Tregua al nivel del mar
José estuvo muy activo el día siguiente. Por la mañana salió temprano, casi a oscuras, cuando la isla apenas despertaba. Caminó hacia el puerto mientras el cielo comenzaba a aclararse lentamente. Allí se encontró con algunos guías turísticos y, con ellos, pudo hacer varias actividades. Subió a un bote pequeño para ver el amanecer desde el mar, con el sol apareciendo poco a poco en el horizonte y tiñendo el agua de tonos naranjas y rosados. Más tarde estuvo haciendo kayak cerca de la costa, intentó aprender a surfear —sin mucho éxito, pero con varias caídas divertidas— y terminó haciendo snorkel, rodeado de vida marina, peces pequeños y corales que se movían suavemente con la corriente.
Antes del mediodía fue al instituto de exploración submarina. Allí pudo ver las Crystal Caves de las que hablaba el poema e incluso nadó un par de minutos en aquella agua cristalina, fría y silenciosa, sintiendo una calma profunda mientras flotaba. Aprendió mucho sobre la vida marítima y los ecosistemas acuáticos, escuchando explicaciones que lo hacían valorar aún más el lugar en el que estaba.
Después de un almuerzo ligero, corrió hacia el museo, acuario y zoológico de Bermudas, donde vio diversos peces de muchos colores, corales de distintas formas y tonalidades, y majestuosos tiburones que nadaban con una calma intimidante. Le impresionó pensar que en la mañana había sido parte de esa misma diversidad haciendo snorkel. En el zoológico vio monos, lémures, guacamayas, flamencos y una infinidad de especies nativas. Jamás se imaginó que tantos animales vivieran en la isla. Salió del lugar fascinado, como un niño. Al regresar, todavía con energía, dio un paseo por un pequeño puerto y aprovechó para comer algo ligero —una pizza— antes de volver a su hotel.
Ya en la noche trabajó un rato. Revisó los pendientes que tenía para un proyecto que debía entregar en una semana; la mayoría ya estaba hecho y solo tenía que validar algunos parámetros de la aplicación. Gran parte del trabajo lo había adelantado en Colombia, lo cual le daba una paz mental enorme, ya que no tenía que preocuparse demasiado por ese proyecto durante el viaje. Después comenzó a revisar aspectos de un nuevo proyecto que venía en camino. Eran tareas de rutina, cosas que no podía delegar porque tenían que ver con documentación, requerimientos y facturación, elementos clave para que pudiera seguir permitiéndose viajar.
También estaba profundamente agradecido con el José del pasado, ese que se había obsesionado desarrollando el sistema de tickets. El sistema era un éxito: afortunadamente, sus pocos clientes ya lo estaban usando y, mediante una plataforma de trabajo, había podido crear un nuevo equipo, personas que lo ayudaban con el soporte rutinario y a quienes pagaba por horas. Eso hacía que el soporte técnico que había dado en los últimos días fuera mínimo, y eso lo tenía contento. El trabajo estaba estabilizado mientras el viaje seguía bajo control. Para él, tener controlado el trabajo y el viaje era fundamental: lo hacía sentirse bien y le permitía enfocarse en cosas que quería trabajar, como la introspección personal, el tema pendiente con su madre y los planes a futuro. Pensaba ya en qué haría después de finalizar el viaje, incluso si no lo ganaba.
Después de trabajar, tomó su celular y empezó a revisar la aplicación de Muwi acostado en la cama. Vio que estaba publicada la foto que le había permitido tomar la señora Helena: la imagen del código QR de la pista con el logo de One Piece. También vio fotos de otros participantes, algunas caras conocidas, como la del francés que había visto en Flores, cuyo nombre no recordaba, y un par de fotos de Alexis con una chica que había visto en Cartagena. Había también muchas caras asiáticas desconocidas. En la sección de estadísticas revisó el contador: de las 71 personas que podían llegar a Bermudas para validar la pista, 23 ya lo habían logrado, y aún faltaban algunas horas para que terminara el cronómetro regresivo. Técnicamente todavía había tiempo para cumplir el reto, ya que finalizaba al mediodía del día siguiente. Después de un par de bostezos, dejó el celular a un lado y se fue a dormir. El cansancio del día no tardó en vencerlo y cayó en un sueño profundo.
