Capítulo 25

Entre hielo y la espera

Mesa de café de madera junto a una ventana en Reikiavik con folletos de viaje de Islandia, un mapa plegado con la ruta del Círculo Dorado marcada, una taza de café humeante, un teléfono y una libreta, con tejados grises y cielo nublado visibles al exterior.
En Reykjavik, el viento frío acompaña a José después de resolver la pista que lo llevó hasta allí. Entre cafés que recuerdan a casa, conversaciones inesperadas y calles abiertas frente al mar, la prisa del juego se transforma en una pausa inevitable. Con horas por delante y el horizonte cubierto de nubes, decide pedir consejo para no desperdiciar la espera, como si incluso el tiempo detenido también pudiera convertirse en parte del viaje.

El hombre mayor que los había identificado como distribuidores estaba aliviado. Había en su expresión una mezcla de satisfacción y curiosidad, como si confirmar su sospecha hubiera sido parte de la mecánica.

Thomas le había dicho que si quería tomarse una foto, y el hombre accedió sin ningún tipo de cuestionamiento o duda. Mientras se paraba y recibía indicaciones, el fotógrafo, que todavía llevaba la nariz de payaso, se la quitó y la guardó, sobre todo para no llamar tanto la atención. Con su profesionalismo habitual, acomodó la cámara mientras el hombre se presentaba como Bartolomé. La fotografía fue rápida, sin ceremonia adicional. El viento movía apenas la tela negra y obligaba a fijar bien el trípode sobre la piedra húmeda. Con la misma paciencia se inició el proceso del negativo; luego le hizo una señal para que se acercara y pudieran conversar mientras terminaba el revelado. Hablaron de la pista.

—Lo más evidente fue la iglesia —dijo José.

Bartolomé negó suavemente.

—Yo dudé entre Islandia y Dublín. El texto me pareció que se inclinaba más hacia lo celta y no necesariamente hacia lo nórdico. —Thomas sonrió bajo la tela—. La parte de los elfos, supongo yo, confundiría a varios.

—Era sutil —añadió José—, pero coherente.

Bartolomé admitió que había pasado días buscando referencias, enlazando foros, comparando versos. Para él no había sido una pista sencilla. José no lo contradijo; simplemente escuchó. Thomas realmente no intervenía mucho, pero cuando lo hacía era preciso, porque disfrutaba entender cada vez más cómo las personas hacían ese tipo de recorridos: el camino que discutían y atravesaban hasta llegar al mismo punto, en este caso, la pista que los llevaba a Reykjavik.

Cuando concluyó el proceso del negativo, el olor a químicos, aunque leve, era persistente y se mezclaba con el aire húmedo del ambiente. Antes de continuar con la generación del positivo, les preguntó si querían escanear el código, como si ellos hubieran estado allí esperándolo. Dejó la cámara a un lado y sacó una tarjeta plateada, sin darle más carga simbólica de la que ya tenía. Hizo hincapié en que prefería que lo hicieran antes de que llegara más gente, porque no quería levantar sospechas; por eso mismo se había quitado la nariz de payaso.

Le entregó la tarjeta a José y este la sostuvo durante un instante, sintiendo la textura y la sencillez de la tarjeta entre sus dedos. Era simplemente una tarjeta sobria, plateada, como siempre la recordaba él: una tarjeta de crédito de lujo, con un código QR y, grabado en el centro, el símbolo de los Sombrero de Paja, una referencia clara a One Piece. El plástico tenía un peso mínimo, pero era agradable al tacto. Sacó su celular y la escaneó con la aplicación de Muwi. La pantalla brilló y luego el confeti digital estalló en colores, diciéndole: “Número uno, felicidades”. También apareció en esa misma pantalla que había 463 participantes; es decir, debían llegar 461 personas más en menos de 40 horas, que era el tiempo que tenían para escanear ese código. La sensación fue inmediata: tranquilidad, la misma que tenía Bartolomé cuando posaba en la foto. Ahora podía descansar mientras el contador marcaba nuevamente otro tiempo: decía que faltaban 72 horas para que se activara el nuevo poema. Lo único que le tocaba era esperar.

