Capítulo 30

Cargas boreales

Un viajero baja de un minibús frente a un pequeño hotel rural de fachada blanca iluminada con luces cálidas, en medio de la noche. El suelo está húmedo y el entorno es oscuro y silencioso, con pocos vehículos y personas cerca de la entrada. En el cielo, una intensa aurora boreal de color verde se extiende y ondula, contrastando con la luz cálida del edificio y dominando la escena.
Frente a frente, José y Bartolomé sostienen una conversación que avanza con la calma de lo inevitable. Entre silencios y verdades a medias, surge una palabra inesperada: nakama. Pero el tiempo, implacable, empieza a correr en su contra. No todos los viajes se miden en distancia; algunos se abren en grietas invisibles. Y, al final, un viejo conocido lo espera, reflejando más de lo que quisieran ver.

El ambiente en el restaurante no era incómodo; resultaba tan natural que el roce de los cubiertos contra la vajilla, el golpeteo de las copas de vino, los vasos de cerveza sobre las mesas y las risas de los demás comensales hacían pensar que el silencio no existía. Para José, sin embargo, sí lo había. Era un silencio propiciado por una pausa, una que le permitía digerir aquella historia. Tuvo muchas preguntas en mente, pero no formuló ninguna.

Bartolomé sonrió mientras terminaba su vaso de chocolate, que ya no le ofrecía nada: estaba frío. La lluvia había disminuido su intensidad, pero seguía cayendo con constancia, dibujando líneas borrosas sobre el vidrio en medio de la oscuridad de la noche. Levantó la mano para pedir otra tanda de galletas y chocolate y, sin consultar demasiado, también pidió café para José, quien aceptó con un leve movimiento de cabeza.

Theo pasó junto a ellos anunciando que en un par de minutos continuarían el viaje; algo apurado continuó su recorrido, repitiendo la misma información al resto del grupo. Debían llegar a Reikiavik antes de las diez, pues ya habían perdido mucho tiempo.

Las bebidas calientes llegaron casi de inmediato. El vapor comenzó a elevarse lentamente entre ambos.

—No tienes que decir nada. — Bartolomé habló de nuevo, con una calma que no buscaba llenar el espacio, sino acompañarlo —Supongo que, desde afuera, mi historia puede parecer un tanto excesiva, devastadora e incluso cruel. Pero ya han pasado algunos años, así que lo peor quedó atrás. —Hizo una pausa breve, como si ordenara lo siguiente—. He vivido, he aprendido y he escuchado tantas cosas, que ya no soy capaz de contar la historia tal como ocurrió. Ahora, supongo, la cuento distinta. Más llevadera. Tal vez porque estoy sanando poco a poco y me quedo con lo que valió la pena. Y también, porque me voy perdonando por lo que hice o dejé de hacer. —Se encogió levemente de hombros—No vale la pena que digas algo que otros ya me han dicho antes.

José mantuvo el rostro serio. Seguía procesando, pero su reacción fue casi automática: un gesto de condolencia que no alcanzaba a abarcar la dimensión completa de lo escuchado.

—No te preocupes —dijo con una sonrisa leve, antes de dar un sorbo corto a su chocolate.

José asintió en silencio y también bebió de su café. Su mirada se perdió en un punto indefinido sobre la mesa, como si intentara ordenar algo que aún no terminaba de tomar forma.

Bartolomé no dijo nada más. Se limitó a observarlo con una paciencia tranquila, casi anticipada. No era una espera vacía: había en su gesto una certeza silenciosa, como quien reconoce un momento antes de que ocurra. No sabía exactamente qué forma tomaría, pero sí que llegaría. Por eso sonrió apenas, sosteniendo ese instante sin intervenir.

Entonces José rompió ese momento suspendido, sin apuro, preguntando aquello que Bartolomé parecía estar esperando: “¿Por qué?”

La sonrisa en la comisura de sus labios se acentuó apenas, no como burla, sino como confirmación. La pregunta no lo tomó por sorpresa.

