Capítulo 16

Regazo

Mujer mirando a la ciudad mientras un niño duerme en su regazo
José despierta sacudido por sueños que mezclan recuerdos fragmentados de su infancia, violencia familiar y una ternura materna que no sabe si fue real. De regreso a Colombia tras un viaje errante, reflexiona sobre el abandono, la distancia con su madre, la relación con su hermano y las decisiones que lo han marcado. El capítulo explora la memoria, la culpa y el deseo de reconciliación, mientras José se enfrenta a la posibilidad de dejar de huir y asumir quién es.

José se levantó de la cama todavía envuelto en la niebla del sueño. Lo habían despertado unos gritos lejanos. Parpadeó, confundido: su hermano ya no estaba a su lado. Medio dormido, caminó hacia la cocina siguiendo aquel eco que, a cada paso, parecía intensificarse.

Cuando llegó, la escena lo golpeó con una brutalidad desorbitante: su padre gritándole a su madre. Ella, con el labio roto y un ojo morado. Horacio, su hermano, aferrado a ella, llorando, protegiéndola, suplicándole al padre que parara. José percibió la mirada fría de su padre, llena de odio. Vio cómo aquel hombre se enfrentaba y empujaba a su hermano, cómo tomaba a su madre del cuello, casi estrangulándola, antes de lanzarla contra un rincón mientras la llamaba la peor desgracia de su vida. Aquella noche había marcado el inicio de la decadencia de su familia.

Suponía que tenía cuatro años cuando sucedió. Su hermano casi nunca hablaba del tema, y su madre, en contadas ocasiones, apenas le había dicho que su padre los había abandonado y nunca le dio detalles. Con el tiempo, José terminó por asumir que lo que había visto era solo una parte de algo más grande, un recuerdo fragmentado que había permanecido latente, escondido, esperando un momento para volver a surgir. Independientemente de si lo había presenciado o no, sabía perfectamente que estaba soñando.

Su hermano, dos años mayor, pudo haber presenciado una escena de ese calibre entre sus padres, y pudo haber sido él quien se la hubiera contado a José. Los hermanos, a pesar del abandono, no guardaban rencor hacia aquel hombre: el señor Rivera, como lo llamaban ya sin afecto.

Su madre, en cambio, había quedado sola cargando con dos hijos, un trabajo mal pagado y las responsabilidades de la casa. Con el tiempo empezó a buscar pretendientes que la ayudaran a sostenerlo todo. Pero muchas veces terminó con hombres que detestaban a sus hijos. Para José y su hermano, desde muy jóvenes, la vida se volvió un lento abandono: primero el del padre, después el de la madre, que vivía a merced de la promesa de un amor que nunca llegaba. Los hombres buscaban un cuerpo, no un compromiso, y mucho menos con dos niños a cuestas.

Ese pensamiento —el abandono repetido, la espera constante— comenzó a diluirse lentamente, como si la mente de José necesitara tomar aire. Y entonces, sin aviso, otra imagen se impuso.

Vio al niño que había sido, jugando en la terraza de su antigua casa. Sostenía un muñeco de trapo y lo lanzaba al cielo, imaginando que algún día alguien vendría a rescatarlos: a él, a su hermano y a su madre. El muñeco subía y caía, una y otra vez, hasta que el niño tropezó y se lastimó las rodillas.

Su madre apareció de inmediato. Lo levantó con cuidado, lo tranquilizó con palabras suaves y lo llevó de vuelta a la banca. Se sentó y recostó su cabeza en el regazo. Le aseguró que todo estaría bien. Mientras le acariciaba el cabello, comenzó a tararear una melodía tenue, casi imperceptible.

José se dejó llevar por ese sonido. Entre el canto se filtraba un llanto contenido, apenas audible, como si su madre solo se permitiera llorar cuando nadie más miraba. Amaba a sus hijos, pero le pesaba la soledad, el miedo a no sentirse amada, a no entender del todo qué era el amor. En su tarareo parecía confesarlo.

La canción le resultaba extraña, como si no perteneciera a ningún lugar. No supo si aquel momento había ocurrido realmente o si era apenas un deseo disfrazado de recuerdo. Aun así, el calor del regazo permanecía.

José abrió los ojos. Miró el techo. Le tomó unos segundos comprender que todo aquello —el regazo, la canción, la ternura— había sido un sueño. Después de tanto tiempo, ese techo le pareció nuevamente familiar. Estaba en casa.

