Capítulo 24

Foto de un secundario

Fotógrafo de espaldas bajo una tela negra usando cámara antigua frente a la iglesia Hallgrímskirkja; al fondo desenfocado una familia de tres con niña de sombrero rojo posa para la foto.
En la explanada de Hallgrímskirkja, en Reikiavik, José se detiene ante un distribuidor que utiliza una cámara antigua para entregar la pista. Mientras el viento sacude el trípode y los químicos hacen su trabajo, la espera se llena de conversación y observación mutua. Entre turistas curiosos, referencias discretas al viaje y un método fotográfico poco común, la escena transforma un trámite más de la competencia en un momento cargado de tensión y significado.

Estaban frente a frente, en la explanada amplia que se abría ante la iglesia Hallgrímskirkja. La fachada gris claro, casi hueso, bajo el cielo nublado, parecía más oscura de lo habitual. A unos metros, la escultura de Leif Erikson se alzaba firme, sacando pecho ante su heroísmo, con su hacha en mano. El viento obligaba a afirmar bien el trípode antes de soltarlo, pero no llegaba a incomodar.

José esperaba frente a la cámara. El joven distribuidor ajustaba las patas sobre la piedra húmeda y elevaba apenas la cámara de madera. Aunque ya había fotografiado a otros clientes, volvía a perder el centro exacto; corregía milímetros, respiraba, volvía a ajustar. Finalmente dejó en el encuadre la torre escalonada de la iglesia y, detrás, la figura de Leif Erikson.

—Un poco más a la izquierda. Sí. Quiero que salgan ambos —refiriéndose a la iglesia y a la estatua.

Sacó un paño del bolsillo y limpió el lente con cuidado. Luego abrió una pequeña caja metálica. Tres frascos: revelador, baño de paro, fijador. Los miró un segundo, como quien confirma una presencia necesaria, y los guardó.

—¿Le molesta si hablamos mientras preparo la toma? —preguntó en un inglés acentuado y un poco relajado.

—No.

—Entonces dígame, ¿cómo se llama usted? ¿De dónde viene?

—Soy José Rivera y vengo de Colombia.

—En Colombia se habla inglés, ¿cierto? Cuando estuve en Cartagena, había bastantes personas que me hablaban en inglés, pero también hablaban español. —Una pequeña pausa—. Pero déjeme decirle que usted lo habla muy bien.

—No, se habla español; debido al turismo, en Cartagena se habla inglés, español e incluso francés. —Otra pequeña pausa—. Y gracias, estoy practicando con este viaje. —Retomando, preguntó José—: ¿Y usted?

—Soy Thomas Kawakami. Nací en Kobe, pero soy mitad japonés, mitad australiano. A veces es más fácil decirlo así —trató de ser gracioso.

José soltó una risa breve. El viento se la llevó.

Thomas se cubrió con la tela negra. Desde afuera solo se veía su silueta inclinada, los hombros moviéndose con precisión mientras giraba perillas, regulaba el diafragma y deslizaba el fuelle hasta fijar la imagen sobre el vidrio esmerilado.

Salió un instante.

—Levanta un poco el mentón. No te muevas.

Volvió a desaparecer bajo la tela. Metió las manos por las mangas oscuras en la parte posterior de la cámara y colocó la hoja de papel fotográfico en el portaplacas. Cerró con un golpe seco.

Destapó el lente.

—Mil uno. Mil dos. Mil tres… —contó en voz baja.

Lo tapó de nuevo.

La imagen quedó atrapada, invisible.

Le hizo una seña a José para que se acercara. Inclinó la cámara y vertió el revelador dentro del compartimiento interno. El líquido recorrió la superficie con movimientos lentos y calculados. El olor químico, leve y metálico, se mezcló con el aire frío.

Thomas habló sin mirarlo.

—¿Cómo ha vivido este viaje?

José tardó en responder. Miró la iglesia. Miró la estatua. Pensó en aeropuertos, en noches sin dormir, en su trabajo, en sus amigos, en su familia.

—He sufrido más de lo que esperaba —dijo al fin—. He viajado más de lo que imaginaba. He perdido tiempo y dinero… y también he ganado claridad y libertad. He conocido personas que no habría conocido de otra forma. He tenido conversaciones que, de otra manera, no habría siquiera iniciado.

Thomas no interrumpió. Drenó el revelador. Añadió el baño de paro.

—A veces siento que estoy persiguiendo algo que no sé si existe —continuó José—. Y otras veces pienso que eso es lo de menos. Que lo importante es todo lo que pasa mientras continúo este viaje. Aunque la realidad es que vine buscando algo y hoy en día no sé si tengo claro lo que salí a buscar o si estoy equivocado. He pensado algunas cosas últimamente.

El viento se coló entre ambos. Un grupo de turistas cruzó la explanada riendo. Nadie les prestó atención.

—Creo que el viaje ya me dio cosas —añadió José—. Pero no me he sentado a interiorizarlas y no sé si quiero hacerlo todavía.

El fijador cayó dentro de la cámara.

Hubo un silencio.

A José le chocó su propia respuesta. No supo cuál de todas las frases lo había golpeado exactamente —si lo de perseguir algo inexistente o lo de no querer interiorizar—, pero algo se movió por dentro. Como si hubiera dicho más de lo que pretendía. Lo descolocó un segundo. Se quedó quieto.

Thomas levantó la vista hacia él, sin juicio, solo atento.

Sacó el negativo húmedo y lo sostuvo contra la luz gris. La iglesia aparecía invertida; Leif Erikson, cabeza abajo; José suspendido en una gama de sombras suaves.

—Yo también quería hacer el viaje como participante —dijo Thomas, todavía observando la imagen—. Estaba en Osaka cuando lo anunciaron. No podía pagarlo. Mi trabajo como fotógrafo no era suficiente. Así que busqué otra forma de entrar.

