Capítulo 13

Minoría valiente

Hombre mirando al lago mientras percibe que la isla se está hundiendo
José y algunos participantes más, que lograron llegar a Flores, se encuentran con un enigmático guía que los invita a compartir sus historias. Entre confesiones, riesgos tomados y conexiones inesperadas, el grupo descubre la verdadera dificultad de la prueba que han superado. La experiencia los une y permite que surja un sentimiento de comunidad en medio del reto. José, aún procesando su propio viaje, encuentra compañía y un respiro emocional mientras se prepara para un nuevo día de exploración.

Cuando el hombre se dirigió a ellos, todos quedaron perplejos. La experiencia había sido completamente diferente con el señor Taka… o al menos así lo recordaba José. Desde el principio había pensado que necesitaría buscar mucho más, que el trabajo para avanzar sería complejo; pero esta vez, el premio prácticamente se les había aparecido. Sí, era cierto que a José también se le había presentado el señor Taka casi de imprevisto, pero él había observado que muchos participantes habían tenido que estar pendientes de encontrarlo de manera casi alegórica. En cambio, ahora, este hombre simplemente se plantó frente a ellos y dijo: “Aquí estoy, vengan conmigo”. Eso lo desconcertó un poco. ¿Así era el viaje? ¿así era la pista? o ¿así era aquel hombre?

El anciano señaló el piso y, con un gesto sencillo, les indicó que se sentaran.

—Quiero escucharlos —dijo.

José notó que aquel hombre realmente estaba interesado en conocer a las personas que tenía frente a él.

José se acercó, pues estaba lejos y trató de acomodarse lo más cerca del hombre. Lo hizo rápidamente y finalmente se sentó a un par de metros. Poco a poco, los demás —diez mujeres y ocho hombres que habían logrado llegar ese día a Flores, Guatemala— fueron tomando asiento en el suelo arenoso de la plaza. Todos se miraban con sonrisas incrédulas, sin entender del todo lo que estaba pasando. El único que no lograba sentarse era el italiano, más por no saber cómo acomodarse que por falta de voluntad. El hombre de la pista le hizo un gesto para que se acercara y le preguntó si hablaba inglés.

El italiano, con energía, respondió que sí.

Entonces el hombre se presentó para todos:

—Mucho gusto, James —dijo, riéndose un poco—. Espero que, a pesar de que haya sido difícil llegar hasta acá, hayan logrado experimentar muchas cosas en el camino.

Miró al italiano, que tenía un porte impecable, vestido completamente de blanco, como si hubiese salido de un club de tenis directo a esa plaza. José lo había visto así desde el aeropuerto, sin una sola mancha nueva.

—Caballero, ¿sería tan amable de contarnos su historia? ¿Cómo llegó aquí? ¿Cómo fue que, desde Cartagena, terminó en esta pista?

El italiano se acomodó un poco mejor.

—Mi nombre es Alessandro Cabianca —dijo.

Antes de que pudiera continuar, James lo interrumpió con una seña, como si acabara de recordarlo. Preguntó en el grupo quién no hablaba inglés. Un par de chicas argentinas levantaron la mano diciendo que no eran diestras con el idioma, pero que entendían algunas cosas. James se disculpó y prometió hablar más despacio, ya que el inglés era su única forma de comunicarse.

Un chico con rasgos asiáticos levantó la mano también.

—Por favor, hablar despacio —pidió, indicando que necesitaría ayuda para entender. Le preguntaron en qué idioma hablaba: vietnamita. Otro participante sacó su teléfono y se ofreció a traducir. Algo de camaradería espontánea comenzó a flotar en el ambiente.

Alessandro, ya más relajado, empezó a narrar que había llegado al último día de la pista en Cartagena. Le costó mucho descifrarla. Pensó que podía referirse a cualquier lugar de Latinoamérica. Como no tenía demasiada información, fue a varias bibliotecas, aunque finalmente dependió más de internet. Después de ver videos y leer teorías, alguien le sugirió que la pista podría pertenecer al mundo maya. Así que buscó el lugar más espléndido que pudo encontrar… y viajó allí sin saber si estaba en el sitio correcto.

James lo interrumpió nuevamente:

—¿Entonces no validaste la pista?