Había vuelto de Guatemala. Había trabajado unos días en su plataforma de tickets; había entregado algunos proyectos pequeños; había ganado algo más de dinero; ya tenía comprados los boletos a Miami y luego al siguiente destino de la ruta que seguía. Había adquirido un chal colorido y un huipil guatemalteco hecho a mano como regalo para su madre. También había comprado café y chocolate artesanal para su madre y su hermano.

Ambos sueños lo habían dejado desorientado. Unas lágrimas emanaban discretamente de sus ojos sin razón aparente, ¿o era debido a un dolor oculto? Pero más que el llanto, lo que más le intrigaba era aquel instante con su madre, el regazo. ¿Había sucedido? Era la primera vez que tenía ese sueño, pero aquellas imágenes habían sido tan vívidas, tan reales. ¿Era eso lo que lo obligaba a llorar?

Desde hacía más de quince años, su relación con ella estaba rota. Aun así, la llamaba dos veces por semana, por compromiso, no por deseo. Ella lo había abandonado por hombres, y él había aceptado que ese amor maternal nunca había sido para él. Ambos estaban lejos: heridos, separados.

Aquella mañana, José se bañó, se vistió y ordenó el regalo que había traído para su madre. Separó también el café y el chocolate para ambos, pues su hermano viajaría la semana siguiente para celebrarle el cumpleaños a su madre. Como José ya no estaría, dejaría el café en casa de ella.

Con su hermano la relación era más llevadera, aunque lo trataba como a un niño. Y José, en silencio, le daba la razón: Soy un niño. Un niño que no crece. Un niño que no madura. Un niño que abandona todo. Un niño que no ha hecho nada con su vida.

En su infancia, José lo había amado como a nadie. Pero su hermano se fue de casa antes de los quince años, después de tantas situaciones por las que había visto a su madre pasar. Dijo que lo hacía para mejorar la situación, para aliviar la carga. Pero su partida fue otro abandono: uno distinto, menos violento, pero igual de doloroso. Con los años, José entendió que su hermano había huido como había podido, como había aprendido. Igual que su padre.

Horacio era un contador prestigioso, con contactos y clientes importantes. La relación entre ellos —madre e hijo prófugo— había sido terrible al inicio, pero durante los últimos cinco años había mejorado. Con el matrimonio de su hermano, el contacto empezó a fluir mejor, y cuando nació el primer nieto, la relación se fortaleció aún más.

José, en algún momento, creyó que algo parecido ocurriría entre ellos si él llegaba al mismo punto con Sara: que un hijo podría recomponer la distancia con su madre. Pero tanto Sara como su madre fueron claras: “así no funcionaban las cosas”. Y aunque le dolió aceptarlo —porque realmente le dolió—, ese pensamiento acabó apagando en él el deseo de ser padre. Comprendió que un hijo no cosería su familia, por lo cual cerró esa puerta, sintiéndose cobarde y pasando por encima de los pensamientos de su entonces esposa.

El dolor acumulado y el rencor encapsulado fue lo que quedó en el aire, y aunque no podía percibirlo del todo, algo de envidia hacia su hermano persistía, porque él sí había logrado subsanar su relación con su madre y él no.

En ese momento, solo veía a su madre alejándolo, como siempre, por culpa de un externo. En su infancia y adolescencia fueron hombres; en su adultez, su propia esposa.

Cuando José llamaba a su madre, apenas podían sostener conversación. Ninguno quería hablar realmente con el otro, pero por cortesía —o por miedo a romper el último hilo que los mantenía conectados— sostenían esa farsa.

Mientras estuvo en Cartagena, en México y en Guatemala, llamó cada tres días a su madre para decirle dónde y cómo estaba. No le contó la verdadera razón del viaje: que seguía una ruta inspirada en un manga; que buscaba algo que no había podido encontrar en casa. Tampoco le confesó que había renunciado a todo, incluso a Sara. Para José, ella no necesitaba saber qué tan roto estaba su hijo, ese al que ella no quería.

Sara, en cambio, le había contado que se había escapado de la realidad y por eso andaba de viaje. Aunque su exesposa no entendía del todo la razón, dijo cosas que, desde el desconocimiento, lo hacían ver como un cobarde y un mal esposo.

La respuesta de la madre fue dura, pues llamó a José —era la primera vez que lo hacía por iniciativa propia— y, con las palabras de Sara en su mente (“renunció a todo por ese viaje”, “perdió el trabajo”, “no quiso darme hijos”, entre otras), lo llamó solo para decirle:

—Muy bien hecho, cobarde.

José quedó helado al recibir esa llamada. No pudo preguntarle nada; ella colgó. De igual forma, ¿qué debía decir en aquel momento? ¿Cómo debía sentirse? No lo sabía. Por eso la llamó unos días después para contarle que iba para Guatemala y que estaría en Colombia pronto, y, sin entender por qué, le prometió estar en su cumpleaños.

