hasta las 12 a. m.; ambas con «room service», o también, si lo prefería, podría bajar al restaurante donde había tomado el desayuno en la mañana. También le dio la opción de conocer el menú escaneando un código QR que le pasó impreso en una hoja laminada. José sonrió, recordando el tema de los QR y su viaje. Lo escaneó esperando confeti digital, pero en lugar de ello se abrió la web del hotel, donde pedía un registro de pasaporte y habitación para poder acceder al menú. Agradeció a la señorita en el mostrador, y volvió a su habitación.
Cuando entró en su cuarto y encendió la luz, tuvo una sensación de paz, de calma, al ver el cuarto ordenado. Su ropa limpia, doblada y colgada en el pequeño clóset. Sus dispositivos organizados sobre la mesa.
Recordó que había pensado en la mañana pedir servicio de lavandería para lavar lo más voluminoso: sus abrigos y sus botas. Se sentó en la cabecera de la cama y llamó a la recepción, preguntando sobre el tema de la lavandería, y minutos después alguien llegó por sus tres abrigos; sin embargo, le dijeron que las botas no podrían lavarlas ellos. La ropa la tendría al día siguiente, antes del mediodía; eso sí, le tocaría pagar casi el doble de lo que había pagado en la lavandería.
Se hizo un café y encendió la computadora, esperando encontrar mucho trabajo antes de su cita con Elizabeth, la cual tendría en poco menos de una hora.
Revisó correos, algunos informativos, y luego revisó su aplicación de tickets. Esta era una aplicación que le había costado más que tiempo; mucho ingenio para hacerla, y quiso empezar a usarla con sus clientes. Entonces se le ocurrió algo que, aunque era mentira, podía generarle beneficios. Como sus clientes no la estaban usando —la usaron solo un par de días—, escribió un comunicado para todos ellos explicando que, desafortunadamente, había tenido problemas con la solicitud y solución de los casos reportados, por lo cual hizo hincapié en que deberían usar la aplicación para hacer las peticiones y reportar errores. Esto con el fin de que el equipo —nadie más sabía que estaba de nuevo solo— pudiera darles solución. Trató de lavarse las manos, les envió un tutorial que había hecho en algún punto y les creó más usuarios a cada empresa para que más personas pudieran usarla. Se disculpó y les dijo que este servicio sería completamente gratuito por las molestias ocasionadas.
Creyó, de una vez por todas, que con ese correo las cosas estarían solucionadas. Debía esperar.
Faltando algunos minutos para la reunión, fue al baño, se dio una ducha rápida y se puso la pijama, y mientras la luz que entraba desde la ventana se iba apagando, se secó el pelo y revisó la aplicación de Muwi.
Esta vez omitió el poema. En vez de ello, revisó algunas publicaciones. Esperaba encontrar algo de Malaya y Alexis, pero no fue el caso. Vio una foto del joven vietnamita que había visto en Guatemala. Su perfil mostraba su nombre e intentó leerlo, pero no lo logró: “Nguyen Hôm Qua”. También vio una foto de alguien haciendo poses sin camiseta, donde mostraba sus músculos, este era el joven rubio que se había encontrado en las Bermudas. Su perfil decía que se llamaba “Kendrick”.
Hizo una pequeña búsqueda y le pareció raro no haber visto fotos de sus amigas. No podía entrar a ver sus perfiles porque no eran nakamas, por lo cual no podía saber nada de ellas. Aunque sí podía enviarles un mensaje. Dada esta posibilidad, les escribió a las dos: Un pequeño saludo y un corto estatus de su situación. En tono de broma y con un emoticón, les preguntó si seguían en el viaje.
Luego navegó más por la aplicación y en un apartado llamado “Nakamas”, encontró el perfil de Bartolomé. Con él, podía tener más detalles. Por ahora estaba, al igual que José, en búsqueda de la pista número cinco. Podía ver la trazabilidad que había tenido el profesor. Le había gustado esa funcionalidad de la aplicación, pues le daba un mapa interactivo con toda la información.
Después pasó a la sección de foros. Temas de todo tipo, por supuesto de One Piece: Se hablaba del manga, del anime, de los personajes. También se hablaba del viaje, del premio, del capítulo secreto, de lo que hacían los viajeros en los recorridos. Le parecía curioso que pudieran decir dónde estaban, hacer blogs—aunque no podrían monetizarlos— y publicaciones específicas. Finalmente, volvió al foro en el que estaba marcado como el favorito de la comunidad. Su temática era: “¿Por qué te gusta One Piece?”. Cuando abrió aquella publicación, que había leído en algún momento y pretendía responder, le sonó el portátil con la llamada.
Así que botó el celular en la cama, se sentó muy cómodo frente a la mesa, contestó la llamada y prendió la cámara para por fin hablar con Elizabeth.