—¿Por qué te conté esto? —Bartolomé dejó la taza sobre la mesa con suavidad, como si necesitara liberar las manos para ordenar mejor la idea—. Supongo que, después de todo lo ocurrido, cambié. Cambié en la forma en que miraba las cosas, en la forma de vivir. No es algo que yo haya buscado. Simplemente pasa. La vida se mide de otra manera: cómo actúan las personas, cómo avanzan e incluso cómo se detienen. También empecé a notar cosas que antes se me escapaban: pequeños gestos, silencios… la forma en que alguien se queda un segundo más de lo normal mirando a ningún lado.

El vapor del chocolate seguía elevándose, lento, constante.

—No es que entienda a las personas —continuó—. Es más bien que hay cosas que ya no pasan desapercibidas. La manera en que alguien evita una pregunta… o se mantiene ocupado todo el tiempo… o esa sensación de estar en movimiento sin saber muy bien hacia dónde.

José no apartó la mirada. Su expresión cambió apenas, un gesto mínimo, como si algo empezara a incomodarle sin poder señalarlo con claridad.

—Y no siempre significa lo mismo —añadió Bartolomé—. Pero hay momentos en los que reconoces algo. No porque lo veas con claridad, sino porque te resulta familiar. —Se encogió ligeramente de hombros—. A mí me tomó años darme cuenta de que muchas decisiones que tomé no tenían tanto que ver con lo que decía, sino con lo que estaba evitando.

El silencio regresó, pero no como antes. Ahora tenía peso.

José sostuvo la mirada un instante más y luego la dejó caer hacia su café, como si necesitara algo concreto a lo cual aferrarse.

Bartolomé bebió un sorbo corto y, tras un breve silencio, añadió con un matiz distinto en la voz:

—Además, estamos en el mismo viaje. Compartimos algo, aunque no sepamos exactamente qué es todavía. —Hizo una pausa leve—. Y estoy buscando un “nakama”.

La palabra no cayó como una declaración solemne, sino como algo que se permitía aparecer sin imponerse.

—No lo digo como si ya la decisión la hubiese tomado —añadió con una leve sonrisa—, pero quería ver tu reacción a mi historia, y así mismo, evaluarte como una posibilidad de ser un aliado en este viaje.

José dejó escapar una leve sonrisa, aún atravesada por esa duda que no terminaba de disiparse, y alzó su taza de café en un gesto espontáneo, como si intentara sellar algo que aún no estaba del todo definido.

—En mi pueblo dirían que eso da mala suerte —comentó Bartolomé con tono ligero—. Brindar con algo que no sea agua o vino no suele terminar bien.

Aun así, con una risa apenas contenida, inclinó su vaso y lo hizo chocar suavemente con el de José, restándole peso a la advertencia.

Theo comenzó a llamarlos desde la entrada. La lluvia había cedido lo suficiente como para retomar el camino. El siguiente destino era Reikiavik. Debían apresurarse, porque algunos, como José, tenían conexión con otro tour en el que intentarían cazar auroras boreales.

—Pero no cantes victoria —añadió Bartolomé mientras se ponía de pie—. Si decidimos hacer la alianza, no sé si podremos viajar juntos.

José guardó silencio un momento. Terminó su café de un último trago, como si con ese gesto también cerrara algo más. Durante unas horas había olvidado por completo el nuevo poema. Sacó el teléfono, vio la notificación de la aplicación y sostuvo la pantalla apenas un segundo antes de guardarlo de nuevo.

Ya en el minibús, José empezó a contarle sobre su viaje, o más bien, le contó detalles que no le había contado la primera vez, el día que se conocieron. Habló de cómo había llegado a cada pista. Lo contó por encima, dando algunos detalles simples: Alexis, Malaya, los distribuidores y algunas decisiones.