A la mañana siguiente, se levantó y comenzó a alistar sus cosas. Había descansado bien después de la intensa jornada del día anterior, una travesía que lo había llevado a recorrer gran parte de la isla. Cuando terminó de hacer la maleta, revisó su correo y encontró una noticia inesperada: tendría que regresar a Colombia en dos semanas para resolver un asunto relacionado con un documento. La gestión debía hacerse tanto en Miami como en Bogotá, así que tenía que mover algunas cosas antes de continuar. Ya tenía listo el boleto de ida a Miami esa misma noche y el hotel donde se quedaría al menos dos días. Esa mañana también le escribió a Manuel y a Martina para contarles los cambios de planes que había tenido. Anotó en su libreta los cambios que tenía; eran parte del viaje, debían estar en su bitácora.
Su vuelo a Miami era en la tarde, así que quiso cerrar su estadía en Bermudas yendo a la playa. Después de desayunar en el hotel, salió a buscar una playa sencilla. Había revisado algunos hoteles y eligió uno que tenía un bar a pocos metros del agua. Se le vino a la mente el viaje en Cartagena, cuando estaba a punto de recibir el segundo poema. Sentía tranquilidad, pero ya no estaba esa electricidad en el ambiente; ya no estaba tan nervioso como aquella vez. Tomaba un pequeño cóctel de 35 USD, mirando a un grupo de amigos jugar en el agua, cuando recibió un mensaje de su madre. Había olvidado por completo que dos días atrás le había enviado un video por WhatsApp, y solo hasta ese momento ella lo había visto y respondido.
Puede que no hubiera electricidad en el ambiente y que todo se sintiera más vacacional, pero la tensión volvió a aparecer. Esta vez no era el viaje: era su madre. José respiró hondo. Trató de calmarse, aunque no sabía si estaba enojado, triste, nervioso o entusiasmado por el mensaje. Ella había escrito, con mala ortografía: “Qué bonito paisaje. ¿Dónde está ahora?”
José suspiró y le escribió preguntándole si podía llamarla.
La respuesta se demoró un par de minutos, pero finalmente ella escribió: “Sí”.
José contó mentalmente hasta treinta y luego pulsó el botón de llamada. Sostuvo el teléfono unos segundos antes de llevárselo al oído. El ruido del mar entraba limpio, constante, como si también quisiera escuchar.
—¿Aló? —dijo ella.
—Hola, mamá.
—Hola. Óigame, qué bonito se ve eso que mandó. Linda la carretera entre el mar. ¿Dónde es eso? ¿Todavía anda por allá?
—En las islas de Bermudas. En una playa.
—Ah… bueno. Cuídese del sol, para que no le dé dolor de cabeza. ¿Y ya comió?, ¿qué hora es por allá?
—Aún no he almorzado, pero ya casi es hora. Pero sí me voy a cuidar. Gracias.
—Bueno. Me alegra.
El silencio llegó sin brusquedad. No era el de siempre. Tenía otra intensidad, como si estuviera esperando algo. José miró el horizonte. El mar estaba quieto, casi inmóvil.
—José —dijo ella entonces—. Yo no llamé solo para saber si había comido.
Él no respondió.
—Desde que usted vino el sábado… yo no he podido parar de ordenar mi cabeza. He pensado mucho. No es lo que usted dijo, sino en lo que yo no pude decir en ese momento. Ese día yo me quedé callada no por indiferencia; fue miedo, miedo de decir algo mal y volver a romper algo, romper lo poco que aún existe entre los dos.
José se detuvo y miró el agua. Aunque estaba sentado en la sombra tomando un cóctel, decidió levantarse y adentrarse en la playa. Le hizo una seña al camarero, dando a entender que estaría hablando por teléfono, y el camarero le respondió con una seña de aprobación.
—Su papá se fue y yo me quedé sola —continuó ella—. Yo me quedé con dos hijos, una deuda, una vida que no entendía. Yo estaba enamorada de ese hombre, José, estaba realmente enamorada. Y cuando se fue, no supe qué hacer con todo lo que me dejó encima.
Hubo una pausa.
—Yo nunca aprendí a estar sola, nunca. Sentía que si nadie me elegía era porque no valía nada. Y con ese miedo uno se vuelve torpe… o cruel. Yo empecé a buscar amor donde pude. No porque quisiera hacerles daño, sino porque no sabía vivir de otra forma. Y muchos de esos hombres no los querían a ustedes. Les molestaban. Les estorbaban. Y yo… yo elegí mal demasiadas veces.
José se sentó en una roca y el mar le salpicó los pies. Se quitó lentamente los zapatos y quedó descalzo para tocar el agua.
