Despistes costosos
A la mañana siguiente, antes incluso de que el sol terminara de levantarse, emprendió el viaje que había decidido hacer: ir a Cholula. El aire madrugador aún cargaba el frío de la noche, y la ciudad parecía desperezarse lentamente mientras él caminaba con paso firme hacia la terminal de transporte. Tomó un autobús rumbo a Puebla. Intentó no dormirse durante el trayecto; la ansiedad le quemaba por dentro, como si algo invisible se tensara dentro de su pecho y estuviera a punto de romperse. Antes de subir al bus había comprado pan, una gaseosa y una botella de agua. Del enojo que llevaba encima había olvidado —o al menos así lo creyó— el termo que Sara le había regalado.
En la maleta llevaba pocas cosas. El portátil y la ropa gruesa, lo había dejado en el hostal. Solo cargaba su Polaroid, una tablet, el celular, un par de medias y calzoncillos. Quería andar ligero, como si librarse del peso físico pudiera aliviar también el peso que llevaba en el alma.
El viaje resultó cómodo, aunque su mente apenas le permitía disfrutarlo. Miraba por la ventana el paisaje que corría junto al bus: campos húmedos, casas modestas levantándose con el sol y gente caminando hacia su rutina. Personas que parecían libres, ajenas a esa sensación de ahogo, de estar perdiendo algo invaluable. Dos horas pasaron así, con él atrapado entre el movimiento y su propia inquietud.
Al llegar a la terminal de Puebla habló con unos señores que le explicaron cómo llegar hasta la pirámide, pero le advirtieron que aún era muy temprano. Aunque el sitio abría pronto, faltaba bastante para poder entrar.
—No podrá pasar todavía —le dijeron—. Será mejor que espere.
Aquello le cayó como un golpe en el estómago. En dos horas comenzaría la búsqueda oficial de la pista, y quedarse allí detenido lo ponía al borde de la desesperación. Quería llegar antes, inspeccionar, moverse. Los hombres le recomendaron ir a comer algo mientras abría la iglesia. Él les preguntó si cerca había algún lago o algo parecido. Ellos mencionaron el río Balsas. Eso le devolvió un destello de ilusión, aunque muy tenue.
Les hizo caso y caminó hasta una fonda cercana. El lugar olía a aceite caliente y masa recién hecha, comida honesta de calle que esperaba le reconfortara el alma. Pidió una cemita y tlacoyos poblanos. El sabor cálido lo devolvió a tierra, como si cada bocado fuera una soga que lo jalaba de vuelta desde el vértigo que había sentido al llegar a la ciudad.
Mientras comía, abrió la tablet y empezó a investigar. Confirmó que el río Balsas estaba demasiado lejos. Pero ¿qué tan lejos podía ser “demasiado lejos” para alguien que ya había llegado tan lejos? Aun así, al ver el mapa lo descartó, teniendo en cuenta que desde la pirámide —decían todos—, si el cielo estaba despejado, era posible ver el volcán a la distancia. No creyó mucho en esas palabras, pero no tenía otra cosa mejor a la cual aferrarse.
Tomó un taxi y este lo dejó al pie de la subida.
Al llegar, el calor lo golpeó como una pared. El sol ya se alzaba con fuerza, dándole una bienvenida áspera que ardía sobre su espalda. Fue como si el dios Sol lo tocara con una mano enorme y pesada, dándole ánimo. El aire olía a tierra caliente y a piedra antigua. Mientras subía, observando las largas escaleras y rampas que ascendían serpenteando la ladera, a lo lejos pudo ver el Popocatépetl elevándose con majestad sobre el horizonte. El volcán, inmenso y silencioso, parecía vigilarlo todo. Aquello, aunque no le daba la respuesta del poema, le regalaba un rayo de esperanza.
Sonrió sin darse cuenta. Estaba cerca; podía sentirlo en los huesos calientes.
Cuando llegó a la cima —de un cerro que imaginó mucho más alto— vio la imponente iglesia de Nuestra Señora de los Remedios, con sus colores suaves brillando bajo el sol. La vista era espectacular: la ciudad desperdigada a sus pies, el volcán erguido al fondo y la brisa fría de la altura acariciándole el rostro. Estar allí lo estremeció. Había emprendido un viaje que muchos jamás podrían darse el lujo de hacer, una experiencia irrepetible. Y aunque la presión, el tiempo y el cansancio lo acompañaban, se sintió orgulloso de sí mismo.
