Capítulo 1

La Noticia

Poneglyph Rojo en medio de la ciudad donde se lee: “¿Los sueños de la libertad? ¡Si los anhelan, búsquenlos! Están al alcance de todo aquel con el valor de vivir sin cadenas. No se hallan en un solo lugar, sino en todo el mundo, esperando a los dignos que los tomen y los vivan intensamente”.
José descubre en internet un misterioso comunicado sobre un evento mundial inspirado en One Piece: una búsqueda del tesoro real que promete revelar un capítulo secreto del manga. Entre la incredulidad y la emoción, comparte la noticia con sus amigos, quienes descartan la idea por imposible. Sin embargo, para José, el mensaje despierta algo más profundo: el deseo de romper con su rutina y reencontrar su libertad.

La noticia apareció en la pantalla como un relámpago. No estaba en un gran portal, sino en una de esas páginas que rara vez recibían visitas masivas. El titular lo golpeó con fuerza: “Comunicado en más de 30 idiomas sobre un capítulo oculto de One Piece”. Era una página escaneada de una revista japonesa. Solo se mostraba el texto en japonés e inglés, y se notaba que la habían recortado.

La imagen tenía un apartado que traducía el texto: “…con el valor de vivir sin cadenas. No se hallan en un solo lugar, sino en todo el mundo, esperando a los dignos que los tomen y los vivan intensamente.”

El texto era simple, directo, recortado, casi poético, recordando a las últimas palabras de Gol D. Roger cuando mandó al mundo a buscar su tesoro.

José Rivera lo leyó una y otra vez. Apenas podía concentrarse. Lo compartió de inmediato en su grupo de amigos, los viejos compañeros de universidad con quienes aún discutía teorías absurdas hasta las dos de la mañana.

—¿Será verdad? —preguntó en el chat.

Las respuestas no tardaron en inundar la pantalla. “¡Esto no puede ser real!”, “¿Un comunicado en treinta idiomas? ¿Por qué harían algo así?”, “¿Será una especie de broma global?”, “¿Y si realmente están escondiendo algo?”, “¿Alguien revisó si la revista existe de verdad?”, “¿Y por qué justo One Piece?”, “¿Qué significa eso de que no se hallan en un solo lugar?”. Todo era duda e incertidumbre.

Durante algunos minutos, José navegó entre foros, redes y páginas sospechosas. Y entonces apareció en el sitio oficial de la revista, brillando, el anuncio que lo confirmaba todo. Frente a él, una lista de enlaces, cada uno con el nombre de un idioma distinto. José se quedó inmóvil unos segundos. Sintiendo cómo la emoción le subía por el pecho y pasando saliva, José eligió el enlace en español.

Había un texto en rojo, lo leyó:

“¿Los sueños de la libertad? ¡Si los anhelan, búsquenlos! Están al alcance de todo aquel con el valor de vivir sin cadenas. No se hallan en un solo lugar, sino en todo el mundo, esperando a los dignos que los tomen y los vivan intensamente.”

Hola queridos lectores,

A partir del siguiente mes se llevará a cabo el lanzamiento de un evento muy especial y de gran importancia. Un capítulo “secreto” de One Piece será revelado a lo largo de los próximos seis meses. Esta decisión nace en el marco del inminente final de la obra, y de la necesidad de tomar un breve descanso. Será un parón similar al TIME SKIP, pero con una diferencia crucial: esta vez, la aventura no se queda en el papel, sino que viaja hacia ustedes, nuestros lectores, quienes han acompañado este viaje durante tantos años.

La dinámica es sencilla pero desafiante: cada dos semanas, en una revista de algún país del mundo, se publicará un código único. Su misión será reunir los 12 códigos para poder desbloquear el capítulo secreto. Este evento busca trasladar la esencia de la obra al mundo real: vivir la aventura, buscar la libertad y demostrar el espíritu de los verdaderos piratas.

En los próximos días anunciaremos el punto de partida.

Mi deseo más sincero es que quienes puedan permitírselo se lancen a este viaje y revivan lo que significa aventurarse, luchar por un objetivo y, finalmente, acercarse al verdadero sueño de One Piece.

Pero atención: requerimos piratas aguerridos. Cada pista será controlada, y los códigos serán únicos e intransferibles, para evitar trampas o corrupciones que degrade y rompan la experiencia. Les pedimos fidelidad a los principios que la obra siempre ha transmitido.

Los valientes que lleguen a la meta después de una semana posterior a la revelación del último código serán reconocidos como ganadores de esta travesía.

