Sin Retorno
—Estás loco —dijo Sara, sosteniendo un papel entre las manos. El título decía “Mi propio One Piece.”
Lo miró a los ojos, con una mezcla de desconcierto, enojo y tristeza contenida.
—Por este tipo de cosas fue que me separé de ti.
José no respondió. Había pasado algo más de un año desde que habían formalizado la separación. Hablaban a medias. Ella lo buscaba para saber cómo estaba, y él, sin proponérselo, parecía más empático desde que la relación había terminado. No la llamaba con frecuencia, pero seguía pendiente de sus redes, de sus movimientos, de su vida. Aún no sabía cómo soltarla del todo.
—Tienes razón —dijo por fin, con voz baja—. Pero es algo que siento que debo hacer.
—¿Debes? —repitió ella, apretando el papel—. ¿Y qué vas a hacer con tus gastos, con tus deudas, con el arriendo de este apartamento? Debería agradecer que no tenemos hijos, porque también los dejarías botados. —Hizo una pausa; su voz empezó a quebrarse—. No es coherente, José. No a tu edad. Sé consciente de lo que vas a hacer, de la locura en la que estás a punto de meterte. ¡Y todo por unos muñecos!
La indignación de Sara no venía solo del enojo, sino de la impotencia. Quería gritar, pero el temblor en la garganta la traicionaba. Le dolía ver cómo José mostraba más compromiso con aquel tema que con su propio matrimonio. Jamás habría luchado o dejado todo por ella o por su familia. ¿Por qué ahora, por una búsqueda infantil —según ella—, iba a botarlo todo? ¿Qué lógica podía tener eso?
—Creo que es la forma de decirle al mundo que estoy acá. Quiero tomar el tiempo para reencontrarme, porque siento que hoy en día no soy nadie y necesito llegar a esa respuesta.
La voz de Sara temblaba y se notó cómo aguantaba las lágrimas.
—Siempre has tenido esas ideas —continuó, con la voz más baja—. Esas ganas de escapar, de dejar todo atrás. Pero esta vez podrías hacerlo bien. Podrías buscar esa libertad aquí, sin huir. Sin gastar dinero, sin sacrificar nada. —Lo miró con una mezcla de súplica y ternura—. Podrías buscarla conmigo… si aún lo ves posible.
Por un momento, él quiso decir que sí. Quiso dejar que esa posibilidad lo salvara, que las palabras de Sara fueran una salida. Pero el llamado dentro de él seguía ahí, irracional, obstinado, como una canción que lo asustaba tanto como lo atraía.
—No quiero que sufras por esto —dijo al fin—. Sé que parece una locura, pero necesito hacerlo. No por los “muñecos”, es mucho más que eso.
—¿Más que eso? —repitió ella, con una risa amarga—. ¿Y de qué vas a vivir? ¿De ilusiones? ¿De tus sueños? ¿Vas a irte a dormir en la calle, a pasar hambre en lugares donde supuestamente encontrarás algo que ni siquiera sabemos si vale la pena? Recuerda que los sueños también tienen un costo. ¿Estás dispuesto a pagar el precio por este?
—Aquí el tema es que quiero ir más allá. Quiero encontrarme a mí mismo, ver de qué soy capaz, seguir un sueño de libertad. Eso es lo que realmente quiero. Estoy presionado aquí, atado a sesgos sociales, a prisiones financieras, a pozos familiares. No tengo nada que perder: ya lo perdí todo cuando te perdí.
—Ya eres un adulto. Pensé que eras un hombre maduro, que tenías algo de coherencia en la cabeza, pero con esto me demuestras que haberlo dejado fue la mejor decisión que tomé.
Sara respiró hondo, conteniendo las lágrimas.
—Estar aquí también puede llamarse libertad, José —dijo con calma, su tono ahora más suave, casi amoroso—. Quedarte, enfrentar lo que tienes, arreglar lo que rompiste, reencontrarte con las personas de las que te alejaste. —Hizo una pausa breve, respirando hondo—. No todo viaje empieza con una maleta.