Se quedó mirando el volcán. Las nubes intentaban cubrirlo sin éxito: Popocatépetl se negaba a ocultarse. El smog no alcanzaba esa altura. Sacó su cámara y tomó una foto que, lo sabía, conservaría para siempre.
Faltaban pocos minutos para que iniciara oficialmente la búsqueda. Comenzó a recorrer el cerro, buscando a alguien que pudiera tener un pequeño puesto ambulante de libros o revistas. Esa era la clave.
Dio vueltas. Nada. Entró en la iglesia; en otro momento se habría quedado más tiempo, admirando techos, colores, historia. En cambio, abrió el celular y escribió una nueva nota: “Lugares que quiero conocer mejor después de este viaje”. Luego salió a toda prisa.
Preguntó por todas partes, insistió, caminó, dio vueltas, pero no obtuvo resultados. Los vendedores ambulantes no podían subir hasta allí. Eso significaba que nadie podía montar algo parecido a una librería improvisada sobre un carrito de madera.
Bajó a la falda de la pirámide. Nada. Ni una pista, ni un objeto extraño, ni alguien que despertara su intuición.
Revisó la página web: la competencia llevaba cinco minutos activa. El reloj de 72 horas ya comenzaba a bajar, implacable, y el número de participantes seguía en cero. Caminó por la plaza de entrada, escudriñando cada rincón, pero nada lo obligó a detenerse.
A lo lejos, mientras volvía a subir, vio a un guía dando una charla a un pequeño grupo de turistas. Se acercó. Necesitaba información. Un arqueólogo podría ser una mina de datos.
El grupo era europeo, la explicación en inglés, pero eso no importaba. José se unió sin pedir más permiso que una mirada rápida.
Durante la subida, el guía narró la historia con pasión: la conquista, la edificación de la pirámide, la iglesia que se alzaba sobre ella como un símbolo impuesto. Luego bajaron a la zona arqueológica, cruzaron corredores de piedra, entraron al museo y viajaron por siglos de historia mesoamericana a través de piezas, maquetas y restos ceremoniales. José, cuando no entendía, lanzaba alguna pregunta rápida en español. El guía respondía con paciencia.
Solo cuando el hombre afirmó:
—En esta zona hay muchos volcanes…
José intervino en inglés, para no excluir al grupo:
—¿El agua era tan importante aquí como pensábamos?
El guía sonrió y negó con la cabeza.
—Para nada. Aquí lo sagrado era la luz, la posición de los volcanes, su grandeza. Los habitantes de esta región no veneraban el agua. Eso era cosa de los mayas, en la península, con sus cenotes.
Y allí, como un golpe certero, José comprendió: estaba buscando en el lugar equivocado.
Sacó diez dólares de la cartera, se los entregó con gratitud al guía, le deseó suerte en el recorrido y se despidió del grupo, con el que curiosamente había congeniado a pesar de la prisa.
Salió corriendo. Debía regresar.
El siguiente destino era claro: Chichén Itzá.
Mientras bajaba la pendiente en busca de un taxi, se detuvo solo un segundo. Miró por última vez al Popocatépetl, inmóvil, orgulloso, enorme, como si fuese una criatura antigua vigilando el valle.
Era hora de entrar en la selva.
Parecía que había perdido el tiempo, pero algo en su corazón le decía que no. Se subió al taxi y pidió recomendación sobre cuál era la manera más fácil y rápida de llegar a las pirámides de Chichén Itzá.
El taxista le dijo que podía llevarlo al aeropuerto de Puebla, y que allí podía buscar un vuelo a Mérida, Tulum o Cancún. Desde cualquiera de esos lugares podía tomar un autobús, el tren o contratar un guía para llegar a las pirámides. José, iluso, le preguntó si podía llegar el mismo día. El taxista se rio, pero al ver la cara de desesperación de José le dijo que no. La otra opción era llevarlo al aeropuerto de Ciudad de México: le cobraría un poco más, pero sería la mejor ruta, porque podría ser que hubiera más opciones para viajar. Efectivamente, encontró un vuelo desde Ciudad de México a Mérida. El resto de las opciones eran vuelos para dentro de dos días.
Mientras, intentó buscar un tour para ese mismo día, el cual no logró concretar por la hora; el vuelo llegaba demasiado tarde para llegar siquiera a Chichén Itzá. Quiso mirar la aplicación de Muwi, pero evitó hacerlo. Solo quería ver el reloj correr hacia atrás y el contador de participantes que, hasta llegar al aeropuerto, seguía en cero. Era mejor ver solo el reloj y no comentarios que no le aportaban nada. Pero se sentía aliviado por ver ese número.