Fue entonces cuando recibió una respuesta inesperada, totalmente opuesta a la anterior. Ella estaba preocupada por él, por la manera en la que estaba viajando. Su madre no lo dijo en ningún momento, pero estaba arrepentida de haberlo llamado “cobarde”. Él no necesitó escuchar una disculpa; con solo el tono de su voz entendió que realmente lamentaba aquellas palabras.

Cuando habló con su madre desde la Isla de Flores y le dijo que iría a Colombia antes de su cumpleaños, ella no mostró emoción alguna: ni alegría ni rechazo. Nada. José entendió que no quería hablar con él. ¿Acaso se sentía culpable? ¿No recordaba nada y habían vuelto a su distanciamiento normalizado? ¿En qué pensaba aquella mujer?

Cuando llegó a Colombia, la llamó para decirle que ya estaba en el país y que al día siguiente pasaría por su casa. Ella le aconsejó que, si estaba cansado, era mejor recuperar fuerzas; le sugirió que se tomara unos días para descansar del viaje, pues tenía entendido que luego continuaría viajando, y le propuso que fuera el sábado siguiente. José aceptó sin discutir, sabiendo que a ella no le agradaban las visitas improvisadas.

Después de aquella llamada, pensó en llamar a su hermano, pero se detuvo. Si lo hacía, sería como quejarse de su madre, y no quería cargarlo con eso. Así que aceptó ir el sábado, una semana antes del cumpleaños. Le llevaría el regalo. Haría lo correcto, aunque en el fondo supiera que ese gesto no cambiaría nada.

En ningún momento pensó en ella durante la semana; para José era una prioridad mínima. Con el hecho de cumplir el sábado y llevarle un regalo de cumpleaños, iría, estaría un par de horas con ella, la invitaría a almorzar y, al final, le compraría un postre; los de fresa eran sus favoritos. Pero su vida siguió: cerrando temas de trabajo, validando cosas del viaje, leyendo métodos para conseguir dinero y monetizar más su viaje, contrastando nuevamente el contrato en inglés para ver qué era legal y qué no. Observaba la aplicación de Muwi como su prioridad y, cuando llegó el sábado, después de aquellos dos sueños, recordó que debía cumplir.

Por alguna razón no quería irse igual que la vez anterior. Quería decirle a su madre que se iba, que la llamaría, que estaría mucho más en contacto con ella. Se puso una condición, de esas extremistas con las que le encantaba manchar su vida: “Cuando vuelva, quiero hacer todo lo posible por enderezar la relación con mi madre, siempre y cuando haya una chispa de amor el sábado”. Se sintió tan comprometido como se había sentido con la promesa del inicio del viaje y Cartagena.

Salió temprano, pues su madre le había enviado un mensaje para que fuera a desayunar a la casa. Le agradó la idea. Antes de salir con los regalos para ella y su hermano, se despojó de la mala vibra. Quería dar un gran paso en ese momento. Otra cosa que quería hacer al finalizar el viaje era volver a terapia, pero eso lo pensaría con más calma.

Cuando llegó a casa de su madre, estaba con la mente abierta. Llegó con la disposición de escuchar, de dejarla hablar, de recibir —si era necesario— todas sus quejas. Entendía que tendría que decir la verdad sobre el viaje y sostenerla de frente, sin ganas de pelear, sin reproches, sin devolverle los años acumulados en forma de acusaciones. No podía llegar a reclamarle nada, no si quería arreglar las cosas con ella.

Al cruzar la puerta encontró algo distinto a lo que había imaginado: una madre preocupada, un hermano sonriente con toda su familia y, desafortunadamente, una exesposa con ganas de corregirlo —eso fue lo que vio en sus ojos—, de explicarle en qué se había equivocado. Entonces entendió por qué su madre le había pedido que fuera el sábado. No había sido casualidad. Había esperado a que todos estuvieran allí.

Avanzó hacia la sala. Allí también lo esperaban su cuñada y los hijos de su hermano: un niño de cuatro años y una bebé que apenas empezaba a sostener la cabeza.

Se detuvo un instante antes de saludar. Los vio a todos allí, esperándolo. No sabía qué iba a pasar. No sabía qué palabras vendrían.

Pensó que se iba en dos días. Que no volvería con alguien que no lo apoyó. Que amaba a su hermano y que, si él había podido perdonar, quizá él también podía intentarlo. Y, sobre todo, que ya no quería ser un niño frente a él.

Y dio un paso más hacia adentro y, por primera vez, entendió que no estaba huyendo.