Capítulo 31

Empezando con los pendientes

Hombre joven sentado solo en una sala de espera de aeropuerto junto a una gran ventana cubierta de gotas de lluvia. Lleva audífonos grandes y ropa oscura para el frío mientras sostiene una tablet entre las manos con expresión pensativa. A su lado hay una mochila apoyada sobre las sillas metálicas. Afuera se ve la pista mojada del aeropuerto bajo un cielo gris, con un sol tenue asomándose entre las nubes y reflejándose sobre el pavimento húmedo, creando una atmósfera fría, silenciosa y melancólica.
A veces el cansancio no aparece en el cuerpo, sino en la forma en que los pensamientos empiezan a acumularse sin orden. Entre trayectos largos, conversaciones dispersas y canciones que parecen llegar en el momento justo, José atraviesa un día extraño, pesado, difícil de acomodar dentro de sí mismo. El viaje continúa avanzando, pero algo en el ritmo empieza a cambiar lentamente, como si el silencio ya no alcanzara para mantener ciertas cosas lejos de su cabeza.

A la mañana siguiente, cuando José se levantó con el cantar de los pájaros y miró por la ventana, se dio cuenta de que estaba frente a un pequeño lago que no había visto la noche anterior por la oscuridad. Hizo algunos estiramientos para terminar de despertar.

Según le habían dicho, debía estar listo a las 8 a. m. para ir a unas termales. Antes de salir, el grupo tomó el desayuno: Skyr con bayas y pan de centeno con queso. Le ofrecieron pescado ahumado o huevo frito —a José le tocó buscar en internet cómo quería los huevos, porque no tenía la palabra “revueltos” en su vocabulario—. Todo iba acompañado de té, aunque él pidió café.

Fueron a un spa a diez minutos caminando, donde tenían la entrada incluida, aunque algunas personas, como las chicas italianas, tomaron un masaje adicional. Mientras estaban en una piscina termal, José y la pareja argelina hablaron acerca de qué les había gustado del país y a qué se dedicaban. La conversación fue tan olvidable que José, cuando volvió al pequeño hotel a recoger sus cosas, ya no recordaba nada.

De regreso a Reikiavik, se quedó dormido en el minibús, a pesar de que había descansado profundamente en el hotel.

Por el camino soñó que había una puerta. Él se acercaba y, de pronto, intentaba abrirla. Al empujarla, el marco le mostraba un espejo y dos caminos. Si miraba de frente, estaba él, con cara de demacrado. Si miraba a la izquierda, ya no era exactamente él, sino un hombre mayor, profesor de programación, al parecer empresario, pero con una tranquilidad muy parecida a la de Bartolomé. Y si miraba a la derecha, veía a un hombre prepotente, luminoso, de risa sarcástica y con mucho dinero, igual a aquel hombre que había visto en Bermudas: aquel chico egoísta que había llegado con sus amigos a exigirle la pista a Helena, la distribuidora.

El sueño tenía una voz a lo lejos, acompañada de unas carcajadas divertidas. —¿Dónde las había escuchado antes? —. La voz, con tono chillón, le pedía, entre risas y urgencia, que escogiera un camino. Cuando José dio un paso para elegir, el guía lo despertó.

—Ya llegamos.

Ya en la habitación, encontró el periódico que había solicitado. Empezó a organizar su maleta porque debía salir en menos de una hora para su vuelo a Madrid. Su idea era llegar temprano al aeropuerto, ya que quería comer algo antes de abordar el avión. No se duchó; lo había hecho en el spa, después de entrar en las piscinas termales. Solo debía cambiarse de ropa. Eligió algo cómodo, a pesar del frío. Hojeó rápidamente el periódico, pero no encontró nada relevante. Metió en unas bolsas oscuras la ropa sucia y separó la ropa limpia. A mano dejó su tablet, su celular, la cámara Polaroid, su pasaporte y su billetera. Pensó en dejar afuera el libro azul que llevaba días sin llenar por tantas aventuras. Su bitácora estaba incompleta. Sabía muy bien que debía ponerse al día en algún momento; el periódico era parte de eso. Pero no tenía tiempo ni se sentía con ánimos de escribir algo, así que descartó dejarlo a la mano y lo metió junto a la ropa limpia.