Dejó el negativo a un lado con cuidado.

—Mi padre conocía a algunas personas. Pasé pruebas, capacitaciones. Terminé aquí, entregando pistas. No es lo mismo… pero es estar dentro.

Se encogió de hombros, aunque no había derrota en el gesto.

—Al principio me frustraba no competir. Luego entendí que no todo el mundo tiene que descifrar el acertijo. Algunos sostenemos la linterna para que otros lo intenten.

José lo observó en silencio.

Thomas acomodó los frascos dentro de la caja.

—Me gustan las historias —continuó—. Amo One Piece, los acertijos, escuchar por qué alguien cruza medio mundo por algo que podría no existir. A veces intento resolver las pistas antes que ustedes. Casi nunca puedo. Esta, por ejemplo, está catalogada como cuatro de diez. Para mí era un ocho.

José sonrió.

—Lo complejo estaba en las sutilezas. Por cierto, yo llamo “poema” al texto y “pista” al lugar y al código QR.

Thomas asintió, como si archivara la definición.

Colocó el negativo frente al lente y repitió la exposición para obtener el positivo. Segundo revelado. La misma paciencia: revelador, baño de paro y fijador.

Colgó la foto junto a la de “Buggy el payaso” mientras esperaba que se secara.

—Mi abuelo me enseñó esta técnica —añadió Thomas—. Esta era su cámara. Yo la reparé antes de venir. Tenía los viáticos pagados para hacer cumplir con mi trabajo, pero preferí traerla.

Mientras hablaban, llegaban y salían turistas de la iglesia y la plaza, que lentamente se iba iluminando, debido a que las nubes empezaron a desplazarse y despejaron el cielo poco a poco.

Mediante preguntas básicas, José terminó contándole las generalidades del viaje, las ciudades que ya había visitado, su error en México, su encuentro con sus nakamas en París y su ardua tarea de crear una empresa. Thomas lo escuchó muy intrigado y feliz por esa historia, pero lastimosamente él, por contrato, no podía contarle nada, por lo menos hasta el final.

Cuando finalmente le entregó la fotografía, aún ligeramente húmeda, José vio su rostro en blanco y negro, con la iglesia y Leif Erikson detrás. Todo parecía inmóvil, ajeno al viento.

Sintió algo distinto esta vez. No era solo orgullo ni satisfacción. Era una comprensión incómoda: que quizá no necesitaba ganar para que el viaje tuviera sentido. Que tal vez lo que estaba buscando no estaba al final, sino repartido en fragmentos como ese.

No dijo nada.

Una familia se acercó y pidió una foto. Thomas repitió el encuadre; ajustó el trípode; limpió el lente.

La niña de la familia observó todo el proceso. Se quedó pasmada cuando sacó el negativo.

—La foto quedó mal. Al revés y con colores raros —le señaló.

—Aún falta la magia.

—¿Magia?

—Sí, y la magia la hacen estos —dijo él, mostrando el revelador y el fijador—. Yo solo ayudo.

La niña fue curiosa mientras el proceso se repetía nuevamente. No dijo nada, pero detalló el trabajo de Thomas, casi tanto como lo había hecho José. Unos minutos después, la niña tomaba la fotografía.

—¿Por qué es blanco y negro? —preguntó la niña.

—Porque es un proceso muy antiguo.

La niña estaba asombrada. Thomas sacó una Polaroid moderna de una maleta que tenía a sus pies.

—Pero también hablo “en color”.

Cuando la lámina salió expulsada, los tonos aparecieron lentamente. La niña comparó ambas imágenes sin decidirse. Mientras su padre pagaba las fotografías, ella le preguntó cuál era la que más le gustaba. El hombre señaló la de blanco y negro. Y antes de irse le dijo al fotógrafo:

—Me gustó más esta —mostrándole la de color— porque mi gorrito se ve muy rojo, pero esta otra tiene magia. Gracias.

Los turistas siguieron llegando. Algunos preferían esperar; otros querían inmediatez. Thomas alternaba entre la madera antigua y el plástico brillante con naturalidad.

Más tarde, cuando la explanada se despejó un poco, Thomas volvió a mirar a José.

—Si algún día nos volvemos a cruzar, quiero que me cuentes todo. Los momentos en que dudaste. Las ciudades que te cambiaron. Las que te decepcionaron. Yo te contaré lo que pueda de mi historia.

—Ojalá —dijo José, suspirando. Pensaba en si debía llegar para encontrarse en aquella posición.

—Recuerda que llegar no siempre es lo más interesante.

José negó con una sonrisa leve.

—Hablas como si supieras más de lo que dices.

—No sé nada. Solo escucho.

Un hombre mayor, que llevaba varios minutos observándolos, se acercó.

—Disculpen. ¿Ustedes son los distribuidores de la pista del viaje tras el One Piece?

El fotógrafo ladeó la cabeza, divertido.

—¿Cómo descubrió que somos nosotros? —agregó, mirando también a José, incluyéndolo en la pregunta.

El hombre sonrió levemente.

—Una foto de Buggy el payaso en sus fotos —señalando la tela—. Un pequeño logo de One Piece en el portafolio. Y… —miró la nariz roja— eso.

José soltó una carcajada involuntaria.

—Eso no es muy discreto.

El joven se tocó la nariz, teatralmente sorprendido.

—Creí que pasaba desapercibido.

El hombre negó con humor contenido.

—En Islandia, no.

Hubo un breve silencio.

—Ok, ya sabe quiénes somos —dijo el fotógrafo—, entonces tiene que cumplir una condición.

El hombre arqueó una ceja.

—¿Cuál?

—¿Quiere hacerse una foto?