Le devolvió la tarjeta a Thomas, y este se la pasó a Bartolomé, quien también la escaneó y, en un momento, se la devolvió. Thomas la guardó nuevamente en el bolsillo del abrigo.

El fotógrafo les dijo que quería seguir hablando con ellos, pero añadió que si seguían así alguien empezaría a preguntar, y prefería que el viaje se mantuviera un poco más privado y misterioso. Tanto José como Bartolomé entendieron el punto al que se refería. Hablaron un par de minutos más y luego se despidieron. No hubo despedidas largas: solo Thomas inclinando la cabeza y regresando a su cámara, mientras invitaba a otras personas a tomarse fotos. Algunos clientes llegaron de inmediato, mientras los dos participantes —Bartolomé y José—, ya con su tarea en Islandia finalizada, se alejaban del distribuidor, un hombre joven que a José le había caído muy bien.

Se alejaron de la explanada sin prisa. El cielo parecía despejado, pero el viento recordaba constantemente que estaban en un clima frío. La luz era amplia y daba una sensación de soledad impresionante, a pesar de que había muchas personas a su alrededor.

Mientras caminaban, ambos guardaron silencio. Luego de algunas calles, Bartolomé le pidió un momento para hacer una llamada. Sacó su teléfono, se alejó un poco y marcó un número. Habló en inglés, con soltura, concertando una cita para las cuatro de la tarde. José no entendió todo; solo alcanzó a escuchar referencias a un hotel y a un tour nocturno. Cuando colgó, volvió a acercarse mientras guardaba el teléfono y, con un gesto decidido, le preguntó si tenía planes. Le dijo que él tenía tiempo libre hasta las tres y que le parecía buena idea tomar un café y hablar un poco.

El acento inglés de Bartolomé, aunque él fuera francés, era bastante marcado. José lo tomó como un reto: quería mejorar su inglés, y practicar con alguien que lo hablase tan bien era casi un regalo del cielo. José le confesó que debía buscar opciones para pasar el tiempo, pues no esperaba terminar tan pronto. Aceptó sin pensarlo demasiado, así que fueron a lo que parecía una cafetería. El lugar era pequeño, con mesas de madera clara y ventanales que dejaban entrar una luz blanca. El aroma del café era intenso y envolvente, casi terapéutico.

Se sentaron uno frente al otro. Como si lo hubieran planeado, aquel lugar vendía café colombiano. José se sintió feliz y orgulloso de su tierra.

Mientras esperaban el desayuno y el café, hablaron primero del viaje. Las ciudades que había visitado Bartolomé habían sido Cartagena, Montevideo, Recife y ahora Reykjavik. Después de generalidades, hablaron luego de las decisiones que los habían llevado hasta allí. Bartolomé confesó que había postergado durante años algo que no supo nombrar hasta hace poco. Contó que había sido profesor de cálculo durante muchos años y hablaba de las matemáticas con calma, casi con afecto, como si aún enseñara frente a un tablero invisible. Cuando mencionaba el viaje sonreía con una expresión que dejaba claro que no era un simple entusiasmo: había algo más profundo, quizá una decisión tardía, quizá una deuda personal. No intentaba hacer drama, sino que hablaba con sobriedad.

—No todos tenemos la misma velocidad para resolver las pistas —comentó Bartolomé.

José asintió.

Su charla no se centró en teorías. Compararon procesos, intuiciones, errores y destinos. El diálogo fue breve, pero suficiente para reconocer en el otro a alguien que también estaba arriesgando algo más que tiempo.

Antes de levantarse, Bartolomé sacó una tarjeta de su bolsillo y le dijo que era de una agencia con la que había hablado para hacer turismo en la isla. Tenía que disfrutar el momento, aprovechando que estaba en Islandia, pues —según él— no volvería fácilmente a un país tan frío. Debía aprovechar antes de irse y continuar su viaje.

José observó la tarjeta durante un instante y la aceptó. Le dio las gracias.

Luego se despidieron sin dramatismo: un apretón de manos firme y una leve inclinación de cabeza. Bartolomé tomó rumbo hacia su hotel y José se quedó un instante observando cómo se alejaba entre la gente.