Tener en cuenta:

Para aquellos lectores que, por cualquier motivo, no puedan participar en esta aventura, deberán esperar a que los valientes piratas concluyan su viaje, por lo cual no habrá capítulos del manga hasta que finalice el evento. Un mes después, la historia retomará su curso como siempre lo ha hecho. Por mi parte, no dejaré de trabajar: quiero que la obra les entregue el mejor desenlace posible.

Un saludo afectuoso, y mis mejores deseos en la decisión que tomen.

Eichiiro Oda

Quedó pasmado, con la boca abierta, sin saber qué pensar ni qué decir; solo podía tragar saliva. Si antes tenía dudas, ahora eran aún mayores. Leyó el comunicado un par de veces más. Primero creyó comprenderlo, luego pensó que debía ser una broma, y aun así todo seguía siendo confuso.

“¿Me estás diciendo que van a hacer una ‘búsqueda del tesoro’ alrededor del mundo?”, “¿Serán 12 ciudades diferentes?”, “¿Que quienes encuentren los códigos podrán acceder a ese capítulo?”, “¿Estás loco, Oda?”.

Solo en la oscuridad de su habitación, José empezó a gritar, a reír, a burlarse de sí mismo y a perder la cabeza. Aquel mangaka estaba completamente desquiciado: había trasladado la búsqueda del One Piece a la vida real. Era increíble que una idea así pudiera salir de una sola mente. La concepción del proyecto era absurda, casi imposible, pero con la tecnología actual y el flujo de personas alrededor del mundo, todo parecía factible.

El reflejo de la pantalla le mostró su propia silueta, cansada, iluminada solo por la luz del monitor. Giró la cabeza hacia la esquina donde antes estaba el espejo de cuerpo entero que usaba su exesposa. Lo había quitado el día que ella se marchó, pero el hueco seguía ahí, como una herida muda. Sintió un impulso y buscó su contacto en el celular. Escribió un mensaje breve: “¿Has visto esto?”. Pero no lo envió. Sabía que si lo hiciera, ella lo leería como siempre: el niño inmaduro que una vez había sido. Cerró la aplicación y respiró hondo.

Unos minutos después, quiso asegurarse de no estar perdiendo la cabeza, así que decidió hacer una llamada grupal con sus amigos. Tan pronto se conectaron, la conversación se desbordó como una ola imparable.

—¿12 códigos? —preguntó el entusiasta, riendo—. ¿Van a estar repartidos por todo el mundo?

—¿Y están en todos los idiomas? —interrumpió el escéptico, con una sonrisa nerviosa—. ¿O se están burlando de los que hablamos español?

—El texto en inglés, japonés y alemán son el mismo—dijo el práctico, sorprendido.

—Yo lo revisé y en francés también aparece —agregó la pensativa, señalando la traducción.

—Y yo lo traduje con IA del ruso, ¡y es exactamente lo mismo! —exclamó el fanático, casi gritando de emoción.

—¿Uno tendría que viajar a cada país? —preguntó el escéptico, levantando las cejas.

—¿Y cómo controlarán que los códigos sean únicos? ¿Serán pistas imposibles? ¿Podremos ir en equipo? —dijo el entusiasta, saltando de emoción.

—¡Y el capítulo secreto! ¿Qué contendrá? ¿Conoceremos al mangaka? —añadió el fanático, casi atropellando palabras.

El frenesí no paraba: discutían rutas, estrategias, tiempos de viaje, el flujo de personas en cada ciudad, la dificultad de las pistas, el idioma de los códigos, incluso el orden de los países.

—¡Sería muy interesante ir! Imagínense la aventura, vivirlo en persona, recorrer el mundo… —gritó José, contagiado por su propia emoción.

—Sí, pero ¿cuánto costaría algo así? Transporte, alojamiento, revistas… es imposible —dijo el práctico, frunciendo el ceño.

—Y no todos tienen tiempo para dejar sus trabajos o familias —añadió el escéptico—. Esto es un sueño imposible.

—Estás soñando José —soltó el pensativo con un suspiro.

—Un manga no vale la pena —añadió con seriedad el escéptico.

—Tocará esperar casi siete meses: seis de búsqueda y uno adicional para el capítulo —comentó el práctico con voz de incredulidad.

—No tenemos dinero, y habrá gente con dinero que podría llegar antes —dijo el fanático, con tono serio.

—Sería una locura ir tras esa “aventura”, no sabemos nada, ni cómo será cada pista —remató la pensativa, encogiéndose de hombros.