—No —respondió Alessandro—. Llevo dos días fuera de Cartagena. No quería perder el vuelo ni el dinero, así que me quedé varios días investigando.

James lo aplaudió. Le dijo que era una historia interesante, que había tomado un riesgo enorme, casi a ciegas, pero aun así estaba allí con todos, esa mañana. Alessandro dijo que no estaba seguro de haber hecho lo correcto, pero algo le decía que debía continuar.

James le indicó que se sentara. Alessandro lo hizo junto a José, a quien James señaló para que contara su historia.

José se presentó y explicó que, al recibir la pista, pensó enseguida en México. Viajó, investigó varios días, visitó tres lugares diferentes, pero el poema —como él lo llamaba— no coincidía totalmente con ninguno. Y cuando llegó al último lugar, pensando que había sido el indicado, le avisaron que estaba equivocado. Así que corrió y, en menos de un día, llegó a Flores. Habló despacio, queriendo que todos entendieran; su inglés no era perfecto, pero se hacía comprender. James le preguntó si había sido costoso y cansado. José dijo que sí, pero que al ver el lugar, se le había olvidado la molestia.

Mientras José se sentaba, una chica lo interrumpió:

—Señor, yo quiero contar nuestra historia.

James le cedió la palabra. Ella se presentó como Cristal; Argentina, y contó que viajaba con su novia. Explicó que «el poema» les recordó un cuento que ella había leído alguna vez. Se enfocaron en la cultura maya, igual que José, pero en lugar de viajar directo a México, fueron a Guatemala, donde pasaron tres días “de vacaciones”, comiendo, aprendiendo, disfrutando y confiando en que la pista las llevaría al camino correcto.

A partir de ahí surgieron historias de todo tipo: personas estafadas, participantes perdidos, otros que ni siquiera podían pronunciar “Flores”. El chico vietnamita contó que había llorado porque nadie lo entendía. Era joven; tuvo que comprar un diccionario de español y comunicarse alternando español, inglés y traductor.

Cada historia era única, y James valoró todas por igual. Cuando por fin terminaron, él se puso de pie.

—Damas y caballeros —dijo, dando un pequeño golpe con los dedos para pedir silencio—, antes que nada… felicitaciones por haber superado la pista número dos.

Hizo una pausa, mirándolos uno por uno, como si quisiera recordar sus caras.

—Les cuento algo —continuó—. En este viaje habrá pistas fáciles y habrá pistas difíciles. Esa es la idea general… si no hay cambios en el camino. Pero Flores, Guatemala, estaba catalogada como una de las difíciles. Y me dijeron que tenía que felicitarlos personalmente. —Sonrió—. Lo hago encantado.

Hubo un murmullo suave, casi un suspiro colectivo. José sintió un pequeño orgullo tibio en el pecho, algo que no esperaba sentir allí, en una plaza desconocida con gente que había visto por primera vez hacía apenas minutos. James lo notó: disfrutaba ese tipo de momentos. No formaba parte de las instrucciones oficiales del viaje hacerlos hablar ni compartir historias, pero a él lo hacía feliz. Le gustaba ver qué significaba este recorrido para cada participante, aunque nunca alcanzara a escuchar todas las historias. Había algo humano en ese vínculo rápido, improvisado.

—Les agradezco que hayan compartido lo que viven, aunque sea un poquito —añadió—. Todos están aquí por motivos distintos, pero comparten este recorrido, esta aventura llamada One Piece. A mí, personalmente, me gusta escucharlos.

Respiró hondo, recuperando la parte práctica.

—Ahora sí, por favor formen una fila. Vamos a escanear el código de confirmación.

Los hombres, casi por instinto, cedieron el paso a las mujeres. Se formó una línea errática pero funcional. Entonces James preguntó:

—¿Quién no tiene datos móviles?

José levantó la mano sin pensarlo. Recordó que solo había tenido internet en México y que ni se le ocurrió comprar un plan para Guatemala. La mayoría del grupo hizo lo mismo: manos en alto, risas nerviosas, miradas de resignación compartida.

James ya venía preparado. Señaló un cartel con las credenciales de una red wi-fi cuyo nombre parecía sacado de una tienda de barrio; era seguro que pertenecía a alguna tienda cercana. Les dijo que se conectaran a la red, con la naturalidad de quien lo ha repetido varias veces.