—Cuando Horacio se fue —continuó ella—, yo sentí alivio. Eso es feo decirlo, pero es la verdad. Incluso su hermano lo sabe. Pero sentí que ya no tenía que cargar con los dos. Que quizás ahora sí alguien me iba a aceptar, a quedarse conmigo. Nunca pensé en qué significaba eso para usted. Usted se quedó. Y yo no supe agradecer eso. Al contrario, empecé a verlo como un estorbo. Usted, que era un escuálido que no servía para nada, que empezó a encerrarse en sus cosas, que no me dejó ser parte de su vida, con cero «afinidad» entre ambos… con esa simple excusa, nunca pude crear un puente entre algún novio y usted. Entonces los hombres se iban nuevamente, se alejaban de mí, y ahora era peor, porque para mí sí era su culpa. Usted era alguien que me quitaba la oportunidad de ser querida. Y por eso, en ese momento, me daban ganas de matarlo a golpes, y muchas veces lo intenté. Y más que nadie, usted lo sabe.
Hubo una pausa larga. José bajó la cabeza. Las lágrimas empezaron a caer sin ruido.
—Hubo golpes —dijo ella—. Hubo palabras que no debí decir. Yo estaba llena de rabia, de frustración, de miedo, y todo lo descargué donde no era. No porque usted se lo mereciera, sino porque no supe ser mejor.
Ella suspiró. De cierta manera se sentía aliviada, pero su voz temblaba. José entendió que tenía miedo de pronunciar aquellas palabras.
—Después, cuando usted estaba en la universidad, yo pensé que por fin se iba a ir de la casa —continuó—, que iba a quedar sola y libre para encontrar a alguien que me amara sin condiciones. Pero ya nadie quería formar una vida conmigo. Era solo sexo… y luego me dejaban botada.
Pausa.
—Estuve un tiempo sola buscando el amor, pero no lo encontré, y luego, en ese punto de mi vida, aún sin saber por qué, volvió Horacio. Esta vez volvió con palabras de perdón. Me dijo que irse fue una decisión que nunca se había perdonado, que me dejó a merced de la vida, del amor, de la promiscuidad, de la sevicia de los hombres. Me prometió que no volvería a dejarme sola. Y yo… yo quise creer eso.
Ese amor que tanto buscaba, Horacio no lo podía llenar, pero me dio un tipo de amor que yo había olvidado: el amor de madre, el amor de hijo. A pesar de todo lo que hice por ambos, ahí estaba Horacio, recién casado, con su hermosa esposa, ofreciéndome ese amor que una madre espera de su hijo. No era un amor perfecto, porque las heridas de su abandono me golpearon fuertemente, pero ahí estaba él, buscando la manera de que yo lo aceptara. Era raro para mí ese amor, pero era el amor más real que había conseguido en los últimos años, incluso en mi vida. Y aunque Horacio lo entendió muy tarde, porque me lo ha dicho, volvió para devolverme ese amor que yo no le permití transmitirme.
Hubo un silencio breve.
—Y cuando él me dio un nieto, el amor de madre y el amor de abuela llegaron después de todo el dolor que Horacio me había hecho sentir. Fue una sensación extraña, pero me sentí realmente amada. No sé si era eso lo que yo quería en mi vida, pero fue lo más hermoso que pude haber tenido, incluso hoy en día.
La voz se le quebró y, de fondo, el mar, en su ir y venir, solo era testigo de las lágrimas que José, en silencio, derramaba. No había escuchado a su madre hablar de esta forma y, aunque ya suponía mucho de eso, era frustrante y agotador entender esta parte de la vida de su madre. Dolía cada una de esas palabras.
Sonó como cuando alguien se limpia los mocos y José entendió que su madre también lloraba, pero no dijo nada.
—Cuando ya me estaba estabilizando, y las cosas estaban mejorando entre Horacio y yo —continuó ella, un poco más seria—, fue cuando usted volvió. Volvió casado y yo sentí que usted estaba copiando sin remedio a su hermano. Sentí que usted jamás había querido acercarse a mí para hablar, y que solo estaba copiando a su hermano. En algún momento pensé que todo tenía que ver con su esposa; creí que ella era la razón por la que usted había vuelto a aparecer en mi vida. Pero la gota que derramó el vaso fue cuando le dijo a Sara que tuvieran un hijo para arreglar lo nuestro, para reparar el amor de su madre. Ella vino a decírmelo, y yo le respondí que la vida no era así, que un hijo no venía a solucionar heridas. En ese instante sentí que usted era igual a su padre: egoísta, envidioso, egocéntrico, pidiendo algo que yo no sabía dar. Me equivoqué, José. Me equivoqué mucho.
La voz se le quebró apenas.
—Ese sábado, cuando lo escuché… cuando me dijo llorando que no se fue de la casa porque no quería dejarme sola… entendí que ese fue el acto de amor más grande que yo nunca vi. Y me dio vergüenza, miedo y, le confieso también, alivio.
