Capítulo 14

Limpiando con verdades

tres personas en la cima de una de las pirámides en Tikal Guatemala
José viaja con Martina y Manuel hacia Tikal, donde la selva y las pirámides mayas despiertan en él una mezcla de asombro, introspección y libertad. Entre conversaciones sobre el viaje, la vida y One Piece, va comprendiendo mejor el propósito profundo de su aventura. La jornada se llena de descubrimientos, conexiones genuinas y momentos de reflexión que lo acercan a una versión más auténtica de sí mismo, mientras avanza hacia la siguiente etapa de su camino.

Mientras esperaban la camioneta que los llevaría al Parque Nacional Tikal, la conversación empezó a girar de forma natural hacia el viaje y hacia One Piece. Manuel, entre curioso y burlón, le preguntó a José si todo eso —la aplicación, las pistas, el recorrido— no sería simplemente una historia inventada para impresionar mujeres, o si realmente era verdad. José se rio, negando con la cabeza. Le mostró la aplicación; había comprado un paquete de datos la noche anterior, así que pudo abrirla sin problema. Manuel la tomó como quien revisa un artefacto desconocido: pasó pantallas, abrió menús, se detuvo en los contadores y en los mapas.

—Hermano… esto es muy raro —dijo finalmente, sin ocultar la impresión—. ¿Todo este operativo… es real de verdad?

José explicó que el viaje se había vuelto relativamente popular en internet y que muchas personas habían hecho videos, análisis, teorías y hasta seguimientos diarios, aunque casi siempre desde fuera. Era un tema extraño, casi subterráneo. Algunos medios tradicionales le habían dedicado segmentos breves, notas curiosas de dos o tres minutos, y nada más. Aun así, Manuel parecía sorprendido por la logística, por la magnitud del proyecto, por lo absurdo y lo fascinante que resultaba.

Martina cambió de tema:

—¿Desayunaste algo?

José asintió. Había comido un desayuno chapín, con huevos, plátano frito y frijoles.

—Quería tener energía para todo lo que viene —explicó, sonriendo.

Cuando la camioneta llegó, se acomodaron dentro y reanudaron la charla, esta vez sobre Tikal. José, con las revistas mexicanas que llevaba en la mochila, había leído algunas cosas generales: que era un parque nacional, Patrimonio de la Humanidad y una enorme reserva natural. Las revistas no se enfocaban demasiado en eso, pero él había visto fotos espectaculares en internet. Estaba emocionado: jamás pensó que estaría frente a un lugar así.

El trayecto duró poco más de una hora. A mitad del camino bajaron a comprar las entradas; luego volvieron a subir y viajaron veinte minutos más. El paisaje cambió sin que se dieran cuenta: dejaron atrás zonas áridas y abiertas, salpicadas por caseríos dispersos, y comenzaron a avanzar por una selva húmeda, cerrada, profundamente verde. José recordó al taxista que lo había llevado de Chichén Itzá a Mérida y su frase absurda pero inolvidable: “Va a sentir la selva respirándole en la nuca.”

Al llegar a la zona arqueológica, todo se volvió casi irreal. El camino de inicio estaba custodiado por una ceiba inmensa, monumental, como una guardiana silenciosa. Les explicaron —y José también lo sabía por un viaje anterior al Amazonas— que abrazar un árbol podía “descargar” el resentimiento. Aquella ceiba, dijeron, representaba el cielo, la tierra y el inframundo: el todo. José apoyó la mano en su tronco y sintió un estremecimiento leve, casi un saludo.

Bastaron unos minutos de caminata para que aparecieran las primeras estructuras: pirámides menores, templos de recibimiento y luego la gran plaza. La Plaza Mayor de Tikal. La primera pirámide visible era la del Jaguar. En ese instante, José conectó mentalmente el poema con lo que veía; todo cobraba sentido.

Caminaron entre historias: habitaciones elevadas, rituales, comercio, relaciones políticas. Era como entrar en un mundo que había estado dormido durante siglos. Subieron a algunas plataformas permitidas y les contaron que, en ciertos horarios, se podía ver desde allí el amanecer y, en otros, el atardecer. La idea de presenciar ese espectáculo desde lo alto les pareció casi mística.