—No se preocupen —dijo con una media sonrisa.

Uno a uno, se conectaron y comenzaron a escanear. Se escucharon pitidos, vibraciones y pequeños “¡listo!” dispersos. Cada persona esperaba recibir el mensaje de confirmación.

Cuando José ingresó el suyo, apareció un botón de “Continuar”, que presionó sin pensarlo demasiado. La pantalla se llenó de confeti digital y el mensaje surgió con una transición elegante:

“Felicidades. Buen trabajo. Participante: 18646.” Aquel número no le dijo gran cosa.

James esperó a que el resto del grupo terminara. Sacó su propio teléfono, revisó algo rápido —muy rápido— y alzó la vista.

—¿Preguntas?

José levantó la mano.

—Me tocó el 18646. ¿Qué significa ese número?

James sonrió, como si le encantara esa pregunta.

—Significa que, del total global de 47473 participantes, tú eres el 18646 en escanear exitosamente la pista número dos.

Se escuchó un “wow” suave por parte de varios. Luego una chica levantó la mano: “¿Y cuántos han logrado llegar hasta aquí? Hasta este momento”.

James consultó su teléfono otra vez, esta vez durante un par de segundos más.

—De los 8500 participantes habilitados para resolver esta pista… solo 113 lo habían logrado hasta hoy. Y ahora ustedes dieciocho se suman a la lista. Son 131 en total.

El silencio fue inmediato.

José sintió que ese número se le asentaba en el estómago. No era un orgullo arrogante. Era… la dimensión real del viaje. De pronto entendía por qué Flores era una pista “difícil”: no era una exageración. El porcentaje era brutal. José sacó la calculadora de su celular y confirmó: 131 de 8500. Apenas un 1.5%.

Eran parte de un grupo mínimo que había logrado avanzar. Y al ver sus caras —jóvenes, adultos, nerviosos, emocionados— José sintió algo parecido a pertenecer, aunque no conociera a nadie.

James los miró con una mezcla de emoción y profesionalismo.

Después de unos segundos, levantó la mano para pedir silencio, pues un joven pidió la palabra.

Un chico estadounidense preguntó sobre los tiempos. El anuncio inicial decía una pista cada dos semanas, pero habían sido casi una por semana. ¿Habría tiempos muertos? ¿Realmente serían seis meses?

James lo miró, entendiendo que había leído muy bien el documento.

—No se preocupe —respondió—. Serán seis meses. Algunas pistas serán cortas, otras largas. Pero el viaje entero toma seis meses.

Agradeció el esfuerzo del grupo, dijo que no todos tenían el privilegio de hacer algo así por responsabilidades o circunstancias, y que esperaba que el viaje los recompensara con una experiencia inolvidable.

Sacó un cartel que decía en varios idiomas: “Voy a desayunar. Vuelvo en una hora”, y lo puso en el piso, junto al tendedero que funcionaba como revistero.

Antes de irse, explicó que, aunque estaría por ahí, no tenía más información sobre el viaje para revelar. Si querían saber más, debían usar la aplicación Muwi, que desde ese momento, les había desbloqueado nuevas funciones, por haber pasado la pista número 2:

Bitácora: que existía desde antes —aunque casi nadie la usaba— para escribir experiencias y compartirlas con otros viajeros. Más íntima que la red social propia de Muwi.

Lectura de pistas actuales: detalles ampliados de todas las pistas encontradas.

Mapa de seguimiento: permite ver todas las ciudades del viaje y, si el participante lo activa, el mapa completo de su recorrido personal (si José va a Colombia por el cumpleaños de su mamá y luego retoma el viaje en México, la traza quedará marcada), pero no afectaría en nada, solo era informativo.

Estadísticas personales: tiempo total de viaje, distancia recorrida, cantidad de pistas resueltas, número de países visitados, etc.

Conteo global: número total de participantes que han escaneado cada pista, con su respectivo porcentaje. Es decir, la información que acababa de revelarles aquel distribuidor.

James se acomodó la camisa, respiró profundo y, antes de que cualquiera pudiera levantarse, dijo:

—De verdad… felicidades de nuevo. Ustedes son una minoría valiente.