Después continuó caminando. Las nubes regresaban. El viento se volvió más punzante y la lluvia empezó como una bruma fina, obligándolo a cerrar mejor el abrigo. Caminó hasta el muelle, observando el agua oscura golpeando la madera. Sintió cómo el frío comenzaba a instalarse bajo la ropa y decidió entrar a un restaurante a comer algo. El interior era cálido y sencillo. Un camarero se acercó.

—¿Algo para calentarse? —preguntó en inglés.

José dudó un segundo.

—¿Qué recomienda?

—Kjötsúpa.

No necesitó más explicación. Aceptó.

La sopa llegó humeante: carne tierna, verduras, caldo espeso y profundo. El vapor le golpeó el rostro con una promesa inmediata de alivio. Comió despacio. Sintió cómo el calor descendía por el pecho y se instalaba en el estómago, devolviéndole cierta estabilidad que el viento había desordenado.

Afuera, la lluvia arreció.

Cuando salió, el cielo estaba completamente cubierto, así que regresó al hotel con el abrigo húmedo y los zapatos pesados.

En la recepción preguntó por agencias para recorrer la isla. El empleado, muy amablemente, le entregó varios folletos brillantes. Mientras José los ojeaba, le preguntó:

—Einar, ¿cuál me recomiendas tú? ¿A qué lugares has ido? ¿Qué no debería perderme del país? —José había leído el gafete que tenía en el pecho.

El chico enderezó la postura cuando pronunciaron su nombre y sonrió por no ser únicamente el recepcionista. Quedó un poco pensativo y, después de una muletilla de indecisión, mencionó que las mejores opciones eran el Círculo de Oro y alguna caminata por el sur.

—El “Golden Circle” es un circuito cerca de Reykjavik. Generalmente todos los tours tienen las mismas paradas. —Einar parecía orgulloso de poder responder al huésped, pero José le pidió en ese punto que hablara más lento, pues el inglés no lo manejaba tan bien. El recepcionista lo entendió y bajó la velocidad del discurso—. En el circuito está el Parque Nacional de Thingvellir. Es hermoso y tiene mucha historia. También está el cráter Kerid —señaló con el dedo la fotografía de uno de los folletos al darse cuenta de que José no había entendido—. Las agencias ofrecen además visitar los géiseres: Geysir y Strokkur —hizo una demostración de cómo erupcionaba un géiser, con movimientos de manos y sonidos guturales.

José sonrió porque había entendido claramente a qué se refería.

Luego mencionó una “piscina vieja”, algunas termales y un montón de cascadas, y dejó claro que en algunos casos estos tours eran costosos, pero valían la pena. Casi en tono de súplica añadió que sin duda debía ir a buscar las auroras boreales, pues marcharse de Islandia sin ver una era como no haber conocido medio país.

El pequeño recepcionista aclaró que no le pagaban comisión por recomendar ninguno; aun así, le sugirió tomar cada recorrido en su idioma materno. José le preguntó si había alguno en español. Contestó que sí y, casi de inmediato, cambió los folletos por tres que hacían el recorrido por toda la isla en múltiples idiomas, incluido el español.

También le recomendó que, si quería tener un buen recuerdo, pidiera el servicio de fotógrafo profesional. Las imágenes muchas veces eran de alto impacto y valía la pena conservar un recuerdo de calidad; de lo contrario —dijo con una sonrisa— tendría que volver a Islandia.

—Los agentes de tours se lo dirán, pero, por favor, use chaqueta cortavientos y unas buenas botas impermeables. Le harán falta si quiere viajar más lejos.

Al final, José le agradeció dejándole algunas coronas sobre el mostrador. El chico respondió formalmente, y José, pensando en las botas, se fue a su habitación.

Eran casi las 5 p. m., y tenía mucho cansancio acumulado, así que quería quedarse en el cuarto alistando cosas para los cuatro días que le quedaban en el país. Además, después de ello, debía volver a Colombia para cerrar el tema de la visa de trabajo.

Se cambió con ropa cómoda y puso a secar la que había tenido puesta.