La experiencia fue nutritiva en todos los sentidos. Caminar entre la multitud de árboles, escuchar los sonidos de la selva, sentir el sol filtrado por las hojas, observar pirámides que emergían entre el follaje… todo era una mezcla de descubrimiento y reverencia. José pensó, mientras avanzaban, en lo desconocidos que somos de nosotros mismos: en cómo vivimos atados a ideas que nos impiden disfrutar realmente de momentos como ese, tan simples y sagrados.

Durante cinco horas caminaron, preguntaron, observaron, admiraron. Cada rincón de aquella civilización pasada parecía guardar un secreto. Para José, fue una experiencia inimaginable. Estaba seguro de que seguir viajando le permitiría vivir cosas que jamás habría buscado por cuenta propia. Sentía que algo dentro de él se estaba liberando, como si el viaje le diera permiso para ser alguien que había olvidado. Alguien que estaba escondido bajo una vida que ya no quería, que no amaba, que no anhelaba.

En el trayecto de regreso, Manuel volvió al tema de One Piece. Tenía mil preguntas: sobre las reglas, el contrato que José había firmado, la dinámica del viaje, las ciudades, las pistas, los distribuidores. Quería entender todo. José respondía con paciencia, casi con entusiasmo. Hablar del viaje lo llenaba, lo hacía sentir parte de algo más grande, y quería compartirlo.

Hubo una frase que quedó resonando en él:

—Un viaje que promueve la libertad, pero que a la vez te encapsula en políticas y reglas.

José asintió. Le parecía un análisis certero. También hablaron del hecho de que no hubiese un “ganador” y de qué pasaría si nadie resolvía todas las pistas. José estaba convencido de que eso tenía un propósito.

—Piénsalo —dijo entre risas—. Se supone que somos piratas. ¿Cómo sabía un pirata que iba a obtener algo? Podía abordar un barco y no encontrar nada… o topar con el tesoro más grande del Nuevo Mundo. Era todo o nada. Esta aventura funciona igual.

Explicó que muchas de las limitaciones del contrato existían para evitar problemas legales: la organización no quería verse envuelta en demandas de participantes alegando expulsiones injustas. Era, en esencia, un blindaje básico. Pero José añadió algo más, algo que venía pensando desde que empezó el viaje:

—Mira, sí… la legalidad está bien. Esa parte la entiendo. Pero yo creo que va más allá. Todo este hermetismo, todas estas reglas casi excesivas… están hechas para proteger la experiencia. En este mundo tan rápido, donde todo se filtra, todo se graba, todo se sube a internet en cinco minutos… ¿qué sentido tendría un viaje así si un código pegado en una pared termina circulando en TikTok antes de que el primero lo escanee? Se acabaría todo el misticismo. Sería una tontería recorrer medio planeta si cualquiera puede avanzar sin moverse del sofá.

Respiró un momento antes de seguir.

—A veces es cruel, sí: si no tienes recursos, no puedes viajar. Pero dime… ¿acaso un pirata sin barco podía salir al mar? Nunca. Todo está pensado para que este sea un viaje difícil, porque el mar es difícil. El mundo es difícil. Siempre hay obstáculos. Y aquí pasa lo mismo. Las reglas no están para castigar: están para que vivamos realmente la experiencia.

José se acomodó en el asiento, mirando por la ventana, sintiendo que decía algo que necesitaba sacar desde hacía tiempo. Tomó un trago de cerveza que compartía con Manuel. Martina iba dormida junto a ellos.

Manuel, tras unos segundos de silencio, soltó la pregunta que llevaba rato reteniendo:

—¿Y quién controla todo eso? ¿Quién garantiza que funcione así?

José soltó una risa corta, casi resignada.

—Mira… yo soy ingeniero de Software. Y si hay algo en lo que puedo dar fe es en que la logística de todo esto debe ser una pesadilla. Pero el corazón del viaje no es la organización, ni los mapas, ni siquiera las reglas. El corazón es la aplicación.

Se detuvo un segundo.

—Todo está controlado desde ahí. Absolutamente todo. Y no lo digo como algo malo; al contrario. Me parece brillante que toda la información se mantenga dentro de un solo ecosistema. Que tengamos una sola red social interna para evitar filtraciones al exterior… eso es oro puro. Nos mantiene en el mismo barco, navegando en la misma dirección. Si toda la información estuviera regada en internet, esto se desmoronaría en la primera semana.

Luego añadió, moviendo ligeramente las manos:

—Piensa en esto: ¿qué pasa si un pirata pierde el mapa del tesoro? Nunca llega al tesoro. Pues aquí igual: la tecnología es lo que nos mantiene orientados. Y sí, suena feo decirlo, pero en cierta forma el contrato no es solo con la organización. También es con la aplicación, con el teléfono… y con uno mismo. Esa es la verdadera semilla del viaje. Ahí nace el compromiso.