Hizo un gesto amplio, abarcando a los dieciocho.

—Disfruten el día. Se lo ganaron.

Con esa frase, levantó el cartel, lo dejó visible en el suelo y se fue caminando hacia una pequeña tienda frente al parque. Desde la distancia, José lo vio pedir algo de comer, como si hubiera repetido esa rutina cientos de veces. El hombre se mezcló con la gente local y desapareció entre los colores de la calle.

Los participantes comenzaron a dispersarse: unos regresaron a sus hostales, otros fueron por comida, otros simplemente se quedaron sentados, como si la noticia aún necesitara reposar dentro de ellos. José se quedó un momento más, respirando el aire caliente que subía desde el suelo.

Finalmente abrió la aplicación. El reloj marcaba casi diez horas para el cierre del tiempo. El contador estaba por llegar a los diecinueve mil participantes que habían escaneado.

Le pareció absurdo y maravilloso a la vez.

Guardó el teléfono y empezó a caminar. Bajó por la colina, siguiendo un sendero de piedra irregular. Al llegar al borde de la isla, vio restos hundidos en el agua: bloques, barandas, retazos de camino. Flores siempre parecía flotar, pero ahí, en ese punto, la isla mostraba sus cicatrices. Se quedó un rato mirando el horizonte. Sintió una mezcla extraña: victoria y paz… pero también un cansancio pesado que le recorría los hombros.

Decidió volver al hostal. Apenas apoyó la cabeza en la almohada, se quedó dormido. Despertó casi al anochecer, con el cuerpo renovado pero el pensamiento todavía lento.

Salió a comer algo. En un restaurante pequeño probó un plato típico de Guatemala: carne jugosa, frijoles, plátano frito y tortillas recién hechas. El aroma lo reconcilió con el día. Pagó, salió y caminó sin rumbo fijo mientras la luz se apagaba sobre los techos amarillos.

En una esquina, escuchó que alguien lo llamaba:

—¡José!

Eran los colombianos. Manuel y Martina. Se veían felices, descansados, casi brillantes.

—Hicimos un tour por unas islas hermosas —le contó Martina—. Tienes que ir algún día.

—Y mañana vamos a Tikal —añadió Manuel—. Si quieres, reservamos para los tres.

José pensó apenas un segundo.

—Sí, claro… me encantaría.

Intercambiaron números de WhatsApp.

—Pero no tengo datos —aclaró José, riéndose.

—Tranquilo, igual nos vemos a las ocho —dijo Manuel—. Frente al letrero.

Los tres salieron a buscar un lugar para comer algo más y tomar una cerveza. Terminaron en una cantina iluminada con focos cálidos, con música de rancheras mezclada con reggae que salía de una bocina vieja. Conversaron largo rato. Manuel y Martina celebraban su tercer año de matrimonio. José, todavía agotado, terminó desahogándose un poco: habló de Sara, del viaje, de su madre, de la culpa, del desorden interno que no sabía cómo nombrar.

Ellos también compartieron lo suyo: problemas en el trabajo, tensiones familiares, un negocio que habían tenido que cerrar y la explotación laboral que había sufrido Martina. Entre una cerveza y otra, la conversación se hizo más íntima, más real, más honesta.

Rieron, se quejaron, brindaron.

La noche pasó como un parpadeo lento.

Ya algo alegres por el alcohol, se abrazaron en la despedida y cada uno regresó a su habitación, con la vaga esperanza de que el día siguiente los encontrara un poco más livianos.

José durmió profundamente. No soñó. Descansó el cuerpo y el alma.

Se despertó temprano, con el sol entrando por la ventana. Afuera, el canto de los pájaros.

A las 7:50 de la mañana, José estaba listo: bañado, con su gorro, su botella de agua y su cámara colgando del cuello. Se sentía sorprendentemente dispuesto para la caminata.

Fue al punto de encuentro. Apenas se asomó, dos manos le cubrieron los ojos por detrás.

—¡Boo!

José dio un salto y luego se echó a reír. Eran Manuel y Martina.

—¿Listo para Tikal? —preguntó Martina, sonriendo con complicidad. José asintió. No sabía bien por qué, pero junto a ellos se sentía cómodo, casi acompañado. ¿Acaso había encontrado nuevos amigos?