Siguiente paso, volver a casa
A la mañana siguiente, José despertó antes del amanecer. Su idea inicial era ir a “Cráter Azul”, pero algo dentro de sí le susurró que debía descansar aquel día. Era, en el fondo, su manera inconsciente de admitir que le daba pereza embarcarse en algo tan aventurero.
Aun así, salió a caminar. Bajó por unas calles silenciosas hasta un pequeño puerto donde varias personas desenrollaban redes. José asumió que eran pescadores. El sol aún no despuntaba por completo, y poco a poco se acercó a ellos. Preguntó si desde allí podía verse bien el amanecer; le respondieron que no era el mejor punto, pero que la vista valía la pena.
Se sentó a su lado. Los hombres, curiosos, quisieron saber de dónde venía y qué hacía allí. José explicó que buscaba recomendaciones de comida local; ellos insistieron en que debía probar el desayuno chapín, las enchiladas, los rellenitos y los tamalitos de chipilín. Uno mencionó un restaurante donde vendían pescado con guiso, y remarcó que parte de la carga que traían esa madrugada terminaría allí. Después la conversación derivó en un debate animado sobre cuál pescado era más sabroso: el capturado de noche y reposado, o el mañanero directo a la sartén. Tampoco faltaron las discusiones sobre quién había conseguido el mejor ejemplar en el grupo.
Entre bromas y relatos de faenas en el lago, invitaron a José a unos rellenitos con café. Hablaron de Guatemala, de Colombia, de fútbol, de noticias y —como si fuera inevitable— de mujeres. Aquellos hombres trabajadores, algunos ya cerca del retiro, provenían de una crianza distinta a la de José, de realidades que contrastaban con la suya. Le contaron, orgullosos, que Guatemala era el país de “la eterna primavera” y que poco tenían que envidiarle a Colombia. También hablaron del conflicto, de que ellos trabajaban por la paz aunque no podían cambiar lo que decidían los altos mandos ni los grupos que violentaban a su propio pueblo, y mostraron empatía hacia la situación colombiana.
Por supuesto, hablaron del café, y terminaron rindiéndose ante el colombiano. José aceptó que era muy bueno, pero que no podía catalogarlo como superior al de ellos.
—Entonces devuélvame esa taza, señor Modestia —bromeó uno, provocando la risa general.
José sintió un calor familiar en el pecho, esa sensación de descubrir que uno está entre amigos incluso en tierra ajena. Se percibió orgulloso y humilde a la vez: feliz por el reconocimiento hacia su país y agradecido por el cariño detrás de las bromas. Mientras conversaban, el amanecer brotó sobre el lago. Los rosados y naranjas incendiaron el horizonte, impregnando el aire de una quietud que José necesitaba. Se aferró a ese instante: un pequeño respiro ante la tensión y la soledad que el viaje a veces imponía.
Nunca supo cuál era el horario real de pesca de aquellos hombres, pero permanecieron con él hasta que el sol, ya alto sobre las copas de los árboles lejanos, empezó a quemarle los ojos.
Al regresar a la habitación del hostal, se dejó caer en la cama, recordando el café que había tomado. Suspiró, sintiendo una paz profunda.
Ahora que estaba despierto, tenía dos opciones: ponerse a trabajar —llevaba un par de días sin avanzar en nada— o revisar la pista que había encontrado. El hecho de que no lo hubieran llamado era, en teoría, una buena señal: significaba que sus clientes estaban funcionando solos.
Se quedó mirando el termo de agua que Sara le había regalado. Odiaba admitir la idea que ella le había implantado. Lo hacía dudar, pero también aceptar que, por puro ego, había querido alejarse más de lo necesario de sus consejos. Con una pausa leve y cierta incomodidad, le concedió la victoria: aquel era su momento, su viaje, sus vacaciones. Significaba demasiado como para arruinarlo por culpa, compromiso o por el resentimiento que todavía sentía hacia ella. Aunque doliera recordar sus palabras de juicio, aceptó que era momento de enfocarse. Podría hacerlo. Creyó en sí mismo más de lo que creía en esas ideas hirientes y ajenas.
Si necesitaban algo realmente importante, lo llamarían.
Suspiró.
Tomó su celular y abrió la aplicación. En la red social de Muwi ya había movimiento: gente nueva en el aeropuerto. Alessandro —el italiano que había conocido días atrás— viajaba hacia otro destino. Reconoció algunas caras: sobrevivientes de la pista de Flores, Guatemala; otras no le sonaban, y tres o cuatro las había visto en la primera pista, en Cartagena. Curiosamente, no había publicaciones nuevas de Alexis.
Después de un rato, se sentó en la pequeña mesa de la habitación con el celular y la tablet para comenzar su investigación. Había dos secciones nuevas en la aplicación. James se las había confirmado.
Entró a la primera: “Estadísticas”.
Le pareció útil. La revisaría más adelante. Notó que algo en los números había cambiado, pero no estaba seguro. Los contadores se veían raros, aunque decidió no prestarle demasiada atención.
