Capítulo 12

Cazando la isla

Taxista llevando a explorador de camino al aeropuerto
El viaje de José se acelera hasta volverse una carrera contra el tiempo. Entre buses, taxis, aeropuertos y decisiones improvisadas, atraviesa países guiado por una urgencia que no termina de comprender del todo, pero que lo empuja sin descanso. El trayecto se vuelve encuentro: con desconocidos, con paisajes nuevos y con partes de sí mismo que intenta dejar atrás. Al llegar a Guatemala, la búsqueda toma una nueva forma y lo conduce, casi sin quererlo, hacia un punto donde las pistas comienzan a reunirse.

José salió inquieto, casi agitado. La gente lo miraba con curiosidad, pero pronto olvidaba a aquel hombre que corría frente a una de las maravillas del mundo. Caminó entre el mar de turistas que entraban, hacían fila y gritaban para no perderse entre los grupos que avanzaban en manada. José, como podía, se mimetizaba, avanzaba y trataba de no empujar a nadie, pero el caos no le permitía moverse tan rápido como necesitaba para encontrar la salida. Todos iban a contracorriente. Ya había tomado fotos, preguntado y revisado por todos lados, y finalmente no había nada. Sin duda era momento de correr al nuevo sitio.

Cuando llegó hasta el paradero donde lo había dejado el bus que venía desde el tren, se encontró con que los buses no estaban. Preguntó al aire: “¿Dónde están los buses?”, y una señora le respondió:

—Ellos vienen, descargan y se van por más. A veces se quedan esperando, pero en la mañana temprano salen de una vez.

José preguntó si sabía cuánto se demoraban en promedio, y un hombre junto a ella dijo que era relativo: diez o veinte minutos, que venían en tandas. José les lanzó una mirada de odio por haberle dado aquella respuesta tan inútil, pero se contuvo. No era justo con ellos. Contó mentalmente hasta diez y, suavizando la expresión, agradeció la información. La señora lo miró raro y volvió a hablar con el hombre, incrédula por su actitud.

José se sintió mal por su reacción, pero un segundo después lo olvidó. No podía esperar. Debía irse inmediatamente.

¿Podía permitirse esperar un tiempo prudente? Aún era temprano; podría investigar mientras llegaba alguien que lo llevara. ¿Pero a dónde? Era el momento perfecto para empezar a planear mientras resolvía lo del transporte, con quién regresar.

—Empecemos con rutas alternativas. Para ir a Flores, debo saber desde dónde puedo llegar —murmuró mientras buscaba en su celular.

Encontró que solo podía volar desde Ciudad de Guatemala. Entonces debía pensar cómo llegar lo antes posible. Revisó primero Mérida: había vuelo directo, pero no encontró cupo para ese día. Cancún y Tulum tampoco ofrecían nada.

—Ok, plan B: Ciudad de México.

Esta vez cambió el destino y logró encontrar un asiento para las tres de la tarde. Miró el reloj. Sí, podía llegar a Mérida a tiempo sin afán. Ahora debía buscar transporte hacia Ciudad de Guatemala.

La misma señora le gritó y señaló un taxi disponible. José le agradeció, sintiéndose peor por su reacción anterior. Corrió hacia el lugar donde un letrero enorme decía “Taxis”. La desesperación lo había cegado tanto que ni siquiera lo había visto antes.

Miró a su alrededor: veía los carros, pero no a los conductores. Alguien lo notó desesperado y se acercó. Le dijo que podía llevarlo a la estación de buses del tren o a Valladolid, señalándole un taxi a unos metros. José explicó que necesitaba llegar a Mérida rápido. El taxista lo miró, evaluó su urgencia y aceptó. Le pidió dinero, y José ofreció un poco más si lo llevaba rápido. El taxista se animó y aseguró que, aunque el trayecto era de casi dos horas, trataría de reducirlo a una.

Apenas se subió al carro, José respiró hondo y sacó la Tablet. Era momento de comprar los tiquetes. Encendió la pantalla y empezó la cacería de vuelos. Compró el de Mérida a Ciudad de México para las 3 p. m. Luego buscó cómo llegar a Ciudad de Guatemala: había disponibilidad para un vuelo a las 7 p. m. de ese mismo día, pero solo en asiento premium. Era costoso, pero llegaría esa misma noche. Valía la pena. Finalmente reservó también el vuelo a Flores para las 6 a. m. del día siguiente.

