Capítulo 23

Penumbra Prolongada

Calle casi vacía al anochecer en Reikiavik, con fachadas iluminadas a ambos lados y la iglesia Hallgrímskirkja al fondo, centrada en la perspectiva. En el pavimento destaca una franja arcoíris que recorre la vía hasta la torre, bajo un cielo azul oscuro y nublado.
Entre el frío mineral de Islandia y el descenso constante de participantes en Muwi, José siente que el viaje empieza a exigir algo más que velocidad. Una iglesia imponente, un cronómetro reiniciado y una pista que parece esconderse a plena vista lo obligan a mirar con mayor precisión. En una plaza aparentemente turística, un detalle mínimo rompe la armonía y abre una posibilidad inesperada. A veces, avanzar depende de saber detenerse.

José estaba medio dormido cuando el avión tocó tierra. El golpe seco lo arrancó de su letargo y de un sueño poco reparador. Parpadeó varias veces antes de recordar dónde estaba, con el cuerpo pesado por el cansancio acumulado.

Mientras la aeronave se deslizaba por la pista y él terminaba de despertar, miró la hora y pensó que no había llamado a su madre. Fue un pensamiento genuino, casi automático. Quitó el modo avión del celular y comenzaron a entrar notificaciones de mensajes y correos, pero decidió no atenderlos. En lugar de eso, se acomodó en la silla y observó el pasillo, que poco a poco se llenaba de personas que se levantaban antes de tiempo para organizar su equipaje de mano.

Eran las ocho y media de la noche. No estaba tan tarde como había imaginado.

Ya más despierto, revisó el teléfono. Usaba poco las redes sociales; apenas para enterarse de asuntos de sus amigos y del mundo, por mera costumbre. No encontró nada relevante. Abrió entonces la aplicación de Muwi. Volvió a ver la foto de Alexis y Malaya en París, frente a la Torre Eiffel; pasó por algunas imágenes sin detenerse demasiado y fue directo a la sección de estadísticas.

No recordaba cuándo había consultado la cuenta por última vez. Quedaban algo más de once horas para empezar la búsqueda de la pista. El margen era suficiente, aunque había querido ir a las termales antes de comenzar. Pensó en el encuentro con Alexis y Malaya y reconoció que había sido reparador; simplemente estar con ellas había bastado.

Deslizó el dedo hasta el número de participantes activos: 12.402. No necesitaba mayor precisión para entender el ritmo del viaje en el que estaba. La reducción era constante, visible.

Mientras los pasajeros se levantaban y tomaban sus pertenencias, José intentó recordar la cifra anterior. Sabía que había estado entre 13.000 y 14.000, aunque no con exactitud. Trató de ubicar el momento en que la había visto —si el día anterior o en el aeropuerto de Miami—, pero lo único claro era que, en menos de tres días, habían salido del viaje alrededor de 2.000 personas. Esa constatación lo inquietó más de lo que quiso admitir.

Fue de los últimos en abandonar el avión, después de tomar su maleta del compartimiento superior. El vuelo había estado casi lleno, y ese tiempo extra le permitió dimensionar la brutalidad, lo despiadado del viaje en el que se había embarcado. Sin saber por qué, le atravesaron la mente las últimas palabras de Alexis en París: Viaja más lento.

Descendió por las escaleras y avanzó por los pasillos casi al final de la fila. La terminal, a esa hora, parecía tener poco movimiento. Siguió los letreros hasta la banda transportadora y esperó apenas unos segundos antes de ver su maleta rodar hacia él. Solo entonces recordó que había cambiado de vuelo a última hora y que, en París, no consideró realmente la posibilidad de perder el equipaje. La aerolínea le había asegurado que lo trasladarían de forma interna, y decidió confiar. Sentir la maleta en la mano le produjo un alivio discreto: al menos tendría ropa limpia para el viaje.