Pasó a la segunda sección, la que realmente le importaba: “Pistas”, que él llamaba “Poemas”. Le resultaba más fácil pensar en poema para referirse a las palabras del viaje, y en pista para el lugar donde debía encontrarse con el distribuidor. Al QR que entregaban, él lo llamaba código. Era más sencillo así. La aplicación ya mostraba tres poemas.
Abrió el primero. Aunque lo había resuelto días atrás, sintió curiosidad por releerlo. Deslizó el dedo y allí estaban las referencias, ordenadas, como si alguien quisiera que comprendiera todo desde el principio.
Leyó lentamente, buscando sentido, intentando reinterpretarlo. Aquel poema que le había dado una aventura tan única.
Releyó la primera frase del poema: “Si crees en Dios… ante el tribunal.”
La referencia lo dejaba claro: el Museo de la Inquisición en Cartagena, donde se hacían juicios religiosos. Asintió para sí, con un gesto casi automático, sorprendiéndose de haber acertado tan rápido la primera vez.
Siguió leyendo.
“La fe fue juzgada y las cadenas pesaron.”
La nota explicaba que se trataba de una alusión a la represión de la Inquisición y a la esclavitud en Cartagena.
Pasó algunas referencias muy rápido: “Muros de piedra”, “ciudad amurallada frente al mar del Caribe”, “Guardián de piedra que nunca fue vencido”. En esta última, el texto indicaba que era el Castillo de San Felipe de Barajas, que jamás cayó ante piratas ni ejércitos enemigos.
Así que eso era, pensó, riéndose un poco; siempre le había parecido una metáfora demasiado poética, no imaginó que fuera tan literal.
Después leyó mucho más deprisa. Para él, ahora todas las pistas tenían sentido porque ya conocía la respuesta, y poco a poco olvidó su intención de “redescubrir algo en la pista”.
“Puerta que marca el tiempo.” La Torre del Reloj, obvio.
“Eco de piratas, esclavos y mercaderes.” Las dinámicas del puerto colonial: comercio, esclavitud, ataques piratas.
Entonces notó la ausencia de la última frase, aquella que no había entendido en su momento y que tanto lo había desubicado. No aparecía en las referencias. Le resultó extraño que una línea tan poderosa hubiese sido descartada. Buscó la pista original y ahí estaba: “Oriente y Occidente cambian de lugar”.
¿Qué significaba? ¿Por qué no tenía explicación en la lista? ¿Era solo una frase poética?
Suspiró, tratando de ignorar esa sensación persistente de que quedaba suelta, flotando en el acertijo, haciendo que todo se sintiera incompleto.
Le dio atrás a la aplicación y entró al segundo poema. Al verlo de nuevo en pantalla, la curiosidad lo inundó. El ejercicio que intentaba hacer consistía en leer y comprender los poemas y sus referencias, buscar un foco, alguna relación o un patrón en su construcción, y así orientar mejor su investigación para descubrir las pistas de forma más eficiente. Necesitaba entender cómo debían tomarse, leerse y analizarse. No podía volver a perder tiempo ni recursos.
Al abrir el poema, empezó a leer casi en voz baja y a toda velocidad.
“Más allá de la verdad de los ancestros, entre ceibas y jaguares, el corazón de la Tierra vibra aún bajo el sol que todo lo ilumina…”
La referencia señalaba: relación con la civilización maya y su vínculo con la naturaleza sagrada; la ceiba como árbol cósmico; el jaguar como símbolo de fuerza, poder y protección; el “corazón de la Tierra” como referencia a Petén, centro espiritual maya.
Sintió que las referencias daban demasiada información. Algunas incluso sonaban inventadas, aunque coincidieran. Tenían sentido común, eran lógicas, pero se notaba que no estaban escritas por conocedores al cien por ciento… o quizá era solo su percepción desde la posición de participante. Siguió leyendo de la misma manera.
“…pueblo que nunca morirá…”; “…el pueblo de Flores, construida sobre Tayasal…”; “…el lago abrazaba la memoria…”; “…bajo la ciudad seguía enterrado el pasado…”; “…que poco a poco reclamaba lo que fue suyo”.
Qué bonito y qué tétrico a la vez, pensó, aquello del hundimiento.
“Templo sobre una pirámide dormida…”; “…cubierta por las manos de fe que arrancaron la piedra para vestir de cruz el cielo…”
La referencia explicaba que los españoles literalmente usaron piedras de templos mayas para levantar iglesias.
Hizo una mueca.
¿Quién había hecho esos malditos poemas?, pensó. Estaba loco.
De verdad era demasiada información. Era imposible resolver una pista solo con conocimientos propios: había que usar internet, libros, bibliotecas, videos, lo que fuera necesario. Aun así, sintió cierta satisfacción al comprobar que había acertado en muchas cosas. Algunas líneas tenían doble sentido, y eso explicaba por qué había dudado tanto y fallado eventualmente. Ese maldito poema sí que lo había torturado.