Respiró hondo.

—Ese sistema evita pantallazos, evita copiar información, evita guardar imágenes… todo eso que podría arruinar la experiencia. A mí me parece espectacular. Pero la organización tuvo que blindarse. Vivimos en un mundo donde la gente hace lo que sea por ganar algo. Fue lógico protegerlo.

Hizo un gesto leve.

—Lo único que critico es que el contrato esté en inglés. Eso sí me molestó. Pero igual, me pasé seis horas revisándolo, traduciendo párrafo por párrafo. Y al final entendí algo simple: las reglas no están ahí para presionarme. Están ahí para proteger la experiencia. Para que no se filtre, para que no se rompa, para que siga siendo lo que prometieron que sería.

Miró a Manuel.

—De nada sirve que yo esté en la cuarta o quinta pista y de repente cualquiera se interfiera solo porque vio algo que no debía ver. Puede pasar, sí, pero la tecnología lo reduce al mínimo. Y eso, para un viaje así… está muy bien logrado.

Tomó el celular y mostró el número en pantalla.

—Y sí, hay gente que critica diciendo que es elitista. Pero mira esto: empezamos casi cuarenta y siete mil. Hoy no quedamos ni el cincuenta por ciento —21341—. Y te aseguro que nadie ha sobornado a los distribuidores. Primero, porque no saben nada más allá de la pista que entregan. Y segundo, porque todo el mundo está como loco tratando de llegar. Esto no es para todos. Y eso está bien. Eso lo hace tan especial.

Concluyó, volviendo a la idea inicial: nada de premios, nada asegurado. El viaje se hacía por la aventura, por algo que iba más allá de un capítulo oculto. Era una búsqueda interior disfrazada de ruta global.

Manuel, intrigado, preguntó si no le parecía injusto gastar tanto dinero en algo sin promesa de ganancia.

José lo miró con una determinación tranquila que llevaba días sintiendo crecer.

—Manuel… yo ya gané. Aunque el viaje terminara hoy. Esta es la experiencia más impresionante de mi vida. Nunca me habría atrevido a llegar hasta aquí. Estaba metido en responsabilidades que me apagaban, en obligaciones que alimentaban mi ego pero no mi alma. Seguía un guion que no era mío, el guion que todos seguimos para encajar en una maquinaria donde somos piezas reemplazables.

Respiró hondo, nuevamente.

—Yo estoy feliz. Y estoy seguro de que quienes continúen sentirán algo parecido. Claro que es complicado costearlo… pero curiosamente eso también es One Piece. Un pirata no esperaba un salario: esperaba una oportunidad. Yo no vine para llegar al final y sentirme glorioso. Yo gano cada vez que pienso que no estoy en mi casa. Cada vez que recuerdo a Sara gritándome que esto es absurdo, mientras ella está trabajando en una oficina… y yo estoy aquí, con ustedes, regresando de un lugar que no conocía hace una semana, después de empaparme de la cultura maya.

Le dio un sorbo a la cerveza y sonrió, cansado y pleno.

—Dime tú, Manuel: ¿quién va ganando? ¿El que sigue atrapado en su rutina… o yo, que estoy aquí viviendo esto con ustedes?

Cuando llegaron a la Isla de las Flores, decidieron almorzar juntos. José intentó evitar de nuevo el tema del viaje y desvió la conversación hacia la vida de los otros dos. Martina contó que era psicóloga y que tenía un pequeño emprendimiento: atendía sesiones por videollamada, trabajaba con algunos pacientes recurrentes y, aunque estaba de vacaciones, tuvo que conectarse a dos consultas que no pudo reprogramar. Era su propia jefa, estaba construyendo su marca personal, su identidad, su línea visual. A veces subía contenido a redes, lo justo para mantenerse vigente. Pagaba sus gastos, vivía con lo necesario y, sobre todo, estaba contenta.