La sensación fue suficiente para querer documentarla. Al salir del área de equipaje vio el cartel de “Welcome to Iceland” y pidió ayuda para que alguien le tomara una foto con la Polaroid y otra con el celular. La primera sería para el diario, junto a la imagen de París con las chicas; la segunda, casi con la misma pose de alivio y la maleta en la mano, la subiría a la bitácora de Muwi para contarles que había recuperado el equipaje. Ambas le habían preguntado por la maleta cuando supieron que cambió el vuelo de la forma en que lo había hecho.

Siguió a los pasajeros que también venían de París hasta migración, todavía con los números rondándole la cabeza. El agente le preguntó cuánto tiempo pensaba quedarse y si tenía hotel. José respondió que, como máximo, cinco días; que aún no lo tenía del todo definido y que necesitaba llegar al alojamiento en la ciudad. Le indicaron salir por el este, caminar hasta la parada y tomar el Flybus, aunque también podía optar por un taxi; ambas opciones eran seguras. Cuando le preguntaron si pensaba conducir, respondió que no.

Aprovechó para pedir recomendaciones rápidas de comida. El agente le sugirió probar Plokkfiskur y Kjötsúpa, deletreándolos porque José no entendió los nombres, y también mencionó los perros calientes. Preguntó además por ropa adecuada para el frío; le indicaron que en el centro encontraría una marca apropiada, aunque a esa hora las tiendas del aeropuerto ya estaban cerradas. Le desearon suerte con el clima.

Antes de salir, cambió algunos dólares a coronas islandesas, sin estar seguro de si realmente necesitaría efectivo.

El nombre Keflavík le resultó agradable. Se tomó un par de selfies y se las envió a su madre, avisándole que había llegado y que luego la llamaría. Por alguna razón tenía ganas de hablar con ella.

Al atravesar las puertas automáticas, el frío lo recibió con una firmeza limpia, casi mineral. La noche islandesa no era ruidosa, sino amplia. Pensó en la ducha caliente del hotel y dudó un instante ante el contraste entre el vapor y ese aire cortante, aunque sabía que la quería. Se ajustó la chaqueta y avanzó, consciente de que necesitaba una más abrigada; el frío era intenso y las tiendas ya estaban cerradas.

Salió por la zona este y cruzó el estacionamiento iluminado por luces blancas dispersas, con el mapa del hotel abierto y la ruta del bus en la página de la empresa que conectaba el aeropuerto con el centro de Reikiavik. El trayecto tomaba alrededor de cincuenta minutos, aunque a esa hora la carretera solía estar despejada.

En el autobús, sentado junto a la ventana, observó la oscuridad extendida en planos bajos y abiertos. No había grandes siluetas, apenas la insinuación del terreno y algunas luces lejanas suspendidas en la nada. El paisaje no pretendía impresionar; simplemente estaba ahí, vasto y frío.

Volvió a abrir la aplicación, más por hábito que por urgencia. Once horas. Esperaba dormir al menos ocho. Pensó también en esa lógica del viaje que eliminaba participantes con una regularidad casi mecánica, y en lo estrecho que resultaba el margen para continuar en ese viaje que había comenzado a pensar que debía llamar “La aventura de mi vida: en búsqueda de la libertad”. Suspiró y cerró la aplicación sin dramatismo.

Poco después, su madre respondió que podría hablar en un par de horas; estaba en la calle y no podía atender. Recordó que en Colombia eran cerca de las cuatro de la tarde y decidió llamarla al llegar al hotel, antes de dormir, para dar un parte que nadie le había pedido, pero que él quería dar.

El autobús se internó en la ciudad y las luces comenzaron a agruparse a lo largo de las calles. Se alojaría en un hotel ecológico, a unos diez minutos a pie de la plaza de Hallgrímskirkja, la iglesia que el poema señalaba con una claridad casi directa.

Descendió en la terminal del centro y el frío volvió a envolverlo. Ajustó el paso y caminó por calles tranquilas, de fachadas bajas y colores apagados. A lo lejos, la silueta de la iglesia se alzaba como una formación de piedra esculpida por el viento. La miró apenas, sin concederle demasiada importancia, más atento a resguardarse del clima.