Evaluó si debía dejar las botas para el frío, pero decidió que no. Se puso la chaqueta que había comprado algunos días atrás para resguardarse de las últimas corrientes heladas y, con todo ordenado, salió del hotel diez minutos después. El clima estaba triste, a pesar de que el sol se mostraba tímidamente. La brisa silenciosa le golpeaba la cara, incluso con la bufanda puesta. Caminó por la ciudad hasta llegar a la parada de autobuses y, siguiendo la misma ruta que lo había llevado a aquella ciudad días atrás, se dirigió al aeropuerto.

En el camino quiso organizar sus ideas mientras el bus avanzaba, pero no pudo. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, demasiados pensamientos, demasiadas dudas, y no sabía por dónde empezar. Era muy diferente a como había llegado, pues en ese momento su única preocupación había sido una duda superficial sobre el estado de su equipaje. Ahora las preocupaciones eran mucho más profundas, mucho más complejas, mucho más reales.

Se sentía extraño mientras observaba la senda del camino: un recorrido oscuro lleno de algas verdes, rojas y amarillas. Había tantas ovejas a los lados de la carretera que, de tanto contarlas, se quedó dormido.

En el bus, frente al aeropuerto, una señorita le tocó el hombro para decirle que ya habían llegado. José, que entendió poco, solo pudo secarse la baba y levantarse desorientado para bajarse a buscar el counter de la aerolínea.

El aeropuerto no estaba lleno, pero sí había movimiento. Después de hacer check-in y registrar su maleta, pasó el control de seguridad y se comió un sándwich de jamón y queso. De camino a la puerta de embarque compró unos audífonos, los cuales empezó a usar casi de inmediato mientras se sentaba a esperar. Descargó una aplicación de música y comenzó a escuchar esas canciones que tanto le gustaban, pero llegó a las tristes, esas que le tocaban el alma, y unos minutos después lo hicieron llorar. El dolor, en ese momento, sin saber por qué, lo hizo sentir mejor.

Después de llorar e ir al baño a secarse los ojos, se sentó a leer mensajes frente a la puerta de embarque. Necesitaba cambiar el ambiente.

Miró su teléfono y encontró una notificación en la aplicación de Muwi. Era un mensaje de Malaya. Cuando abrió el chat, se dio cuenta de que era una foto de ella y Alexis posando en lo que parecía una estación de tren. Junto a la imagen había un texto donde le contaba que acababan de llegar a Bruselas. Eso significaba que ya llevaban un día allá, porque a José le había tomado un día revisar el mensaje.

El texto, bastante largo, decía que la habían pasado muy bien en París y que acababan de llegar a Bruselas en tren. Para ella había sido una experiencia muy emocionante. Le contó que estarían allí dos días buscando la pista y que luego tendrían que separarse. Le preguntó cómo le había ido con su pista y si seguía en el juego. También le dijo que él le había caído muy bien y que quería saber si podrían volverse nakamas. De ser así, le gustaría que la mantuviera informada acerca de sus destinos para intentar coincidir nuevamente y así poder escanear el código QR para ser oficialmente compañeros.

José sonrió y, después de pensarlo mucho, respondió el mensaje. Le dijo que estaba bien, que había llegado con tiempo a la pista y que en ese momento estaba a punto de irse a Madrid, aunque no sabía cuál sería su siguiente destino. También le contó que, curiosamente, él también había encontrado a alguien con quien compaginó mucho y que se habían vuelto nakamas, aunque le había tocado irse a otra ciudad, puesto que él ya tenía su ruta definida.

Envió el mensaje y, casi al instante, Malaya le escribió que sería genial volver a verse. Él respondió que sí, que estaba de acuerdo. Hablaron algunos minutos sobre cosas superficiales.

Cuando terminaron de hablar, José revisó sus redes sociales, algo que no acostumbraba a hacer. Sin embargo, en ese momento estaba procrastinando, evitando el momento de revisar su correo electrónico. Vio algunas fotos de amigos y leyó algunas noticias: la desaparición del vocalista de una banda japonesa que le gustaba y que ya completaba más de dos meses; otra guerra en Medio Oriente; publicidad de un nuevo restaurante con estrella Michelin; temas políticos de Colombia con Estados Unidos; algún chisme de la farándula mundana. Luego, en Instagram, vio unas fotos de Sara con algunos amigos en una carrera de running. Pensó que no era común que ella corriera, pero le alegró verla feliz. Eso no le molestó, aunque sí le dolió.

Volvió a la música. Creó una lista de reproducción tratando de hacer tiempo, pero cuando terminó aún faltaban unos minutos para entrar al avión. La música quedó en volumen mínimo.

Qué espera tan larga.