Él asintió despacio.
—Tal vez. Pero para mí, este sí.
—No te deseo el mal. Y de todo corazón espero que encuentres lo que sea que estás buscando. Pero, por favor, entiende que ya no eres un niño, no puedes dedicarte a cosas que no te van a aportar nada. Esto es una locura, y tú lo sabes.
El silencio se extendió entre los dos, espeso y triste.
—Cuando te vayas, deja todo limpio. No quiero venir a organizarte tus cosas. —Suspiró—. Vi tantas de tus actitudes y decisiones como esta, y fueron ellas las que me ayudaron a entender que nunca vas a cambiar, nunca vas a aprender, nunca vas a madurar. Te amé… pero esto ya se me sale de las manos. No sé cómo podría apoyarte en esta locura.
Sara, con movimientos lentos, casi temerosos, arrugó el papel que su exesposo le había entregado y lo tiró al piso. Ambos lo siguieron con la mirada, viendo cómo ese gesto apagaba la última chispa de esperanza.
Se dio la vuelta y salió, cerrando la puerta con un golpe suave que sonó más a tristeza y soledad que a enojo.
El golpe de la puerta resonó en el pasillo, y después, nada.
José creyó que todo había terminado, hasta que escuchó los pasos apresurados al otro lado.
—¡Dices que no eres nadie! —gritó Sara desde el pasillo, su voz hecha pedazos—. ¡Pero para mí un día lo fuiste todo, y preferiste dejarme a un lado! ¡Y ahora quieres hacerlo de nuevo! ¡Te odio, José!
Su llanto estalló, rebotando en las paredes.
En la habitación, José permaneció inmóvil, mirando la puerta cerrada, como si aún pudiera verla a través de ella.
Hubo un silencio largo después del grito. José no se movió. El sonido de la puerta aún vibraba en su pecho, como si el eco de Sara se hubiera quedado suspendido en el aire. No lloró, pero algo dentro de él se quebró despacio, sin ruido.
Recordó toda su historia: cómo la conoció en aquel parque, cuando ella sonrió sin darse cuenta; cómo se hicieron amigos, y cómo, después de varios meses de insistirle, la convenció para tener su primera cita. Recordó el temblor en sus manos cuando le pidió matrimonio, la boda y, por supuesto, la luna de miel en Cartagena.
También recordó las discusiones por dinero, las tardes grises donde ambos se hablaban sin escucharse. Recordó cómo ella empezó a cansarse de su distancia, de su silencio; y cómo él, intentando protegerla de sus fracasos y de sus miedos, la fue dejando sola poco a poco.
No dejó de amarla, nunca. Solo se perdió en la necesidad de resolverlo todo: el trabajo, las deudas, la familia, la vida. Quiso arreglarlo todo antes de volver a ella, pero cuando por fin levantó la mirada, ya no estaban juntos.
Y ella —según él—, aun amándolo, se marchó. No porque quisiera, sino porque no supo cómo traer de vuelta al hombre que un día la esperó tanto, con tanto amor, sin cansarse.
Pensó en todo eso, hasta llegar al recuerdo final: el día en que entró a la habitación y el espejo ya no estaba. Ese fue el día en que entendió que todo había terminado.
Se quedó mucho tiempo mirando el papel en el suelo, hasta que algo lo hizo volver en sí. Se agachó, lo recogió, lo estiró, usó el pecho para alisar el papel y leyó nuevamente el contenido.
Algo hizo clic en su mente, pero no fue una epifanía ni una revelación mística; solo una palabra que apareció sin avisar en su cabeza: Cartagena.
Se quedó quieto unos segundos, con el papel entre las manos, mientras esa idea se repetía una y otra vez en su cabeza como un eco insistente. Acaso era la primera pista, el primer destino, el punto donde todo debía empezar.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y respiró hondo. Fue directo al escritorio y encendió el computador. El papel que le había dado a Sara había sido un resumen de lo que había averiguado del tema. Aún estaba arrugado, pero intacto. Lo alisó sobre la mesa con cuidado, como si fuera más frágil de lo que realmente era, y empezó a leerlo de nuevo:
- Nombre del objetivo: Mi propio One Piece.