La maleta rodaba detrás de él mientras medía distancia, tiempo y pulso. La ciudad transmitía tranquilidad sin llegar a ser acogedora; no era hostil, pero tampoco cómoda. Aun así, resultaba hermosa, y pensó que le gustaría verla de día. El frío y el viento acentuaban una sensación de aislamiento y lentitud, como si el mundo se hubiera reducido.

Llegó al hotel cuando empezaba a llover suavemente. Hizo el registro, pagó, entró a su habitación, se duchó y se vistió para dormir. Llamó a su madre; hablaron diez minutos en el tono habitual, directo y concreto, casi como un reporte. Sin detalles innecesarios, sin efusividad, pero esta vez sin carga.

Programó la alarma para las seis de la mañana y se acostó. Se quedó dormido casi de inmediato, envuelto en una penumbra prolongada que no sabía si atribuir al cansancio, al frío o a la persistencia de aquellas palabras que aún resonaban: Viaja más lento.

A la mañana siguiente bajó al área común del hotel con la sensación de haber dormido más de lo que esperaba. El reloj marcaba poco después de las siete y, aunque el cuerpo todavía arrastraba algo de peso, la mente estaba despejada. Pidió un café; pagó por él una cifra que le pareció desproporcionada y, aun así, lo sostuvo entre las manos como si fuera una pequeña fuente de calor legítimo. Eran casi las nueve de la mañana cuando terminó de beberlo y no se sintió listo para salir al frío, por lo que pidió otro.

Mientras esperaba el cambio, abrió la aplicación casi por reflejo. El cronómetro había llegado a cero. En su lugar, uno nuevo contaba hacia atrás: sesenta horas —aunque ya iba por cincuenta y ocho— para que los participantes lograran llegar. El tiempo importaba, sí, pero a esas alturas correr resultaba absurdo. Ya no dependía de la velocidad, sino de la precisión. Respiró hondo y decidió llevarlo con calma.

Tenía que llegar a Hallgrímskirkja, pero no tenía afán.

Salió con el vaso humeante de su segundo café para comprobar que, en efecto, era de día. Había leído que había épocas en las que no amanecía, pero aquella mañana el cielo estaba completamente nublado, una capa gris uniforme que parecía apoyarse sobre los tejados. Hacía frío, un frío constante que no hería, pero tampoco cedía. No llovía, y eso bastaba para considerarlo una ventaja, por lo menos para aquella época del año.

Había pedido recomendación de ropa adecuada para el clima, pero no había tenido tiempo de comprarla; se había limitado a usar lo que tenía, con la esperanza de que fuera suficiente. La chaqueta que llevaba no era lo suficientemente abrigada, por lo que la prioridad era comprar una más adecuada. Caminó unas calles hasta encontrar una tienda de ropa de montaña que estaba a punto de abrir. La transacción fue rápida, sin demasiada interacción. La vendedora le mostró varias opciones; él eligió la más abrigada, rompeviento y resistente al agua, y pagó sin regatear. Salió con la nueva prenda puesta, sintiendo que ahora podría soportar el clima sin problemas, aunque el frío seguía siendo intenso. Dos minutos después, volvió a entrar por unos guantes.

Se encaminó hacia la iglesia sin prisa. La fachada se imponía con esa verticalidad mineral que parecía más geológica que arquitectónica. Frente a ella, la estatua de Leif Erikson vigilaba la plaza con gesto firme. José había investigado algo: que era un explorador vikingo que había llegado a América antes que Colón y que la estatua era un homenaje que Estados Unidos le había hecho por la conmemoración de los mil años de la fundación del Alþingi, el parlamento más antiguo del mundo. Había sido un punto crucial para descifrar el poema. Más allá de eso, le encantaba la idea de que un explorador vikingo estuviera allí.

Entró a la iglesia que, según él, tenía una puerta muy sosa frente a la majestuosidad que representaba.