Pulsó el botón de “atrás” en la aplicación y abrió la nueva pista. La leyó una vez. Luego otra. Y otra.
Sintió que algo empezaba a encajar.
Cerró el teléfono sin decir nada, sacó su portátil y empezó a trabajar. Revisó correos y avanzó en un sistema de tickets para mejorar el servicio al cliente.
Salió a la una de la tarde a buscar tacos, pero terminó comprando espaguetis y fresco de chilacayote. Llenó su termo de agua. Desde el restaurante miró el lago un momento. El sol golpeaba la superficie y la tarde tenía una calma que casi dolía.
Llamó a su madre. Le explicó que, por temas de horarios, no podría ir en dos semanas a su cumpleaños; en cambio, iría en unos cuantos días. Ella respondió con tranquilidad, al punto de que José no supo si eso la alegró o si le había dañado algún plan. No dijeron mucho, pero la conversación fue suave, silenciosa, necesaria.
José volvió al hostal y, en la puerta, se cruzó con el chico vietnamita; se saludaron con un gesto mínimo, cómplice. Aunque José no era sociable, la vida le estaba estirando el brazo.
En la habitación se sumergió en el código: creó usuarios, tickets, soluciones, incluso un historial básico. Era rústico, pero funcional, pensado para clientes que no eran muy diestros. No tenía grandes transiciones visuales, pero cumplía su propósito: que dejaran de llamarlo por cualquier cosa.
Pidió una hamburguesa en la recepción y siguió trabajando hasta las tres de la mañana. Exhausto, se aseó, se puso una pantaloneta y se acostó. Antes de dormir, revisó la aplicación otra vez. El nuevo poema había aparecido solo un día después de haber conocido a James. El tiempo de sincronización del “Log Pose” había sido corto; era un tanto extraño. Eso le daba un par de días de ventaja antes de que comenzara el siguiente ciclo.
Pensó en su plan: saldría al día siguiente, en la tarde o en la noche, rumbo a Colombia. Pasaría algunos días con su madre y luego viajaría al lugar donde lo enviaba la pista tres. Tenía que buscar vuelos, rutas, confirmar el destino. El poema era tan obvio que había dejado de leerlo a la mitad. Aun así, debía confirmarlo.
Durmió como una piedra lanzada al fondo del lago.
A las ocho de la mañana, al despertar, vio un mensaje de Manuel: era una invitación a desayunar juntos, pues él y Martina viajaban esa tarde hacia Miami.
José se alistó y salió a la cafetería. Conversaron un rato. Les contó parte de su plan: primero iría a Colombia para celebrar anticipadamente el cumpleaños de su madre; después retomaría su viaje y, si tenía que hacer escala, quizá los vería más adelante.
Manuel se puso nervioso y empezó a ponerle trabas: de tiempos, de espacios, de logística. José sospechó algo. Así que, medio en broma medio en serio, preguntó:
—¿Usted sí hace negocios así como me dijo?
Manuel, con un tono avergonzado y apoyado por la mano de su esposa en la espalda, que se reía y le recriminaba algo, le confesó que sí: que hacía negocios tal como decía… incluso tenía un avión al que estaba buscándole utilidad. Aunque también tenía un trabajo de mierda al cual estaba atado —del cual se sentía avergonzado, por lo que lo había ocultado— y del que poco a poco estaba intentando desligarse. Le contó que era un vendedor aburrido y escuálido de seguros.
José sonrió. Había algo tan honesto —o tan perfectamente mentiroso— en Manuel que le creyó. Martina le pidió perdón a José porque su esposo había exagerado mucho en algunas cosas, pero era buen hombre y, a pesar de todo, entendía que lo que había hecho estaba mal; por eso le había hecho jurar que sí o sí le iba a confesar la verdad.
—Pues, si necesito un avión privado —dijo José— y usted tiene una empresa que lo pueda poner a trabajar, voy a necesitar que me lo alquile.
Ambos rieron, ya con la carga mucho más liviana.
—Cuando llegue a casa trabajaré muy duro para acabar el libro —añadió Martina—. Quiero que estés el día del lanzamiento. Y cuando quieras, hacemos alguna terapia.
José aceptó.
Tras despedirse, José volvió solo al hostal. Se tomó un par de cervezas y empezó a buscar vuelos para Colombia. Los encontró a buen precio; aunque deseaba salir ese mismo día, no se quejó y aceptó que debía que quedarse un día más en Flores. Luego abrió el poema, decidido a descifrarlo de una vez. La búsqueda se extendió hasta las cuatro de la madrugada. Cuando por fin dio con la respuesta —que coincidía con la dinámica del viaje y con las nociones que tenía desde el inicio— sintió un alivio profundo. Había intentado refutar el lugar inicial con toda la conciencia posible, pero no lo consiguió. Con datos y hechos históricos, estaba convencido de que ese sí era el destino correcto.
Suspiró, tomó su tarjeta de crédito y escribió en el buscador:
“Vuelos…”, pero se detuvo. Prefirió cerrar el portátil, guardar todo y dormir un poco.