Uno compartió pantalla y abrió una hoja de cálculo, intentando sacar cuentas superficiales. Minutos después llegó la cifra: un presupuesto que superaba por mucho lo que José había ahorrado en toda su vida.

—Con eso te podrías comprar un carro nuevo —comentó el práctico, medio en broma, medio en serio.

—O perderlo todo en pasajes y hostales de mala muerte —remató el escéptico, entre risas.

—Hace años habría sido capaz de hacerlo —dijo el fanático, suspirando—, pero ahora las responsabilidades no me lo permiten.

—Yo igual —asintió el entusiasta—. Incluso, aun antes, ¡el costo era imposible! —todos afirmaron con un murmullo de acuerdo.

—Sin contar la logística, movilizarnos, dinero, juventud… —dijo la pensativa, con una sonrisa cansada.

—Cierto —respondió el práctico—. Además, pensar en todos los detalles… — da un suspiro— ¡pero aun así la idea es increíble!

—La verdad sí —añadió el escéptico, pensativo—. ¿Cuántos locos lo intentarán?

—Muchos —dijo el fanático, riendo.

—¿Fans o gente con dinero únicamente? —preguntó el entusiasta, divertido. ¿Será que alguno de esos patrocina el viaje por ayuda?

—Quien sepa mucho de One Piece hoy, podrá vender su conocimiento —intervino la pensativa con una risita—. Nosotros solo sabemos hacer teorías de mierda… Aunque esta ni siquiera estaba en nuestro catálogo.

Hubo una risa colectiva que llenó la pantalla de alegría y complicidad.

—Bueno, adiós —dijo el práctico entre carcajadas—. Sueñen y piensen en un plan: quién sabe, tal vez logren conseguir el One Piece antes de siquiera salir a buscarlo…

—Éxitos y descansen —respondieron todos al unísono, despidiéndose con risas, comentarios sueltos y un último guiño a la aventura que los unía.

José colgó la llamada y se quedó solo en la penumbra de su cuarto. La emoción aún burbujeaba en su pecho, mezclada con la soledad que le recordaba el hueco del espejo. Pero esta vez, el vacío no era doloroso: era la antesala de su próxima aventura. Necesitaba moverse, sacudir la cabeza y sentir el mundo más allá de su habitación. Cerró el portátil y decidió salir a despejarse.

La noche estaba fresca, y caminó sin rumbo fijo por calles casi vacías hasta llegar al parque. Se quedó observando a los perros callejeros que corrían sin correa, libres y ligeros, mientras él se sentía pesado, atrapado en sus propios pensamientos. Su rutina de freelance era irregular: madrugaba para revisar correos, trasnochaba ajustando entregas de última hora, prometiéndose a sí mismo que la próxima vez cumpliría los horarios y objetivos, aunque rara vez lo lograba. Se levantaba para salir a correr, regresaba con el cuerpo agotado y, al día siguiente, planeaba otra jornada intensa que muchas veces terminaba incumpliendo.

Estuvo sentado un rato en un banco, observando la quietud de la noche, y luego decidió regresar a casa. Mientras avanzaba por los senderos, la idea del evento lo embargaba con fuerza. La noticia hablaba de un tiempo determinado, de ciudades repartidas por todo el mundo, de un viaje que no era solo físico, sino simbólico. Se imaginó con una mochila al hombro, un portátil en el bolsillo y el pasaporte sellado en países que jamás había visitado. Sus matemáticas no eran brillantes, pero en alguna ocasión se había planteado viajar por el mundo, por lo cual, ya había calculado que podría sostenerse unos meses viajando de mochilero, trabajando como freelance en el camino, por lo cual, tenía presente un costo tentativo para aquella locura.

Su vida hasta entonces había estado marcada por la frustración. Llevaba dos años desempleado a pesar de su título universitario como Desarrollador de Software. Sobrevivía con trabajos de medio tiempo como freelance que apenas cubrían lo justo. Se había divorciado, su madre no lo apoyaba, y su hermano, que de vez en cuando le ayudaba, vivía lejos. Se sentía solo, manteniéndose a flote casi por inercia, aunque jamás había tenido pensamientos negativos sobre su propia vida; simplemente aceptaba su situación y seguía adelante, buscando pequeñas certezas en medio del caos cotidiano.

Sentía que, dentro de una empresa, no era más que un engranaje reemplazable, sin voz ni rumbo. Esa amargura lo corroía desde hacía tiempo; no quería ser un número en la nómina de nadie. Por eso admiraba tanto a Luffy, el protagonista de One Piece: no porque quisiera ser “rey” en el sentido clásico, sino porque ser rey significaba ser libre. Libre de yugos, libre de sistemas, libre para elegir.