- Resumen: noticia sobre la búsqueda del One Piece en 12 ciudades diferentes del mundo, una especie de “búsqueda del tesoro.”
- Premio: desconocido.
- Presupuesto / hospedaje: hecho.
- Viajes en avión: pendiente.
- Lista de clientes confirmados y proyectos ya aprobados: hecho.
- Cuenta internacional y validación de ahorros: hecho.
- Y en la parte de abajo, una imagen de Luffy sonriendo, con la frase escrita a mano: “Vamos por el One Piece.”
José se quedó mirando la hoja unos segundos. Luego abrió la página oficial del evento. En la pantalla, en letras grandes, apareció el mensaje:
“Primera ubicación liberada.”
No había coordenadas, ni direcciones, ni nombres. Solo una fecha: el inicio del juego, en cinco días. Y debajo, la pista en color rojo, simulando un Poneglyph:
“Si crees en Dios, cree también en la aventura que se alcanza antes de la muerte en el tribunal. Donde la fe fue juzgada y las cadenas pesaron, la historia aún respira entre muros de piedra. Busca en la ciudad amurallada frente al mar del Caribe, custodiada por un guardián de piedra que nunca fue vencido. Cruza la puerta que marca el tiempo y hallarás el eco de piratas, esclavos y mercaderes. Allí una verdad espera: Oriente y Occidente cambian de lugar.”
Releyó la pista varias veces, en silencio.
—Tribunal… fe… cadenas… muros de piedra… —murmuró.
Anotó las palabras clave en una hoja nueva y trató de unirlas como si fuera un acertijo lógico. Una ciudad amurallada frente al mar. Un guardián de piedra. Un tribunal religioso. Todo le sonaba familiar. Y entonces lo entendió: Cartagena.
Tenía sentido. La ciudad del Caribe, con el Castillo de San Felipe —el guardián de piedra que nunca fue vencido—, el Museo de la Inquisición —donde la fe fue juzgada—, y la Torre del Reloj —la puerta que marca el tiempo—. Todo encajaba.
Apoyó la espalda en la silla y suspiró.
Si estaba equivocado, solo perdería un pasaje de avión y unos días. Pero si estaba en lo cierto… entonces sería el comienzo de algo más grande.
Por primera vez en mucho tiempo, no pensó en lo que debía hacer, sino en lo que quería hacer. Fue entonces cuando decidió que haría el viaje. No para escapar —aunque una parte de él sabía que sí lo estaba haciendo—, sino para demostrar, tal vez solo a sí mismo, que podía terminar algo que realmente nacía de su corazón.
No lo haría por Sara, sino para ella. No para reconquistarla, sino para entenderse, para probar que podía ser diferente. Que todavía quedaba algo de ese hombre que alguna vez la esperó con amor y paciencia, aunque luego lo arruinara todo por querer resolver la vida a golpes de razón.
Sabía que si se quedaba e iba tras ella ahora, nada cambiaría. Seguiría siendo el mismo José de siempre: impulsivo, saturado, perdido entre la rutina y los números. Así que eligió marcharse. No por valentía, ni siquiera por claridad, sino por una mezcla de miedo y esperanza que no sabía cómo nombrar.
Y se prometió algo: si la pista realmente lo llevaba a Cartagena, seguiría adelante con el viaje, con todo lo que implicara. Pero si se equivocaba, si la ciudad no era la correcta, volvería. Buscaría otra forma de arreglar las cosas con Sara. Tal vez aún quedaba algo que salvar.
Mientras en la pantalla seguía brillando la pista, una ciudad lo motivaba. Debía hacer más investigaciones, pero podría ser el inicio de todo… o el final de una idea absurda.
Sin entender por qué, el pecho le latía más rápido.
Cartagena.