El taxi avanzaba por la carretera estrecha, bordeada de vegetación, pasando por pequeños pueblos bajo un calor insoportable de media mañana, cuando el conductor, al ver que José dejaba la Tablet y bajaba la ventana, buscó conversación.

—¿Y tanta prisa, patrón? ¿De dónde es?

—De Colombia —dudó apenas un segundo, antes de responder con sinceridad—. Mañana tengo que estar en Tikal, en Guatemala. Es… complicado. Necesito encontrar a alguien antes de que siga viajando. Si lo pierdo ahí… se me acaba la oportunidad.

El taxista soltó una risa.

—Ah, caray. Pues usted parece sacado de esas películas donde los personajes andan corriendo detrás de un tesoro.

José sonrió, medio nervioso.

El hombre aprovechó para arrancar con su charla alegre:

—¡Uy no, mano! Qué bueno que conoció Yucatán, pero me preocupa que se vaya sin probar la comida buena. ¿Ya cayó en la cochinita o anda a puros tacos y cerveza? Panuchos, salbutes, sopa de lima… ¡eso sí es despedida digna!

José terminó riendo. La energía del taxista, lejos de cansarlo, lo relajó.

—Y mire usted, parcero, Chichén Itzá —dijo señalando por la ventana, aunque solo había vegetación seca en la carretera—. Esa pirámide es una belleza… y el calor, ni se diga. Derrite más que una marquesita al sol. Pero qué bueno que vino. ¿Y ahora Tikal? ¡Ufff! Va a sentir la selva respirándole en la nuca.

—Quiero volver —admitió José—. Apunté varios lugares para otra ocasión.

—Pues claro, mano. Yucatán no se acaba en un viaje. Le quedaron cenotes, pueblitos y comida pendiente. Aquí decimos que el turista que sonríe una vez regresa dos. Eso sí: antes de irse pruebe una cochinita aunque sea en torta, pa’ que vaya con fuerzas a perseguir mayas.

José agradeció, abrumado pero divertido. El taxista siguió, encantado de tener público:

—Vio el Juego de Pelota, ¿verdad? Uno siente el sol pegando como si también quisiera jugar. Pura piedra hirviendo.

José subió la ventana y ambos disfrutaron del aire acondicionado.

—Y los cenotes… Ufff… esos son los aires acondicionados de los mayas —continuó—. Uno sale frito de la pirámide y el cenote le dice: “Ándale, tírate”. Chichén Itzá es eso: calor que te derrite y agua que te salva.

José escuchó fascinado. Aquella charla desenfadada lo hizo sentir acompañado, vivo, parte del camino. Y aunque iba apresurado y con la mente en Tikal, ya sabía que volvería.

Al llegar al aeropuerto, José le dio al taxista unos pesos de más.

Como en todo aeropuerto, había de todo, pero no consiguió —o no hizo el esfuerzo suficiente por conseguir— lo que le habían recomendado comer. Fue directo a la sala de espera e intentó descansar sentado. Compró una botella de agua de Jamaica, aquella bebida que últimamente sostenía su dieta entera. Una vez en el avión, el cansancio lo venció: durmió casi todo el vuelo de dos horas.

Cuando aterrizó en Ciudad de México, la hora del almuerzo ya había terminado. Fue al hostal donde tenía sus cosas para recogerlas. Al verlo entrar, la dueña levantó la vista desde lo que hacía y sonrió, como aliviada.

—¡Ah, qué bueno que regresó! —dijo con su tono amable—. Ayer no lo vi y pensé que quizá se había ido sin avisar.

José explicó que debía marcharse esa misma tarde. La señora asintió sin perder la cordialidad.

—No se preocupe, mijo, aquí le ayudo con los pagos y luego le pido un taxi para el aeropuerto, ¿cierto? —añadió, práctica y atenta.

Él subió, se duchó, empacó y bajó de nuevo. La señora lo miró con una sonrisa ligera.

—Listo en un momento, ¿eh? Así da gusto —bromeó—. ¿Ya trae todo? —preguntó con esa mezcla de costumbre y preocupación sencilla—. Siempre se quedan los cargadores.

Hablaron un rato. Cuando José le dijo que iba rumbo a Guatemala y no a Colombia, los ojos de la señora brillaron, sorprendidos.