Quedaba una hora y media para su vuelo. Había costado un poco más, pero era la línea directa. Planteó su siguiente movimiento: llegaría a la ciudad, buscaría algún tour, algún museo y se dedicaría a documentarse. Investigó y lo mejor era viajar en tren; buscó boleto, pero ya le tocaba para el día siguiente. En ese momento se maldijo: debió haber traído las revistas para estudiar, pero las había dejado en el hostal. No podía ir y volver; no llegaría. Almorzó un pedazo de pizza con una cerveza y se montó en el avión. Durmió las dos horas de ese vuelo.
Para cuando aterrizó en Mérida, eran casi las seis de la tarde. El cielo tenía ese tono tenue entre amarillo y caramelo que solo la península parecía capaz de fabricar. Alquiló una habitación de un hostal cerca del centro, sin fijarse demasiado en el lugar: solo necesitaba una cama firme y wifi.
Pagó la habitación y salió a buscar información.
Preguntó a vendedores de tours, guías callejeros, agencias turísticas con sonrisas forzadas bajo luces frías de neón. Pero ninguno sabía lo suficiente de historia maya como para servirle. Todos hablaban de paquetes, transporte, fotos, rutas turísticas. Superficies. Folletos. Nada que le diera la sensación de estar acercándose. Salía muy caro, así que decidió aventurarse y, finalmente, con el boleto de tren, llegaría solo.
Caminó por Mérida sin verla del todo y la anotó en la lista para volver después. La ciudad era hermosa, sí: fachadas coloniales iluminadas, balcones antiguos, calles de piedra gastada como páginas abiertas del pasado. Entró a un restaurante sencillo, atraído por los olores cálidos que escapaban hacia la calle. Pidió sopa de lima y cochinita pibil. La calidez de la sopa le bajó por el cuerpo como una cuerda que lo amarraba de nuevo a sí mismo.
Regresó al hostal mientras los demás turistas se preparaban para la fiesta: música electrónica vibrando en los pasillos, risas, botellas abriéndose. Él solo quería descansar. Revisó la web una última vez antes de dormir: el contador de 72 horas seguía bajando. Los participantes seguían en cero. Nadie había encontrado nada.
Cerró los ojos en la oscuridad.
—Mañana —pensó—. Por fin respuestas.
En la mañana tomó el bus hacia la estación de tren. Llegó con tiempo, compró una gaseosa, una botella de agua y comió algo para engañar al estómago. El tren llegó tres minutos tarde. Él subió, y la hora y media de trayecto fue extremadamente corta. Al bajar en la estación, debió comprar el tiquete para el transporte directo hacia el parque.
Al llegar, le dieron una hora aproximada de salida y le advirtieron que, si lo necesitaba, podía regresar antes. Para ingresar al interior del sitio había algunos filtros de acceso: turistas, guías que ofrecían paquetes, vendedores, voces cruzándose por todas partes. José preguntó aquí y allá, buscando algo tan simple como una librería, un lugar con libros más allá de los folletos, las fotografías brillantes diseñadas para vender. Pero no encontró nada. Demasiada gente, demasiadas ofertas, demasiadas palabras para tan poca respuesta. Se unió finalmente a un grupo, sin saber todavía si era el correcto, pues había pagado por información.
El camino hacia las pirámides comenzó por calles de tierra, sol intenso desde temprano y un aire que parecía espeso de humedad. José saludó al guía e intentó conversar. Poco a poco se dio cuenta de que todos empezaban a tomar fotografías de la primera pirámide visible a lo lejos, como si la estuvieran atrapando antes de llegar. Él, en cambio, trató de prestar atención a cada detalle, aunque la ansiedad lo empujaba hacia adelante.
El guía hablaba con una calma ensayada, de esas que tienen quienes repiten la misma historia todos los días, pero sin perder el cariño por ella. Su voz parecía acompañar los pasos del grupo más que describirlos, a pesar del ruido del sitio.
Después de explicar generalidades del lugar, organización, construcción y detalles de cenotes, sacrificios y política, cambió el tema para darles más importancia a los itzá.
—Aquí en la península convivieron varios pueblos mayas —comenzó—. Los itzá, grandes comerciantes y navegantes, extendieron su influencia desde Chichén Itzá hasta el Petén. Los tutul xiu, en la zona de Maní y Uxmal, eran diplomáticos y maestros en alianzas políticas. Más al oriente estaban los cupul, guerreros disciplinados que controlaban rutas hacia el Caribe. Y en el norte, los cocom dominaron Mayapán, imponiendo un gobierno casi oligárquico hasta su caída.
