Capítulo 26

Pausa volcánica

Laguna Azul geotérmica en Islandia con agua azul grisácea lechosa y vapor elevándose, un pequeño puente peatonal y un kiosco de madera en el plano medio, visitantes desenfocados al fondo y rocas volcánicas con musgo verde rodeando el elegante complejo bajo un cielo nublado.
José despierta con lluvia fina y una curiosidad que lo empuja fuera del hotel; entre termas humeantes y rocas ancestrales descubre una calma que contrasta con viejas tensiones familiares. Entre conversaciones con un guía nómada, rostros de viajeros y el vapor que oculta paisajes, siente una nostalgia indecible que lo empuja a mirar fotos, llamadas pendientes y preguntas absurdas sobre lo que realmente busca. La naturaleza parece ofrecer respuestas que no sabe aún formular.

A la mañana siguiente se despertó temprano.

Afuera, la lluvia caía muy fina, casi como una neblina suspendida en el aire: una llovizna persistente que apenas hacía ruido al tocar las ventanas del hotel. Bajó al comedor con la chaqueta puesta y las botas que había traído desde Colombia, botas que comenzaba a sospechar serían inútiles para los próximos días de expedición. Antes de que terminara el día debía comprar calzado más adecuado para el clima islandés. También le habían recomendado adquirir pantalones y camisetas térmicas, prendas imprescindibles si quería moverse con cierta comodidad en aquel frío húmedo que parecía filtrarse por todas partes.

El desayuno era sencillo, pero abundante. Sobre una mesa larga se extendían varias bandejas con pan oscuro de centeno, mantequilla salada, mermeladas de distintos frutos, huevos revueltos aún humeantes, pan dulce, café fuerte y varias fuentes de Skyr, una especie de yogur espeso que podía acompañarse con fruta y mermelada. José lo probó con un poco de granola y fruta fresca. La textura era densa, ligeramente ácida, pero muy energética, perfecta para un clima como aquel. Terminó el desayuno con una taza más de café y una galleta de avena antes de salir.

A las ocho en punto, una camioneta se detuvo frente al hotel. José ya estaba listo. Llevaba consigo su cámara Polaroid y una mochila en la que había guardado una toalla y, como buen colombiano, algunos implementos de aseo personal.

El guía se presentó como Jacobo. Era español, originario de Zaragoza, y llevaba más de diez años viviendo en Islandia. Su acento se había suavizado con el tiempo, mezclándose curiosamente con palabras en inglés e incluso con algunos términos que José supuso que eran islandeses.

—Hoy vamos a las termales —explicó mientras ayudaba a los pasajeros a subir al vehículo, cambiando de idioma con sorprendente facilidad entre alemán, español e inglés—. El recorrido será de al menos cincuenta minutos; luego tendrán entre tres y cuatro horas para relajarse y después regresaremos a la ciudad. Durante el trayecto les iré contando lo que vayamos viendo por el camino. Sé que es complicado manejar tantos idiomas al mismo tiempo, pero hoy estamos con mucho trabajo. Espero que sean comprensivos.

Dentro del vehículo ya había varios turistas: una pareja alemana, dos estudiantes franceses y una familia chilena con una niña que miraba todo por la ventana con entusiasmo, como si cada paisaje fuese una sorpresa recién descubierta.

El vehículo comenzó a avanzar. En la ciudad pasaron junto a un pequeño lago y luego atravesaron algunas calles más antes de incorporarse a la autopista. En pocos minutos dejaron atrás el entorno urbano y se encontraron avanzando por una carretera recta que cruzaba una planicie inmensa. El paisaje se abrió lentamente en campos de lava cubiertos de musgo oscuro. En algunos puntos el vapor emergía de la tierra como si el suelo respirara lentamente bajo la lluvia.

El día, aunque frío, tenía una claridad particular. La niebla cubría muchas cosas, pero aun así se alcanzaba a percibir la majestuosidad del horizonte. Más adelante tomaron una variante que los condujo hacia una especie de llanura cubierta de piedras volcánicas. Las formaciones rocosas eran majestuosas: todas se mantenían a ras del suelo, pero cada una tenía una forma distinta, como si hubieran sido esculpidas por la paciencia milenaria del viento y el fuego.