En un punto estuvo a punto de abrirse más, de hablar de su esposa y de su madre. Por la historia que Bartolomé le había contado, parecía posible ese tipo de conversación. Sin embargo, algo lo detuvo. Pensó que lo suyo no era comparable, que no había sufrido realmente. Al poner ambas historias en una balanza, el contraste lo golpeó. Sintió culpa por un instante, pues había creído que su dolor era significativo frente a uno que sí lo era.

Agitó la cabeza, intentando sacarse la idea. Bartolomé lo notó y le preguntó si estaba bien. José respondió que sí, pero ambos entendieron que no era del todo cierto. Simplemente, no era el momento.

Tras un breve silencio, Bartolomé preguntó qué lo había llevado a embarcarse en una aventura tan incierta.

José habló entonces de su trabajo, de sus jefes, de las situaciones que había vivido por su forma de pensar y de ver el sistema que lo controlaba en los trabajos formales. Habló de lo que necesitaba para sobrevivir, de la realidad en Colombia y de su decisión de crear una empresa en Estados Unidos para vender allá, pagar menos impuestos y expandir su mercado.

Mientras conversaban, sentados uno al lado del otro, miraban la oscuridad tras la ventana. El silencio, el frío, la lluvia —que por momentos cesaba— y las siluetas difusas, que se creaban por un pequeño foco del conductor, acompañaban la historia de José y las preguntas de Bartolomé. Hablaban en voz baja, callaban, volvían a mirar afuera y retomaban la conversación desde otro punto.

—Me pregunto si eres tú o si es parte de tu cultura —dijo Bartolomé—. ¿Por qué trabajas tanto? Entiendo tu sensación de ser una “pieza” dentro de ese sistema que describes, esa idea de que no somos libres dentro del capitalismo, y que en este viaje el dinero debería estar resuelto. Pero, por lo que dices, parece que estás más enfocado en escapar de un sistema para crear otro. Y eso suena a más trabajo… a mantenerte ocupado, más que a disfrutar el viaje.

José se quedó en silencio, sorprendido. No esperaba esa estocada.

Bartolomé intentó disculparse al ver entre la oscuridad la expresión, pero José, tratando de ser honesto, respondió que lo había pensado últimamente. Otros lo había dicho antes. Según él, no estaba huyendo: su forma de enfrentar el viaje había sido una búsqueda de libertad. Cuando las cosas se pusieron difíciles, creyó que estaba haciendo lo correcto, que tenía el control.

—Creo que algunos podemos equivocarnos. —Bartolomé no cambió el tono, pero la siguiente pregunta cayó con claridad incómoda —¿Si lo que quieres es escapar? ¿No estás dejando a un lado este viaje?

La palabra quedó suspendida: escapar.

José no respondió de inmediato. Su gesto se tensó apenas.

No era una idea nueva. Ya había aparecido antes, difusa, fácil de esquivar. Pero ahora no. Ahora estaba dicha en voz alta, sin juicio, y por eso mismo era más difícil de ignorar.

—Lo siento —murmuró Bartolomé—. No era para ponerte contra la pared. A veces uno cree que está avanzando y en realidad solo está cambiando de escenario. No es fácil distinguirlo.

El silencio regresó, cargado, activo.

Bartolomé no insistió.

José sintió que algo se movía por dentro. Esa conversación le obligaba a replantearse muchas cosas. Tal vez la vida que había llevado no era la mejor oportunidad que creía. Pero Bartolomé intervino de nuevo:

—No está mal equivocarse. No está mal tomar decisiones creyendo que son correctas. Todos podemos hacerlo. Yo lo hice en mi vida como maestro, padre, esposo e hijo. Lo importante es vivir con los pies en la tierra y hacer lo correcto para uno mismo. Vale la pena intentarlo, fallar, aprender y continuar. Al final, la vida es eso, o al menos eso creo. —Sonrió—. Igual, no le creas demasiado a un profesor de matemáticas sobre cómo vivir la vida. Puede que yo mismo esté equivocado. Tal vez debería estar tomando cócteles en el Mediterráneo, en vez de estar aquí, pasando frío en un viaje incierto.