Hizo una pausa, dejando al grupo respirar mientras el sol se filtraba entre las ramas de los árboles.
—Así que no —continuó—, Yucatán nunca fue un solo pueblo. Era una constelación de reinos: lenguas parecidas, mitos compartidos y también rivalidades constantes.
Sacó un mapa turístico arrugado por el uso.
—Si lo vemos por funciones: Edzná es el poder del agua; Uxmal, el poder político y arquitectónico; y Chichén Itzá… —se detuvo frente a la pirámide que ya se alzaba frente al grupo— el gran centro del periodo posclásico. Dominó comercio, religión y astronomía. Tras su declive, Mayapán tomó su lugar, aunque los conflictos internos obligaron a varios linajes nobles a huir hacia el sur, hasta Tayasal, donde mantuvieron rituales antiguos casi intactos hasta el siglo XVII.
Una mujer levantó la mano:
—¿Hubo alguna ciudad más grande que Chichén Itzá?
El guía sonrió, como quien escucha una pregunta que aprecia.
—Depende del periodo. En el norte de Yucatán, no. Pero en el mundo maya en general, sí. En el Clásico, Tikal —en Guatemala— fue muchísimo más grande, más poblada y más poderosa que cualquier ciudad peninsular. Si les interesa el mundo maya profundo, deberían visitarla: templos altísimos, selva viva, aves, monos aulladores… un viaje al pasado. Y más tarde, en el Posclásico, Tayasal fue el último gran reino independiente, conquistado recién en 1697.
José sintió el estómago tensarse. Levantó la mano con cautela.
—Perdón… una duda. ¿Todos los rituales eran en cenotes? ¿Nunca usaban lagos o islas? Los mayas sabían navegar, ¿cierto?
—Claro —respondió el guía sin titubear—. Aquí los cenotes eran el centro ritual porque en la península no hay lagos grandes. Pero en la costa los mayas eran navegantes: cruzaban entre Isla Mujeres, Cozumel y el continente sin problema. Y si buscan ritos sobre el agua, islas sagradas, ciudades lacustres… entonces tienen que mirar hacia el sur. Cuando los itzá dejaron Chichén Itzá, muchos se instalaron en el Petén, región de lagos enormes. Allí construyeron Tayasal, en una isla en medio del lago Petén Itzá. Usaban canoas para todo; allí el agua era parte del templo.
José parpadeó. Algo dentro de él hizo clic, una pieza que llevaba días, quizá meses, intentando encajar.
—¿Esa isla… está en México? —preguntó, intentando sonar casual.
—No. Está en Guatemala. Estuve allí el año pasado. Si quieren entender el rompecabezas maya completo, Tikal y el Petén son indispensables.
Mientras el guía seguía hablando, José se apartó unos pasos y sacó el celular. Escribió “Tayasal” y en la pantalla comenzaron a aparecer fotografías del lugar: la Isla de Flores, una mancha urbana en medio del Lago Petén Itzá, rodeada por un anillo de agua tranquila. Las casas coloniales se extendían por la pendiente central y, en lo más alto, una iglesia blanca dominaba el horizonte.
Luego apareció una imagen de Tikal. Las pirámides emergían entre la selva, imponentes, con sus escalinatas afiladas elevándose hacia un cielo húmedo. José se quedó mirándolas unos segundos, con la sensación incómoda de haberlas visto antes, no en fotografías, sino en algún dibujo, una frase, una imagen perdida que volvía desde algún rincón de la memoria.
Siguió rodando la pantalla hasta encontrarse con un titular reciente:
“Investigación preliminar sugiere hundimiento progresivo en la Isla de Flores, en el lago Petén Itzá.”
El lago subiendo.
El suelo hundiéndose.
Exactamente las palabras del poema.
El estómago se le hundió también.
Regresó al guía.
—Una última pregunta —dijo con la voz apretada—. ¿Es cierto que la isla se está hundiendo?
El guía hizo un gesto prudente.
—Es una teoría. No está confirmada. Pero sí, algunos arqueólogos creen que el lago podría estar reclamando lo que fue suyo.
José lo miró, incapaz de disimular el impacto. Su cuerpo vibró como si una pieza enorme, hundida en el silencio, acabara de calzar en su lugar.
Y, casi sin voz, susurró: —Jueputa… estoy en la zona maya equivocada.