A lo lejos se distinguían algunos lagos y, en varios puntos del terreno, columnas de vapor se elevaban lentamente desde las grietas de la tierra.

Finalmente, entre la bruma, aparecieron las termales.

A José le pareció casi mágico que, en medio de tantas rocas negras y un paisaje tan primitivo, se levantara una estructura creada por el ser humano. El vapor escapaba por todas partes y la entrada era sencilla, casi discreta. Durante el trayecto, el guía les explicó algunos detalles sobre la formación de las rocas: hablaba del color, del olor mineral del aire, de la textura de la piedra volcánica. También les contó algunas generalidades sobre la isla: qué era lo bueno de vivir allí, qué podía resultar difícil y cómo el clima y el aislamiento moldeaban el carácter de quienes habitaban ese país. Intentó incluso traducir algunos chistes entre los distintos idiomas, aunque no siempre lo lograba con éxito; la familia chilena terminó tomándolo con humor y pronto se generó una camaradería inesperada dentro de la camioneta.

Les entregaron una manilla de acceso y el grupo entró al complejo. El interior era amplio e interesante. Primero pasaron por los vestidores, donde todos se cambiaron para ponerse sus trajes de baño. Después avanzaron hacia un área donde el suelo descendía lentamente hasta encontrarse con la piscina caliente. El momento de salir, por una puerta que daba acceso al exterior, fue curioso: aunque afuera continuaba lloviendo ligeramente y el ambiente era frío, el agua se sentía cálida y envolvente.

La piscina tenía ese mismo tono entre azul y gris que habían visto desde lejos. Parecía una piscina natural que brotaba desde las entrañas volcánicas de la tierra. Había puentes, pequeñas cavernas, zonas con muy poca iluminación y otras donde la luz se reflejaba sobre el vapor. El lugar estaba lleno de gente: turistas que conversaban, parejas que se tomaban fotografías, personas que simplemente flotaban en silencio, disfrutando del calor.

Se podía pasar por debajo de los puentes o caminar lentamente entre las distintas secciones de la piscina. El agua estaba realmente caliente, pero resultaba increíblemente relajante. José incluso ayudó a algunas personas a tomar fotografías y también se tomó algunas fotos. El guía había explicado que regresaría antes de la hora del almuerzo para reunir al grupo; quienes quisieran podían comer en el restaurante del complejo o regresar a la ciudad para almorzar allí, según prefirieran.

José permaneció bastante tiempo dentro del agua. La experiencia era relajante, casi hipnótica.

En algún momento, los chicos franceses lo llamaron para invitarlo a tomar una bebida. Dentro de la piscina había una pequeña barra donde era posible pedir algo mientras uno permanecía en el agua. Más tarde fueron hacia otra zona donde ofrecían mascarillas para el rostro. Allí entregaban una especie de crema mineral que los visitantes podían aplicarse en la piel, una de esas mascarillas que, según decían, ayudaban a proteger y mejorar la calidad de la piel gracias a los minerales volcánicos.

Los franceses pidieron una mascarilla blanca. José, por curiosidad, pidió una negra. No tenía idea de cuáles eran sus propiedades, y la chica intentó explicárselas en francés mezclado con algo de inglés, aunque José no dominaba demasiado ese vocabulario técnico relacionado con cosméticos. Quitarse la mascarilla fue más complicado de lo que había imaginado. Para hacerlo había que acercarse a unas tuberías por donde salía agua fría y enjuagarse lentamente hasta retirar por completo la capa de crema.

Durante la conversación, los chicos le contaron que estaban viajando para descansar antes de comenzar una nueva etapa en sus vidas. El próximo semestre empezarían a trabajar: él como abogado y ella como licenciada. Aquel viaje era, de algún modo, una despedida de la vida universitaria antes de entrar en el mundo laboral.