Manuel, por su parte, se definía como inversionista, aunque José lo llamaba en broma un rebuscador. Viajaba de un lugar a otro comprando y vendiendo de todo: apartamentos, carros, negocios pequeños. Le gustaba meterse en cualquier oportunidad que oliera a movimiento, incluso cuando no sabía bien cómo iba a terminar. Decía estar empezando, que aún no tenía el dinero que quería, pero estaba construyendo algo. Lo mejor era que su estilo de vida le daba libertad para viajar. Entre risas, contó que hacía un par de semanas había comprado su primer avión y ahora no sabía dónde ponerlo a trabajar. Aun así, reconocía que no vivía como soñaba; estaba en el camino, en plena construcción. Y en medio de esa conversación, celebró la decisión de José de haberse permitido viajar de aquella manera, porque —decía— eso siempre terminaba abriendo la mente.

Siguieron hablando de pasatiempos. Martina leía mucho, escribía cuando podía y antes del viaje estaba trabajando en su primer libro sobre hipnoterapia, un tema que la apasionaba y que había estudiado profundamente. Mantenía algunos pacientes con este tipo de procesos y alternaba su vida entre Bogotá y Miami, lo que hacía que siempre tuviera movimiento.

Manuel, en cambio, tenía pocos gustos verdaderamente propios. Dos cosas lo descolocaban del trabajo: el tenis y el fútbol. Amaba verlos, aunque jugaba poco. Le daban aire, lo sacaban de su rutina y le recordaban lo que disfrutaba del mundo. A José también le gustaba el fútbol. Amaba los datos, las tablas, los fichajes, el mercado de jugadores. Aunque decía que no tenía equipo favorito, lo cierto es que seguía con cariño a un equipo alemán que Sara siempre le criticó por “pechos fríos”. Cuando mencionó ese detalle, Martina hizo un gesto automático de expectativa y dijo que esperaba que no fuera el Dortmund. Fue gracioso cuando José confirmó que sí; ninguno de los dos se rio: ambos seguían al mismo equipo. Manuel incluso había ido a verlos jugar un par de veces, y José aún tenía la ilusión de hacerlo algún día.

Almorzaron entre risas, hablando de fútbol, de negocios y de pequeñas anécdotas mientras llegaban los espaguetis, los tacos y la verdura. Tomaron limonada, fresco de Chilacayote y cerveza. La tarde fue luminosa, ligera, casi perfecta. Al caer la noche, estaban exhaustos de conversar, reír, escuchar las quejas de Martina y dejarse llevar por el entusiasmo del otro. Fue, para José, un día espectacular. Desde que se había casado con Sara no recordaba haber disfrutado así de salir con amigos. No sabía si eso debía ponerlo feliz o triste, pero en ese momento estaba tranquilo. El momento era hermoso y no lo cambiaría por nada.

Antes de despedirse, Martina y Manuel lo invitaron a ver el amanecer al día siguiente. Pero José se excusó. Quería ir al «cráter Azul», lugar del que le habían hablado ellos dos, y además sentía que debía ponerse al día con sus correos. No quería comprometerse. De todas formas, intercambiaron números, acordaron avisarse cuando cada uno saliera de la isla y prometieron verse en Miami, Bogotá o donde la vida los cruzara de nuevo. Manuel lo abrazó con la familiaridad de un amigo de años; la camaradería había hecho su trabajo.

Ya en el hostal, José —cansado— se sentó en la cama y revisó el celular. Había mensajes de Sara que no contestó, y algunos que había enviado a su madre avisando que estaba bien, acompañados de fotos del viaje. Revisó los correos laborales y vio que la persona que solía ayudarle ya no estaría disponible. Tendría que asumir todas las tareas solo. Le inquietó un poco, porque al menos no había tenido problemas desde lo ocurrido en Ciudad de México.

Abrió entonces la aplicación de Muwi. El número coincidía con lo que le había dicho a Manuel: la mitad de los participantes se había ido. Abrió las estadísticas: él era el número 128 en completar la pista de Islas de las Flores. Solo seis personas más habían llegado después de él. En total, 137. Habían sido designadas 8500. La mayoría se había quedado en aquel punto del viaje. Había sido cruel, sí, probablemente, pero era parte de lo esperado.

A partir de ahora tendría que ser más detallado, más cuidadoso, encontrar la forma de pedir ayuda sin romper ninguna regla. Pero debía mantenerse firme. Solo tenía que esperar un día más para recibir la siguiente pista. Antes de cerrar la aplicación, revisó las fotos de la red social interna. Entre ellas vio que Alexis había pasado también. Algo se estremeció dentro de él, como un pequeño chispazo que recorrió su cuerpo. Se sintió atraído, casi sorprendido por su propia reacción. Y, de algún modo, se alegró sinceramente por ella.