José sonrió. Sintió que algo en su interior se rompía. Era la primera vez que realmente escuchaba lo que otros ya le habían dicho: Sara, Alexis y Malaya, ahora Bartolomé. Tal vez tenían razón. Pero no les correspondía a ellos decidirlo. Tenía que entenderlo por sí mismo.

Guardaron silencio unos minutos; José pensó que Bartolomé se había dormido, hasta que este habló:

—¿Ya viste a dónde podría llevarte la pista? A mí, creo, me lleva a Barcelona en cuatro días.

José revisó su teléfono. No leyó el poema, solo miró el contador: menos de tres días.

Dos ideas cruzaron su mente. La primera: tendrían que separarse. La segunda, peor: no tenía tiempo.

“Ni siquiera hay tiempo para quejarse”, pensó.

—¿Estás bien? —preguntó Bartolomé, sin darse cuenta de que había hablado en francés. Luego corrigió—. ¿Tienes planeado irte pronto?

José asintió con la boca abierta: al día siguiente saldría hacia Madrid y luego a Colombia.

Bartolomé guardó silencio unos segundos y luego preguntó qué pensaba hacer. Él se quedaría un día más y luego regresaría a Francia; si todo salía bien, iría en tren a Barcelona.

José volvió a mirar el contador: 63 horas.

No fue una cifra lo que vio, sino una presión. Un pulso invisible que comenzaba a latirle en las sienes, como si el tiempo, de pronto, hubiera decidido dejar de ser una medida abstracta para convertirse en algo físico, algo que empujaba, que apretaba, que exigía. Durante un instante, pensó que el reloj estaba mal, que había algún error en el sistema, que aquello no podía ser correcto. Pero no había error. Lo supo antes incluso de volver a mirar.

Revisó los números con más detenimiento, como si el orden pudiera cambiar si los observaba el tiempo suficiente. De los 463 participantes que habían llegado a Islandia con aquella pista, solo 257 seguían en juego. Si no recordaba mal, nadie más había conseguido la pista que entregaba Thoma ese día. Y, en total, aún quedaban 12.145 participantes.

Pasó saliva.

No era solo el tiempo. Era la escala. La distancia. Lo que implicaba seguir ahí.

Bartolomé lo observó en silencio un par de segundos antes de intervenir, con esa calma suya que no imponía, que no corregía, que apenas sugería una forma distinta de sostener lo que ocurría.

—No te preocupes por eso —dijo, con un tono medido—. Lo importante es que llegaste hasta aquí. Eso no es menor.

José no respondió.

—Cierra Islandia bien —continuó—. Con la frente en alto. Mañana, con más calma, pensarás qué hacer después.

La frase no resolvía nada, pero tampoco lo pretendía. Era, más bien, un lugar donde apoyarse mientras todo lo demás se movía.

—Por ahora no podremos ser compañeros de viaje —añadió—, pero eso no significa que no podamos ser nakamas.

Sacó el teléfono y abrió la aplicación con un gesto sencillo, casi cotidiano, como si no hubiera nada trascendental en ello. Mostró el código QR.

José tardó apenas un segundo en reaccionar. Fue un movimiento casi automático, como si necesitara aferrarse a algo concreto en medio de ese vértigo que comenzaba a instalarse en su pecho. Escaneó el código.

La pantalla se iluminó.

“¿Desea vincular a Bartolomé como nakama?”

Dudó menos de lo que habría esperado. Quizá porque no se trataba de decidir algo complejo, sino de aceptar una compañía en medio de la incertidumbre.

Aceptó.

El confeti digital estalló en colores, en un contraste casi irónico con el peso que llevaba dentro. Una notificación apareció de inmediato, explicando las condiciones de la alianza: compartir pistas, información, mensajes, la advertencia de que cada uno debía continuar su propio camino. El sistema se encargaría de sincronizar destinos, si así lo permitían. José leyó sin realmente leer.