Después entraron en una especie de baño turco natural que había dentro del complejo. José no lo soportó demasiado tiempo y salió antes que ellos; el calor húmedo era intenso, casi sofocante. Más tarde caminaron hacia otra zona donde podían tomarse fotografías con el paisaje de fondo, siempre procurando mantener cierta tranquilidad en el ambiente.

Casi dos horas después, un poco abrumado por la multitud y el calor constante del agua, José decidió salir de la piscina. Al hacerlo sintió por un momento la tentación de volver a entrar; dudó unos segundos entre regresar o continuar afuera. Finalmente decidió que ya había sido suficiente. Tenía las manos arrugadas por el agua y, en cierto modo, la experiencia ya había llegado a su punto máximo.

Caminó alrededor del complejo y se sentó un rato frente al agua. Tomó algunas fotografías con el celular mientras observaba el movimiento del vapor sobre la superficie.

Luego regresó a los vestidores, se cambió y caminó hasta el restaurante del lugar. Allí pidió un café y se sentó cerca de una ventana. Poco a poco las nubes comenzaron a disiparse y un sol tímido apareció entre los claros del cielo, iluminando la piscina con una luz suave. Sacó su Polaroid, tomó una fotografía y se quedó observando el paisaje mientras bebía lentamente su café.

Miraba hacia el horizonte, observando a la gente, la arquitectura del lugar, la fuerza silenciosa de la naturaleza que lo rodeaba. Todo era majestuoso. Sin embargo, por alguna razón, tuvo la extraña sensación de que algo faltaba. No supo exactamente qué era. Simplemente permaneció allí, callado, sumido en un silencio que parecía más profundo que el vapor que flotaba sobre el agua.

Un rato después llegó Jacobo. Su aparición lo tomó por sorpresa, porque el guía se acercó con una naturalidad que casi lo hizo saltar de la silla al anunciarle que en media hora el grupo regresaría a la ciudad.

Mientras conversaban sobre lo que habían hecho los demás turistas, José lo invitó a tomar algo caliente. Jacobo aceptó y, aprovechando el momento, comenzó a contarle algunas cosas sobre su propia vida.

Le explicó que era español y que años atrás se había casado con una mujer irlandesa. Con el tiempo había terminado enamorándose también de Islandia. El país le había gustado tanto que decidió quedarse. Al principio trabajó en distintas cosas, pero pronto notó que el turismo estaba creciendo con rapidez, así que vio una oportunidad y decidió montar una pequeña empresa de tours. Con el paso de los años el negocio creció; incluso había traído a su hermano para ayudarle y juntos terminaron formalizando una empresa bastante sólida.

Precisamente aquel día, por ser temporada alta, tenían tanto trabajo que él mismo había tenido que salir a guiar un tour. Normalmente ya no lo hacía, pero como este recorrido era corto —apenas cuatro horas— decidió encargarse personalmente. Además, en la tarde tenía programado otro tour que consistía en un recorrido por Reykjavik.

José también le contó un poco sobre sí mismo. Le explicó que trabajaba en línea y que estaba viajando por varios lugares. Mencionó, de manera breve, que había venido a buscar a alguien y que ya lo había encontrado. Luego, con curiosidad genuina, le preguntó cómo había logrado acostumbrarse al frío, considerando que en España el clima era muy distinto.

Jacobo sonrió con una mezcla de nostalgia y humor.

—Sí, claro que hace frío —respondió—, pero el amor a veces pesa más que cualquier clima.

Finalmente, nadie del grupo decidió quedarse a almorzar en el complejo, así que todos regresaron a la camioneta para volver a la ciudad. Durante el trayecto, Jacobo continuó contando historias sobre Reykjavik: cómo había crecido durante las últimas décadas, cómo el turismo había transformado la economía del país y también el ritmo cotidiano de sus habitantes.

Algunos pasajeros dormían. Los estudiantes franceses habían cerrado los ojos casi de inmediato. Los únicos que parecían seguir atentos eran los latinos; los europeos, en cambio, preferían mirar por la ventana y tomar fotografías en silencio. La mayoría de las preguntas que surgieron durante el viaje se hicieron en español.