José comprendía mejor que nunca lo que eso significaba para él. También él buscaba libertad: no la de los mares infinitos, sino la de su propia mente y cuerpo, encerrados en rutinas y temores. La terapia lo había ayudado a nombrar sus miedos: miedo a estar solo, miedo a no valer, miedo a quedarse atrapado en una vida que no quería. Pero también le había permitido reconocer sus anhelos: correr en las mañanas, sentir el aire fresco, escapar de los ruidos que lo aprisionaban, creer que aún podía encontrar su propio rumbo.

Miró el celular y vio que eran las 00:12. Su número favorito. El doce le hizo sonreír por alguna razón inexplicable. Doce países, doce códigos, quizás doce páginas de un capítulo decisivo. Como si el destino le guiñara un ojo.

José se preguntó: ¿y si realmente se uniera a esa búsqueda? La emoción le latía con fuerza, mezclada con miedo y expectativas. Sabía que sería difícil, que implicaría sacrificio y planificación, pero también que era la primera vez en años que sentía algo tan vivo, tan suyo, tan inaplazable.

Al llegar a casa, la emoción lo acompañaba, ligera, alegre, sin alterar su calma habitual. La aventura que, antes parecía un sueño imposible, ahora parecía un desafío que podía intentar, y por primera vez en mucho tiempo, se sintió capaz de dar el primer paso.

Volvió al computador y revisó nuevamente el comunicado. Lo leyó una y otra vez, casi como buscando un error, un indicio de que todo esto era un truco. Pero nada lo desmentía. Con un suspiro, tomó un cuaderno y abrió una página en blanco. En letras grandes escribió: “Mi propio One Piece”, y debajo, en más pequeñas: “Mi libertad”.

Esa noche, en lugar de trabajar en el software que un pequeño negocio le había encargado, dejó que la pluma hablara por él. Tituló la primera hoja con una pregunta: “¿Qué debo hacer?” y empezó a anotar lo que se le ocurría, de manera improvisada: releer el manga completo, repasar capítulos clave, sumergirse en teorías de Reddit y foros, decidir si ir solo o buscar nakamas (la palabra japonesa para compañeros), preguntarse si sus amigos estarían dispuestos, y recordó que ellos ya habían decidido: No irían. Tenían demasiado que perder. Él, en cambio, ya había perdido bastante, y quizás la verdadera pérdida, para él, sería quedarse quieto. Luego anotó otra pregunta: ¿Valdrá la pena arriesgarlo todo por esto? Con un poco de duda, escribió: “Sí”.

Se detuvo un momento y se quedó mirando la hoja. La magnitud de la decisión lo golpeaba con fuerza. Era dura, compleja, llena de riesgos. Pensó en pedirle dinero prestado a su hermano, aunque eso implicaría explicaciones que no quería dar. Se preguntó cómo organizaría su trabajo freelance desde el camino, si el internet de algún hostal perdido en Asia le alcanzaría para cumplir con los clientes pequeños.

Pero, sobre todo, pensaba en el tesoro. ¿Era real? ¿Sería un truco publicitario? José se imaginó a sí mismo como protagonista de su propia aventura: un hombre que lo había perdido casi todo, encontrando refugio en la familia simbólica de los Sombrero de Paja. Un viaje que no era solo por un manga, sino por la posibilidad de redescubrirse.

El evento, tal como lo describía el comunicado, sonaba a algo imposible: un último capítulo secreto, dividido en páginas escondidas en revistas pequeñas, culturales y fanzines olvidados en librerías de segunda mano. No en las grandes cadenas, sino en rincones ocultos del mundo, como si el propio Oda —o una versión imaginaria de él— hubiera querido tender un puente directo entre la ficción y la realidad.

Volvió a escribir, casi en voz baja: trabajar mejor, elegir clientes más serios, ahorrar lo poco que pudiera, preparar un plan mínimo. Y si todo fallaba, siempre podría recurrir a su hermano como último salvavidas.

La idea del viaje ya no era un sueño: era un llamado. José lo entendía mejor que nunca. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que su vida tenía dirección. No sabía si encontraría un tesoro, si completaría el juego, si el autor había planeado todo como una gran broma. Lo único que sabía era que, como Luffy, estaba dispuesto a lanzarse al mar, sin mapa, pero con la certeza de que cada paso lo acercaría a su propia libertad.