—Pues ya somos nakamas —dijo Bartolomé, con una sonrisa leve, sin cargar la palabra de más significado del necesario.

El minibús se detuvo poco después. Reikiavik los recibió con una quietud luminosa. Eran casi las diez de la noche y la lluvia había desaparecido por completo, dejando tras de sí un suelo húmedo que reflejaba las luces de la ciudad como si fueran fragmentos dispersos de algo más grande. El aire era frío, limpio, y al bajar del vehículo se sintió como un golpe suave pero constante.

El grupo comenzó a dispersarse sin demasiadas ceremonias. Cada uno tenía su propio destino, su propio ritmo, su propio tiempo corriendo en paralelo mientras que José y Bartolomé eran los únicos que iban tras un “tesoro”.

—Bueno… —dijo Bartolomé, acomodándose el abrigo— supongo que aquí nos despedimos. — Hizo una pausa breve, no incómoda, sino necesaria —Disfruta esta noche. Las auroras… la experiencia. —Lo miró con atención, pero sin invadir—. Ya estamos conectados. Ojalá el juego nos vuelva a cruzar. Y si no… —se encogió ligeramente de hombros— igual valió la pena. Recuerda: “Vive primero. Lo demás… se acomoda después”.

Theo los llamó desde la distancia. El siguiente bus ya estaba listo.

José asintió. Por un momento pensó en abrazarlo, pero la idea se quedó ahí, suspendida, sin llegar a convertirse en acción. En su lugar, extendió la mano. El apretón fue firme, breve.

—Suerte en Madrid —dijo Bartolomé.

José lo vio alejarse sin responder de inmediato. Luego subió al otro bus.

Adentro, el silencio era casi absoluto. Algunos dormían, otros miraban por la ventana sin realmente ver. José eligió un asiento junto al vidrio. Cuando el vehículo arrancó, la ciudad comenzó a desvanecerse lentamente detrás de él, reemplazada por la oscuridad abierta del paisaje.

El viaje duró menos de una hora, pero para José se sintió mucho más largo. Tenía la mente llena de pensamientos, de preguntas, de dudas, de emociones que no terminaba de procesar. La conversación con Bartolomé había sido intensa, profunda, y había tocado temas que José había estado evitando durante mucho tiempo. También estaba el tema del viaje, del tiempo, del poema, de la pista. No había tenido la valentía de leer el poema y tampoco tenía la certeza de querer hacerlo, pues, si lo hacía, temía darse cuenta de que no tenía tiempo, y eso no quería aceptarlo. Pensaba en las últimas palabras de Bartolomé; por eso también se resistía a pensar más allá de lo que estaba viviendo. Dormitaba, se despertaba, miraba por la ventana y luego el reloj, tratando de no pensar en lo que se le venía encima.

Al llegar al hotel, no pudo evitar sentirse más ligero. Cuando bajó del bus, frente a la entrada, la fachada blanca y las luces cálidas lucían acogedoras, pero no era la belleza de aquel lugar rural lo que le producía esa sensación, sino el hecho de que, tras esas paredes blancas con gris, en lo alto del cielo, una luz verde bailaba con gracia, con una intensidad que parecía desafiar la oscuridad de la noche.

José, en su primera noche en Islandia, se había encontrado con una luz similar, pero aquella noche era diferente.

El guía les dijo, en un inglés muy pausado, que debían registrarse en la recepción y luego les darían las instrucciones para salir a buscar las auroras, o, más bien, un buen lugar para verlas y tomar fotos.

Todos entraron al hotel después de una pequeña sesión de fotos frente a la fachada. José solo reconoció a las italianas, pero en el grupo había una pareja, una familia asiática, un fotógrafo y un guía. Eran pocos.