Antes de dejarlos en el hotel, Jacobo les recordó que se abrigaran bien para el tour de la noche. Luego los dejó frente a un restaurante que él mismo recomendó para almorzar.

José pidió un almuerzo de tapas islandesas por sugerencia del guía. Se dejó orientar por la recomendación sin discutir demasiado el menú, todavía con la curiosidad propia de quien se encuentra en un país donde casi todo resulta desconocido. Terminó ordenando Plokkfiskur, una mezcla espesa de pescado con queso que parecía más contundente de lo que imaginaba; también pidió reno curado y algo que, a simple vista, creyó que eran panqueques rellenos con carne de res. Para acompañarlo todo, eligió una cerveza fría que, a pesar del clima, resultaba agradable después de varias horas entre el vapor de las termales.

Comió con calma, observando el movimiento del restaurante y la manera tranquila en que la gente conversaba alrededor. El lugar no estaba demasiado lleno, pero sí lo suficiente como para recordar que Islandia, al menos en aquella temporada, vivía del flujo constante de viajeros que iban y venían buscando paisajes, volcanes y agua caliente en medio del frío.

Cuando terminó, regresó al hotel.

Subió a su habitación con la intención de descansar un rato. Apenas entró, se sentó sobre la cama, miró el reloj que tenía la hora de Colombia y vio que era temprano. Decidió volver a llamar a su madre. Cuando ella contestó, José comenzó a contarle algunas cosas del viaje. Le habló de la iglesia que había visitado, del viento constante que parecía no detenerse nunca, de lo extraño que le resultaba el cielo en aquellas latitudes, de las termales que había visitado esa mañana. Le dijo que le enviaría algunas fotografías. Ella, después de escucharlo con atención, le preguntó si estaba bien.

José respondió que sí, que hacía mucho frío, pero que estaba bien.

La conversación continuó durante unos minutos más. Hablaron un poco sobre cómo se sentían, aunque el diálogo tenía esa tensión silenciosa que aparece cuando dos personas quieren acercarse pero todavía no saben muy bien cómo hacerlo. A ratos parecía que ninguno sabía exactamente qué decir.

Sin embargo, al final de la llamada, su madre dijo algo que lo descolocó un poco:

—Gracias… muchas gracias por ponerme al pendiente de cómo está usted —dijo con una voz inesperadamente cariñosa—. Aunque sea difícil pensarlo, yo últimamente me había preocupado mucho por usted… a pesar de todo.

La conversación quedó suspendida en ese punto. Ambos intentaron disipar la incomodidad con excusas torpes para colgar, frases rápidas que servían como una salida elegante.

José suspiró después de terminar la llamada.

Durante unos segundos trató de ordenar sus pensamientos y recordó todo lo que había escuchado en la isla de Bermudas. Le resultaba extraño que su relación con su madre estuviera tomando esa forma nueva. Durante casi toda su vida, ese tipo de conversación entre ellos habría sido imposible.

Sin pensarlo demasiado, tomó el celular y le envió las fotografías que había tomado: las explanadas, la iglesia, el puerto, las termales, el complejo. No escribió ningún mensaje adicional. Prefería no explicar demasiado sobre el viaje; los lugares bastaban por ahora.

Dejó el teléfono a un lado y durante unos minutos se quedó mirando el techo de la habitación.

Entonces su mente volvió a una idea que lo había estado rondando desde hacía varios días.

Casi de manera automática abrió la aplicación de Muwi y entró nuevamente al foro. Buscó el hilo de conversación que había estado leyendo antes y encontró de nuevo la misma pregunta que le había estado dando vueltas en la cabeza.

¿Por qué te gusta One Piece?

José suspiró otra vez. Después arrojó el teléfono hacia un lado de la cama y se recostó.

Dormitó apenas unos minutos antes de levantarse de nuevo.

Tenía cosas que hacer. Necesitaba bajar a la ciudad y comprar ropa adecuada: pantalones, camisetas térmicas y unas botas que realmente pudieran protegerlo del frío. Jacobo había mencionado que esa noche volvería a llover y que, según el pronóstico, al día siguiente el clima sería todavía más duro.

Era mejor prepararse.