José se quedó quieto. Seguía llorando sin hacer ruido. No quería hablar, no quería juzgar, ni mucho menos perdonar. No quería señalar; solo quería entender, y lo intentó. Todo ese miedo y el odio de su madre, sus razones. Comprendió que, aunque hubo acciones que para él fueron injustas, ella hizo lo que pudo. Con miedo, con valentía, con violencia. Fue su reacción. Él tampoco sabría cómo actuar en un momento así.
—Yo necesito tiempo —dijo ella—, porque me sentí ofendida, pero también me sentí protegida en ese momento. Y realmente esto es nuevo para mí.
José respiró hondo.
Dentro de él no había absolución. Había una comprensión áspera que no borraba nada, pero ordenaba la historia.
—Aquí sigue haciendo viento —dijo ella, cambiando el tono—. ¿Allá también?
—Sí —respondió José—, pero es un viento tranquilo.
—Siempre le gustaron esos climas —dijo ella—, ni muy quietos ni muy duros. Incluso hoy, y no lo digo a malas, usted me parece muy raro.
José sonrió.
—Gracias por contarme todo esto. No sabía nada.
Se notó ese silencio, como si fuera un ungüento de alivio que ambos necesitaban en ese momento. No hubo disculpas ni perdones, pero sí empatía de parte de ambos, porque los dos habían podido expresar sus sentimientos y conocían el punto de vista del otro, de aquella etapa tan difícil para ambos.
José tragó saliva.
—Volveré pronto —dijo él—. Quiero volver a abrazarla, como cuando usted me leía cuentos antes de dormir.
—Yo me acuerdo —respondió ella—. Siempre me hacía preguntas tontas, y al final se quedaba dormido sin escuchar la última parte de la historia.
—Sí.
—Y yo seguía leyendo igual.
Aquel recuerdo no arreglaba nada, pero existía.
—Cuando vuelva —añadió ella—, me tiene que explicar ese viaje suyo… el de los dibujitos. Sara me tiene loca con eso, y yo no he entendido nada.
—Lo haré —dijo José riendo—. Se lo explicaré con calma.
Se despidieron sin apuro.
José se quedó frente al mar unos segundos más. El aire no era ligero, pero sí nuevo. Como si algo se hubiera movido sin hacer ruido y hubiera dejado, por primera vez, una puerta entreabierta.
Después de colgar, suspiró hondo y quedó mirando hacia el mar, al vacío, sin decir nada, sin pensar en nada, sin sentir nada. Había una desconexión en ese momento. Algunos gritos de juego y de euforia, a lo lejos, lo hicieron despertar de aquel estado.
Se limpió las lágrimas. Con toda la paciencia, sacó los pies del mar, se los secó con sus propias medias y se puso los calcetines, un poco húmedos. Se puso los zapatos y caminó de regreso al bar, esta vez con la cabeza en alto.
Se sentó, pidió un nuevo cóctel y observó a los adolescentes que había visto antes nadar y jugar, libres de tanta presión. Extrañaba ser joven, le aterraba ser adulto, pero disfrutaba su vida y, a pesar de todo, estaba agradecido por todo lo que la vida le daba, bueno o malo. Tomó el cóctel, alzó el vaso hacia el mar, dijo en voz baja “gracias” y se bebió de un solo sorbo la mitad.
Después de una charla tan sanadora como la que había tenido con su madre, creyó que lo había hecho bien y que esa relación, aunque todavía rota, tenía vestigios y motivos para reconstruirse.
Después de un almuerzo de mariscos en el restaurante, estuvo un par de minutos viendo a las familias entrar al mar y disfrutar. Sintió algo de celos, pero se alegraba de que algunas personas pudieran tener eso. Retornó a su hotel, entró a su habitación y arregló un papeleo que tenía que enviar en unos días, tratando de adelantar algo. Por alguna razón se sentía motivado, aunque era curioso, porque sus vacaciones en la playa paradisíaca, ya habían terminado.
Entrada la tarde, terminó de empacar su maleta y saliendo del hotel, tomó el bus hacia el aeropuerto. Cuando llegó al aeropuerto, leyó en el celular que finalmente treinta personas habían logrado llegar a la pista de Bermudas y que debía esperar cuarenta y ocho horas más para que el nuevo poema apareciera. Le hubiera gustado quedarse en Bermudas hasta conocer la siguiente pista, pero tenía compromisos en Miami. Se subió al avión, pidió una botella de agua y durmió casi dos horas hasta llegar al aeropuerto internacional de Miami, donde el siguiente paso que daría sería la creación de su empresa en Estados Unidos. Sabía que los días siguientes serían difíciles y complicados para él.