Después de hacer todo lo posible y agotar todas las opciones que no lo aterraran tanto, tuvo que afrontar la situación: el correo. Lo había descuidado demasiado.

Abrió la aplicación de correos y no le sorprendió que en la bandeja de entrada hubiese tantos mensajes sin leer. Solo con ojear el primero, se dio cuenta de que todo estaba mal. Ese correo era de uno de sus nuevos clientes. En él le advertían que ya estaban considerando cancelar el contrato que habían firmado hacía poco, debido a la falta de atención a varios de los requerimientos solicitados y a los correos que, según decían, llevaban algún tiempo siendo ignorados. Incluso mencionaban la posibilidad de aplicar la cláusula de incumplimiento establecida en el contrato. Además, adjuntaban toda la cadena de mensajes y la evidencia con la que habían intentado hacer seguimiento a la situación. La frustración y la molestia se notaban en el tono del mensaje.

En ese momento empezaron a llamar a las personas de primera clase para abordar el vuelo.

No quiso continuar con los correos formales, pues le dio algo de angustia sentirse amenazado por ese medio. Había un par de mensajes de WhatsApp donde algunos clientes se quejaban de la inconformidad por el cambio de personal. Exigían cambios, ajustes y, sobre todo, pedían que fuera José quien los atendiera personalmente, porque las personas con las que estaban tratando no tenían ni la menor idea del trabajo que realizaban.

También vio mensajes de dos colaboradores diferentes. Ambos le habían pedido ayuda y, al ver que no respondía o que sus respuestas eran evasivas, decidieron que no volverían a trabajar con él, por lo cual cerrarían su contrato con la empresa que los subcontrataba.

José quedó pasmado, atrapado en un solo pensamiento:

“Creo que la cagué”.

Sus acciones, e incluso sus omisiones, habían causado un daño irreparable a su trabajo, a su trayectoria, a sus clientes y a sus colaboradores. Se sintió completamente responsable de lo que había pasado: un fracaso, una persona irresponsable, un mal profesional, alguien incapaz de cumplir sus compromisos. Y a su mente volvieron las palabras de Sara:

«…Hoy vas a perder este viaje. Mañana perderás a tus mejores clientes porque no tendrás cómo responderles».

Un asistente de vuelo le tocó el hombro y le preguntó si aquel era su vuelo. Él respondió que sí. Todos los pasajeros ya habían ingresado y él seguía sentado, solo, en la sala de espera. El asistente le explicó que el avión estaría listo para despegar en los próximos minutos y agregó algunas cosas más que, por el shock, José no logró entender. Le pasó la tarjeta de embarque y el pasaporte mientras ambos se acercaban a la puerta. El asistente escaneó los documentos y luego se los devolvió.

—Bon voyage.

José se quedó mirando el pasaporte y la tarjeta de embarque. Entonces recordó aquellas palabras. Ahora se acordaba del señor Taka: esas habían sido sus palabras de despedida.

Empezó a caminar por el túnel para subir al avión, esta vez más atento al mundo que lo rodeaba, más consciente, más presente.

No quería admitirlo, pero el poema era lo único que lograba apartarlo, aunque fuera por momentos, de esa culpa y esa sensación de fracaso que llevaba encima. El poema —y sobre todo el viaje— se sentía como un refugio. ¿De nuevo?

Abrió la aplicación de Muwi en el celular, omitió los números y se entregó al poema por primera vez. Mientras avanzaba por el pasillo del avión esperando que algunas personas terminaran de acomodar su equipaje, leyó el poema otra vez. Cuando la asistente de vuelo terminó las recomendaciones de seguridad, volvió a leerlo. Y mientras el avión esperaba autorización para despegar, regresó al poema por cuarta o quinta vez, como si intentara encontrar algo que se le estuviera escapando.

Apagó los audífonos, que no habían parado de reproducir música de todo tipo en ningún momento —rap colombiano, pop mexicano, salsa latina, bolero español, k-pop coreano, rock japonés, entre otros—, y miró por la ventana mientras el avión aceleraba sobre la pista.

Ya en el aire, volvió a ponerse la música. Las canciones lograron amortiguar un poco el ruido que llevaba en la cabeza. Cerró los ojos un momento y terminó dormitando hasta que una asistente de vuelo le ofreció algo de tomar. Pidió agua.

El avión iba medio vacío. José tenía libre el asiento de en medio, aunque en el del pasillo viajaba un hombre de unos cincuenta años que, durante el trayecto, estuvo viendo películas y comiendo.