Encendió el computador y buscó las agencias de los folletos; entre ellas, la agencia que Bartolomé le había recomendado, y esa fue la que eligió. No fue difícil encontrar información. Tenían varios recorridos y dejaban en claro que eran multilenguaje, algo muy común en Islandia debido al turismo multicultural del país.

Hizo la llamada y, en menos de lo que esperaba, había programado los recorridos de los días venideros. Al día siguiente tendría el recorrido por las termales, aunque no eran las que él quería. Luego tendría recorridos y caminatas por una buena parte del país e incluso, siguiendo el consejo de Einar, planeó una noche de auroras boreales.

Pausó su espacio de planeación para ir a ducharse. Al volver, revisó el correo, donde tenía varios de personas que lo estaban ayudando desde Colombia. El trabajo estaba intenso y había recibido mensajes de algunos clientes que no estaban conformes con el cambio de personal, pues exigían a José para que se pusiera al frente de los proyectos. Pasar de tener un par de clientes que lo querían mucho por todo lo que él hacía por ellos a tener diez clientes, los cuales se habían forjado en el transcurrir de las semanas de viaje, era increíble y poco entendible. Trató de calmar todo y les dijo que se pondría al frente de sus casos personalmente, aunque sabía que no podría hacerlo del todo hasta dentro de algunos días.

Cerró el computador con la intención de apartar por un momento todo lo que estaba ocurriendo. Se sentó en la cama y trató de conciliar el sueño, pero la luz que todavía entraba por la ventana no ayudaba. Se levantó, corrió las cortinas y regresó a la cama con la sensación de que el silencio del cuarto era demasiado amplio para dormir tan pronto. Tomó el celular casi por reflejo y volvió a revisar la aplicación de Muwi. Las publicaciones, imágenes y frases genéricas y pseudomotivacionales en la bitácora seguían apareciendo sin tregua alguna. Se aburrió de ver a gente que no conocía y pasó a la sección de foros. Había muchos temas de discusión, algunos interesantes, otros no tanto. Podría haberse detenido, pero varios le picaron la curiosidad, así que empezó a leer con calma.

Entre las hipótesis sobre las pistas también había discusiones sobre el viaje mismo, comparaciones entre el anime y el manga de One Piece, comentarios sobre la manera en que la gente imaginaba a los Sombrero de Paja navegando de isla en isla. José nunca había pensado demasiado en eso: en cómo otros interpretaban ese viaje, en lo que significaba para quienes lo seguían desde hacía años. Leyó varios mensajes sin prestar demasiada atención, pasando de un hilo a otro, hasta que uno en particular se quedó rondándole la mente.

La pregunta era sencilla: ¿por qué te gusta One Piece?

Entró en la discusión y empezó a leer las respuestas. Eran de todo tipo. Algunas torpes o infantiles; otras, sorprendentemente sinceras. Un usuario hablaba de la amistad. Otro mencionaba la libertad. Alguien decía que la serie le había enseñado a no rendirse cuando las cosas se complicaban. Algunos se enfocaban en el anime; otros defendían el manga con pasión, y varios hablaban del viaje como si fuera algo más que una historia: una especie de recordatorio de que siempre hay un horizonte más adelante.

José pasó varios minutos leyendo.

En algún momento abrió el formulario para responder. Escribió una frase corta; la leyó con atención y la borró. Volvió a intentarlo. Esta vez escribió de corrido, dejando que las ideas salieran sin detenerse. Cuando terminó, se quedó mirando el texto durante unos segundos, como si esperara encontrar en él algo que lo convenciera. Releyó todo otra vez y suspiró. No era exactamente lo que quería decir.

Borró la respuesta, cerró la página sin publicar nada y salió de la aplicación.

Dejó el celular sobre la mesa de noche, apagó la luz y se acomodó en la cama intentando dormir. Durante unos minutos permaneció quieto, fingiendo para sí mismo que estaba cansado, como si bastara con quedarse inmóvil para que el cuerpo aceptara el descanso. Esta vez funcionó. El cansancio del viaje, que había estado acumulándose desde hacía días, terminó por alcanzarlo.

Aquella noche durmió profundamente. Soñó que era una gota de agua que buscaba seguir el cauce del río y llegar al mar.