—¡Ah, Guatemala! Va a conocer lugares bien bonitos. Qué bueno que aprovecha el viaje —comentó—. Y donde vaya, pregunte sin pena; siempre hay gente buena.

Hicieron la gestión de los pagos y, cuando llegó el taxi, ella se despidió con calidez:

—Cuando quiera volver, aquí tiene su casa. —Luego, casi riendo, lamentó no haberle preparado algo —Si me avisa, le hago un huevito aunque sea. Pero bueno, llegando al aeropuerto búsquese unos taquitos de guisado; son rápidos y no fallan. Y si hace calor, una agüita de Jamaica le cae de maravilla. Viaje con el estómago contento, mijo.

José la agradeció, y ella le devolvió una despedida sencilla y genuina.

Pudo comer algo sencillo, simulando el almuerzo, llegar tranquilo al aeropuerto, lavarse los dientes y preparar todo para el vuelo.

Unos minutos antes de abordar, llamó a su madre sin motivo aparente.

—Hola, mamá. ¿Cómo está?

—Hola —respondió ella, procurando sonar amable—. ¿Y dónde se encuentra ahora?

—Voy a tomar un vuelo hacia Guatemala. Esta mañana estuve en Chichén Itzá, en México. Tomé unas fotos para usted.

Hubo una breve pausa.

—Bueno… gracias por avisarme. He estado un poco preocupada. Me da miedo que ande viajando así. No quiero cortarle las alas, pero sí me inquieta. Solo espero que esté bien.

—Estoy bien —aseguró él—. Como le dije la vez pasada, la situación en casa ya no era tan cómoda y se había vuelto muy complicada, por eso decidí hacer este viaje, aunque a veces se siente como una carga. Trato de equilibrarlo con el trabajo para no quedarles mal a los clientes, pero, en general, todo me está saliendo bien. —Y entonces le mintió—. La llamaba para contarle que en dos semanas vuelvo a Colombia, para su cumpleaños.

Ella pareció desconcertada.

—Ah… no recordaba que faltara tan poquito. Gracias, mijo. Y… tome fotos bonitas, ¿sí?

—Lo prometo.

Se despidieron como si no hubieran hablado en años, como si aquella hubiera sido la mejor conversación que habían tenido en muchísimo tiempo. Y, aun así, no habían dicho nada verdaderamente importante.

El vuelo nocturno iba completamente lleno. José aprovechó el asiento premium junto a la ventana y durmió casi todo el trayecto.

Al aterrizar en Guatemala, agotado por la cadena de vuelos, pasó migración sin problemas. Le preguntaron por qué no tenía tiquete de regreso. Respondió que saldría del país en tres días, que quería ir a Tikal y luego volver a Colombia. No era del todo falso, pero funcionó.

Eran las 9 p. m. cuando salió del aeropuerto. Tomó un taxi y pidió que lo llevaran a un hostal pequeño y barato cerca del aeropuerto porque debía madrugar. El taxista lo llevó a una zona modesta. Allí le recomendaron probar pepián con arroz y tortillas. Lo disfrutó a pesar del cansancio: era comida honda, de hogar.

Pidió un espacio en una habitación compartida con camarotes. Le dieron una toalla, un cepillo, una almohada y le avisaron que compartiría el cuarto con siete personas. Pidió que lo despertaran a las 4 a. m. Todo quedó acordado.

Se acostó. Dos horas después entraron otros huéspedes; alguien encendió y apagó la luz sin cuidado. Escuchó idiomas que no reconoció, tal vez ruso o turco. Luego cayó profundamente dormido.

Soñó con pirámides antiguas. Las piedras murmuraban que estaba equivocado, que así no se trataba a una mujer. Entre los bloques apareció Sara, reclamándole que él era cascarrabias por naturaleza y que merecía una mujer igual de cascarrabias. Le mostró un espejo. José vio su reflejo… pero en versión femenina.

—Ahí está —le dijo ella—. Para que entiendas qué esperas de una mujer nueva.

José respondió algo que no terminaba de entender, pero que sabía que salía de un lugar real dentro de él:

—Puedo desviarme del camino del hombre o del camino de la mujer… pero jamás del camino de un ser humano.

Sintió alivio.

Luego una mano lo movió por el hombro.

—Señor, son las cuatro de la mañana. Me pidió que lo despertara.