Alrededor de la décima lectura del poema, trató de leerlo en voz alta:

—La princesa huía por calles que se doblaban como suspiros, donde la luz se filtraba en patios que guardaban secretos antiguos. —Pausó un segundo—. Cada giro la confundía y la liberaba a la vez; el mundo que había conocido quedaba atrás. En los zocos, aromas de especias y cuero danzaban en el aire, recitando un idioma que ella entendía sin palabras. Buscaba un lugar donde su identidad no fuera juzgada, donde el tiempo viviera sin fin y la belleza susurrara en lugar de gritar.

Se detuvo. Tomó un sorbo de agua y continuó:

—Al caer el sol, un laberinto la abrazó, escuchando cómo los muros le contaban historias de idealistas y artesanos de piel, para que la palabra y los objetos duraran miles de generaciones. Entre libros y silencios antiguos, el conocimiento la recibió como un hogar donde nada debía demostrarse y todo podía ser habitado. Allí comprendió que perderse también podía ser un refugio.

Releyó varias veces la última frase.

“Allí comprendió que perderse también podía ser un refugio”.

—¿Qué putas es un “zoco”? —Se preguntó intentando entender el poema.

El hombre del pasillo apartó la mirada de la película.

—Souk —corrigió con suavidad—. “Zoco” viene de ahí.

José levantó la mirada.

El hombre señaló el poema con curiosidad.

—Eso suena al Magreb.

—¿Magreb?

—Norte de África. Marruecos, Argelia, Túnez.

José asintió lentamente.

El hombre sonrió apenas. Su acento castellano era muy marcado.

—Un Souk no es solo un mercado, señor mío. Es una forma de entender la ciudad.

—¿Cómo así? —José frunció el ceño.

—En muchos lugares antiguos, todo pasaba allí: comercio, rumores, política, religión, comida. El olor de una ciudad vive en sus Souks.

Miró otra vez la pantalla del celular de José, aunque no alcanzara a leer nada.

—Y si habla de piel y artesanos, probablemente habla de una ciudad vieja.

El zumbido constante de las turbinas llenó el silencio entre ambos.

—Muy vieja. —Después de decirlo, el hombre volvió a hundirse en su película.

José se quedó observándolo unos segundos, como esperando que añadiera algo más, pero no ocurrió.

Quedó hundido en pensamientos que no podía procesar. Pero entre aquella avalancha, uno de ellos lo hizo reaccionar. Fue entonces cuando entró a la página web de la aerolínea y solicitó la cancelación de su vuelo a Colombia. Al finalizar, suspiró con fuerza y alivio, como si esa acción le hubiera devuelto un poco de energía y coherencia.

Por alguna razón, la palabra “Souk” empezó a quedarse atrapada entre sus pensamientos.

Pensó en todo lo que tenía pendiente, pero decidió dejarlo quieto por unas horas. El tiempo que pasaría en el avión lo dedicaría a descansar y a no pensar más de la cuenta.

Suspiró, tomó otro sorbo de agua, reclinó el asiento, cerró los ojos y subió el volumen de la música.

El vuelo duró cuatro horas y treinta minutos.

Cuando despertó, estaban anunciando el aterrizaje. El hombre del pasillo ya no estaba allí.

José se incorporó lentamente, se estiró un poco y miró por la ventana mientras el avión descendía entre luces anaranjadas. Afuera, Madrid empezaba a extenderse bajo las nubes como una ciudad interminable, viva, llena de movimiento. Muy distinta a Islandia.

En migración, algo dentro de él seguía medio dormido, desconectado, como si todavía no hubiera aterrizado del todo.

El agente le preguntó el motivo del viaje.

José abrió la boca para responder “vacaciones”, pero la palabra se le atravesó entre las ideas. Terminó mezclando frases sobre turismo, hoteles y vuelos. El hombre del otro lado del vidrio lo observó unos segundos antes de pedirle que hablara un poco más despacio.

José intentó corregirse, pero empezó a atropellarse todavía más con las palabras.

El agente volvió a preguntarle cuántos días pensaba quedarse en España.

—Dos… no… bueno, todavía no estoy seguro.

El hombre levantó apenas la mirada de la pantalla.

—¿Tiene vuelo de regreso?

José tardó unos segundos en reaccionar. Buscó torpemente la tablet, abrió documentos equivocados, cerró ventanas y finalmente mostró un comprobante del vuelo a Colombia que había cancelado hacía unas horas. El agente revisó la fecha sin decir nada.

La pausa se sintió demasiado larga.