La mujer en el mostrador les dio la bienvenida con una sonrisa cálida y les pidió que se registraran. José se acercó, entregó su pasaporte y esperó a que la recepcionista procesara su información. Mientras lo hacía, no pudo evitar mirar el espacio: era un lugar pequeño, con una decoración tenue y una luz cálida. Se sintió a gusto y, mirando la estación de café a unos pasos, le preguntó a la recepcionista si podía tomar uno. Ella le dijo que sí, pero que debía tener cuidado, porque el café era fuerte y eso podía obligarlo a quedarse despierto toda la noche. José sonrió, agradeció la advertencia y, minutos después, estaba en su habitación, con una taza de café en la mano, mirándose en el espejo.

Era una habitación de tamaño mínimo, con una cama individual, una pequeña mesa de noche y un armario empotrado. La ventana daba hacia el exterior, donde la luz verde seguía danzando en el cielo.

La instrucción había sido estar listos en veinte minutos.

José se obligó a tomarse el café, cambiarse la camisa y las medias, que empezaban a humedecerle los pies. Revisó las fotos, tanto las que había tomado con su Polaroid como las del teléfono, buscando una pose divertida para repetir en otro fondo y, por supuesto, ver qué postura debía hacer. En todas, estaba forzando la sonrisa.

Al salir de la habitación, las chicas italianas le pidieron ayuda para tomarles fotos con el celular y, compartiendo más con ellas, José se propuso divertirse en su último día en Islandia. Las bromas fueron y vinieron; las carcajadas de las chicas ante las tonterías que les contaba de Colombia y el esfuerzo del ingeniero por desmontar el prejuicio de lugar peligroso que tenían ellas y el resto del grupo hicieron que el tiempo pasara volando. La familia asiática —coreanos— sabía algunas palabras en español y hacían su mayor esfuerzo para comunicarse con todos. La pareja, de Argelia, era reservada, pero a la mitad del trayecto en el minibús hacia la colina donde tomarían las fotos, se acopló y, aunque su nivel de inglés era el más bajo, lograron divertirse con el lenguaje universal: la risa.

Cuando bajaron del minibús, el frío era infernal, pero, después del calentamiento que sugirieron el guía y el conductor —que terminó siendo el fotógrafo—, entraron en confianza al mismo ritmo que los chistes. Fue una sesión de fotos fue de algunas horas y, por coincidencias de la naturaleza, dos auroras se entrecruzaban formando una figura espectacular en el cielo que desde el hotel no se habría podido apreciar. El guía dijo que no era tan común, pero tampoco algo extraordinario, como un evento único. Todos tuvieron su oportunidad de tomarse fotos profesionales bajo el lente del conductor.

El tiempo pasó volando y, cuando José regresó al hotel, pudo apreciar que, en las fotos que le habían tomado con su teléfono, esta vez la risa no era fingida. Tal vez el frío, la comodidad con las personas que lo acompañaban y un “shot de brandy” que le regaló el guía, lo habían liberado un poco, y aceptó que sí se había divertido. Si en las fotos del teléfono —tomadas por una de las chicas italianas— se veía bien, estaría aún más pendiente de las que le habían hecho de manera profesional, las cuales le enviarían por correo.

Ya en la habitación, cansado, se quitó la ropa y se dio una ducha caliente. Al terminar, se enfrentó a sí mismo nuevamente, pero esta vez de forma consciente. Durante un minuto, o quizás quince, se miró a sí mismo y luego entendió algo. Su vista no estaba enfocada en él, sino en otra cosa, algo más absurdo. Algo que había reconocido unas horas antes, cuando entró a la habitación.

Estaba eclipsado frente al espejo del baño, uno igual al que Sara se había llevado alguna vez de su casa. Por un momento pensó que había vuelto a encontrar el camino hacia ella. Las palabras de Sara en la voz de Bartolomé, el espejo, las canciones tristes que tanto le gustaban y que sin poder escucharlas, las recordaba.

Suspiró y, por fin, pudo aceptarlo.

Estaba huyendo, pero no de su vida, sino de ella.