Se levantó, se lavó la cara y los dientes, pagó la noche y caminó veinte minutos hasta el aeropuerto. Desayunó huevos con pan y café, compró agua y la envasó en el termo que Sara le había regalado.

El avión no era una avioneta, para su sorpresa. El vuelo duró cincuenta minutos. Al llegar al aeropuerto Mundo Maya comprendió que estaba en un lugar completamente diferente.

Tomó una van compartida con dos colombianos y un italiano. Los colombianos buscaban un tour a Tikal. José dijo que también quería conocerlo, aunque primero debía “encontrar algo”. El italiano lo miró de reojo: ambos sabían que estaban allí por lo mismo.

Hizo buenas migas con los colombianos, quienes le contaron que estaban de vacaciones y que les encantaba la historia y la arqueología. José les habló de su interés por la cultura maya y de su admiración por Tikal.

La carretera bordeaba un lago brillante. Entraron al pueblo bajo un arco blanco precioso y los dejaron cerca del letrero “Yo amo a Petén”. José pidió a la colombiana que le tomara una foto; él hizo lo mismo con la pareja. El italiano ya no estaba.

Según el taxista, el pueblo era pequeño y todo quedaba cerca. Además, el lugar del letrero era donde todas las van llegaban a recoger turistas, y todos los hostales tenían agencias para hacer los tours. Como era un lugar pequeño, surgió la idea entre José y la pareja de colombianos: si se veían en la calle antes del próximo día, podrían ponerse de acuerdo para ir juntos a Tikal. A los tres les pareció buena idea.

Se despidieron y José se quedó solo, con su mochila al hombro y su maleta pequeña.

Caminó unas calles, agradeciendo lo pequeño del pueblo. Alguien que vendía bebidas en bolsas plásticas le ofreció fresco de Chilacayote. José lo probó.

—Con esto termina mi adicción al agua de Jamaica —dijo. Tenía razón. Era dulce, frío, fresco, perfecto.

Reservó tres noches en un hostal colorido, con una terraza amplia desde la que el lago parecía respirar lentamente. Las paredes, cubiertas de murales vibrantes, contrastaban con un olor a madera húmeda que le recordaba algo antiguo y fatigado. Desde allí observaba cómo el agua descendía en tonos cada vez más oscuros hacia el centro del lago, como si se hundiera un poco más a cada minuto. Y, al mirarlo, no pudo evitar sentirse igual: desplazándose, casi sin notarlo, hacia una profundidad silenciosa que lo reclamaba.

Dejó sus cosas y salió a caminar. Quería explorar el pueblo antes de que el tiempo se le acabara. Fue hacia la iglesia blanca —la histórica, construida sobre una pirámide maya— y notó la inclinación de las calles, las piedras calientes bajo los pies.

Poco a poco aparecían otros viajeros: rostros que había visto en el avión, en el aeropuerto, esperando la van para llegar al pueblo, en algún punto del camino. Se miraban entre todos, tímidos, como si compartieran un secreto pero nadie se atreviera a nombrarlo.

Nadie hablaba con nadie. Solo se hacían señas, asentían, se reconocían. Y todos iban, sin decirlo, hacia la iglesia. Allí ya había algunos más esperando.

José contó mentalmente: diecisiete extranjeros. Diez chicas, todas en grupos pequeños. Él sería el dieciocho.

Buscó una librería cercana con la mirada. Tenía que estar por ahí. La interpretación del poema era perfecta. La pista que llevaba días persiguiendo.

A las 8:20 apareció un anciano; venía caminando despacio, con un sombrero de paja que le protegía del sol. A pesar del calor llevaba pantalones elegantes, zapatos formales, una camiseta de lino manga corta y una corbata floja, como si no hubiera tenido tiempo —o ganas— de ajustarla. Usaba lentes oscuros.

Se instaló con calma. Abrió una silla plegable, desplegó un armazón similar a un tendedero, colocó revistas y libros, y coronó el conjunto con una imagen de la calavera de los “sombrero de paja”.

Luego, con gesto lento, se quitó los lentes.

José casi se sobresaltó: parecía un americano de película antigua.

Todos se acercaron instintivamente.

El anciano tomó asiento, levantó un brazo y mostró una tarjeta con un código QR.

Con un inglés perfecto, dijo: —Bienvenidos a una nueva pista.