Detrás de José, alguien soltó un suspiro impaciente.

—¿Y el hotel?

José respondió demasiado rápido, casi cortante.

El agente levantó la vista, esta vez para verlo a los ojos.

—A ver, tranquilo. Hábleme despacio, que no le entiendo.

José apretó la mandíbula.

Por un instante, empezó a sentir que cualquier respuesta podía sonar mal. El cansancio, las ideas que llevaba acumuladas, y las consecuencias que estaba cargando por aquel viaje lo llevaron en ese momento al límite. Se habían comenzado a mezclar todas las cosas, y llegaban a él en una sensación incómoda y espesa. Se pasó una mano por el rostro.

—Perdón… estoy un poco cansado. Tengo hotel para hoy, y mañana tengo el vuelo a Colombia. — lo dijo tan natural, con voz áspera que el agente asintió, selló el pasaporte y se lo devolvió.

—Bienvenido a España.

José tomó los documentos y siguió caminando sin mirar atrás, no del todo convencido de si el problema había sido él, el ambiente o ambas cosas al mismo tiempo.

El aeropuerto estaba lleno de voces, ruedas de maletas, anuncios constantes y conversaciones superpuestas en distintos idiomas. Había una energía cálida en el ambiente: luces amarillas, cafeterías abiertas, gente riéndose fuerte, grupos entrando y saliendo como si nadie tuviera tiempo para detenerse.

José caminaba entre todos ellos sintiéndose extrañamente incómodo. No porque Madrid le pareciera desagradable, sino porque ya se había acostumbrado demasiado al silencio. Esperar el equipaje se le hizo una tortura completa.

Cuando por fin recuperó la maleta, salió del aeropuerto y tomó un autobús hacia el hotel, uno pequeño y económico cerca de la terminal. Durante el trayecto apenas miró la ciudad. Iba concentrado en su nuevo pasatiempo: leer correos atrasados mientras escuchaba música, aislado detrás de los auriculares y sin prestarle demasiada atención al entorno, que cada vez le parecía más ajeno, más acelerado, más atareado. También estaba intrigado por el viento: ¿Desde cuándo podía sentirse tan cálido?

En medio del trayecto, su cliente más antiguo — el representante de tecnología era un conocido suyo—, con el cual llevaban poco menos de dos años trabajando juntos, le escribió directamente exigiendo explicaciones. José prefirió llamarlo para entender mejor la situación.

La llamada fue tensa.

El cliente estaba molesto. Aquel hombre le había dado una oportunidad después de que él se hubiera quedado sin trabajo, y mientras lo escuchaba reclamarle, José recordó al agente migratorio y se sintió todavía peor. El cliente le dijo que los había abandonado en un momento crítico, a pesar de que él mismo lo había recomendado a otros clientes, y que ahora no sabía cómo iba a resolver la situación.

Su cuerpo se sentía pesado. Le sobraba la bufanda.

Finalmente, después de una conversación larga —el hotel económico quedaba a casi cuarenta minutos del aeropuerto—, José logró calmarlo un poco y prometió que haría todo lo posible por solucionar el problema. Le dijo que estaría en contacto durante el día para mantenerlo informado y que trabajaría en ello de inmediato. El cliente, aunque seguía molesto, aceptó la promesa y le pidió que se pusiera a resolver la situación cuanto antes.

José colgó con una sensación extraña: algo de alivio mezclado con una presión todavía más grande. Sabía que tenía demasiado trabajo por hacer y que no podía darse el lujo de perder a un cliente tan importante.

Minutos después llegó al hotel, un edificio funcional con una fachada innecesariamente ostentosa. El lobby estaba lleno de gente, aunque el proceso de check-in fue rápido. La recepcionista le entregó la llave de la habitación y le explicó cómo llegar. José agradeció y subió al cuarto piso.

Al entrar, se dio cuenta de que la habitación era más espaciosa de lo que esperaba. Tenía una cama sencilla que, al sentarse, descubrió bastante cómoda. Había también un escritorio con una lámpara, una silla y una ventana que daba hacia la parte trasera del edificio. A José no le importó demasiado la vista; su única preocupación era encontrar buena luz, y el lugar cumplía, aunque el día ya empezaba a apagarse.

Finalmente pudo quitarse las pesadas botas, y sintió una especie de alivio inmediato. Una ligereza pequeña pero suficiente para devolverle algo de energía.

Sacó de la maleta su portátil y los cargadores, organizó un espacio improvisado de trabajo y dejó el teléfono y la tablet cargando junto a la cama. Después preparó un café de cápsula, lo único que tenía a la mano.