Se escucharon campanadas que descendieron desde lo alto, graves y medidas. Había muchas personas sentadas en los bancos; otras más observaban el órgano de fabricación alemana. José, sin saber de arquitectura, sintió placer visual al notar cómo se adaptaba a la estructura de la iglesia. La paz y el silencio que transmitía el lugar le resultaron suficientemente confortables. Se sentó junto a feligreses que acababan de salir del servicio y curiosos que entraban y salían del templo. Observaba a su alrededor sin una intención clara; dejó que el tiempo pasara. Cuando el cuerpo comenzó a calentarse por la inactividad, inició la búsqueda de alguna librería portátil, algún puesto discreto, algo que pudiera contener una pista evidente. Recorrió el interior con discreción, pero no encontró nada.

Sin demasiadas ganas, y empujado por el frío, salió de nuevo a la plaza.

Poco a poco empezaba a verse más movimiento: turistas, familias, grupos de amigos que se fotografiaban frente a la fachada. Alguna idea comenzó a tomar forma en su cabeza, pero se obligó a no dispersarse. Tenía que enfocarse en encontrar la pista.

Fue entonces cuando notó a los fotógrafos. Había un par distribuidos en distintos puntos de la plaza, ofreciendo retratos instantáneos a los visitantes. José los observó uno por uno con atención metódica. Analizó sus equipos, sus mesas, los accesorios que exhibían. Solo uno tenía algo que rompía la armonía del conjunto. A un costado, un hombre trabajaba con una cámara antigua montada sobre trípode, al igual que los demás. La cámara estaba parcialmente cubierta por una tela oscura. El fotógrafo entraba y salía de ella con movimientos precisos: primero ajustaba el encuadre, luego explicaba a una familia cómo colocarse; volvía a cubrirse la cabeza, hacía una pequeña corrección y reaparecía para dar nuevas indicaciones.

Frente a él, una estructura sencilla sostenía una tela amplia de la que colgaban múltiples fotografías sujetas con pinzas. Eso era lo diferente. El viento las movía apenas. Entre ellas había retratos, paisajes y también varias revistas de National Geographic con Islandia en la portada.

José recorrió las imágenes con la mirada hasta encontrar algo que pudiera tratar como una referencia. Y ahí estaba; entre las fotografías colgadas estaba “Buggy el payaso”, de One Piece.

No reaccionó. Solo registró el dato.

Esperó a que el hombre terminara con la familia. Observó cómo entregaba la copia aún fresca, cómo reorganizaba el trípode y volvía a cubrir la cámara con la tela oscura. Cuando el pequeño grupo se dispersó, se acercó.

Preguntó cómo funcionaba el aparato. No era una excusa: realmente quería saberlo.

El fotógrafo explicó que debía aislar la cámara de la luz para no velar la imagen. Colocar la placa por detrás, retirar la protección unos segundos, volver a sellar. Un procedimiento manual, lento, casi ritual. A José le fascinó esa precisión antigua en medio de tanto dispositivo automático.

—¿Podría tomarme una foto? —preguntó y luego añadió con naturalidad —A mí también me gustan los payasos.

El fotógrafo sonrió levemente.

Se inclinó una vez más bajo la tela. Ajustó. Midió. Salió. En ese momento, ya sin la concentración técnica en el rostro, parecía distinto. Llevaba gafas. Y, cuando terminó de acomodar algo en el bolsillo de su abrigo —gesto que José no percibió con atención— apareció con una pequeña nariz roja perfectamente colocada.

José soltó una risa breve.

Se acercó un poco más y, en voz baja, como quien comparte una teoría que no necesita defensa, susurró:

—Tengo la teoría de que él va a ser el primero en encontrar el One Piece.

El hombre, de rasgos asiáticos, sostuvo la mirada un segundo y luego se rio con una complicidad limpia. —Yo también lo creo. Así como usted, y ese héroe vikingo que está allá —señaló la estatua de Leif Erikson—, espero que sea el primero en llegar