Buscó entre los correos pendientes el mensaje que aquel cliente le había mencionado tantas veces durante la llamada. Cuando encontró el problema, entendió que todo había empezado por una manualidad mal hecha: un proceso que él no debía ejecutar personalmente, pero que tampoco había protegido lo suficiente contra errores.

Durante una hora trabajó concentrado, corrigiendo el problema y respondiendo correos. Cuando terminó, y recibió el visto bueno del cliente, sintió que salía de algo que le había provocado mucha ansiedad. Aun así, aunque por momentos parecía recuperar algo de control, en su mente la situación seguía lejos de estar bien.

Se tomó un segundo café e intentó revisar qué más tenía pendiente, pero se dio cuenta de que no podía seguir.

—Voy a comer algo.

Abrió otra vez el equipaje buscando ropa limpia, pero no encontró prácticamente nada. La mayoría estaba sucia. Eso terminó de desesperarlo.

Se sentó en la cama con la cabeza entre las manos y sintió que no sabía ni por dónde empezar. Tenía demasiadas cosas pendientes, demasiados problemas, demasiadas dudas acumuladas al mismo tiempo.

—Creo que debo encontrar una forma de organizarme.

Tomó la tablet y abrió la aplicación de notas.

“Resolver trabajo”, “buscar pista”, “llamar a Sara”, “responder mensajes”, “embajada”.

Miró la lista y se dio cuenta de que no tenía sentido. Sonrió apenas, se sostuvo la cabeza entre las manos, y como pudo, ahogó un grito de frustración.

Después suspiró y se dejó caer sobre la cama. Se quedó mirando a la nada mientras se daba cuenta que la luz del día, que entraba por la ventana, ya no estaba. Esta se había ido apagando lentamente a lo largo del tiempo, y se había convertido en oscuridad, sin que él lo notara.

Desde la tablet, abrió la aplicación de música y puso una canción al azar; esta vez no eligió música para sufrir, sino algo que lo ayudara a bajar revoluciones, a relajarse un poco.

Unos minutos después, mientras intentaba no pensar en nada, se dio cuenta de que quería escribir. Pero esta vez no quería hacer listas ni organizar tareas, sino ir un poco más allá: escribir lo que sentía, lo que pensaba, lo que le estaba pasando por la cabeza. Pensó escribir en su libro de bitácora, pero lo descartó. No era eso lo que quería.

Durante varios minutos escribió a mano con el lápiz de la tablet hasta que se cansó de la muñeca. Luego se levantó a estirar el cuerpo y fue por un vaso de agua.

A su mente volvió la palabra “Souk”. Sonaba graciosa.

Muchos pensamientos empezaron a cruzársele al mismo tiempo y decidió regresar a la tablet. Esta vez, con algo más de claridad, escribió sus preocupaciones reales: el trabajo, porque llevaba días ignorando mensajes de clientes y colaboradores; tenía miedo de que las cosas hubieran salido peor de lo que imaginaba. El viaje, porque todavía no había interpretado el nuevo poema, y ya había pasado mucho desde que se lo habían entregado. El tiempo, porque sentía que ya no le alcanzaría para nada; No podría cumplir su promesa de volver a Colombia, ni asistir a la cita en la embajada. Y por supuesto, Sara. Aunque no sabía bien por qué.

Con todo eso rondándole la cabeza, se preparó otro café, y de una sola sentada, escribió una nueva lista. Esta vez lo hizo con una ligera sonrisa, como si por primera vez en varios días pudiera ver algo parecido a una salida, aunque todavía no entendiera exactamente cómo llegar hasta ella. Sentir un poco de control entre tanto caos bastó para ponerlo de mejor ánimo.

Entonces un pensamiento le atravesó la cabeza.

Cerró la tablet, la dejó sobre la mesa de la habitación y se acercó a la cama para tomar el celular antes de volver a acostarse. Abrió el poema y leyó una vez más la última frase.

“Allí comprendió que perderse también podía ser un refugio.”

Se quedó mirándola unos segundos.

Entonces entendió algo que le resultó tan absurdo como evidente: él también era una princesa corriendo por un laberinto, tratando de escapar de algo que ni siquiera lograba nombrar del todo. Y al igual que ella, había empezado a comprender que perderse también podía convertirse en un refugio.

Sonrió apenas. Después cerró los ojos y trató de dormir. No le fue difícil. Durmió toda la noche.